Jugando con fuego (Libro 5, Capítulos 17 y 18)
Begoña no es de guardar secretos, y esta vez decide vacilar al narrador con los detalles más sucios de su primera noche con Eduardo. Entre el murmullo de la cafetería y el zumbido del móvil, la línea entre la confesión y la tentación se vuelve peligrosamente delgada.
CAPÍTULO 17
Intentaba disimular, pero mi sonrojo tenía que ser evidente. Begoña, con las gafas de sol sobre la mesa y sus ojos grandes apuntándome, no me dejó sumirme en el estrés de lo que se gestaba en mi teléfono:
—Bueno… cuéntame qué tal ¿no? Qué tal estas semanas después de la… noche de autos, nunca mejor dicho.
Yo me aclaré la voz, y quise fingir seguridad:
—No, no, cuéntame tú…
—¿Empiezo yo?
—Sí, sí, empieza tú… que llevas… desde el viernes por la noche acosándome —dije, repentinamente distendido, mimetizándome súbitamente con su forma de ser.
—Acosándome, dice… —sonrió—. Siento decepcionarte, pero el viernes por la noche tiré de la jugada del perro abandonado… Que estaba de cena con unas amigas y yo veía que aquello pintaba cena y listo, y yo quería seguir... y me dije… a ver si el de las orgías anda desamparado por ahí.
Yo le devolví la sonrisa y le insistí en que empezara ella.
—Vale, vale, pues yo disparo ya, eh, y después a ver cómo me paras.
—Dispara. Dispara —dije, siendo consciente de que siempre me hacía sonreír con aquella especie de terminología pijo juvenil.
—Pues… A ver… Lo primero que quiero… aclarar, ¿vale? Es que yo no soy como vosotros. O sea. Yo lo saco. No me lo puedo guardar dentro. Que no soy una bocas, de estas de andar por ahí diciendo siempre lo que opino, porque no, porque vivimos en sociedad, ¿sabes? Bueno, me refiero a que sí que saco las cosas cuando procede. ¿Me sigues?
—Sí. Intuyo que procede, entonces.
—Sí. A ver. Me refiero a… A ver. Primero, a lo que iba, es que… —dijo bajando el tono, tanto que comenzó a hacerse difícil escucharla por el murmullo de las otras mesas— a lo que voy es a que yo no lo ando haciendo por ahí, ¿vale? Vamos, que no soy… eso… pues una fulana. Que no estoy llamando fulana a María, eso, pero para entendernos. Y eso, que si hice eso… pues contigo… fue por algo. ¿Vale?
—Vale —respondí, tras escuchar cómo susurraba todo a gran velocidad, pero con una dicción clara, sin atropellarse.
—Y… bueno. Dos. Punto dos. Que… a ver… Eduardo el otro día me escribió y tal. Que yo dije… este quiere follar, yo qué sé, pero empezamos a hablar de no sé qué y está claro que él sabe que tú y yo tenemos algún tipo de trato, no sé hasta qué punto… Hasta que… me dice que tal y que María echó a su novio de casa y que está en un apartamento. Y yo en plan “ah, vale, genial, qué curioso, y yo sin saberlo”, cuando en realidad era “qué me estás contando y por qué”, ¿sabes? Y la cosa quedó ahí, más o menos. Más. Tercero. Tercer punto… que… hay un chico con el que tenía algo en la universidad… pues que encontró trabajo aquí y tal. O sea, nunca hemos hecho nada ni nada, pero en fin, que vamos a quedar y que igual no pasa nada y ahora me escucho y no sé para qué te lo cuento, pero vale. Te toca.
Ella se echaba hacia atrás, hasta que su espalda topaba con el respaldo de la silla, y cruzaba los brazos y jugaba con una pierna montada sobre la otra, con un mocasín a medio sacar de su pie. La verdad es que estaba guapísima, y sentí una especie de orgullo por haberlo hecho con ella, y por aquello que decía de mí, de que había pasado por algo. Y tardaba en digerir todo aquello, por su velocidad y por sus rodeos, y, además, la mitad de mí seguía temblando por lo que quizás seguiría sucediendo en mi teléfono.
