28 años
Han pasado veintiocho años. La vida los ha separado, casado y envejecido, pero al verse de nuevo, la química no ha cambiado. En una ciudad nevada, con el peso de sus responsabilidades sobre los hombros, deciden perder el control una última vez. ¿Qué pasa cuando el pasado se vuelve a tocar?
28 años
Ya no se bebe igual tras veintiocho años.
Ni se bebe, ni se piensa, ni se respira, come, camina, organiza.
No.
Nada es igual cuando se cuentan menos pelos que calva.
Cuando todo lo más que se ha ganado, son canas, barriga, facturas, disgustos…arrugas.
Cansancio.
Cansancio y esa ponzoñosa inapetencia.
Ninguno de los dieciséis que acudimos al evento se había librado de eso.
De llevar grabado en cada milímetro del pellejo, una terrible desgana hacia los años venideros.
Es la inevitable consecuencia.
El efecto de llevar demasiado tiempo circulando por la misma carretera, en vía única, sin señales de advertencia, sin paisaje, mirando de frente y recto.
La carrocería termina por llevarse uno, dos, diez mil palos.
Y con cada uno de ellos, se manda un poquito a la mierda las ilusiones, los planes, el tiempo propio, los putos cuentos.
Veía a Nacho, el más inteligente desde infantil hasta el bachillerato.
El “Nota”, el que desconocía el significado de sacar menos de nueve.
Ahora representaba en Andalucía a una empresa de duchas, griferías e inodoros.
Su producto estrella era un bidé que te limpiaba la mierda del culo según la temperatura que verbalmente le indicaras.
Excretar sobre un chip programado.
Habría podido llegar a Ministro, a científico molecular, a ingeniero aeronáutico con el universo como meta y una nómina de varios ceros.
Pero a su padre le dio por caer fulminado de un infarto cuando apenas llegaba a los cuarenta y cinco y la depresión del juvenal Ignacio, hizo el resto.
Ahora vendía tazas de wáter al por mayor y ofrecía una mirada tímida, desconfiada y huidiza, prueba de la terrible lucha interna que cada segundo libraba contra la tristeza.
Estaba Ana, la “pelos Jackson”, la artista, la creativa, la que soñaba con ingresar en la Escuela de Arte Dramático.
La chica era la imaginación hecha estandarte, siempre riendo, siempre inventando una nueva forma de enfocar el mismo problema.
Lo más que llegamos a verla fue en un anuncio de productos cosméticos.
Un antiarrugas que le ofrecieron cuando ya pasaba los treinta y ocho y su rostro, hasta entonces ejemplo de frescura, comenzaba a mostrar los efectos físicos del fracaso.
Ese trabajo “hasta que triunfe en lo mío” vendiendo ropa china en una franquicia de fundación gallega, se había convertido ya, en su modo de vida.
Ahora sabía más de tallas, encajes, modas otoñales y medias que de enfoque de voz, temple de mirada y guiones de alta comedia.
Estaba Luis, el “Summers”, el guaperas que se las encarrilaba a todas con esa mezcla de impoluta faz y saberse de memoria todas las ñoñas canciones de Hombres G.
Fue el primero en perder la virginidad con una holandesa mantecosa a la que conoció en el camping donde veraneaba con sus tíos.
En septiembre andaba presumiendo de los enormes pechos de la neerlandesa y un mes más tarde, lo sacaron del instituto para que asumiera las consecuencias de pensar que eso del condón es para tontos.
La holandesa devoradora de hombres resultó ser una soriana mojigata que le borró en seco esa actitud despectiva que ofrecía ante las mujeres cuando lo llamó para decirle que el torpe polvo que había echado en la playa, traería en siete meses sus consecuencias.
Ahora la barriga Luis anticipaba su llegada, su pelo se suicidó con el tercer divorcio y coleccionaba sentencias judiciales por impago de pensiones como quien colecciona cromos.
Y estaba yo, que ni destacaba ni aspiraba a nada con mis quince años y continuaba sin hacerlo con el plan de jubilación ya abierto.
Corriente hasta los extremos, mi mayor logro era sobrepasar los cuarenta y cinco conservando parte del mato grosso capilar y una digna complexión física.
Tan insulso sin llegar a veinte como sin llegar a cincuenta, al entrar en el restaurante, prácticamente nadie me echó de inmediato el nombre encima.
Todos apretaban la mano o daban dos insulsos besos aderezados con un “Perdona es que no me acuerdo”
Soñaba con ser maestro.
Pero el Magisterio se fue al garete por causa de una madre ludópata y un padre enfermo.
El segundo me pidió ayuda para esquivar las deudas y la primera, penaba ahora en una residencia sin reconocer errores, echando a su hijo la culpa de haber visto embargado su piso de toda la vida.
En lugar de ejercer en algún Instituto, regentaba una academia de inglés donde, curiosamente, el que menos gramática Shakesperiana conocía era yo.
Todos entramos en aquella brasería, veintiocho años después, con una gruesa carga sobre la chepa.
Incluso ella.
Al menos Carol demostró de inicios que en lo que a impuntualidad se refería, no había cambiado.
Al inicio de la velada, con el aperitivo en la mano, me había tranquilizado creyendo, no sin cierto alivio, que ella no aparecería.
Porque ella, solo ella, habría sido la excusa perfecta para no confirmar mi presencia.
Carol subió las escaleras con paso firme, provocando que estas retumbaran a través del hueco.
Como si se dejara anunciar por una banda de batucada.
