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El Club (2): La infidelidad es un elixir

Carmen siempre fue la esposa ejemplar, hasta que una noche en un hotel de Tenerife rompió todas las reglas. Ahora, con el secreto ardiendo en su pecho y la complicidad de su cuñada, debe decidir si sigue fingiendo o se entrega a la 'puta' que lleva dentro, incluso frente a su propio marido.

Sylke and Friends20K vistas9.2· 37 votos

El Club (2): La infidelidad es un elixir

No podía llegar a casa tan pronto si quería que mi coartada fuese sólida, por lo menos tenía que esperar hasta que llegase el primer tren de la mañana y no levantar sospechas. Volví a sentirme fatal, buscando excusas para engañar a Pablo, en lugar de enfrentarme a la verdad y confesarle en qué me había convertido.

Quedaba más de una hora de espera, tenía un hambre voraz pero no me atrevía a bajar al desayuno, no tenía ni siquiera claro como poder salir de allí, y no cruzarme a nadie. Nunca suelo llevar efectivo, siempre pago con tarjeta, pero esa mañana era imposible, no quería dejar ninguna prueba de mi estancia en ese hotel. La suerte me quiso sonreír y encontré un billete de cincuenta euros en mí monedero. Recordé que los había sacado en Tenerife de un cajero, por tener un poco de efectivo en el viaje. ¿Era todo producto de la suerte o realmente era el demonio el que me lo ponía en bandeja?

Me sentía tan rara en esa habitación de hotel, podía recordar casi cada imagen de lo vivido, la sensación de intentar controlarme y verme sobrepasada por esa lengua viperina y esas manos ardientes. Me sentía más turbada todavía. El vacío en mi estómago no era sólo de hambre, aunque haber sido follada de esa manera, me hacía necesitar comer imperiosamente.

Me senté en una mesa apartada en el comedor de ese hotel, tratando de no encontrarme ninguna cara conocida mientras mi mente trataba de recomponer todo y el caso es que lo podía vestir de mil maneras, pero estaba claro que había sido follada como una perra, y había disfrutado como tal, por muchos remordimientos que pudiese tener ahora. Mientras saboreaba mi desayuno, volvían a mi mente las mil las mil posturas, y como gemía una y otra vez. “Carmen, tú no eres así...” me repetía, pero sí, había sido yo, la que había sacado esa fiera y esa puta, no sé de dónde. Todas esas sensaciones encontradas, me estaban volviendo loca, pero debía poner fin a esto, y mi cuñada me debía ayudar.

- Eva, por favor - dije en cuanto me cogió el teléfono - no me cuelgues. Necesito hablar contigo.

- Buenos días puti cuñada, ¿Qué tal has dormido? ¿Te han follado bien? - Contesto con total naturalidad y una pequeña risita malvada.

Yo intentaba hablar de la solución, pero ella no parecía querer escucharme, sólo quería detalles minuciosos de mi encuentro con ese desconocido del club, y en ese tira y afloja fue ganando ella desde el primer minuto.

- Me siento como una zorra. - confesé tras mi relato.

- Pero Carmen, tú no dices que quieres tanto a mi hermano, pues sé esa mujer con él. - me dijo después de haberme sonsacado cada postura, cada gemido y cada azote.

Sus palabras me helaron la sangre, ¿cómo podía ser yo esa zorra con mi marido? ¿Qué pensaría de mí? Yo siempre había sido una buena mujer, decente, respetable, madre de sus hijos; no esa desbocada lujuriosa.

- Eva, pero... ¿qué dices? - le pregunté.

- Carmen, esa mujer está en ti, te podrás borrar del club, incluso podrás no volver a ponerle los cuernos, pero tarde o temprano saldrá. Será con un hombre, con una mujer o con un vibrador, pero saldrá. - sentenció sin más.

No fui capaz de rebatirle, porque tenía razón. No eran las nueve de la mañana, y tras colgar con ella, sus palabras en lugar de chocarme me excitaban, en mi cabeza me vi siendo esa puta con mi marido, con un desconocido, con un vibrador, e incluso con algo que nunca había llegado ni a pensar, con otra mujer.

