Al acabar la jornada de trabajo
La lluvia los atrapó, pero fue el deseo lo que los encerró. Entre el frío y la tormenta, Rebeca descubrió que su cuerpo respondía a un hombre que no era su marido, y que la tentación era más fuerte que su lealtad.
Rebeca trabajaba en una empresa de alimentación donde llevaba unos cuatro años de antigüedad. Trabajaba sustituyendo los productos de hipermercado, recogiéndolos en la zona de almacén y llevándolos a la zona de venta. Cierto día, se había producido un paro total en el puerto, y los contenedores se quedaron anclados en la zona de carga esperando que terminara la huelga para poder trasladarlos. El hipermercado quedó casi desabastecido, por lo que al acabarse la huelga llegaron varios contenedores casi al mismo tiempo, lo que motivo que, a instancias del Gerente, tanto Rebeca como varios trabajadores tuvieron que hacer horas extras, trabajando incluso en la noche hasta altas horas de la madrugada.
Afortunadamente no le causo grave problema a Rebeca, dado que carecía de hijos, por lo que tuvo que decirle a su marido que no le esperara esas noches porque seguramente llegaría de madrugaba o al amanecer. Llevaba casada poco tiempo, unos tres años con Lucas su marido. Ella era aún una mujer joven, que apenas había cumplido los treinta y cuatro años. No es que no le gustaran los hijos, sino que lo estaban intentando, aunque de momento no lo habían conseguido.
Habían acudido al ginecólogo, y les habían realizado toda clase de pruebas, resultando que ella era plenamente fértil. Sin embargo, a Lucas su esposo, habían comprobado que el conteo de los espermatozoides del mismo no era lo vigoroso que se necesitaba. Su marido tenía antecedentes de próstata y le habían detectado un problema bastante joven, y pese a que el médico aseguraba que podía embarazarla, tenían que seguirlo intentando, hasta que en alguna ocasión pudiera darse la fecundación. El ginecólogo les sugirió que cuando supieran que estaba cerca la ovulación de Rebeca, espaciaran más sus encuentros amorosos, con la finalidad de que el semen de Lucas se espesara.
Por otro lado, le facilitó un tratamiento a rebeca que debía llevar a cabo unos días antes de la fertilidad, para facilitar el estado de excitación de la misma y así hacerla más receptiva y favorecer que pudiera ser fecundada. Llevaban dos meses con aquella formula, y tomándose ella el tratamiento facilitado, hasta la fecha sin resultado. No obstante, Rebeca había notado que cuando se tomaba aquel tratamiento se excitaba tanto, y su cuerpo de ponía tan agitado, que no veía la hora de llegar a casa para follar con su esposo.
Por ello, la noticia de que esa noche se quedaría a trabajar, los había dejado algo incomodos, ya que era la fecha en que nuevamente Rebeca iba a entrar en su proceso de ovulación. De hecho, se había tomado el tratamiento esa misma mañana, y además llevaban casi dos semanas sin sexo. Evidentemente a la mujer aquella noticia le cayó como un jarro de agua fría. Su enfado era más que evidente, pese a que el marido le decía que no se preocupara, que cuando llegara de madrugada aún tenían tiempo de hacerlo, antes de él volver a su trabajo.
Ante el cúmulo de trabajo, el Gerente envió algunos trabajadores de otro almacén para que les ayudara. Entre ellos, enviaron a un hombre que ya pasaba de los cincuenta y cinco años, aunque aparentaba muchos menos. Este era de una corpulencia física bastante robusta, bastante alto, con unos brazos bastante fornidos, bien cuidado, y bien afeitado. Rebeca lo había visto en alguna ocasión, así como en algunas fiestas de navidad de la empresa. Aquel hombre ya disponía de algunas canas en el cabello, pero aun así le hacían mucho más seductor. Ella tenía conocimiento de que todos hablaban muy bien del mismo, por ser una persona bastante seria y que solo iba a lo suyo. La empresa no tenía ninguna queja del mismo.