Luego comenzó la ronda de saludos de manera ostentosa, como si fuera una de esas estrellas sobrevaloradas que sobreviven, más que por cantar o actuar divinamente, inventándose excusas para convertirse constantemente en el centro de atención.
Hola….dos besos….hola….dos besos…!cuanto tiempo!....dos besos.
Hasta que llegó a mi altura.
- Hola Juan – se quedó allí de pie, con esa mirada retenida, esa sonrisa apresada y la piel enrojecida.
No se ella.
A mí el corazón se me desbocaba.
- Carol.
Y nos abrazamos.
No nos dimos ningún beso.
No dijimos ninguna tontería repensada.
Sencillamente, nos abrazamos.
Durante un largo y confortable minuto.
Como si el abrazo final, ese con el cual nos despedimos casi tres décadas antes, nunca hubiera terminado.
- Demasiado tiempo Juan.
- Demasiado tiempo cielo.
No sé porque lo dije.
Pero lo dije.
Cuando nos volvimos a mirar, los ojos verdes británicos que heredó de madre, los tuvo más verdes que nunca, mientras nuestras manos, unidas, equilibraban la ausencia de palabras que ni a mí ni a ella nos salían.
- ¡A ver capullos ir escogiendo sitio en la mesa!
- ¡Vino, vino yo quiero vino!
Siempre hay alguien que destruye todos los ensalmos.
Todo discurrió de una manera muy natural.
Rosa, la “Conan” se sentó al lado de Peter el “Lolailo”
A una le encantaba el diseño gráfico, los estampados clásicos y los poemas de Lorca.
Al otro Neruda, las playas de Formentera y las letras de Concha Piquer.
Una nunca había sido penetrada.
El otro lo había sido con hartazgo.
Rosa y Peter echaban de menos a sus respectivas parejas y seguían sin encajar en aquel evento que recordaba unos tiempos de instituto, donde su orientación era motivo de ensañamiento.
Arturo, Carlos, Lucas y Chema escogieron hacerlo uno al lado del otro.
El antiguo equipo de campeones, “los que todo les sale bien”, eran capaces de ganar la liguilla de futbito comarcal, la de tenis provincial, los campeonatos escolares de atletismo y se examinaran de lo que se examinaran, no bajar nunca de ocho.
La “Liga de despreciables” eran ahora un compendio de tirados de la vida, desechos de despacho, residuos de equipos de futbol que les dijeron “No” condenándolos al maravilloso universo de los vulgares.
Se contaban goles, se contaban jugadas, hablaban de derbis pasados como sus abuelos lo hicieron de las trincheras y solo alzaban la voz cuando uno descubría que el de enfrente era de Simeone mientras el era de Josep Guardiola.
Nosotros, sencillamente, nos sentamos el uno al lado del otro, entre Rosa y Arturo y, en lugar de hablar de fueras de juego y poemas endecasílabos, nos dedicamos a recordar aquellos tres meses, sin cumplir los dieciocho, en los que nos amamos.
- Te veo…- suspiré -…te veo maravillosa.
- Deberías cambiar de oftalmólogo.
- ¿Te sigue gustando Tino Casal?
- ¿Ahora que lleva veinte años muerto?
- Si.
- Ahora más que nunca. Las cosas buenas de la vida, nunca se mueren del todo.
¿Me guiñó un ojo?
Por un instante nos interrumpió Remedios, tratando de saludarnos para, de inmediato, pararse a describir su maravillosa vida conyugal.
Ella, cuyo físico era un desajuste sin remedio y sus principios morales se acercaban a la categoría de fosilizados, se consideraba un éxito evolutivo por casarse por ritual involutivo con el primero que le aguanto tres segundos al lado.
Luego todo fue cuestión de parir tres veces consecutivas y mantener adiestrado a un marido mudo no por defecto, sino por supervivencia.
Despachamos la grosería con un asentimiento dócil que la dejó satisfecha mientras nosotros, nos ocupábamos en juntar bajo la mesa nuestras rodillas.
Crema de calabacín con bogavante….palabras…entrecot con pimientos rojos en sal gruesa y patatas a lo pobre….miradas….crema catalana con helado de champan….te acerco el pan y tus dedos rozan los míos….licor de hierbas….te acaricio el brazo….un café solo….un cortado.
- ¡Venga peña nos vamos al “Martinisssssss”!
El final de la cena marcó también la quiebra de nuestra particular cápsula.
- Me gusta oírte – confesó cuando, en la cola de salida, la casualidad quiso que nos apretáramos de más y su boca quedara cerca de una de mis orejas.
Lo dijo bajo aunque dudo mucho que Rebeca, la “Semper maciza” atareada en quitarse de encima el refrote descarado de Arturo, se hubiera dado cuenta.
El “Martinis” era un superviviente de los noventa.
De nuestros noventa.
El local de locales dentro de una ciudad saturada de ellos.
Original, nada de franquicias.
Allí una generación entera y parte de las que nos había sucedido, habíamos dado nuestros primeros y balbuceantes tropiezos nocturnos.
Allí aprendimos a beber hasta vomitar la primera papilla.
Allí dimos nuestros primeros y vergonzantes besos.
Allí nos estamparon el rostro con una soberana negativa.
Allí vimos las primeras caras de asco y las primeras borracheras para tratar de olvidarlas.
Allí nos drogamos, aspiramos por la nariz, metimos disimuladamente la mano, metimos descaradamente la mano, hicimos globos con condones casi caducados, meamos en tazas repletas de mierda, lloramos por una despedida, exageramos amistades inexistentes y encontramos solución para todos los problemas del mundo.
