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Cruce de Historias IV

Alberto siempre supo que Patricia era su perdición, pero nunca imaginó que el precio de esa pasión sería un secreto enterrado bajo tierra. Cuando una llamada misteriosa rompe su rutina, descubre que el pasado de su familia tiene más tumbas vacías de las que creía.

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Cruce de Historias IV

Alberto desactiva el modo avión de su teléfono. Acaba de salir de la reunión y pasa revista a todas las llamadas perdidas y los WhatsApp que le han entrado.

Hay un número que la ha llamado cuatro o cinco veces. No le resulta conocido, pero por encima de todos, destaca un mensaje que llama rápidamente su atención: es su vecina Patricia, la conoce desde pequeña. Todavía se acuerda del episodio en su chalet. Siempre había sido una chica traviesa que jugaba con él, manipulándolo a su antojo. En ocasiones, una calientapollas que lo provocaba, incluso cuando ambos tenían ya sus novios/as respectivos. Era “ni contigo ni sin ti”, se llevaban como el perro y el gato que sin embargo no podían dejar de buscarse el uno al otro, siempre consintiendo Alberto que ella le hiciera la puñeta y llevara la voz cantante, soportando sus bromas y sus provocaciones porque en el fondo ambos estaban conectados, se gustaban aunque no lo reconocieran. Disfrazando de amistad y travesuras lo que en el fondo era atracción y deseo.

Alberto pensaba que una vez que ambos tenían ya pareja, el hecho de que hubiera el novio y novia de por medio calmaría las cosas y pondría a cada uno en su sitio. Ella dejaría de provocarlo y él se olvidaría de la hija de los vecinos, pero la cosa no hizo sino empeorar, como si Patricia encontrara un morboso placer en seguir excitándolo, precisamente ahora que estaba comprometido.

Hasta aquel día en la piscina. Ella restregándole las tetas contra la espalda, intentando subirse encima suya para que la cogiera en hombros en el agua, provocando peleas que hacían que los dos tuvieran un contacto más íntimo del necesario bajo el agua, el pecho que se le escapó en el forcejeo del bikini, el golpe que le dio con el muslo en su entrepierna causándole dolor de huevos, pero a la vez excitándolo terriblemente.

Los jueguecitos luego en la toalla, tratando de compensarle el daño provocado, la erección incontenible, la vergüenza al ver las miraditas desaprobadoras de sus padres, pensando que ya eran demasiado mayores para seguir con esas chiquilladas y más estando comprometidos. Y Alberto que se sube a la habitación a darse una ducha y cambiarse, todavía con la verga tiesa. Y ella apareciendo de la nada. Se ha preguntado muchas veces si fue solo casualidad (como ella pareció indicar por su gesto), o fue algo totalmente premeditado y Patricia ya sabía que se lo iba a encontrar desnudo y empalmado. Lo cierto es que pasó lo que pasó. Ella acercándose y acariciándole el falo, sorprendida, callada y sin hacer ninguna bromita ni ningún comentario ocurrente, simplemente una mirada no podrá olvidar jamás, mientras lo masturbaba lentamente.

Y por primera vez fue ella la que emprendió la retirada, no sin antes que Alberto apreciara como se le subía la sangre a la cara y como los ojos se le ponían turbios.

Esa noche, a pesar del calentón y haber quedado con su novia, no insistió para que hicieran nada. Siempre había pensado en su vecina, eran innumerables el número de pajas que se había hecho pensando en ella y no pocas veces se había imaginado entre sus piernas, pero ahora, por algún motivo, todo aquello le parecía mucho más complicado y también mucho menos decente. Casi agradeció que no se presentara oportunidad de quedarse los dos solos y de que ella no insistiera en irse a su lugar habitual con el coche, a darse el lote.

Cuando llegó a su casa, una llamada lo sobresaltó justo antes de entrar al portal: era ella.

- Estoy en el bar de enfrente, ven un momento que tenemos que hablar.

Allí se encontraba, con un vestido corto, el pelo recogido en una coleta, sin pintar pero endiabladamente guapa.

- ¿Qué quieres Patri?

- Aquí no - dice ella mientras mira alrededor. Todo el mundo los conoce y hay cosas que mejor discutir a solas.

Paga su cerveza y se montan en el coche. Alberto conduce hasta un sitio tranquilo, el aparcamiento de un parque cerca de casa de ella. Los dos van callados, dirigiéndose de vez en cuando miradas por el rabillo del ojo.