—Venga, ¿arrancas? —inquirió.
—Mmm… sí. A ver. Pues… me parece muy bien lo del chico ese que cuentas… y, bueno, obviamente yo tampoco ando por ahí haciendo nada… excepto eso contigo, digo. Y… de María, pues sí, bueno, no me echó, me fui, o sea me fui yo. Y ella estaba cabreada porque considera que lo que hice contigo fueron cuernos y lo que ella hace, o hizo, no.
—Bueno, no le falta razón —interrumpió, colocándose el pelo y escudriñándome.
—Ya… pues eso... y…
—¿Pero estás con ella o no? —dijo rápidamente.
—Sí, sí. Esta noche vuelvo a casa.
—¿Por navidad? —rio— perdón, perdón. No te interrumpo.
Me quedé otro instante en silencio. En aquel momento no sabía si contarle absolutamente todo o no contarle absolutamente nada. Entendía que su confesión no tenía mucho recorrido, que solo me quería decir que no era una que se acostase con cualquiera y lo que suponía que Edu sabía, que no estaba nada claro. Y lo de aquel chico de la universidad que me sonó raro, hasta como un tanteo para ver si a mí me importaba.
Vino entonces una bandeja con un montón de cosas, casi todas para ella, y estuve tentado de aprovechar el momento para rescatar mi teléfono, pero me contuve. Y me fijé en ella, con su camisa blanca, blanquísima, perfectamente planchada, y bajo ella dos montañas firmes, medianas, que moldeaban la tela, y que yo sabía no constituían, ni sus pechos ni ella misma, la sexualidad de María, pero sí era atractiva, muy atractiva de hecho, y lo había vivido en mis carnes, y ya mi mente se perdía y comenzaba a recordarlo, cuando ella, revolviendo una especie de batido verde, dijo:
—Sigue. A ver.
—¿Con qué sigo?
—Pues eso… con tus semanas… post mí —sonrió—. Seguro que quietos y tranquilos no habéis estado.
—No, la verdad es que no… De hecho… ayer… Ayer y anteayer sí que hicimos algo… los tres —dije, sorprendido de mi súbita confesión.
—Cuando dices “algo”, tú y yo sabemos que te refieres bacanales de las vuestras con terceros y cuartos...
—Pues... algo así… y… —decía yo y sentía que comenzaba a contar cosas que no debería, incluso antes de soltarla —…pues que yo creo que María ya está que ve a Edu ya ahí, con nosotros, en el juego.
—Que lo quiere en plantilla, vamos.
—¿Qué? —pregunté.
—Que lo quiere hacer indefinido…. Que tenía contrato de obra y ahora está indefinido.
Sonreí, no podía evitarlo, a pesar de la gravedad del asunto y de que seguía tentado de sacar mi móvil y leer. Y dije:
—Bueno, diría que indefinido y hasta socio.
—Ya… ¿y tú eso cómo lo ves? —preguntaba ella mientras cortaba una especie de donut con tropecientas cosas dentro.
—Pues mira… después de que fui yo quién lo empezó todo… y además que es verdad que lo que hice contigo estuvo mal. Bueno, estuvo mal y bien. Mal para ella seguro. O sea mal. Pues mira… si te digo la verdad yo preferiría a otro… otro del que me pudiera fiar quiero decir… por ejemplo el otro día estuvimos con un tal Rubén…
—Madre mía… —interrumpió ella.
—¿Qué? ¿Le conoces?
—No, no. Bueno. No sé. Digo madre mía por ese casting de American Idol que andáis haciendo, que me parece mortal.
—¿Cómo? No te entiendo.
—Nada. Eso. Sigue. Lo de buscar candidatos o eso que hacéis. Sigue.
—Bueno. A ver. No sé si fue a propósito. En fin. Que el tal Rubén parece que fue camarero dónde tomáis café los del despacho a media mañana.