Allí, en definitiva, aprendimos parte de lo que nos ofrecía y robaba la vida.
Allí descubrimos la música.
Porque el regetón, el rap y Rosalía, tras sus puertas plateadas, no existían.
Música.
En el “Martinis” reinaban Antonio Vega, Urquijo, Maná, U2, ACDC, Freddy con Queen o en solitario, Nina Hagen, Kiko Veneno, Radio Futura, Eurytmits, Loquillo en plan Troglodita, Rock Stewar, Tom Jones cuando te ponías cachondo, 99 Lufballons en alemán nada de esa mariconada traducida al inglés no más para hacer caja, Nirvana, los años jóvenes de Red Hot, Phil Collins, Police, Led Zeppelin, The Who, Boston, el Boos y hasta Leonard Cohen antes de que descubrieras que era un cabrón con las mujeres de tomo y lomo.
Y eso, el hecho de que hubiera sabido soportar la riada de auténtica mierda musical, convertía al “Martinis” en un rincón de pura supervivencia.
Un parque nacional de la nostalgia presidido por un enorme cuadro de KISS, lenguas en todo lo ancho, maquillados hasta en los párpados, haciendo de la pista de su baile su dominio.
El dominio de Carol, bailando con una cubata en la mano, meneando su rubia melena al ritmo de “I will always loving you” como si su única preocupación fueran las notas de Matemáticas y Cobi fuera la mascota fea de unas Olimpiadas perfectas.
Como si volviera a tener diecisiete años.
Yo la devoraba desde la barra, con un White Label anaranjado que no probaba desde la Universidad y ella, diera las vueltas que diera, no me retiraba los ojos de encima ni tan siquiera cuando sonaba el bajo de Gene Simmons y la canción se enfurecía.
Cuando acabó su décima ronda se acercó.
- Sigues siendo un muermo Juan Olmo de Todos los Santos.
- Y tú sigues teniendo buena memoria acordándote de todos mis apellidos.
- ¿Cómo voy a olvidarlo “Todito”? Es que eres….eres
Hasta percibí en su rostro el esfuerzo que sentía tratando de liberar lo que fuera que la estaba devorando del esternón hacia dentro.
- Eres de esas cosas que te pasan en la vida….y nunca olvidas.
El “olvidas” resonó justo cuando Boston acaba el acorde final de “More than a Feeling”.
Nadie nos hacía caso.
Nadie nos escuchaba.
Nadie vio que me había derrumbado.
Eran las dos y once minutos de la madrugada.
Habían pasado veintiocho años, once días, veintiuna horas y no sé cuantos minutos desde la última vez que nos habíamos besado.
Y no dejamos, no consentimos, no permitimos, no toleramos que pasara más tiempo.
No nos importaron los testigos.
Cada uno había seguido su propio camino.
Ninguno conocía del otro nada más que esbozos.
Nadie sabía de la rutina de quien casi tres décadas antes había sido el mejor amigo.
Unos estaban ya tan borrachos que les costaba no caerse al suelo.
Otros sangraban por la nariz su adicción a la cocaína.
Remedios a esas horas, dejaba que un chaval de veinte años pusiera su mano extendida sobre su entrepierna, controlando con el cuello estirado, tratando de compaginar las ganas de polla con la necesidad de mantener las apariencias.
La mayor parte del antiguo instituto, había ya regresado a su realidad, calva, gorda y rutinaria.
Nosotros en cambio, hacíamos exactamente lo contrario.
Nosotros nos encaminábamos a conseguir que regresara al presente, un pasado plagado de buenos recuerdos.
Salimos del “Martinis” sin prisas, con paso acaramelado, mirándonos, acariciando nuestros dedos.
Pasemos por la calle Mayor, a esas horas desamparada.
Giramos en el callejón del Hebreo, atravesamos el parque de las Delicias y allí, frente a la fuente oxidada que seguía sin regurgitar agua, nos paramos.
- ¿Te acuerdas Juan?
- Hace veintiocho años, en esta fuente.
- Tampoco tenía agua.
- Y nosotros no teníamos canas.
- Tu estas muy guapo – me acarició el menguante pelo al llegar al cuello, lo asió con relativa firmeza – Bésame como ese día Juan. Hazme regresar, aunque solo sea un segundo. Aunque sepamos que es mentira.
Allí, frente a la fuente de secano, recordamos el que fue nuestro primer beso con esos diecisiete años y seis meses, con esa juventud que parecía durar eternamente cuando, en realidad, la farsa, apenas resiste un pestañeo.
Recuerdo que mis manos, ese día, temblaron recorriendo su espalda.
Y descubrí que mis manos, cuando repetimos sobrepasando los cuarenta, volvieron a hacerlo.
Ella sonrió en mitad del beso.
- ¿Sigues teniéndome miedo Juan?
- Tú también tiemblas.
- Ya – reconoció – Pero yo porque estoy cachonda – y cogiendo mis manos las dirigió directamente hacia sus nalgas.
Carol gimió justo cuando besaba su cuello.
Las prisas se nos estaban apoderando.
Es la hambruna y el delito de ser apasionados.
Comenzamos a caminar apurados.
Apurados y abrazando nuestras respectivas cinturas.
Abrazando nuestras cinturas y besándonos.
Besándonos y metiendo nuestras manos en el bolsillo trasero de los vaqueros.
Y todo eso en una noche a tres bajo cero, en una ciudad de montaña bajo un palmo de nieve embarrada.