Al volver a la habitación volví a sentir esa especie de mareo, como si estuviese en una montaña rusa de sensaciones, entre ellas, las de mi sexo, que palpitaba recordando cada momento. Salí peor de lo que había entrado, con más dudas, menos soluciones y aún más excitada.

Intenté que mi paso por recepción fuese lo más breve posible, y así fue, aunque no me libré de la miradita de la joven.

- La 501, todo está pagado por el caballero. Esperamos que disfrutara de su estancia en El Garden. Dijo sin dejar de recorrerme con la mirada.

Me sentí desnuda ante ella, podía notar como si ella misma hubiera estado en esa habitación, creo que tenía tan claro, como mi cuñada, todo cuanto había ocurrido, y lo zorra que era, debía llevarlo escrito en la frente, “puta, puta, puta”....

Mi cabeza era un hervidero, mi cuerpo estaba a flor de piel, me sentía intranquila, pero excitada a la vez, sólo quería llegar a casa, dejar mi maleta e irme a trabajar. Pensaba que si me centraba en el trabajo todo eso no desaparecería de mi cabeza, pero al menos, si quedaría en un segundo plano, más llevadero.

Al llegar a casa, por suerte, Pablo no estaba, se había ido a trabajar, pues no sé si hubiera notado mi aspecto e incluso mi olor a zorra, que me parecía estar desprendiendo por momentos, a pesar de haberme duchado dos veces. Conseguí atravesar la jornada laboral más bien que mal, aunque no podía olvidar la noche, ni las palabras de Eva, pero pude controlar mi cuerpo y de algún modo, mi mente.

Camino de casa, mi culpa y ansiedad crecían por momentos, no sabía cómo esconder ese desconcierto que inundaba mi cabeza, ni cómo enfrentarme a la mirada de mi esposo. Podía notar como me temblaba la garganta aun sin hablar, como a mis piernas les costaba sujetarme, hasta que, al abrir la puerta, cuando escuché la voz de Pablo al abrir la puerta casi me da algo.

- Hola cariño, ¿qué tal el viaje? - me dijo.

No respondí, lo único que hice fue abrazarle y besarle. Mi beso fue un beso, de los que hacía años no le daba, con pasión, con entrega y ese beso, además, pedía perdón sin decirlo, pedía clemencia, pedía amor y también lo daba.

- Pues sí que me has echado de menos - dijo Pablo con una sonrisa en la cara, cuando mis tacones tocaron el suelo, pues me había quedado colgada de su cuello literalmente

- Si - respondí tímidamente.

- Quizás debes irte más a menudo de viaje. - añadió sonriente sin sospechar nada.

No es que no quisiera contestar, es que no podía hacerlo, si hubiese abierto mi boca me habría delatado, seguro. La mejor forma de darle la razón fue volver a sellar sus labios con los míos, dejándole claro lo mucho que le había echado de menos y en el fondo yo misma me estaba diciendo cuánto le quería.

Pude notar claramente que él recibió mi mensaje alto y claro, al pegar mi cuerpo al suyo, noté lo contento que le ponía mi profundo beso y esa dureza que se aprisionaba entre nuestros cuerpos.

- Menos mal que nos vamos de fin de semana sin niños -dijo con una sonrisa pícara tras soltarle de nuevo.

Con todo lo ocurrido, no me acordaba para nada de nuestra salida de fin de semana, claro, por eso estaba en casa tan pronto.

Aguanté la sonrisa y subí hacia la habitación y efectivamente la maleta de Pablo ya estaba lista. Habíamos reservado un fin de semana de amigos, había parejas y solteros, Eva, su hermana, era una de ellas. Un hotel en el parque natural de la Sierra de las Nieves, a dos horas en coche desde casa, por lo visto era un sitio idílico, con spa, masajes, sin niños, un edén.

Cambie mi ropa de trabajo por algo mucho más informal para el fin de semana y mi maleta estuvo lista en un abrir y cerrar de ojos.

Mi nerviosismo por lo ocurrido se escondía tras el que aparentaba tener por haber llegado tarde.

- Estás con el guapo subido, preciosa. - me dijo Pablo cuando me vio aparecer con ese vestido veraniego, floreado y que se me quedaba algo ceñido.