Aunque ella no le dio mucha importancia, dos compañeras que trabajaban con Rebeca, y que igualmente tuvieron que quedarse esa noche, comentaron entre ellas: - ¿Te has fijado en Rosendo? A pesar de su edad, tiene cuerpazo que ya quisieran otros. Y esa cara de seductor, ¡Uhm.. esta como un tren! ¿No crees Susy?- le pregunto una de ellas a la otra amiga.
-Y que lo digas. Si se pone a tiro no me importaría hacerle un favor, le dijo la tal Susy, que tenía fama de ser bastante liberal y algo desbocada.
Rebeca, se sonrojó y le contestó: -¡Estáis locas!. ¿No os dais cuenta de que es un hombre casado? Además, dicen que es bastante serio- les comentó, aunque en realidad a ella también le seducía aquel hombre.
-¿y eso que importa?. Te juro que yo me echaría una canita al aire con ese maduro. ¿Uf has visto los músculos que tiene?… ¡me supongo como tendrá lo que tiene entre sus piernas…! ¡seguro que bien grande!…o ja ja! Y todas se rieron por la ocurrencia.
-eres un demonio, Loly.
Rebeca observó que Rosendo trabajó como el que más, y sobre las 5 de la mañana, el encargado les dijo a todos que ya estaba bien por esa noche y, que se dispusieron para marchar a sus casas.
Cada uno se fue marchando, bien en su coche, o en el de otros. Rebeca carecía del mismo, ya que aún no había adquirido el suyo. Ella tenía pensado tomar un taxi, habiendo llamado solicitando uno, ya que no quería hacer levantar a su esposo tan temprano. Por ello, se quedó fuera del almacén esperando que el taxi viniera.
Mientras esperaba ya un rato en la puerta, se dio cuenta que hacía bastante frío e incluso había unos nubarrones, lo que evidenciaba que el tiempo amenazaban lluvia. En ese momento salió Rosendo. Al verla allí le comento: -¿aún estas esperando?; ¿no tienes con quien ir?
- estoy esperando un taxi.
El hombre se ofreció a llevarla a su casa. Pero, ella algo nerviosa, le contesto que vivía algo lejos y tampoco le parecía correcto que la llevara, ya que aún era de noche. Rebeca estaba ansiosa por llegar a su casa, donde la estaría esperando su marido, y ansiaba hacer el amor con el mismo. Notaba que se encontraba bastante caliente, deduciendo que era consecuencia del tratamiento de fertilidad.
Pese a volver a llamar, se estaba desesperando al ver que no llegaba ningún taxi. Pensó en llamar a su esposo, pero seguro que se estaría preparando para ir a su trabajo. En ese momento observa que Rosendo regresa y le dice: ¿aún no ha venido el taxi?
-Aun. No entiendo porque tardan tanto.
Esperaré que venga el taxi. No es conveniente que este sola aquí- le contesto el hombre queriendo ser cortes.
-Gracias. Este lugar es algo temeroso cuando se han marchado todos. Me han dicho en la centralita de taxi que están bastante ocupados, y que parece que está lloviendo torrencialmente cerca de aquí.
-es posible. ¿Has visto como esté el cielo?, parece que fuera a caer una gran tormenta.
La mujer desesperada volvió a llamar el servicio de taxi, y le dijeron que lo sentían pero que, en su zona iba a resultar imposible, y que tenían bastantes dificultades por la lluvia.
Mientras la mujer esperaba, ella observaba a Rosendo, dándose cuenta de que sus compañeras no se equivocaban mucho. El citado hombre, pese a su edad poseía un cuerpo bastante escultural, bien fornido para su edad, bastante más alto que ella; anchas espaldas, y poseía una cara que seducía a la mujer. En ese momento recordó las palabras de Loly sobre el tamaño de su herramienta, y sin poder evitarlo, dirigió su mirada hacia el bulto del pantalón del hombre.
Llevaba más de cuarenta minutos esperando, hacia frio y ya estaba empezando a caer las primeras gotas de agua. Ante ello, el hombre la manifiesto: -no quiero ser pesado, pero deberías aceptar mi oferta y venirte en mi coche. Te acercaré a casa.