Inevitablemente, tropezamos.
Inevitablemente, caímos.
Carol cayó encima.
Y, al hacerlo, comenzó a reírse.
Lo hizo con ganas, como si de un plumazo, se borraran nóminas, calendarios de vacunaciones, presupuestos, menú escolar inadecuado, sarampiones e hipotecas.
Pensaba que la magia se había disuelto pero aquella risa, algo hombruna, totalmente honesta, acrecentó todavía más la sensación de que, lo que nos estaba ocurriendo, no podríamos nunca olvidarlo.
- ¿Qué te parece tan gracioso? – le dije incorporándome.
Y ella, desde el suelo, mirándome con esos ojos depredadores y pícaros, tan tiernos como peligrosos, extendió hacia mí una mano cómplice para que la ayudara a recuperarse.
- Pues que somos igual de patosos y torpes que hace veintiocho años.
Pensé.
Recordé.
La misma noche en la que nos desvirgamos caía una nevada increíble.
Nuestro estreno se perpetró en el piso de un amigo, mientras afuera el invierno arreciaba dejando a la ciudad aislada bajo medio metro de blanco nervoso.
A la mañana siguiente, sin nada que hacer en un lugar bloqueado, sin electricidad ni entretenimiento, nos dedicamos a repetir la hazaña, enseñándonos, gozándonos, perfeccionándonos hasta que pulimos la caja de Durex.
Veintiocho años más tarde recuperamos la compostura y, tras besarnos dulcemente, retomamos la senda.
Paramos a acariciarnos, paramos a saborear el néctar de nuestras miradas.
Paramos a repetirnos cuan sabroso es lo prohibido.
- Buenas noches.
Es lo único que le dijimos al recepcionista del “Esperanto”, el hotel de cuatro estrellas que me autoregalé para celebrar mi breve retorno a la ciudad donde me había criado.
Carol aguardaba a que las puertas del ascensor, abiertas de cara a la recepción se cerraran.
Lo hacía exagerando la cara de beata mientras yo, desde atrás, sentía como sus dos manos, entrelazadas, apretaba con ganas todo lo que aguardaba bajo el tejano.
Al quedar solos y empezar el artefacto su ascenso, se giró y antes de besarme, con una voz inmensamente cautivadora, con los labios a dos milímetros de los míos….
- Parece que con los años, esto ha mejorado de tamaño….
….terminó de arrinconarme y dar por iniciado el juego.
Salimos y casi corrimos, jugueteando, riéndonos a través de aquellos pasillos amplios de mármol pulido hasta lo obsesivo y cuadros pintado por el pintor chino menos comprometido y más estrafalario.
No me cabía ninguna duda que, a través de las cámaras de seguridad, el recepcionista se estaba relamiendo con nuestro espectáculo.
Llegamos sonrientes a la puerta de la doscientos catorce.
Puse la llave.
Al hacerlo, puede ver en el dedo mi alianza de plata.
Una alianza brillante, pulida, inmaculada a pesar de llevar veintidós años colocada.
Fueron dos escasos segundos.
Pero Carol no era tonta.
Nunca fue tonta.
Ni con dieciocho ni con cuarenta y seis.
Ella puso su mano exactamente sobre la mía.
Su alianza era algo más barata.
Indudablemente, su marido, carecía de suficiente salario como para comprarle una mejor.
Su otra mano se puso en mi trasero y apretó casi ensañadamente, clavando sus largas y bien pintadas uñas.
Uñas negras.
- Tú decides.
Mi respuesta fue mirarla a los ojos directamente con mis insípidas retinas marrones.
Las suyas, fruto de su origen británico, gozaban de la claridad de una cala en pleno Egeo.
Se podía ver a través de ella todo lo que pensaba, tramaba, concebía…deseaba.
Mi mano derecha, habilidosamente, desabotonó uno, dos, tres, cuatro piezas de su camisa hasta quedar ella delante, con el abrigo en el suelo y la camisa abierta, mostrando levemente la piel, y la promesa del paraíso, del exquisito placer parapetado bajo ella.
Abrí.
Entramos.
Fui a encender la luz.
- No- dijo.
- Quiero verte.
- Lo harás – prometió – Pero antes, mira.
Lo hice.
Lo hice para descubrir…si, se pueden descubrir muchas cosas con casi cincuenta años, que la mujer más soez, patosa y destartalada del cosmos, es capaz de sacarse de la manga, el momento más erótico, más cautivador, más tormentoso que cualquier hombre digno de ser tildado como heterosexual, disfrutará en su puñetera existencia.
Carol no era soez, patosa o destartalada.
Pero englobaba, entre el colosal paréntesis de sus dos caderas, todo el universo.
La habitación distaba mucho de estar a oscuras.
Las persianas, aupadas hasta arriba, recordaban que el invierno puede ser todo lo crudo que se quiera, que siempre existirá la luna llena.
Y el quinto y último piso, la ofrecía como un extra incluido en el precio de un hotel nada barato.
La luna parecía estar introducida dentro de la doscientos catorce como si el sol, en lugar de haber desaparecido, se ofrecía con un burka que paliara su brillo, pero no lo hiciera desaparecer.
Carol caminó hacia la doble hoja del ventanal que daba acceso a la terraza.
Yo la miraba embobado.
Porque cada paso….una zapatilla…que se alejaba…otra zapatilla…a la luz…el vaquero…cada uno…la camiseta….hacia el cristal….el sujetador….iba quedándose….las braguitas….tal y como la deseaba.