Estaba hecha un lío, pero además Pablo no acostumbraba a echarme esos piropos a menudo, por lo que me sentí todavía más guapa de lo que él me decía y volví a pensar en las palabras de Eva de comportarme de otra manera con él y me negué a mí misma con la cabeza y disimulé con una sonrisa, sin querer que se me notara nada raro.

El caso es que antes de que pudiese dar más vueltas, estaba sentada en el coche rumbo a Málaga, intentando calmarme utilizando como excusa el trabajo y el móvil. Sabía que en cuanto separase mí vista del móvil, Pablo, como es normal, empezaría a preguntarme por el viaje, y no quería delatarme, calladita estaba más guapa.

El tráfico era algo intenso por lo que Pablo estaba centrado en la conducción, y mi estrategia del móvil funcionó, mucho mejor de lo previsto, hasta que un llegó un SMS del club.

“Bárbara, se dejó usted sus bragas en la habitación. Puede pasar cuando quiera a recogerlas. Por discreción preferimos no enviárselas. Gracias, El Club”

Mi móvil paso de ser un aliado, a ser el enemigo, traidor y soplón. Casi me quemaba en las manos y noté como ese calor subía hasta mis mejillas.

- Bueno, Carmen, cuéntame, ¿cómo te fue en Tenerife? - me preguntó Pablo en cuanto vio que levantaba la vista.

- Bien. - respondí casi como un soplido para que no notara el temblor de mi voz.

- ¿Se complicó la cosa? Contaba con que ibas a llegar ayer. - añadió.

“Céntrate, por Dios, céntrate”, me decía a mí misma, mientras intentaba narrar mi viaje concretando, por supuesto, lo puramente laboral. No es que el fuera muy celoso, o preguntón, al contrario, nunca he visto un atisbo de celos en él, pero además porque yo siempre le contaba absolutamente todo... le tenía muy mal acostumbrado. Conseguí construir una historia más o menos creíble, cambiando mi zorreo por unas copas con las chicas, el sexo por unas risas en la habitación, y lo ocurrido en el Garden por una solitaria noche de hotel en Madrid.

Lo de mentir nunca se me dio bien y mi corazón parecía que se saldría de mi pecho a cada frase, y aunque yo había enmascarado muy bien lo ocurrido, mientras que colaba esas imágenes sobre la realidad, esa realidad no era ajena. No podía dar crédito, pero me estaba poniendo cachonda al mentir a mi marido y recordar, como había sido poseída, empotrada y devorada, me daba vergüenza a mí misma, pero todo eso era más fuerte que yo. Lo mismo tenía razón mi cuñada y lo que necesitaba era ser quien parecía ser, dejarme de contemplaciones y lanzarme, dejando atrás a la otra Carmen.

Para cuando llegamos al hotel estaba más que lista, por fuera y por dentro, y sabía que con darle un beso como el de esa mañana al entrar en la habitación lo tendría listo y preparado. No estaba segura de sí conseguiría ser la versión completa de la “señora puta”, pero si podía notar que no sería tan recatada como siempre.

No había apenas dejado las maletas, que retomé mi beso dejando que las imágenes de la noche anterior se adueñaran de mí. Mientras las manos de mi esposo se adueñaban de mis caderas, yo en mi realidad paralela, era manoseada por otro, mucho más atrevido y descarado, un hombre que me tratase como la zorra que llevaba dentro.

Yo misma, sin ayuda, no como el día anterior, me coloqué de espaldas a mi marido, agarrándome al poste del dosel de la cama, levantando mi trasero para dejar mis glúteos en evidencia.

Pablo pareció dudar unos instantes, hasta que sus manos se colaron tímidamente bajo mi vestido, al tiempo que yo hacía girar mi culo, de forma lasciva. Sus manos me acariciaban suavemente, dándome gusto, pero yo buscaba mucho más que una caricia, y mis caderas ronroneaban y se contorsionaban anhelando mucho más.

Muy a pesar mío, mis bragas seguían estando en su sitio, y su lengua no parecía darse por aludida. A grandes males, grandes remedios y entonces giré mi cara hacia él y sin dejar de mirarle como una gata cachonda, llevé sus manos a mis bragas, más claro agua, era un mensaje bastante claro, así como mi lengua jugando con el contorno de mis labios de forma lasciva.