Observó aquel hombre, y sentía pudor que la acompañara hasta su casa. Recordó que llevaba dos semanas sin sexo, y sentía que el tratamiento estaba haciendo de las suyas. Miraba el tremendo cuerpo del hombre y se dio cuenta que la presencia de aquel, la excitaba. Pero, ella ¡era una mujer casada!, ¡no podía estar pensando en aquellas obscenidades. ¡Ya no era una jovencita!
Tras la última llamada al servicio de taxi, quedo desalentada al escuchar que le indicaban que iba a ser imposible que ningún taxi acudiera. No le quedo más remedio que aceptar la oferta del hombre
-creo que voy a tener que aceptar su oferta. ¿Puedes acercarme a casa? Pero con la condición de pagarte los 30 euros que normalmente me cobra el taxi.
Ella vivía en una urbanización nueva a las afueras de la ciudad. Rosendo vivía en otro extremo de la ciudad, por lo que aquel tenía que hacer luego un buen viaje de regreso, que, al decírselo, preocupó a la mujer. Observó que el vehículo era una especie de furgón, con dos asientos delante y detrás un espacio como para carga, aunque también había unos asientos.
Nada más tomar la segunda calle de salida desde el almacén, se dieron cuenta que estaba cayendo una tormenta de agua y viento.
Tras unos diez minutos circulando, se percataron que apenas se podía circular con la intensa lluvia. No solo había retenciones, sino que el viento había roto ramas y arrastrado contenedores de basura que se localizaban en plena calzada. Rosendo hacia verdaderos esfuerzos para ir sorteado todos estos obstáculos.
A medio camino de la casa de Rebeca, al tomar una vía secundaria se dieron cuenta que la lluvia era tan torrencial que apenas veía a pocos metros. Además, el nivel del agua en la carretera era bastante alto, comenzando a inquietarlos. En ese lugar había antecedentes de algunas inundaciones.
Los charcos de agua eran tan muy grandes y abundantes, que obligó a Rosendo a apartarse de la carretera, realizando un giró del volante y perdiéndose entre unos árboles, apenas a unos cien metros de la carretera. Aquello asustó un poco a la mujer, quien se puso en guardia ante lo que podía acontecer.
El hombre llegó, y detuvo el vehículo bajo unos árboles bastante frondosos, colocando el freno de mano. Ella le miró sorprendida: –¿porque has parado aquí? -
El hombre le contesto: ¿has visto como está el tiempo?, ¡creo que va a diluviar!, apenas se ve nada en la carretera. Ya ha habido inundaciones en otras ocasiones. Este lugar es ideal ya que está en un plano más alto que la carretera. Y en ese preciso momento, como si hubiera sido un adivino, comenzó a llover de una manera espantosa.
Tanto llovía que la mujer comenzó a asustarse. El la tranquilizó y le dijo que pasaría pronto y que habían hecho bien en parar ahí, entre los árboles, pues si esa lluvia les hubiera cogido por la carretera, hubiéramos tenido problemas de visibilidad y el coche podría haber patinado, y con riesgo de inundación.
Rebeca observó su reloj, eran las 7,25. El cielo cada vez más oscuro. No iban a poder ponerse en marcha con esa lluvia. El hombre dejó el coche arrancado con la calefacción puesta, y al cabo de un rato el calor comenzaba a ser sofocante y algo angustioso, viéndose obligado a apagar el motor por riesgo a asfixiarse.
Siguieron charlando más y más, esperando a que cesase la lluvia, o al menos lo suficiente para dejarlos reanudar la marcha. Ella le comentó: Oh Rosendo, y ¿todo por querer traerme a casa? Vas a llegar tarde a tu casa. Mejor cuando lleguemos a una parada de taxis me bajo y tomo uno. No quiero que tengas problemas con tu mujer por mi culpa.
-tranquila. Mi esposa estará ahora camino al trabajo. Además, ¿tú crees que con este tiempo habrá taxi esperando?
Ella se dio cuenta, que seguramente su marido ya estaría saliendo hacia su trabajo. El entraba a las nueve, pero no le esperaría más allá de las 8 de la mañana. Encima iban a perder la posibilidad de un encuentro amoroso en su estado de fertilidad.