—Mmmm. No sé… no sé los nombres.
—Bueno, es igual. Quizás cuando entraste a trabajar en ese despacho él ya se había ido. El caso es que yo qué sé, que quizás con alguien así más…
—Menos loco —interrumpió otra vez.
—No sé si loco es la palabra. Como mínimo más fiable.
—Pero María solo quiere a su indefinido… Socio… Cachondo maduro pene grande.
—Bueno, ¿no tan maduro, no? —decía yo al tiempo que me daba cuenta de que para ella, considerablemente más joven que yo, Edu sí podría entrar en esa categoría.
—Maduro buenorro, palabras textuales de mis amigas —dijo ella y después sorbió de su pajita y aquel líquido verde iba desapareciendo, y después expuso, más para ella que para mí:
—La verdad es que Edu engancha.
—¿Sí?
—Hombre… y si te digo las cosas que hacíamos… A ver… yo qué sé. Yo sé por ejemplo que las cosas que hacía con él no las haré con nadie.
—¿Cuáles? —inquirí.
—No te las voy a contar… y menos aquí… Que, por cierto, deduzco que lo de quedar en mi casa esta mañana era para que no nos viera nadie, ¿no? Que somos forajidos ahora mismo —sonrió, posando el zumo en la mesa y volviendo a su donut, o lo que fuera aquello, gigante.
—Sí, supongo que sí. Bueno, que sí. Que lo que me faltaba ahora es que me viera una amiga de María, vamos.
—Ya. Bueno. Cero dramas. Y, oye. ¿Qué vas hacer?
—¿Hacer de qué?
—Pues, hombre, con eso de que… quieres seguir con vuestra trama barra vorágine barra locura sexual, pero que Eduardo no te chista.
—Es complicado. Porque además Edu no es que sea Edu, es que su juego es… meter a más gente.
—¿Y María traga con eso? Perdón por el verbo —dijo, abriendo mucho los ojos, sorprendida por su propia ocurrencia.
—No te pases.
—Perdón. Perdón.
—Pues sí y no —dije.
—Vamos. Que lleváis racha buena.
Yo le di a entender con la mirada que sí. Y no aguanté más. Y aproveché el silencio y que ella echaba azúcar moreno a su café… y bajé mi mano a mi bolsillo, saqué el teléfono, y vi en seguida que había en aquel grupo setenta y ocho mensajes.
Mis manos me temblaban y llegué a temer que ella lo notase. Guardé el móvil de nuevo en mi bolsillo e iba a coger mi taza de café pero dudé si temblaría, así que opté por retrasar aquel sorbo y por cambiar de tema, si bien el tema no se desviaba mucho de lo que, o quién, me ponía nervioso.
—Venga… cuéntame esas cosas de Edu contigo, quiero saber a lo que me enfrento —dije, sin pensar demasiado y me soné extraño.
—Sabes de sobra a lo que te enfrentas —sonrió con su boca amplia.
—Venga. Dime.
—A ver… Te cuento… Acércate. Te cuento en voz baja, ¿vale? Pero solo una, la primera… o sea… cuando lo conocí de verdad…
—Perfecto —respondí, acercándome un poco a la mesa, posando los codos en la madera, y escuchando un jaleo, un zumbido de fondo de otras conversaciones, que sabía encubriría su confesión.
—¿Voy? —preguntó.
—Sí, sí. Adelante.
—Pero no te me pongas palote, eh —rio.
—Vale, vale.
—¿Pero con una condición?
—¿Cual?
—¿Que desarrolles tú también?
—¿El qué?
—Pues eso que… eso a lo que le has llamado… “hacer algo ayer y anteayer los tres”, o algo así.
—¿Por qué? ¿Te ponen esas historias o qué? —pregunté, con involuntaria indiscreción.
—Mejor que poner… Es que me flipa. Alucino en colores con vosotros. Es que si vieras a María en el despacho… vamos.
—¿Qué?
—Pues que dices, esta… misionero los sábados y con cita previa.