Supongo que él estaría más sorprendido por mi comportamiento, ya que nuestro sexo era siempre bastante ordenado y clásico, casi pulcro, pero estaba segura de que tampoco le pondría pegas, notando cómo inmediatamente mis bragas bajaban quedándose en mis tobillos, cómo sus manos se posaban en mis glúteos, al tiempo, cómo sus dedos los separaban y sobre todo cómo su lengua por fin se instalaba entre mis muslos. Creo que era la primera vez que mi marido besaba mi sexo en esa postura y eso me excitó un montón.

Así, agarrándome al poste, separando mis piernas para ya no dejar duda alguna, esperaba a ser devorada como merecía, su lengua tan solo coqueteaba con mi sexo, con dulzura, como siempre y sin claro objetivo por lo que mi mano tomo su nuca y la empuje con decisión hacia mí, hundiendo su cara sin remilgos. Su lengua se tornó ávida de mí, como esa lengua viperina de la noche anterior, dejando de ser mi habitual marido para volverse mucho más hambriento que de costumbre, mucho más voraz, mucho más otro y mucho menos él. A pesar de todo y de forma irremediable pensé en Eva, su hermana y mi gran amiga cuando me habló de comportarme de otra manera con Pablo. ¿Y si ella tenía razón?

Quería un azote, merecía un azote, en ese momento me hubiese gustado decirle que le había sido infiel, y que me castigara como me merecía, sin mesura, sin descanso. Quería ser follada como la puta que me sentía. Sin embargo, su lengua paró en seco y los dos nos quedamos inmóviles a la vez.

- Toc, toc, toc, - sonó la puerta - ¿Pareja como vais? - era precisamente, la voz de mi cuñada al otro lado.

La cara de Pablo salió de entre mis piernas, mis manos buscaron mis bragas en mis tobillos y los dos nos miramos sonrientes, envueltos en deseo y frustración mientras intentábamos recomponernos de ese ímpetu improvisado.

- Ya vamos, acabamos de llegar. - dije en alto antes de abrir la puerta, plantándole un beso a Pablo y recuperando mi sabor de sus labios.

¿No era ella la que me decía de ser la puta de su hermano?, pues vaya manera de ayudar pensé, mientras me recolocaba la ropa. Nada más abrir, Eva notó al instante que había sido muy inoportuna, pero tan sólo me sonrió a espaldas de su hermano.

- Os hemos llamado a los móviles, pero ni caso, ninguno. - comentó Eva con su risita que parecía decirlo todo.

- Acabamos de llegar y la verdad no se ni dónde lo tengo. - respondió Pablo algo apurado.

- Anda daros prisa, que están todos en el bar. - comentó Eva marchándose y cerrando la puerta, no sin antes dedicarme una sonrisa socarrona.

En un abrir y cerrar de ojos me había quedado sin castigo, sin azotes, sin labios que me devoraran, sin disfrute, y volviendo a ser la pareja ejemplar. Pablo y yo nos miramos con cierto apuro, casi con timidez, como dos desconocidos que comenten una travesura de adolescentes.

Tras recomponernos y sin decir nada, bajamos al hall del hotel. En el bar nos esperaban todos, los diez nos conocíamos desde la época de la universidad, algunos incluso antes. Cena divertida, algunas anécdotas que todos conocíamos, muchas nuevas, algún comentario un poco más subido de tono, pero tampoco mucho, todo dentro de lo habitual en la pandilla. No sé si por mi calentura, pero noté que Eva tonteaba con más de uno, más de lo normal y la regañé varias veces con un levantamiento de cejas y ella respondía sacando la punta de su lengua. Las cervezas corrieron entre risas y cachondeo general, pero yo no me quitaba nada de lo vivido de la cabeza, las miradas de Eva tampoco ayudaban, parecía estar mandándome mensajes subliminales con la mirada.

- Por favor, ¿los servicios? - pregunté al camarero levantándome.

- Tranquilo ya le indico yo - dijo de pronto Eva levantándose de inmediato y haciéndome un gesto de que me acompañaba.

Recorrimos varias estancias y salones de ese hotel que era precioso pero un poco laberintico, por lo que me alegré en parte de que al menos Eva había decidido ir conmigo. Dentro de los servicios, el cubículo era uno de esos enormes, por lo que mi cuñada entró directamente conmigo.