La mujer se encontraba algo incomoda delante, y no paraba de revolverse en el asiento. Los cristales del vehículos apenas dejaban ver el exterior y no podían poner la calefacción. En el coche se estaba bien respecto al frio y agua del exterior. Era verdad que bajo aquellos frondosos arboles el agua parecía no caer tan torrencialmente. En la calle seguía lloviendo a mares, el cielo cada vez estaba más oscuro, y cada vez había más charcos. Ella asustada le preguntó: ¿y si no nos cae un rayo entre los árboles?, él le contesto: afortunadamente no parece que haya rayos, solo es viento y agua.
Comenzaron a hablar de las familias, comprobando la mujer que Rosendo era un hombre bastante educado y muy amable. Le contaba anécdotas de su vida para pasar el tiempo. Cuando ella observó el reloj vio que eran las 8.15. Su marido ya se habría ido a trabajar. Pero, por otro lado, le entró otra preocupación: no había tenido la precaución de orinar antes de salir, pensando que podía hacerlo en casa tranquilamente. Y en ese momento, después de tanto tiempo en el coche, prácticamente veía que “se meaba”.
Rosendo al verla nerviosa y encogiéndose terminó por preguntarle, y al contestarle aquella, y le reconoció que le ocurría lo mismo.
-Pero, hacerlo fuer, y salir del furgón nos vamos a empapar.
En ese momento observó el lugar y se dio cuenta que más adelante, existía como una pequeña construcción, que parecía abandonada, pero que tenía una gran volado de más de un metro sobresaliendo. Por ello, le dijo: voy a acercar el coche debajo del volado aquel, quizás así podamos salir fuera y hacer nuestras necesidades. Intentaré pegar el coche lo más posible, dejando espacio para salir.
Arrancó el coche y e intentó colocarse debajo del citado volado. Al abrir la puerta al margen derecho, parecía que no llovía tanto, aunque el agua y viento afectaba. Pero, al menos, no era tan torrencial. El hombre tuvo que salir por entre los sillones y pasarse al espacio trasero, y desde allí tomo un paraguas y salió por la puerta trasera.
El hombre de dio cuenta que, pese a todo, el agua que arrastraba el viento, lo iba a empapar. No obstante, se bajó la cremallera y comenzó a orinar. El paraguas poco le cubría de la lluvia. Tras hacerlo, comprobó que pese a todo se encontraba bastante mojado. Miro la construcción, intentó forzar la puerta, pero le fue imposible. Viendo que estaba cada vez más mojado, decidió volver.
Al regresar, Rosendo observó que sus pantalones vaqueros y su camisa estaban chorreando. Entonces le dijo a la mujer: -No podía aguantar más. Pero me he empapado. Voy a tener que quitarme la ropa y dejar que se seque un poco.
La parte posterior del furgón estaba casi completamente cerrado, por lo que solo se podía ver por el cristal de la puerta trasera, pero estaba tan empañado que poco visibilidad había. Ella al escuchar que se iba a quitar los pantalones y la camisa se agito diciéndole: pero, ¿se va a desnudar?
-No puedo quedarme con ellos puestos. ¿Has visto como me he quedado? Puedo coger una pulmonía. Intentaré taparme con esta pequeña manta, que afortunadamente guardo en el coche.
Ella no dijo más nada. El hombre se bajó sus pantalones, los sacó, y los depositó sobre el respaldo del asiento delantero con sumo cuidado y bien extendidos. Luego hizo lo propio con la camisa. Ella pudo visualizar al mismo a través del retrovisor. Y sin poder evitarlo, llegó a observarlo, sorprendiéndose del espectacular cuerpo del mismo. Los enormes bíceps de su brazos, el ancho pecho, demostraba que era un hombre bastante corpulento. Al fijarse en el slip que llevaba se dio cuenta de que estaba igualmente empapado, y el abultamiento le demostró que debía cubrir un poderoso aparato.
Rebeca se quedó nerviosa y agitada. Su estado de excitación se reveló al instante, aunque se dio cuenta que necesitaba orinar cuanto antes. El hombre se cubrió un poco con la manta y se quedó en la parte trasera.
Rebeca no podía aguantar y le dijo: “tengo que salir o me voy a mear encima”. Joder, pero…. me ¡voy empapar como te ha sucedido a ti!.