Se hizo otro silencio. Lo cierto era que no me sentaba demasiado bien cómo hablaba a veces de María. Y finalmente dije:
—No sé si debería contarte pormenores de cosas de ella. No sé. Quiero decir, una cosa es contarte en general…
—Sí, sí, perdona —me interrumpió—. Totalmente. Mira, es tu novia. Solo faltaba. Mira, hacemos una cosa, yo te cuento, ya que me lo has preguntado… y tú de tus… últimas movidas… de sodoma y gomorra… me cuentas si quieres y lo que quieras… ¿vale?
—Vale. Perfecto.
Ella se remangó entonces su camisa, ya bastante remangada, posó sus codos también en la mesa, casi mostrando un canalillo sugerente, y se disponía a comenzar su narración.
CAPÍTULO 18
—Pues. A ver. Es que… Lo primero que esto no se lo he contado a nadie. Pero, no sé, contigo me salen las cosas así, ¿vale? En fin. Tampoco sé lo que sabías tú de mí antes. Pero bueno, al lío, que yo cuando llegué aquí estaba prometida con un chico, ¿vale?, y en esto que yo en seguida veo que Edu, como tú le llamas, me hace… pues tilín… o lo que sea, pero digo, bah, normal, está bueno… soy humana, es lo que hay. Pero nada… Es que además lo tenía de jefe, que teníamos mucho trato, vamos. Y tampoco es que él hiciera nada, no sé, o sí, pero el caso es que en seguida teníamos tonteo, o eso me parecía a mí. Y nada… Pero… No sé. De esto que te despiertas de otra manera para ir al curro, ¿sabes? ¿Cómo en el colegio cuando te gustaba alguien?
—Sí, sí. Claro —decía yo, embriagado por la velocidad de sus palabras y por su gracia corporal. Era tan dulce y encantadora que sentía que todos la tenían que estar mirando aunque no la escuchasen.
—Y nada. Eso. Que yo veía que tal, pero también decía: mira, quiero a mi novio, que llevo toda la vida con él. Es que poco más he catado, la verdad. Ya puesta aquí a desbarrar. Y nada, lo típico, que llega un jueves, tal, cervezas… no sé qué… y nos quedamos solos en un bar. Y yo estaba… pues… no sé si más emocionada o cagada. En fin. Bueno. Pues eso. Que allí, ya pagando, creo que fue, en la barra, pues nos besamos. Ni sé quién empezó. Pero vamos, un beso que… mira… es que se me cayeron las bragas allí mismo... Y nada. Nada más. Pero claro. Yo me quedé así, mirando para él cómo pagaba y dije… madre mía… en plan: “esto es”, y esto ni lo tuve, ni lo tengo, ni lo tendré con el chico… con el que… estoy prometida, ¿sabes? O sea. Imagínate el lío. En fin, y después llego a casa…
—¿Pero un beso solo? ¿Ni uno más de despedida? —pregunté, interrumpiendo yo, por una vez.
—Nada. Nada. Solo uno. Pero claro. Ya te dije que yo soy de actuar. Y en esto que llamo a mi novio y pum. Lo dejo. Así. A lo loco. Porque yo sabía… A ver, no por el beso. Yo ya iba viendo que la cosa no iba… porque si fuera bien… a Eduardo lo tendría por un cachondo que se tira a todas… y fuera… que yo ya me olía que si Patricia… que me da que Paula también… bueno, en fin, eso es otro tema lo de Paula, y vamos de María ni idea, pero en fin, eso, que si yo estoy enamoradísima de mi novio a Eduardo lo tengo por un maduro buenorro como te dije, y ya, pero no era el caso, o no solo el caso, quiero decir. Y nada, eso. Llamo a mi novio y claro, drama, imagínate. Yo en plan: se lo tengo que decir a mis padres antes de que se enteren por los padres de él. Vamos, un lío, pero yo lo tenía claro. El caso es que él, con razón, me dice que lo quiere hablar en persona y que al día siguiente que coge el tren después del trabajo y que va a mi casa.