Desnuda.
Desnuda ofreciendo sus espaldas mientras sus ojos se echaban sobre la ciudad de provincias, de misa diaria y moral hipócrita donde ambos nos conocimos, nos amamos y nos dimos una inolvidable puñalada.
Era una imagen absolutamente pictórica, digna del mejor guion, merecedora del mejor retratista.
Carol se giró.
Su mirada, devastadora, no perdía sin embargo ese lado tierno, sutil, pudoroso que esconde hasta la mujer más puta.
Por mucho que décadas y experiencia hicieran dos en una, una mujer siempre guarda unas gotitas de duda.
La diferencia es que Juan, también con décadas, también con experiencia, había aprendido a reconocerlas, a encauzarlas, a comprenderlas.
Comprendía su papadilla, remarcando un rostro que no había perdido la belleza traviesa de sus pecas.
Comprendía las machas de su piel, el decaimiento de sus pechos, lo exagerado de sus aureolas.
Comprendía la barriguilla, las caderas sobrealimentadas, la dejadez del vello público.
Comprendía los muslos punteados por la piel naranja.
Comprendía la flacidez.
Comprendía los años y los malos hábitos.
Camine hacia ella.
A cada paso se desprendía un zapato, luego otro, luego el jersey y la camisa, luego los pantalones hasta que, al llegar hasta ella, no quedaba nada que impidiera ver mis innumerables defectos.
Y Carol, jodidamente lista, comprendió también la realidad de mis arrugas, de mi papadilla, de mi culo sin resalte y mi tripa.
También a mí se me había injertado, sin remedio, el tiempo entre las células del cuerpo.
Ella sonrió.
- Solo una cosa por favor – avisó.
- Tu dirás.
- Quítate los calcetines. Es lo menos erótico que puede haber en este mundo.
Sonreí.
La besé.
Lo hicimos casi tan tímidos como cuando no sabíamos nada y tanto nos costaba reconocerlo.
Lo hicimos parando para reír, para acariciarnos el rostro, para intensificar el abrazo, volver a reír, besar de nuevo y parar los cronómetros.
Es lo bueno de los cuarenta y tantos.
Las prisas, irónicamente, se difuminan cuando se sabe que el buen tiempo es finito y las oportunidades de disfrutarlo tan escasos, que el beso más tibio es de una intensidad asoladora.
Una apertura de boca.
Una puntita de lengua correspondida.
Saliva
El ruido del besuqueo.
La apertura total, acelerada.
Las respiraciones que chocan.
Los cuerpos que se aprietan.
Carol fue la primera en abandonar.
Pero no para tomarse un respiro.
Lo hizo para besar mi mentón, para descender hasta la nuez, hasta el hueco de cada clavícula, hasta lamer el esternón.
Mordisqueó la tripa, apretó con sus uñas las lorzas.
Provoco mi sonrisa al llegar al ombligo.
Olisqueo el vello.
Y al encarar el pene, medio inquieto medio flácido, sin pactos, treguas o preavisos, abrió su boca y se lo introdujo de un empentón adentro.
Lo hacía bien.
Rematadamente bien.
Mucho mejor de como lo había recordado.
Invertía en ello, todos sus recursos.
Tan experta, tan concienzuda que no pude represar la idea de preguntarme cuantas pollas entre nuestra ruptura y ese instante, habría devorado.
Y la idea, ácida, incentivó en mi unos irreconocibles e irrazonables celos.
Menos mal que volvieron mis ojos.
Porque, lo verdaderamente diferenciador, lo más excitante, paraba en ese afrodisiaco tan maltratado y esquivo que son las retinas.
Al abrirlas, pude contemplar el ventanal negro, punteado por las luces de la ciudad que se desplegaba justo debajo.
Allí se insertaba el reflejo de Carol, la primera en todo.
El primer amor, el primer sexo, el primer y auténtico dolor.
Carol imprimía su piel blanca intensa contrastando con el cristal.
Carol de rodillas pero nunca sometida.
Parecía irreal.
Parecía insuperable.
Parecía estar despertando de un largo sueño.
Y dejé de prestar atención a aquella felación de fábula.
Solo veía a Carol alzando su mano diestra hasta entrelazarse con la mía sin dejar, ni un solo segundo, de continuar con la maniobra.
- Creo que esto ya está Juan – aseguró sonriendo mientras me contemplaba desde abajo, con su rostro justo al lado de mi polla, ya completamente tensa – Pero a mí aún me queda.
- ¿No estabas cachonda ya en el parque? – bromee.
- No, no caballero. Ya no tenemos diecisiete….ya no me pongo a cien solo con mirar un buen culo. Ahora debes ganarte el sabor de mis fluidos.
Carol se alzó, se sentó en la mesa de escritorio y abrió sus piernas sin retardos ni preámbulos.
Recuerdo el mecido flácido de sus muslos al ejecutar aquel movimiento.
Recuerdo las venillas azuladas transparentándose a través de su piel.
Recuerdo sus pies descalzos, algo hombrunos, con aquellas durezas en los dedos gordos inexistentes un cuarto de siglo antes.
Si.
Lo veía todo.
Y juro por todo lo sacro, que nunca la vi más cautivadora.
Me acerqué.
Besé de nuevo su boca y descendí lento, amagando y retrocediendo, consiguiendo que su respiración se destemplara, ganara en calidez y nervio, reteniendo las ganas de gritarme un “!Cómetelo joder!”.
