La secretaria tímida - editado
Él sabía que yo era demasiado para aguantar. Ahora, de rodillas frente a la pantalla, le muestro a mi esposo cómo mi jefe me posee, me ordena y me reduce a lo que siempre fui: su puta.
En la entrevista me vio, y se quedó impresionado por el currículo… eso sin duda... pero también le impactó lo buena que estoy.
Yo pensé que vestir recatadamente reduciría el efecto de mi cuerpo, pero en este caso creo que incluso fue al contrario. Tiempo después me contó que le parecía extraño ver tanto esfuerzo para llegar a ese currículum en alguien con ese aspecto. También las formas e indumentarias de mosquita muerta que cultivaba.
En fin… Él no lo sabía.
No podía saberlo… Pero, de alguna forma, sí: lo sabía. Cabrón, sonrío de pensarlo.
Después me dijo que ese mismo día, durante la entrevista, creyó tener claro el toque necesario. Era el momento de las órdenes. Si las daba correctamente, sólo recibirlas me iría calentando. También admitió que sintió cierta tensión, por el riesgo. Y se dijo que no quería líos, como siempre... pero que esto era demasiado. Que yo era demasiado para aguantar.
Yo vestía y me conducía muy recatadamente al principio: todo muy formal. Mi jefe no es nuevo en estas lides, lleva décadas tratando estrechamente con asistentes, administrativas, gestoras de proyecto, directivas y secretarias de dirección. Y ha evitado siempre meter la polla donde tiene la olla. Así que no se dejó en absoluto, no permitió que el deseo le urgiese. Incluso tardé en darme cuenta de lo que estaba haciendo. Se comportó como un buen cazador. Al principio, y de forma muy caballerosa, consiguió, poco a poco, que me sintiese cómoda.
Al principio era honesto, e iba al grano, pero siempre en un tono amistoso que debía tener muy estudiado, el cabrón. Me hacía sentir bella y deseada al comentarme que, en las reuniones, e inevitablemente, los clientes y proveedores que se reunían con nosotros veían debilitada su capacidad para negociar y pensar con rapidez cuando tenían una mujer atractiva delante. Incluso me explicaba cómo, siendo más sutil y balanceando la voz y la mirada de manera profesional, podía estimularles y dejarles en una leve inferioridad de condiciones. Ese ápice de ritmo que a él le facilitaba noquearlos. Los compañeros, por supuesto, también obedecerían mejor sus órdenes si, cuando yo se las transmitía, estaba deslumbrante, era directa y dura, y acababa con una sonrisa. Realmente aprendí muchísimo de mi propio poder. Aprendí a usarlo, a usarlo con responsabilidad, a disfrutarlo y a no engañarme sobre él. Creo que es el aprendizaje más productivo de mi vida, en todos los ámbitos.
En fin, que eso le dio carta de naturaleza también. Era legítimo atraer, era también mi forma de ser parte del equipo, de servirle a él. El resultado… Empecé a cambiar mi indumentaria, y mi actitud, poco a poco, pero con bastante decisión.
En uno de los primeros viajes en coche -vamos con chófer para que ambos podamos trabajar en viajes largos- me ofrecí a hacerle un masaje en la mano. Había pensado, tiempo atrás, en darle algún masaje en los hombros, porque tiene un dolor recurrente, pero no me había atrevido. Además, el trabajo con móvil y teclado le deja con necesidad de rehabilitación muscular y articular en la mano. Esta vez veía que realmente lo necesitaba… estaba a pocos centímetros… y me lancé.
Empecé a darle el masaje… pero, al poco rato, me fui dejando caer sobre su hombro con el mío, enseñándole descaradamente las tetas, mientras me recreaba en masajear su mano… O más bien la sobaba. El masaje cambió: saqué una crema del bolso y empecé a masajear todo el brazo, arriba y abajo, mucho más concentrada y silenciosa que antes, para que sólo escuchase mi respiración cercana sobre el sonido del motor. Supe que se fijó en cómo mis piernas se apretaban la una contra la otra. Cerré los ojos e imaginé que su mano era su polla. Que yo estaba en su despacho, vestida solamente con la falda… de rodillas… chupándole la polla con ansia… con deleite. Sin prisa.
Después de eso hicimos un par de viajes en los que… Bueno, él ya debía tenerlo claro [risa audible]. Le ronroneaba como una gata cada vez que decía mi nombre o me daba una orden. Cuando me llamaba, sonreía y movía el culo exageradamente, como una perra le movería el rabo.
Él aún guardaba unas estrictas distancias físicas, diciéndome en voz alta (cabrón) que era “sólo para cumplir la legalidad”. Uno de esos comentarios me mandó al baño a masturbarme.
Siguió así, viendo que yo respondía. Me fue dando las excusas para que siguiera sintiéndome cómoda, guapa y a salvo. Los escotes crecieron, las sonrisas también. Crecieron los masajes en su despacho, las insinuaciones…
Qué cerdo… Siempre hacía lo mismo. Usaba una argumentación científica para describir la utilidad de sus consejos y peticiones. Y tenía razón… Aunque ese no fuese su único motivo, era un motivo suficiente para que una trabajadora ambiciosa se condujese así. Un día, me pidió que le dijese cuándo estaba con la regla y cuándo ovulando. Dijo que era para mejorar su consideración hacia mí en el trabajo, para prever mi desempeño y exigirme más en mis mejores momentos. Quería que fuese evidente que me ponía a prueba. Que pensaba gobernarme, pero sin tener que anunciarlo explícitamente. Lo dijo sonriendo. Con una gran pausa al final, durante la que me miró fijamente, sonriendo con los ojos y un lado de la boca. Una pausa que casi me hace correrme, ahí de pie, en la puerta de su despacho.