—Normal —dije.
—Eso es. Normal. Bueno. Y nada. Llega el día siguiente. Viernes. Y yo pensaba, bueno, fue un beso, pues igual queda ahí. No sé. El caso es que va avanzando el día y yo a las ocho ya con ganas de irme porque mi novio, bueno, mi ex ya, llegaba como sobre las diez a mi casa o algo antes. Y nada, Eduardo, mandándome buscar jurisprudencia, que le encanta… vamos, me tuvo así semanas… Y nada, que si de esto y de lo otro… Tal. Y él tenía unos clientes después, que tenía que preparar a un testigo o no sé qué. Y como a las ocho y algo voy a su despacho con unas sentencias, se pone a mirarlas… que era jurisprudencia de algo que no tenía que ver con el caso del testigo, que era por marear… Y nada, se pone a leerlas, porque al señorito en papel, y le tenía que imprimir partes, en fin. Que me tiene allí, y yo mirando la hora… y en esto que me dice… me dice algo así cómo: tráeme dos sentencias más y baja a la farmacia a comprar condones.
—¿En serio? —interrumpí implicado.
—Cágate… Bueno, cagar que me cagué yo.
—¿Y qué hiciste? ¿Qué le dijiste?
—Pues en ese momento le llaman de recepción y me hace un gesto con la mano como para que me vaya. Y yo salgo de allí. Imagina mi cara. Yo en plan… este está de vacile… O no. ¿Sabes? Hasta te juro que pensé en plan… este tiene visita el fin de semana… y… pero después dije no, no puede ser… será para mí y para él, ¿no? El caso es que… flipa… allá voy yo… a las casi nueve de la noche… a la farmacia… a comprar condones… con mi novio… en el tren para venir a… arreglarlo no, pero en fin, eso. Y nada. Vuelvo al despacho, ya no quedaba nadie más que la recepcionista y nosotros. Me meto en mi despacho y busco las dos sentencias, que la verdad es que ya las tenía localizadas… y digo bueno, pues le doy todo el pack… sentencias y condones… ¿no? Pero claro, es que yo no tenía ni idea de qué iba a pasar. Y nada. Tiro la bolsa de la farmacia y me meto los condones, que nada, era un paquete pequeño de tres, en el bolsillo de la chaqueta del traje. Y allí que me planto con las sentencias, que imprimí lo que era… tal… y con los condones. Y llego allí y se pone a leer las sentencias. Yo allí de pie como una idiota, cagada viva, y se pone de pie… y… pufff… me toca un poco y yo ya… loca… o sea loca no, pero vamos, que… eso… y un morreo que dije… mira, sí, bien dejado mi novio, ¿sabes? Y en esto que le llaman de recepción, que han venido los clientes, y él cuelga y me dice que vaya con él a la sala de juntas que tengo que ver cómo se prepara un testigo y tal. Y yo miro la hora y digo… madre mía…
Begoña gesticulaba y hablaba entre susurros, y se colocaba el pelo y jugaba permanentemente con su mocasín suelto, y todo lo contaba con una gracia que yo sentía que podría escucharla hasta que se hiciera de noche.
—Y nada, eso, que allí me planto, en la sala de juntas, con los condones en el bolsillo de la chaqueta, recién morreada… con un calentón de diez pares de yo qué sé… y con mi novio a media hora de llegar a mi casa. Y… Eduardo como si nada… preparando al testigo, y además un lío, porque el testigo era idiota y no se quería… ceñir a lo que Eduardo le decía, como que quería decir la verdad y Eduardo en plan: mira, si decimos la verdad se va todo a la mierda. En fin. Y yo allí… pues eso. Y nada. Que la cosa acaba, eran casi las diez o por ahí. Nos vamos con ellos a la puerta y la de recepción le dice a Eduardo que chao, que se va. Y nada, como Edu tenía llaves, pues él se vuelve a su despacho y me quedo yo allí en el vestíbulo y dije pues nada, y ahora qué hago, ¿sabes? Y digo pues voy a su despacho, le tiro los condones desde la puerta y me voy a mi casa a comerme el drama. Yo qué sé. Y eso, paso primero por mi despacho, cojo mi teléfono porque me daba que mi novio me llamaría en cualquier momento, y allí que me voy al despacho de Edu. Y nada… Entro… y en fin… Pues imagínate…
—¿Qué…? —pregunté expectante.