- Pues tú dirás – invita Alberto cuando aparca en un sitio apartado y oscuro.

- Mira, lo de hoy no se puede volver a repetir, no sé qué me ha pasado pero es mejor que mantengamos las distancias.

- Por mí estupendo, la próxima vez no me cojas la polla y todo arreglado… y si puedes llamar antes de entrar, mejor.

- Pues tú bien que te has dejado…

- Claro, tenía que haber gritado pidiendo ayuda, algo así como ¡venid todos, que ésta quiere violarme! Si te ha faltado ponerte de rodillas y metértela en la boca ¡joder!

Ella le suelta un tortazo que resuena dentro del coche como si hubiera estallado un neumático.

- ¡Gilipollas!

Alberto se cabrea. Siempre es ella la que la lía y él, el que recibe las hostias, las regañinas o la vergüenza. Vale que son uña y carne y que sarna con gusto no pica porque él se siente muy atraído por Patricia, pero esto ya se pasa de castaño oscuro. Todo lo que ha pasado es exclusivamente culpa de ella y encima se atreve a tortearle la cara.

La ve temblar, mirándolo con la cara descompuesta como si fuera consciente de que se ha pasado de la raya tres pueblos y medio. Y entonces, quien no se puede contener es él, que le devuelve el bofetón. La chica trepida, intenta hablar pero no puede y entonces, Alberto la agarra de la camisa y tira hacia sí mismo. La besa en la boca y ella abre los labios permitiendo que la lengua entre, se comen con toda la furia contenida, con todo el deseo que han aguantado esos años. Alberto, siempre tranquilo y paciente, está loco, le rompe la camisa le levanta el vestido y le destroza las bragas. Luego, se tira encima de ella, que no lo rechaza, al contrario, lo atrae hacia sí. Echan el polvo más intenso y desesperado de su vida, corriéndose los dos juntos.

A pesar del desahogo, a Alberto no se le baja la erección. Quedan un rato así, enganchados piel contra piel, mezclándose el sudor, los dos corazones latiendo desbocados pecho contra pecho. No han pasado ni diez minutos y ya están follando otra vez. El coche se les queda pequeño así que, aprovechando la oscuridad, salen fuera y ella apoya las palmas sobre el capó ofreciéndose desde atrás. Copulan como dos animales en celo. Se supone que tenían que hablar pero cuando Alberto la deja en su casa no han intercambiado ni una sola palabra más.

Al día siguiente nada cambia entre ellos: siguen teniendo pareja, viéndose cuando quedan sus familias, saludándose por la calle y ella le gasta las mismas bromas que siempre. Lo que sí ha cambiado son los encuentros furtivos en los que la pasión se dispara y el sexo intenso los deja exhaustos. Una doble vida a la que Alberto parece estar dispuesto a poner orden. Le propone dejar a sus respectivos novios y convertirse en pareja pero ella le contesta que no, que es mejor así.

- Dentro de un par de meses te vas a la capital a estudiar mientras que yo haré aquí mi carrera - le contesta - ¿Qué va a pasar entonces?

- Te veré cuando vuelva en vacaciones y tú también puedes ir a verme a Madrid.

- Eso no funciona así, Alberto. Un chico joven, guapo y deportista como tú, viviendo en una residencia de estudiantes durante cuatro años que dura la carrera…ambos sabemos que no tardarías en echar una cana al aire. No pasa nada, si fuera yo la que me voy a Madrid pasaría igual, pero no va a funcionar así.

- ¿Entonces?

- Entonces aprovechemos el tiempo que nos queda…

Ella demostró tener razón. Alberto vivió unos años dulces. A los pocos meses de estar en la universidad ya era un chico muy popular y las chavalas se lo rifaban. Pero él se acordaba siempre de su vecina Patricia. Solo una chica llegó a gustarle lo suficiente pero no tanto como para comprometerse. Pero esa es otra historia...

La historia con ella es que siguió con su novio, terminó su carrera, se casó y aparentemente se mantuvo fiel, al menos durante un tiempo. Parecía haber sentado la cabeza. Todo eso hasta que Alberto volvió de Madrid. Después de la carrera había pasado un tiempo trabajando en Madrid y Barcelona, pero años después volvieron a encontrarse. Que no es que hubieran perdido totalmente el contacto, ni que no se hubieran saludado: él se mantenía informado a través de sus padres y alguna que otra vez se habían cruzado. Pero esta vez fue algo más directo, más tú a tú. Se la encontró en un centro comercial con su hija, a la que llevaba a un cumpleaños.