Guardé una nueva pausa, le escribí en un papel las fechas clave, le dije que en veinte minutos lo tendría calendarizado en sus dispositivos, y que en ese momento tenía que ausentarme para ir al baño. Ya, bueno… el disimulo para ambos era sólo una forma divertida de hablar. Yo había dicho que sí.
Y hace tres viajes empecé a follármelo. Habíamos cenado, y a mí ya se me veía dispuesta. Jugué a ser la chiquilla tímida que soy en general y que conoció al principio, y con ello puse el cebo. Bebi más vino del normal y empezamos a hablar de sexo. Cuando le dije "me cuesta llevar a la cama a mi marido", sonrió, me miró a los ojos fijamente, y se calló. Para que yo supiera que lo había entendido, que ya se acababan los juegos. Que me iba a follar muy pronto.
Al llegar al hotel me acompañó, y, cuando yo iba a hacer el amago lento de cerrar la puerta de la habitación, simplemente pasó, serio y en silencio,sin mirarme. Se quitó la chaqueta, la echó sobre el escritorio. Después se aflojó la corbata. Entonces se dio la vuelta y se dirigió a mí, con esa media sonrisa de chulo en la que quisiera darle un mordisco, por cabreo y gusto al mismo tiempo. No puse ningún impedimento cuando se acercó, me cogió del culo y me besó.
Ya ves lo perra que me tenía. Había pasado mucho tiempo. Gruñí. Le busqué la polla como una desesperada, deshecha, sabiendo que era mi momento. Él intuía que sería una buena zorra, y yo también… pero ninguno sabíamos cuánto.
De repente, mi jefe no tenía una mujer delante. Tenía una hembra ardiendo, agonizando por su polla, salivando y ya mojada durante horas. Me hizo arrodillarme. Me llenó la boca con la polla con lo que me trepanaría después. Con la que iba a llenarme cada agujero, como así fue.
No sólo se la saqué con hambre, sino que me llevé las manos a la espalda, como si estuviese atada, para que él entendiese que me entregaba plenamente. Me entendió. Con ello provoqué que me empezase a follar la boca como un animal.
Me corrí apenas me la metió en la boca. Me corrí apenas me la metió en el coño. Me corrí cuando me folló mi culo virgen. Estaba deshecha de necesidad, y se lo dejé claro también: quiero tu leche, relléneme señor, por favor llene de leche a su pequeña putita... Le dejé los huevos secos, y yo quedé igual, encharcando la cama. Nunca había tenido sentido en mi boca el repertorio sucio de disparates que solté. De repente lo tenía. Necesitaba hacerle arder, con cualquier arma al alcance. Y que supiera qué era mi cuerpo. Cuánto era para él.
El hijo de puta me habló mientras me follaba la boca estando yo del revés, con la cabeza hacia abajo colgando del borde de la cama. “Sé perfectamente lo que te pone tan cachonda”, me dijo. “No sólo soy yo… Es el hecho de que sea tu jefe.”. Él sabía que me había encantado el rabo, que me había alegrado de que el morbo que le daba se viese refrendado por una buena polla. Pero me lo dejó claro: sabía que eso daba igual, que yo era una zorra necesitada de sentirme hembra y no mujer, de ser dominada y poseída, de apagar todo lo que no sea sexo… Brutalidad animal. Me dejó claro que sabía que yo quería la polla de quien me daba órdenes. Y que desde ese momento sería mi dueño.
Desde entonces, me ha hecho de todo, y me hará cualquier cosa que se le ocurra. Sólo soy su juguete, su esclava. Sabe todo lo que no me has podido hacer… y me lo ha hecho él. Sabe que es mucho menos guapo que tú, y eso le hace disfrutar aún más su victoria. Sabe perfectamente que te haré sólo lo que me mande. Hasta decirte que no, apartarte en la cama, porque ese día me ha ordenado no follar contigo, me pone cachonda. Y descubrí lo que de verdad es correrse como un misil sentada en la cara de alguien… ese día en que me ordenó llegar a casa, con el coño relleno de él, y hacer que me lo comieras.
Así que mira, maridito, mira cómo me trago su polla y cómo me folla la boca. Aunque aprendieses, sólo podrías hacerlo si él lo ordena. Me pongo súper cerda cuando me agarra del cuello o del pelo y me clava el rabo hasta la garganta. Me encanta. Dice que se nota un montón que me follas mal, porque tengo un chocho estrechito, de niña… y me lo está ensanchando.
Le como la polla cada vez que me lo ordena. Me encanta que me dé órdenes… pero antes de muchas reuniones, en realidad, acudo yo solita. Le digo que mi Amo tiene que estar relajadito para esta reunión, porque es importante. Y le pregunto de rodillas si me permite ayudarle sacándole la lechita.
Entonces me siento encima de él y le ordeño, o me desnudo completamente, porque sé que le gusta que se la chupe así, plenamente desnuda en su despacho, mientras él sólo tiene abierta la bragueta del pantalón. Y le devoro el rabo pidiéndole la semilla. Le sobo con las dos manos para ordeñarle al máximo. A veces, pongo antes mi móvil delante para verme sobre su mesa a cuatro patas, mientras me folla por detrás y me aplasta contra la mesa cogiéndome del cuello, tirándome del pelo y agarrándome de la boca con las dos manos a veces, como una yegua.
Y así, siempre tengo vídeos para que lo veas poseerme.
Hay días que, si no nos da tiempo a follar, antes de irme a casa le suplico que simplemente me llene de leche, para llevármela.
Y sabe que hace unos días te lo conté.
Y sabe que, encima te empalmaste, cornudo.
Así que, hemos pensado darte esta sorpresita, y que me veas aquí, por videoconferencia, ejerciendo como su perra.
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