Al momento abrió la puerta y salió con el paraguas, al instante se dio cuenta que se iba a empapar también. Se remangó la falda que llevaba y se bajó las bragas como pudo, y comenzó a orinar. En ese momento el viento le destrozó el paraguas. Ahora el agua le caía casi literalmente. Se dio cuenta que hasta su desnudo trasero se estaba empapando.
Intentó subirse sus bragas, viendo que estaban empapadas. El agua le calaba hasta el sujetador. No podía entrar en la parte delantera, so pena de mojar completamente el sillón. Mejor hacerlo por la parte trasera, como había hecho Rosendo. Se lo dijo y aquel le abrió la puerta desde dentro. Ya dentro, le comento: -oh dios me he empapado también.
El hombre la observó y le dijo: creo que mejor será que de quites también la ropa, o cogerás una pulmonía. Si quieres luego puedes enróllate en la manta. Es corta, pero al menos no pasaremos tanto frio los dos.
La mujer se agito y le contesto casi gritando: ¿Cómo desnudarme?, Pero. Enrollarnos los dos en tu manta. Es bastante pequeña.
-Como tu desees Rebeca. Pero no sabemos el tiempo que tendremos que esperar aquí. Estas empapada y puede enfermar.
La mujer en el fondo se dio cuenta que tenía razón. Pero ¿Cómo iba a desnudarse ante aquel hombre? Y, además, luego tenían que enrollarse juntos en la misma manta. Intentó esperar, pesando que el tiempo mejoraría.
Ellos continuaron hablando, pero la mujer pronto comenzó a tiritar, y se dio cuenta que aquel hombre tenía razón. Por ello decidió hacerlo lo que le decía: se iba a tener que desnudar ante el mismo. Pero antes le dijo: Oh Rosendo. Voy a tener que desnudarme,…¡espero que seas un caballero. ¡Y por supuesto de esto nada a nadie!
Ante la mirada del hombre, se comenzó a quitar la blusa empapada que llevaba, quedando solo con su sujetador blanco, algo trasparente, que, ante el agua acumulada, marcaba perfectamente sus grandes pezones. Luego, se retiró la falda, quedando solo con una especie de braga, que parecía más una tanga. Ella se había dado cuenta que sus dos prendas interiores estaban igualmente empapadas.
Al ver la mirada del hombre sobre su cuerpo, ella le dijo: ¡Oh Rosendo no me mires`!
-¿cómo quieres que no te mire?. Lo siento Rebeca, pero sería un tonto si no contemplara un cuerpo tan maravilloso como el tuyo.
.-Oh Rosendo, ¿Qué soy una mujer casada y tu también?
-Ya lo se. Pero soy un hombre, y no puede dejar de contemplar y reconocer cuando una mujer es sumamente preciosa como tú.
-Of por favor. Vale. ¿me hace un espacio entre la manta? Fuera hace frio.
El hombre le abrió la manta, mostrándole nuevamente su cuerpo, viendo que pese a tener su slip mojado, mostraba un enorme bulto. Ello evidenció que se encontraba excitado. La visión del cuerpo casi desnudo de la mujer era evidente que lo había encelado.
Ella lo miro, y al verlo le dijo: oh no me diga que se ha…. Oh joder…
Anda entra dentro de la manta, que vas a coger frio. Sin darle importancia.
Ella se metió dentro de la manta, sentándose junto al hombre, sintiendo al momento su calor corporal de aquel. La manta apenas daba para cubrir a ambos, por lo que ella se tuvo que acurrucar al cuerpo del hombre. Se dio cuenta que al lado de aquel hombre, dad su enorme estatura y corpulencia ella parecía una colegiala.
-¡Oh dios si alguien se entera de esto!- exclamo la mujer.
Tranquila Rebeca. Ninguno de nosotros lo ha buscado de propósito. Además, nadie va a saberlo. Tranquilízate.