—Pues… me dice… o sea me pregunta si los he traído, ¿vale? Y yo… haciéndome la jefa, le digo que sí como si tal cosa, y me meto la mano en el bolsillo y como que le tiro los condones en la mesa, en plan guay pero yo estaba que me daba algo. Y va y me suelta algo en plan… una flipadez… que después me di cuenta que no lo era tanto… el caso es que me dice algo como… estos no me sirven. Y yo, yo qué sé, me salió así… que le dije: “¿Qué pasa? ¿No te entran?” o algo así. Y nada. Allí hablando… sin hablar… del tamaño de su… polla, después de que nos acabábamos de morrear… y mira, no sé… no sé qué pasó después… Bueno, sí lo sé. El caso es que… en fin… Nos besamos, supongo. Allí los dos solos… y vamos… se sacó… eso… o se lo saqué ya yo… no sé… porque yo iba ya que no me contenía… y cuando vi eso, o lo agarré, no sé qué hice primero dije… bueno, esto es broma… ¿sabes? En plan… ya… lo que le faltaba a este tío… y… en fin… es que… me pongo mala al recordarlo… —dijo levantando su pelo, resoplando, e infartándome —pues eso… que me pegó una… vamos… que me folló allí contra la mesa… a pelo claro… que los condones ni los abrió… que pfff… tremendo, te lo juro, de esto que dices, vale, el sexo es esto, lo otro no sé lo que era. Y vamos… es que tremendo…
—Joder… —suspiré.
—Ya ves…
—Y… ¿pero del todo…?
—¿Cómo del todo?
—Eso… que si fue un aquí te pillo aquí te mato… o, ¿con orgasmo y todo…? —preguntaba yo, sin poder contenerme.
—Que si me corrí me estás preguntando, vamos. Pues mira, ni lo sé. Para mí fue como… como un orgasmo… entero, ¿sabes? No sé si enganché cinco orgasmos seguidos o si toda yo era un orgasmo… Pero vamos… ¡Ah! y en esto que empieza a sonar mi móvil que estaba sobre su mesa. Y yo claro… En plan a ver si para, y obviamente quién me llamaba era mi novio… Y él, osea Eduardo, que me dice que quién coño es… que rechace la llamada… porque mi novio llamaba sin parar… Imagínate, el chico en mi portal sin poder entrar… y allí… eso… que lo que entraba y a base de bien era otra cosa… Eso… que yo abierta de piernas contra la mesa y con Eduardo dándome… y mi novio en mi puerta… Vamos. Es que de flipar.
Yo escuchaba su narración, en vilo, y podía sentir su sofoco al narrarlo, e, imaginación o realidad, tenía la sensación de que se le marcaban mínimamente los pezones a través de la camisa blanca. Su confesión, sin ser muy explícita, sí me parecía sospechosamente detallada.
—Y nada. Eso… Pues… qué calor, ¿no? —rio, y se colocó un poco la camisa, como sacudiéndose un poco por delante, cerca de su escote, sonrojada, graciosa, pero con un trasfondo real de calentón.
—Pues…sí... —balbuceé impactado.