Si no lo decía, era porque en el fondo, sabía que pocos afrodisiacos hay mejores, que retrasar el instante preciso.
No dejé un solo milímetro de su cuerpo sin ser besado, acariciado, y sutil, muy sutilmente lamido.
Y, cuando llegué al sitio más sacro y delicado, al lugar donde todo hombre, alguna vez se arrodilla, al único dios donde uno descubre que en realidad es diosa, entonces, inexplicablemente, lamí intensamente.
- Aaaaa que cabrito….¿dónde aprendiste a hacer eso?
No le respondí.
Bastante tenía intentando coordinar lengua, boca, saliva, suspiros, presión, caricias, gemidos, mis manos asiendo las caderas, acercándola sin acelerar el placer, sin provocar daño, calibrando bien mi habilidad con las exigencias de Carol.
Porque Carol ya no era una púber camino de la madurez.
Carol ya era madura.
Sabía lo que quería, como y donde lo quería y, estaba seguro, no deseaba encontrar en mi la misma torpeza que veintiocho años antes.
La mesa de despacho era buena obra de carpintería.
Carol pecaba de rellenita, bien oculta bajo unas maneras de vestir sugerentes.
No era gordita pero había ganado doce o quince kilos.
El mueble no emitió ni una sola queja.
Porque ella, acariciando mi medio melena, acariciando mi barbilla, se dejó caer, larga sobre ella, entregada, consintiendo todas las diabluras que mi boca concibiera.
- Para esto el tiempo te ha sentado muy bien….-sonreía.
Sonreía con los ojos cerrados.
Así, apretando dientes para retener el goce, comenzó a reírse abiertamente.
Reírse y gemir, morderse los labios, enrojecer su tez nórdica, tan pecosa como pecaminosa.
Cuando consideré que estábamos a punto de cruzar la trinchera, que no daba de más su aguante, abandoné la pelea tan rápidamente como me había entregado a ella.
Lo señalé depositando el beso más tierno que pude sobre su palpitante ombligo.
- El corazón te late desbocado - dije colocando una oreja entre sus pechos.
Bajo el, pude ver ahora con claridad, la evidente marca que delataba las dificultades que Carol tuvo para traer el mundo a sus hijos.
¿Cuántos serían?
¿Uno?
¿Dos?
¿Del mismo padre?
Ella se dio cuenta y trató de cubrir la cicatriz algo avergonzada.
Eso me causó una profunda indignación.
Aparte su mano y besé le herida de vida.
Mientras lo hacía, la mirada de Carol iba poco a poco enterneciéndose.
Como si sus pupilas recuperaran algo que, tiempo atrás, me había sido familiar.
Algo que ella y yo conocíamos pero las décadas y los sacrificios, nos habían hecho olvidar.
- No todo salió bien en mi vida Juan.
Ella lo susurró sentada sobre la mesa, con las piernas abiertas y yo estratégicamente colocado.
Nunca se olvidan abrazos como esos.
Ni el abrazo, ni la manera que tuvo de descender su mano derecha, asir mi polla, acariciarla, frotar con su glande la puerta del paraíso.
Escuchar la humedad de sus labios en el punto justo.
Nuestros gemidos se fueron incrementando.
Puede que el glande en un principio, reaccionara agresivamente.
La hipersensibilidad me hizo sentir un incómodo cosquilleo.
Pero el deseo es narcótico por lo que, enloquecido, logré encajar y, antes de iniciar, mirarla.
Carol respiraba con fuerza devolviendo la mirada con esos ojos que no sabes brillan por ser miel, o por ser hierro fundido.
Sabía jugar bien sus bazas.
Por eso, las tiraría cuando ella quisiera.
Y dio la casualidad de que lo quería, en ese preciso momento.
Una vez encadada acaricio mi rostro mientras, con la otra mano, rodeó mi cintura hasta asir sus dedos en mu trasero.
- No dejes de mirarme Juan.
Así fue como, veintiocho años después, volvía a penetrar los más profundo de Carolina Maldonado.
Ninguno cerramos los ojos.
Ninguno retiramos la vista.
Nos queríamos el uno al otro.
Y el uno al otro nos teníamos.
Las bocas se abrieron, el rostro hizo una contractura, las cejas se enarcaron.
Pero no, nunca, jamás, dejamos de mirarnos.
Había conocido a otros.
Había parido los hijos de otros.
Las sensaciones eran completamente diferentes en el abrazo que su vagina daba a mi miembro.
Una ausencia total de resistencia.
Una temible capacidad para querer coger lo que se anhela y tiene al alcance de los labios.
Sensaciones olvidadas que aquel susurro emitido al oído cuando toque su fondo y mi tripilla rozó su engordado clítoris, trajeron otra vez de vuelta.
- Lo he imaginado así miles de veces Juan….¿Lo hiciste tú?
Acompasé el roce con el movimiento hacia arriba, ganando empuje al alzarme de puntillas.
Ella supo agradecerlo con un grito largo, contemplando su pubis y mi cadera, ambas fusionadas, erótica, sexuales, lúbricas.
- El señor aprendióooo oooooo
Si, el señor había aprendido.
Y la señora.
Porque, tumbándose sobre la mesa enarcó las piernas hasta adoptar una V perfecta.
- Cógeme los tobillos – ordenando – Y dame.
Lo di.
Y allí, hundiéndome en ella, vi el tatuaje.
“J”
Una “J” discreta, sencilla, sin florituras ni ornatos.
Prácticamente invisible.
Lamí todo el tobillo donde había sido dibujada.