- ¡Joder, si eres tú de pequeña! ¡Si te parece un montón! Tiene tus mismos ojos y tu misma expresión.

Ella sonrió complacida y ambos titubearon un instante: la diferencia entre los saludos de circunstancias de años anteriores y el impulso de que aquello durara unos minutos más, tras haber comprobado que habían vuelto a reconectar.

- ¿La dejo en el cumpleaños y nos tomamos un café? - aventuró ella.

- Sí, claro.

En la superficie todo discurrió tranquilo: conversación amable, interés genuino el uno por el otro, por saber cómo les había ido y por saber cómo era su vida en ese momento. En lo profundo, marejada y corriente fuerte. Sentimientos, deseos, impulsos, mariposas en la tripa como si fueran adolescentes.

Dos días después ya estaban acostándose juntos de nuevo. Y así hasta hoy.

Alberto no ha tenido pareja fija en Madrid, lo más cerca que estuvo fue con una estudiante de primer curso en la universidad pero eso es otra historia, como hemos dicho antes. A pesar de que ha habido muchas chicas que lo han amado, él no acababa de enganchar con ninguna, como si su corazón lo tuviera ya reservado desde que nació para ella.

De vuelta en su ciudad, sigue siendo un chico de éxito y ha habido más de una muchacha que ha llorado por él. Alberto no quiere dramas ni causar daño, por eso no suele repetir. En cuanto ve que alguien se encapricha demasiado o detecta en una mujer esa sonrisa plateada de chica enamorada, como dirían los Cómplices, corta la relación. Prefiere no tener sexo a buscarse problemas porque un polvo con Patri vale como cien con otra.

Se siguen viendo a escondidas porque a estas alturas es difícil que nadie se crea que mantienen una relación de pura y simple amistad, como cuando eran pequeños. Los meses van pasando y sin embargo los encuentros son igual de intensos. Alberto sabe que ella le está dando vueltas al asunto del divorcio. Demasiado pronto, demasiado pequeños sus hijos, no es de las que toma decisiones precipitadas pero la conoce bien porque se han criado juntos: en el momento en que una idea anida en su cabeza, ella no para hasta materializarla. Así que está feliz porque sabe que es cuestión de tiempo que ambos acaben unidos de verdad, mientras tanto, siguen los encuentros furtivos, generalmente en el apartamento de Alberto que es céntrico pero discreto.

Y ahora volvemos al punto en que se fija en este número del que tiene cuatro llamadas perdidas. Primero, Alberto manda un whatsapp a su amante: le propone verse en esa misma noche. Ella le contesta casi inmediatamente que sí. Dispone de dos o tres horas antes de la cena en las que puede desaparecer sin levantar demasiadas sospechas. Luego, marca el otro número, curioso por la insistencia.

No muy lejos de donde se encuentra, Ernesto descuelga, sorprendido de que le hayan devuelto la llamada. Se presenta y comienza explicándole (como ha hecho con los demás), su condición de funcionario para captar su atención y luego el tema referido a la apertura de la tumba vacía. Alberto no parece sorprendido (más bien molesto) por la llamada, de alguna forma algo le decía a Ernesto que iba a ser así, ya se lo esperaba. Aquí nadie parece sorprenderse de nada, quizás porque todos sepan algo que él ignora.

No, no está dispuesto poner reclamación ni denuncia, eso no es necesario, afirma.

- Pero el cuerpo de su hermano desaparecido - trata de provocarle - ¿trasladaron ustedes el cadáver?

- Mire, gracias por el interés y su celo profesional pero ya resolveremos nosotros este asunto.

Algo le dice Ernesto que el asunto ya está resuelto y además desde hace mucho tiempo.

- Oiga, exhumar un cadáver sin permiso es delito…

- Nadie ha hecho nada de eso.

- ¿Entonces?

- Este es un asunto familiar, no puedo decirle más. Si usted cree que se ha cometido alguna ilegalidad denúncielo, pero ya le digo que aquí no hay ningún problema. Los principales afectados somos la familia y nosotros queremos que las cosas se queden cómo están.

Ernesto prueba otra vía, ya que de alguna forma, preveía que esta no iba a avanzar mucho.