- Tanto sexo seguido te abrió el apetito, ¿verdad? - me soltó mientras yo me bajaba las bragas.

Me sonroje tanto, al hablarme así, cada vez más me arrepentía de haber confiado en ella, si sinceridad tan directa me ponía muy incómoda, y esto seguro que lo hacía adrede. De algún modo, a pesar de la confianza, era la hermana de mi marido. Entonces le lancé un dardo queriendo repartir culpas.

- Eva, ¿No estás tonteando mucho con todos?

- ¿Tú crees?

- Sí, bastante, joder, son mis amigos y algunos vienen con pareja. No te cortas.

- ¿Crees que soy un poco puta?

La sonrisa de mi cuñada parecía dar la respuesta que yo no fui capaz de darle, pues ¿quién era más puta de las dos? Entonces me soltó a bocajarro:

- Bueno, dime, ¿Y tú qué ganas tienes de ser la putita de mi hermano esta noche? ¿O quizás de cualquiera? - dijo pisando mis bragas manchándolas en el suelo.

Mis ojos buscaron los suyos, y me dieron miedo. Sin dejar de mirarme, se agachó y esas bragas que estaba pisando salieron por mis pies.

- Límpiate bien, que estas hoy ya no las vas a necesitar - dijo recogiendo mis bragas y poniéndose de nuevo en pie. La zorrita va ir descapotable. ¿Ves cómo “El Club” es la solución a todos tus miedos?

- Eva, pero ¿qué haces? ¿Estás loca o qué? - me salió del alma - ¿Cómo voy a ir sin bragas?

Su mirada me contestó sin palabras, tomó mi pequeña prenda interior y se las metió en el bolso como si tal cosa.

- No queremos que la gente se entere de lo despistada que eres con las bragas ¿verdad?, y que te las vas dejando donde sea. - sentenció.

No me hizo falta contestar, ni intentarlo más, sabía que esas no volvían muy a mi pesar, pero lo peor fue la sensación que atravesó mi cuerpo al entender que ella sabía que me había dejado las bragas en el hotel.

Gracias a Dios que la falda no era muy corta, pero aun así la sensación de saber que mis bragas ya no estaban me puso muy nerviosa, nervios de todo tipo, de ser descubierta, de estar expuesta, de sentirme excitada, una sensación de calor se apoderaba de mi bajo vientre a cada paso que daba.

Para cuando llegue a la mesa estaba hecha un flan, y tenía la sensación de que todos lo sabían, ese calor se había transformado en algo mucho más intenso y localizado. Gracias a que todos estábamos un poco cansados de la semana, la noche no se alargó mucho más.

Pablo no estaba cansado para nada, y nada más cruzar el umbral de nuestra puerta salto como un resorte. El mismo me llevó hasta el poste de la cama, creo que tenía intención de terminar ese trabajo interrumpido... ¿En serio que Pablo quería jugar? Él mismo metió sus manos para bajar mis bragas, pero no las encontró.

- ¿Pero qué es esto? -dijo totalmente asombrado.

Ahora sí que me había metido en un lio, como le iba a contar como las había perdido. ¿Qué su hermana me las quitó en el baño? Nunca me creería, y eso me llevaría a tener que dar muchas más explicaciones. “Piensa Carmen, piensa, y hazlo rápido”.

- Es tu culpa, me dejaste muy mal antes. - dije poniendo voz de inocente aferrada a esa columna de madera.

Tan solo escuchaba su respiración, y su silencio. Entonces, levantó mi falda dejando mi culo al aire, podía notar como sus ojos se clavaban en él, yo ni me volví.

- ¿Quién eres? ¿Y dónde está mi mujer? - Escuché mientras separaba mis piernas e inclinaba mi cuerpo para que tuviera mejor vista.

Todo esto me estaba poniendo a mil, y decidí no solo seguirle el juego si no llevarlo un paso más allá.

- He sido mala, no podía dejar de pensar - dije sujetando mi falda hacia delante para exponerme totalmente mientras contorneaba mis caderas.

- ¡Buf!

- Estaba muy caliente y me fui al baño. - exclamé con voz melosa mientras podía notar como mi sexo debía de estar brillante. Me notaba empapada.