Ella apenas le hablaba, pero notaba que cada vez se tenía que ir pegando más al cuerpo del hombre buscando su calor. En un momento dado, el hombre paso su brazo izquierdo por detrás de la espalda de la mujer, abrazándola, y atrayéndola hacia él, quedando ella casi acurrucada entre sus gran pecho. La mujer iba a protestar, pero al sentir el calor corporal del hombre, y ver que se sentía tan bien, se dejó hacer. En la posición en que se encontraba, notaba la petulancia del pene del hombre casi pegada a su muslo. Es más, su mano, la había colocada sobre el vientre del hombre, como acariciando el ombligo del mismo, pero a escasos centímetros del slip de aquel.
Aquel le susurró: ¿estas mejor?
Ella afirmó con la cabeza, acurrucándose más entre sus brazos. Pese a todo, se sentía muy bien entre los enormes brazos de aquel hombre, que no era su marido. No sabía que le estaba pasando, pero sentir el calor corporal y la tremenda fuerza y músculos del compañero de trabajo, le tenía bastante excitada. Tenía su braga mojada, pero aun así percibió que se estaba mojando.
El hombre con la otra mano, la acercó a la cara de la mujer, y le retiró los flecos del cabello, que tenía enmarañado por el agua, apartándoselo y dejando la cara de la misma despejada. Lo hizo tan sensualmente que la mujer se vio obligada a mirarlo de forma casi agradecida. Rosendo se encontraba igualmente excitado al sentir el cuerpo casi desnudo de su compañera de trabajo. Estaba con una mujer casada, bastante más joven que él. Sentía el calor del cuerpo de aquella, los pechos algo grandes, y ahora, al observar la mirada de la mujer, fue suficiente, para tomar la cara de aquella sujetándola por la barbilla y sin poder contenerse, acercó sus labios y la besó en la boca.
¡Al instante se percató del intenso calor de la mujer! ¡Aquella boca ardía! La mujer, pese a su sorpresa, inicialmente lo aceptó, abriendo los labios y recibiéndolo. Tras unos momentos besándose, ella lo apartó un poco diciéndole:
-Oh Rosendo. Esto no está bien. Soy una mujer casada.
Pero Rosendo en lugar de contestar, la volvió a besar en la boca, abrazándola más hacia él, cubriéndola con sus poderosos brazos. Ella permitió al fin que la lengua del hombre entrara en su boca, agitándose, y notando como su calentura aumentaba. Pese a saber que tenía que rechazarlo, se sentía tan bien en los brazos de aquel compañero de trabajo, tan musculoso y fuerte, y sus besos eran tan ardientes y dulces, que se dejó seducir. Pronto, la mano derecha del hombre se depositó sobre unos de los pechos de la mujer, sin dejar de besarla, con la consiguiente agitación de la mujer.
Él siempre había sido un hombre efectivo y decidido, por lo que al instante comenzó a manosear y magrear ambos pechos con su gruesa mano, constatando la dureza de aquellos senos, y especialmente los abultados pezones. Pocas veces había sido infiel a su mujer, contadas ocasiones, pero eso había sido más joven. Ahora, en aquel momento de olvidó de sus prejuicios. Tenía delante una joven casada, a la cual notaba excitada y ardiente, y no iba a dejar pasar la oportunidad.
Oh, Rosendo… no sigas ooo
Pero el hombre sin dejar de besarla, logro bajarle los tirantes del sostén, dejando los pechos al descubierto. Ella pronto sintió la enorme mano del compañero de trabajo, sobre sus ahora desnudos pechos, gimiendo entrecortadamente, viendo como los manoseaba, apretaba, y pasaba los dedos por sus enormes pezones, apretándolo, haciéndola suspirar.
La mujer pese a protestar, se percató que no podía zafarse del poderoso brazo del hombre, quien la tenía abrazada y sujeta a él. En un momento dado, el hombre tomó una de sus manos, y ante la sorpresa de la mujer, la llevó al encuentro de su slip, depositándola sobre dicha prenda. En cuando la mujer palpó el pene del hombre aún sobre la tela, se electrizó. Estaba palpando el pene de su compañero de trabajo. Recordó al momento el comentario de sus compañeras de trabajo: y ahora lo estaba sintiendo. Era evidente que se trataba de un pene bastante grande, muy superior al de su esposo. Pese a que intentó retirar su mano, el hombre insistió, pero esta vez, de forma más osada, logró que la mujer metiera su mano por entre el slip hasta colocarla sobre su poderosa y desnuda verga.