- Hablé con su novia, con Judith.

Se hace el silencio al otro lado: parece que ha acertado al meterla en la ecuación, aunque no en la forma que se esperaba… oye una breve carcajada.

- ¿Judith su novia? No, creo que está usted equivocado ¿es ella la que le ha mandado?

- No, en absoluto, pero hablé con ellas y también con su agente. Estaba tratando de contactar con alguien de la familia, supongo que lo entenderá…

- ¿Ellas? Ah, claro, se refiere a la otra, a Marta ¡Vaya dos! yo que usted no me creería la mitad de las cosas que le hayan contado, están muy pasadas de vueltas…

- Pero tuvieron una relación.

- Asier tuvo relación con muchas chicas, créame, y no por eso las calificaría yo de novias.

- Quizás ellas opinan distinto.

- Seguro que Judith opina distinto, esa siempre ha ido por libre.

- Pero salieron juntos, eso no puede negarlo. Ella le tenía afecto a su hermano.

- Mire, no me haga reír otra vez: esa solo se tiene afecto a sí misma ¿No le ha contado porque discutió con su novia?

- ¿Con Marta?

- Esa sí que era su novia de verdad.

- Creo que tenía celos de Asier - aventura Ernesto, consciente de que pisa suelo resbaladizo.

- Judith quería tener un hijo, quedarse embarazada, por eso perseguía a mi hermano. Se ponían hasta el culo de todo y aprovechaba eso para follárselo sin usar medios contraceptivos. Cuando Marta se enteró amenazó con dejarla (de hecho lo hizo), Judith intentó irse a vivir con Asier.

- Entiendo - responde Ernesto mientras ve cómo van encajando algunas piezas del puzle.

- Tuvimos que intervenir. Asier no quería escuchar, o más bien, sí que entendía lo que pasaba pero era débil de voluntad, al menos cuando se juntaba con Judith. Ella era demasiado manipuladora. Como siempre, simplemente se limitaba a usarlo: en este caso quería un hijo y lo quería del más guapo. Ya ve, por fuera sofisticada pero en el fondo muy primitiva.

- ¿Él sabía que quería quedarse embarazada?

- Sí claro, pero como le digo era débil, Judith conseguía siempre enredarlo.

- Por eso optasteis por delatar sus intenciones a Marta. En sus cálculos no entraba que “su amiga” se quedara embarazada.

- O quizás sí pero no de esa manera: ella temía que pudieran montar una familia y que eso la dejara fuera del trío.

- Todo el mundo parece que sospechaba de todo el mundo, la tormenta perfecta.

- Sí, aunque en realidad esa tormenta tenía una culpable que era Judith. Solo miraba por sí misma, lo único que hizo falta fue dejarla en evidencia. Marta estaba mucho más enamorada de Judith que Asier así que monto el pollo más gordo. Consiguió que mi hermano reaccionara al verse metido en todo ese fregado.

- Pero él y Judith seguían viéndose.

La voz de Alberto cambia y se vuelve más grave.

- Sí, esa zorra no desistía con facilidad, se veían menos y a escondidas, pero se continuaban viendo. Eso yo no lo supe hasta después del accidente.

>> Ernesto tengo que colgar - miente Alberto - debo entrar en una reunión. Mira, todo esto es asunto nuestro, aquí no hay ninguna ilegalidad, nadie ha hecho nada malo, créeme. Dejemos en paz a Asier y esa sepultura que está ahí para recordarlo. Todos en la familia lo hemos decidido así. Nadie tiene derecho inmiscuirse: era nuestro hermano ¿sabes? No te preocupes y déjalo estar. Remover esto solo provoca daño y evoca recuerdos no benefician a nadie. Somos nosotros los que tomamos la decisión de reclamar o no, de modo que te pido por favor que lo dejes estar.

Ernesto tiene ya claro que no va a sacar nada de Alberto. No tiene sentido enfrentarse así que se limita a darle las gracias y a despedirse. Ahora es consciente que no puede contar con ninguno de sus más cercanos. Y además, tiene la convicción de que hay algo que no cuadra allí. Un hermano que no se muestra sorprendido por la desaparición del cadáver, un representante que era uña y carne con él y que tampoco parece estar al tanto de todas las gestiones realizadas... sí, definitivamente algo no huele bien. Pero al menos tiene un nombre: ya sabe quién es el que está ahí enterrado. O debería estar.