Se hizo otro terrible silencio y al acabar de hablar note un tremendo frio recorrer mi cuerpo, ese que te recorre cuando has cometido un enorme error. Pablo se acercó desde atrás hacia mí, coloco sus labios junto a mi oreja izquierda, y susurrando dijo.

- No sé quién eres... lo que sí sé es que eres una guarrilla.

Esas palabras me devolvieron el calor, se colaron entre mis piernas, subieron entre ellas como fuego puro, pellizcaron mis pezones, azotaron mi alma, le dieron la vuelta a todo mi cuerpo, y sacaron lo peor de mí, ese lado que apenas estaba descubriendo.

- Yo si se quién soy, soy tu guarrilla. - suspiré poniendo mi culo en pompa buscando un azote perdido, temerosa ante su reacción, pues aquella era la primera vez que le decía algo así a mi esposo.

Su mano se posó en mi nalga derecha, suavemente, no como yo esperaba, con fuerza y firmeza, en lugar de mi esperado azote, me acariciaba el culo con delicadeza.

- ¿O sea que eres mi guarrilla? ¿Y que se merece una guarrilla? - preguntó él siguiendo ese juego.

Me sorprendió escuchar esas palabras con la voz de mi marido. Podría haber pedido el cielo, pero no fue así, podía pedido un pollazo, que me comiera, que me follara, pero solo pedí un azote.

- ¡Un azote! - supliqué recreándome en cada letra y según lo decía contante en mi mente.

El tiempo pareció detenerse, seguro que no fue tan larga la espera hasta que su mano se posó sobre mi nalga derecha, y esta vez con firmeza y con fuerza. El sonido de ese choque me electrificó, el calor de mi nalga llego hasta mi cara, y todo eso se convirtió en profundo suspiro que animó a la mano de mi consorte a mucho más.

Me había ganado cada azote que me estaba dando, aunque él realmente no fuera consciente, me lo merecía por promiscua, por viciosa, por lujuriosa, y sobre todo por guarrilla. Entre azote y azote mi falda fue eliminada de la ecuación y también mi sujetador, y ya a cuatro patas sobre la cama, se había hundido su boca en mi sexo, lamiéndolo con lujuria y sorprendentemente también se estaba ocupando de mi ano... ¡Pablo estaba desbocado!

Me llevó al centro de la cama, se colocó de rodillas detrás de mí, con una mano subió mi pelvis y con la otra notaba como se colocaba la polla. Sin miramientos, me ensartó profundamente y de forma brusca.

Mi marido no me estaba haciendo el amor, me estaba cabalgando, manos en mis caderas y espuelas listas.

- ¿Qué se merece la guarrilla? - decía sin dejar su montura

- Un azote - afirmé recreándome.

Azote, empujón, azote, empujón, y así como una buena yegua fui galopando hacia el orgasmo, colina abajo, sin poder controlar mi cuerpo, follada por mi marido como nunca me había follado, siendo la puta que quería ser. Los temblores recorrían mi cuerpo, mi vulva, mis pezones, mis labios, y mi esfínter, cuando note como su dedo gordo quería entrar donde nunca había entrado nadie, ese sin lugar a dudas fue el detonante de mis gemidos y mi orgasmo. Sentir como mi marido me perdía el respeto o el miedo, y pasar de ser una mujer de porcelana a una hembra de carne y hueso fue lo que me hizo perder los papeles.

- ¡Fóllame, soy tu guarra! - conseguí decir antes de pasar a solo poder comunicarme con gemidos.

Su dedo en mi culo fue mi detonante, mi “Follame” fue sin duda el suyo. La inercia nos llevó a seguir cabalgando pasado el orgasmo, pero como una bici que se queda sin impulso caímos sobre la cama, extasiados, sorprendidos de nosotros mismos. Era la primera vez que Pablo y yo hacíamos algo tan salvaje en la cama.

El mismo beso que le di yo al llegar a casa, me lo dio el al recobrar el aliento, me envolvió en sus brazos y yo me dejé envolver. Nunca pensé que serle infiel pudiese ayudar tanto.