Lamí sus pies.
Y en ningún momento dejé de penetrarla y provocar sus gemidos.
- Sigue Juan…lento…asiiiii
Aquel Juan adicto a las cazadoras vaqueras, las Panamá Jack, el Clearasil y Tocata, hubiera arremetido egoísta y sin miramientos, incapaz de contenerse, poseído por el ansia, la falta de experiencia, el desconocimiento de que el sexo, es todo lo que para lejos de una penetración rápida, breve, decepcionantemente intensa.
Pero el Juan que añoraba el pelo perdido, había aprendido a controlar, a ser paciente, a buscar su placer en el ajeno, a calibrar los tiempos de la otra parte, a hacer que sus manos, incrementen la sensación de su polla.
El ritmo crecía sí, pero coordinadamente.
Se plagaba de caricias, de lametones en los pezones, de mordisquillo en los míos, de un pícaro apretón de nalgas….de palabras.
- Cielo.
- Sigue vida.
- ¡Que hembra!
- Te siento.
- ¡Qué diferencia!
Y todo, medido al ritmo de Carolina y sus flujos.
Porque cada vez que entraba, cada vez que sentía aquel calor divino amparando mi sexo, escuchaba el burbujeo de su entrepierna
Su piel, hermosa y sajona, extraída del Bristol más “fish and chips”, estaba completamente enrojecida.
Eso no había cambiado.
Cuando el placer la embargaba, sumara veinte o casi cincuenta, su inmaculada tez lechosa se tornaba idéntica al de una holandesa dormida bajo el sol de Benidorm, sin toalla, sin crema.
Y ese era el indicativo, el instante fiel, seguro, en que Carol se perdía.
Se abrazó a mi cuello, acercó aún más su pelvis, arrugó su rostro, ofreció su cuello.
Se restregó contra mí hasta el punto, que me entraron dudas serias sobre si era ella la que me follaba, si era yo o lo hacíamos mutuamente.
Lo que si averigüé, es que había aprendido el muy noble y detestable arte de postergar lo mejor de todo.
Cuando ya pensaba que se corría, justo en ese instante en que empecé a creer que podía liberarme y hacerlo, me extrajo de sus adentros, se incorporó y, cogiéndome de la mano, me guio hasta lanzare sobre la cama.
- Y ahora vamos a follar, caballero - dijo sin ocultar una maléfica risa.
Volví a sentirme un acomplejado.
Un pelele.
Esa desagradable sensación que me acompañó desde mis primeros escarceos hasta que, la lejanía de los fantasmas de instituto y las buenas y malas experiencias, me hicieron ir ganando confianza en mi propia oferta.
Tumbado en la cama, Carol se subió lamiendo mis pies, mis tobillos, mis rodillas y muslos, los huesos de mis caderas, cada costilla, un pezón, otro pezón….mis labios.
No dejó de besarme mientras habilidosamente, asía mi polla y dirigía su propia penetración.
De una sola tacada.
No pensaba ir ni lenta, ni prevenida, ni cauta, ni temerosa.
No saca y mete la polla como si fuera una actriz porno ganándose nómina.
Se roza.
Rápido, sistemático, carnal, orgásmico.
Pero se roza.
Mece la cadera tan decididamente que su clítoris parece fundirse con mi vello.
Carol se aprieta contra mí, para mí, sobre mí.
Y busca mis manos para colocarlas sobre su trasero.
- Agarra, agarra Juan.
Las ensancho porque hace falta.
Las ensancho y aprieto con mis dedos hasta hundirlos en sus nalgas.
No soy capaz de abarcarlo pero la presión, la sensación de mis uñas clavadas parece incrementar su morbo.
La postura se apodera.
Sobre todo de ella que se alza apoyándose sobre mis escasos pectorales para coger vencida y acelerar el ritmo.
Los ojos se abren de par en par.
Los míos.
Los de Carol por fin claudican y se cierran, enarcando cejas, abriendo la boca, exhalando rápidos y rítmicos gemidos.
Sus pechos son pequeños.
Incluso levemente esmirriados.
Pero la velocidad es tal que se mueven arriba y abajo en un ecléctico, vital y excitante movimiento.
Puede que sus pezones se ofrezcan oscuros y engrandecidos.
Puede que las estrías de su tripa cuelguen sobre la mía.
Puede sí, pero nunca la vi tan hermosa y entregada.
Jamás tuve la sensación de no querer cambiar por nada ni nadie, una sensación como aquella.
- Ju…ju…juannn aaaa me voy a co…correrrr.
No sé qué me ocurrió.
Hasta aquel instante, mantenía la situación bajo control.
Pero su confesión aceleró hasta convertirme nuevamente, en un chaval de diecisiete, incapacitado para resistirle treinta segundos al vaivén del sexo.
- Ay
Se corría, sin duda.
El sonido de la carne, el resbalar del sudor, sus uñas dañando y el desboque descontrolado de nuestros cuerpos.
Su gemido gutural, coincidió con mi primera eyaculación dentro.
Su fascinante gemido final, cuarenta y dos segundos más tarde..
Nadie preguntó ni anticipó nada.
Yo no conté lo de la vasectomía.
Ambos consideramos, antes de quitarnos la ropa interior, que no nos traicionaríamos.
Mi semen, discurriendo ahora fuera de su vagina, cayendo gota a gota sobra las sábanas, era inofensivo.
Carol cayó sobre mi casi a plomo.
Quedo besando con enorme dulzura mi cuello.