—A ver, que tú dirás… vale, bien, follaron en el despacho, tal. Pero es que… es como que no se puede explicar… es… él, sabes… es su cara de chulo mientras te lo hace… es… lo… cortante que se pone… Es todo… Vamos. Que a lo que voy… es, a ver, que no lo digo para acojonarte en plan María se va a volver loca por él, porque María también… pues se la ve de armas tomar, pero vamos, es que esto es solo eso, la primera vez… pero Eduardo es un tío que… en plan, yo que sé, que tiene algo, un magnetismo… y un… no sé, pero yo qué sé, que… de esto que una noche me escribe… pues… en plan… es que flipa, de escribirme a las tantas algo en plan… “métete un dedo en el culo” que lo lees… y dices, se le ha ido de las manos, pero no sabes si es en broma o en serio, y al minuto… pues eso. Es que eso, por ejemplo, yo estaba con unas amigas tomando algo, pues eso, y al rato estoy yo en los baños de un garito, con el dedo en el culo… escribiéndole que sí… que me gusta meterme el puto dedo en el culo… ¿sabes? Es que suena ridículo pero es así. Cuando te das cuenta te tiene…
—Joder… —volví a suspirar, tenso e indudablemente excitado.
—Y nada. Eso. La noche esa. Allí me fui recién follada a dejarlo con mi novio. Y lloros y tal. Y hasta yo lloré, claro. Y no le dije que era por Eduardo, esas cosas no se dicen, esas cosas se descubren. Y nada. Se fue por la mañana y ese fin de semana ya… Al poco de irse él fui a casa de Eduardo… y, en fin… Imagínate… O sea lo que es follar, follar y follar… todo el fin de semana, que no sabes ni si es de día o de noche… si es hora de desayunar o de cenar… En fin. Muy fuerte.
Yo la escuchaba atentísimo, impactado, e indudablemente excitado. Y sabía que ella también lo tenía que estar, al menos un poco.
—Venga. Te toca —dijo entonces, sacándome de mis ensoñaciones—. Y lo que te decía. Yo de Eduardo largo lo que sea, solo faltaba. Pero tú de María… y de lo que estéis… viviendo, pues di lo que quieras. Es que no sé por qué te cuento todo, no sé, porque tampoco son consejos ni nada. Advertencias quizás. No sé.
Yo dudé un instante, y me atasqué al principio, pero comencé poco a poco a intentar compensar todo aquello que me había contado, y me vi envuelto en una narración, mucho más escueta, y con la que resumía lo sucedido en el hotel del paseo y lo sucedido en la playa. No detallé los elementos sexuales, pero sí le expliqué mi teoría de esa aparición de la otra María, y aquello de que me necesitaba a mí, que los dos me necesitaban a mí, y la humillación y el morbo que salía de ella, y los exhibicionismos de María… y las peticiones de Edu. O sea los elementos, las aristas, de aquella figura que se había creado. Y también le dije que no creía que María se enganchara a Edu, que el enganche era a la otra María que surgía por él, pero que todo era posible. Y que tampoco sabía por qué Edu le había hablado a ella de mí.
Ella me escuchaba curiosa, interrumpiéndome de vez en cuando, pero intentando recibir mi información de manera madura y analizadora. Y le expliqué por último lo del grupo que había creado Edu con los tres, y que en aquel preciso momento tenía setenta y pico mensajes, o seguramente muchos más.
—Y eso es. Más o menos —concluí mi confesión, sorprendido de cómo, poco a poco, y como siempre con ella, me había acabado abriendo.
—Ya veo ya. Mira. Vamos a hacer una cosa —dijo ella, incorporándose un poco— voy a ir al baño, voy a pagar, pago yo, solo faltaba, con lo que has pedido, y voy a saludar a unas amigas que están dentro. Tranquilo que María no las conoce. Y te doy tu tiempo para que leas todo eso… que tendrás en tu móvil. ¿Te parece?
—Sí. Vale. Me parece bien —dije, y ella se levantó, acalorada por mi narración y por la suya, mostrando un culo prieto y apetecible bajo sus vaqueros, con su camisa blanquísima metida por dentro, y con aquella manera de moverse tan espléndida y ligera. Y vi en ella una extraña confidente. Hasta una amiga… o al menos un oasis que me hacía sentir bien.
Tan pronto entró en la cafetería cogí mi teléfono móvil. Tenía casi doscientos mensajes.
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