A la mañana siguiente palpé las sábanas hasta encontrarme con el cuerpo de Pablo que dormía profundamente, satisfecho y exhausto. Pellizqué mis pezones, aun sensibles y me dije: “Al final, pedazo de puta, has encontrado la solución, y no podías tenerla más a mano”

No quise despertarle, por lo que me levanté y me fui hacia la ducha. En la espera de que la temperatura del agua se estabilizaba miré mi móvil.

“Bárbara, bienvenida al hotel Shanti Som, Tiene su masaje personal concertado para las 13h. Gracias, El Club”

No pude evitar sonreír, lo mismo mi cuñada tenía razón y EL Club era la solución, eran las 9 h30 tenía mucho tiempo por delante.

Tras la ducha, elegí uno de mis falditas cortas vaqueras y un top, que me hizo sentirme más joven. Me puse a elegir las braguitas y al final, notando mi propia risa, cerré la maleta sin ponérmelas. Noté el frío entrar por debajo de la faldita, pero al mismo un calor intenso que invadía mi cuerpo cachondo.

No pensé que esta vez, la falda pudiera ser demasiado corta como para salir así, pero sin despertar a Pablo, me bajé al comedor. Encontré una mesa al final, junto a un gran ventanal que daba al jardín y me senté. Al principio, lo hice con las piernas bien juntitas, no era cuestión de armarla, hasta que uno de los clientes se fijó en mí. Podría no haberle dado ninguna importancia, pero sus miradas volvieron una y otra vez. Le veía apurado, porque parecía acompañado de su mujer, sin embargo, ya no perdió detalle cuando abrí ligeramente las piernas, justo frente a él, ofreciéndole mi coño bajo la faldita. Hasta se le cayó un plato con la impresión y yo tras reírme, crucé de nuevo las piernas para seguir desayunando.

Al mirar hacia mi top, me percaté que mis pezones estaban bien marcados sobre la tela y era todo un espectáculo. En otro momento, me habría tapado y seguramente saldría corriendo avergonzada, pero no sé por qué la mirada de ese hombre maduro, regresando con la mirada, me hizo ponerme tontita y volver a ofrecerle el espectáculo de mis piernas abiertas de nuevo, logrando que el tipo se mordiese la lengua desde su posición, mientras su esposa parecía indicarle algo para coger en el buffet, el parecía absorto con lo que tenía al fondo, que era yo, la putita juguetona, que le estaba calentando al máximo.

Jugando como una chiquilla, yo misma me sorprendía de mi propia forma de actuar, en un juego prohibido, lascivo, pecaminoso... tan alejado de aquella Carmen, tan correcta, tan sensata...

Todo era un juego inocente, pero yo estaba tan caliente, que esa puta que llevaba dentro me invitaba a ir más allá, ¿qué coño me estaba pasando?, me levanté me acerqué a esa pareja y apoyando mis tetas en su espalda, hice una especie de movimiento oscilante para recoger un plato con fruta surtida y de paso restregarle mi pecho en su espalda.

- Disculpe, caballero – dije con voz de niña buena.

Sin duda, el tío debía estar a mil y yo no digamos, sobre todo cuando volví a pegarme a él una vez más, para insistir en mi búsqueda por un plato, pero lejos de dejarlo ahí, me puse justo delante, sacando el culo y restregándolo contra su pelvis, notando la dureza que se había quedado en el pantalón, así lo rocé varias veces, sintiéndome muy excitada al hacerlo, hasta que vi que la mujer se acercaba de nuevo y me separé, haciendo él lo propio, carraspeando y bastante desconcertado.

De pronto la voz de mi cuñada me sorprendió con un susurro en mi oreja.

- Buenos días, pedazo de zorra. - me dijo, asustándome.

Cuando quise volverme la sonrisa de Eva y su meneo de cabeza indicaban que me estaba controlando, pero lo quise averiguar:

- ¿Lo has visto?

- Todo. Sabía que esta putilla tenía mucho fuego dentro – dijo y con disimulo me pellizcó un pezón.

- ¡Eva! - protesté, pero eso me hizo sentir un cosquilleo especial.

No sé si por suerte o por desgracia, mi marido apareció en el comedor, junto a algunos de nuestros amigos.