Sus jadeos y lo enjuto del espacio, provocaron gotitas de sudor impregnándolo con eso olor corpóreo que todo lo domina, cuando se despliega buen sexo.
Nuestras pieles parecían una.
A pesar de que afuera había comenzado a nevar, aquella habitación parecía una sauna.
- ¿Te peso? – preguntaste iniciando el movimiento para quitarte de encima.
- No te muevas de allí Carol – supliqué – No lo hagas, Por favor. No. Nunca. Quédate y acaríciame.
Y eso hicimos.
Porque era cierto.
Hacía mucho tiempo que ambos no habíamos follado con nuestras parejas.
Y más aún desde la última vez que habíamos hecho el amor.
Ninguno de los dos recordaba la última vez en que pasamos una hora entera abrazados y satisfechos después de practicar un duro fornicio.
Mirándonos, acariciándonos, besándonos, sonriendo, sintiendo que se había hecho lo adecuado, con la persona adecuada, en el momento adecuado.
Yo no lo recordaba.
Y Carol tampoco.
Y soñamos.
Una semana después, nos sincronizamos.
Mi mujer lloró.
Su marido la llamó puta.
Mi mujer prometió venganza, hacérmelas pasar canutas con los niños, la custodia, la pensión y la hipoteca.
Su marido juró que se las haría pagar, que perdería todas las amistades, que contaría a todos los vientos sus secretos y miserias.
Pero ambos decidimos que había llegado la hora veintiocho años postergada.
La hora de demostrar que ya no éramos inocentes e inexpertos.
Tardamos apenas una semana en encontrar piso.
Uno lo suficientemente barato para afrontar nuestros respectivos divorcios pero lo sobradamente grande como para acoger a una familia que se había duplicado en número de hijos.
También cambié de trabajo.
Carol pidió vivir cerca de sus padres, encarados ya con el final de su existencia.
Perdimos amigos, perdimos familia, perdimos respetos hacía mucho aburridos de respetarnos.
Y ganamos tiempo para follarnos como nunca nos habíamos follado.
Si, soñamos.
Si, lo hicimos.
Porque cuando sonó el despertador en aquella habitación de cuatro estrellas en la ciudad donde ambos habíamos crecido, ella ya no dormía a mi lado.
Carol caminaba desnuda hacia donde habían caído sus braguitas.
Aun somnoliento, no pude dejar de perturbarme al contemplar su trasero oscilante, sus carnes temblorosas cuando con habilidad y rapidez, las recogió y se las puso.
Me daba la espalda pero aun así, podía sentir el enorme esfuerzo que estaba haciendo.
Esfuerzo y valor para respirar hondo y girarse sabiendo que yo estaba ya despierto y demandaba una respuesta al por qué no iban a cumplirse esos sueños.
Porque deseaba desesperadamente hacerle una pregunta.
Solo una.
- Carol….¿qué ha sido esto?
Sus ojos seguían siendo miel infinita.
Solo que, al contrario de lo acontecido apenas unas horas antes, su mirada era apesadumbrada y esquiva.
- Juan…Juan….cielo. Esto no es nada. Nada. Porque no puede haber más.
- Nunca te olvidé Carol.
- Ni yo.
Al reconocerlo reveló verdaderamente que el peor efecto que en ella había tenido el paso de aquellos veintiocho años, había sido el de enquistarse mi recuerdo como el más melancólico de todos.
- ¿Sabes? Ayer, cuando te vi, te me echaste encima como una ola gigantesca…he recordado cómo me latía el corazón cuando te veía entrando en clase…cómo me ruborizaba al sentir tu voz…!que torpes éramos! ¡Que torpes y que jóvenes!
- Tú también me arras…
- Esta mañana – interrumpió – He recordado a José María. Mi marido – aclaró – He recordado el día en que le dije que deseaba opositar. ¡Que tontería de recuerdo! ¿Verdad? ¿Sabes que hizo? Renunció a todos sus caprichos a todo su tiempo libre para pagar facturas y atender a los niños. Tres años. Recuerdo el día en que le dije que estaba embarazada. Su mirada era puramente devota. Y la mañana en que nos dijeron que mi madre se moría. Si hay algo que me dio fuerzas fue su abrazo. Entre los dos hemos sacado adelante una familia complicada. Los niños nunca son fáciles eso, sospecho, tú también lo sabes. Ni tampoco las facturas. Él nunca falla. Él nunca se olvida de recordarme que me quiere. Me valora….¿Y tu mujer Juan? ¿Tu mujer te ha fallado?
Bajé la mirada.
- Imaginaba – reconoció – Uno no deja la seguridad, la casa conocida, la pareja que sabes responde, los hijos que se aman hasta la locura. No lo dejan por nada. Por nada.
- Aunque…
- Por nada.
Carol se vistió y marchó.
No dijo adiós.
Tampoco lo hubiera deseado.
Si. Ese
Habían pasado veintiocho años.
Los veintiocho que añaden adiposidad a la piel y sabiduría al intelecto.
Esa sabiduría que lleva a reconocer que uno no da una vuelta de timón al barco de la vida por una cena de antiguos compañeros.
- Aunque seas el amor de mi vida – reconocí una vez escuché cerrarse la puerta, corriendo luego hasta la ducha para que ni yo mismo supiera distinguir el agua de las lágrimas.
Pd: Esta historia es real. Fue la confesión de un gran amigo. Una confesión con lágrima y promesa de escribirla sin publicarla hasta que el ya no estuviera entre nosotros. Y ya no está.
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