- ¡Hola chicas! ¿Qué planes tenemos hoy? ¿Piscina, spa...? - preguntó mi marido dándome un piquito y echándome una mirada cargada de deseo viendo mi indumentaria.

- Piscina sin lugar a dudas, conteste. Habéis visto el día que hace. - dije.

No todos eran de la misma opinión, pero tampoco teníamos que hacer todo todos juntos. Éramos muchos y no podíamos caber en el lugar que yo había buscado para sentarme, por lo que las conversaciones saltaban de mesa en mesa, y además bajaban como por cuenta gotas saliendo de su letargo. Con todo este ir y venir de gente, mi mente no estaba en lo que tenía que estar, por lo que, en ese enfriamiento, me acordé de repente de mi semidesnudez. Me subieron los calores sin previo aviso, lo de anoche había estado muy bien y además no solo me brindo una noche muy placentera, sino que además despertó en mi marido una pasión brutal, el juego matutino con ese cliente del hotel también tuvo su puntillo, pero al verme rodeada de mis amigos, me angustié por si Pablo pudiera mosquearse y no sabía si tendría fácil dar explicaciones de nuevo

Con la excusa de ponerme el bañador, intenté levantarme de la mesa y así poder adelantarme a él, pero notaba en su mirada que quería venir conmigo, definitivamente lo de ayer había abierto una nueva puerta en nuestra relación, no sé muy bien qué gesto hice, fue algo como si estuviese pidiendo tiempo, pero sabía que mucho no tendría.

Estaba muy nerviosa, sentía que me iba la vida en ello, tanto que me metí en el ascensor sin mirar. Vaya situación, precisamente dentro, estaba la pareja de esa mañana. El caballero, sin decir nada, lo dijo todo, y ella directamente, me asesinó con sus ojos desorbitados. Nos pasamos del cruce de miradas, pero estaba implícita esa conversación sin palabras, por un lado, que me hizo saber lo mucho que le había gustado todo mi show, y ella no podía evitar que le saliesen subtítulos, “guarra” parecía el más suave que me sonaba, no se oía... pero se sentía.

En el pasillo tomamos direcciones diferentes, pero podía notar como los ojos de aquel hombre se metían bajo mi falda con total impunidad, saboreando el regalo que le había hecho en el desayuno. Había que reconocer que me estaba convirtiendo en una señora muy puta.

Inevitablemente volví a pensar en mi esposo, incrédulo de lo que me pasaba en ese cambio repentino de mi comportamiento, pero confiado de que todo era producto de un simple cambio de chip por mi parte en ese viaje y en parte así era, aunque evidentemente, producido por otras circunstancias que él desconocía.

Por las miradas de Pablo en el comedor entendía que el bañador no me iba a durar mucho puesto, por lo que opté por tan solo desvestirme y que me pillara directamente así, aunque no se lo pondría del todo fácil, un poco de “ahora no”, un tanto de “nos están esperando”, más un “Pablo ¿qué haces?” le pondría un poco más de sal y pimienta al momento.

No me dio tiempo ni a pensar en qué bañador ponerme cuando Pablo apareció por la puerta y cual guepardo cayó sobre mí. Mi resistí, insistió, me volví a resistir, pero sin mucho énfasis y ante su empeño con sus manos y labios, me resistí sin resistirme.

Fue salvaje, rápido, intenso, aquí te pillo aquí te mato, no hubo palabras, no hubo gemidos, fue animal y brutal. En su cabeza no sé qué ocurría, pero en la mía, estaban todos mezclados: el señor del desayuno, su mujer regañona, Javier, mi tinerfeño, Miguel, Pablo lógicamente también, pero en su versión de la noche anterior, los azotes, mis bragas perdidas, y con tanto espectador en mi cabeza, me corrí encima sin control y sin mesura.

Mientras me ponía el bikini, por un momento, tuve miedo, pensando que mi marido me iba a preguntar de dónde había salido esta nueva Carmen, tan desconocida, pero por suerte no dijo nada, él solo tatareaba contento una canción, eligiendo su bañador, sin duda, ese cambio le estaba haciendo muy feliz. ¿Entonces? ¿Debería dejarlo todo como estaba y seguir ocultándoselo? Desde luego, contarle la verdad no era la mejor opción en ese momento.

© El Club. Darneb & Sylke 2022

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