La mujer, miró al hombre,.. extrañada, sin dar crédito. Lo que su mano estaba tocando, parecía un sable de una dimensiones enormes. Sin poder contenderse, miró hacia abajo y verificó el tremendo cipote del mismo, ahora fuera del slip, con una erección bastante pronunciada. Pese a sus intentos de no atraparla, pronto se vio incitada a manosear a placer aquella verga, en toda su dimensión, comprobando la longitud y grosor, así como la dureza del mismo. Exclamo: oh joder que grande…joder…
¿Te gusta Rebeca? ¿Has visto como me has puesto?
-Oh Rosendo, No podemos estar haciendo esto- exclamó ella, mirándolo a la cara, pero sin atreverse a soltar la mandarria del hombre.
Este, sin contestarle, volvió su mano hacia los pechos de la mujer, volviendo a manosearlos, mientras ella, se ocupaba de su verga.
-Rebeca. ¡Tienes unos pechos preciosos! ¡Firmes y voluminosos! ¿Y qué pezones? ¡Eres una mujer muy hermosa!
¿Lo dices en serio? - exclamo aquella, quien no dejaba de manosear la mandarria del hombre.
-totalmente. Me encantan como los tienes. Se puedan coger en las manos, y acariciar como a mí me gustan… joder y…que pezones. Mientras con su boca alcanzaba uno de ellos, dando cuenta del mismo, lamiendo y saboreando el redondo seno de la mujer, para luego concentrarse en su abultado pezón, haciendo gemir a la mujer.
Tremendamente excitado, se bajó totalmente su slip, dejado que la mujer pudiera contemplar y tocar mejor la totalidad de sus genitales. Rebeca, al ver que podía manosearlos a placer, su curiosidad y morbosidad le llevó a palpar los testículos del hombre, tocándolos con toda su mano abierta, atrapando y pasándola por encima de los mismos, comprobando que estaban recubiertos de abundante vello, excitándose al comprobar que parecían dos pelotas de tenis, deduciendo que debía tener mucho semen acumulado allí. Ella estaba acostumbrada en sus juegos sexuales a tocar los testículos de su marido, pero aquellos parecían el doble de los de su esposo.
El hombre la dijo el oído: ¿Qué te parece mi pene? ¿Te gusta? ¿Has visto como me lo estas poniendo?
La mujer exclamo: pero… ¿la tienes muy grande? He visto el de mi esposo, pero ¡este es más del doble! Y, luego capciosamente, le pregunto: ¿cuándo le metes todo esto a tu mujer no le duele? Solo pensarlo… ¿La debes tener reventada?
-le cuesta un poco al principio, Pero luego disfruta mucho. Aunque, lo que más le gusta “es cuando la lleno con mi semen”. Le encanta ser regada por dentro.
-¡Ya he visto los testículos que te gastas!. ¡Son enormes también! Exclamó ella, más excitada ante las palabras del hombre.
En ese momento pensó que, si permitía que aquel hombre la follara, dado su estado, debía instarle hacerlo fuera. Seguro que, si se corría dentro, la podía embarazar. No es que no lo deseara, pero, aquel no era su marido.
El hombre entonces fue bajando su mano derecha, dejando libre los pechos de la mujer, hasta acercarse y colocar su mano sobre la braguita. Paso los dedos por donde suponía que se encontraba la raja del coñito de aquella mujer, notando con aquella se comenzó a revolver, suspirando ante el placer que la mano del hombre le concedía. Oh ahí no… oh Rosendo….
Tras unos momentos pasando el hombre sus dedos por donde se localizaba la raja de la mujer, metió su mano por encima de la braguita, apartando un poco la misma y alcanzando por primera vez la ranura de la vagina de la compañera de trabajo. Se dio cuenta que pese a estar la braga mojada, aquella mujer estaba bien húmeda, y que soltaba gran cantidad de fluidos.
-Oh no Rosendo… oo en la vagina no… por favor… ahí no..
-relájate, Rebeca. Lo tienes bien mojado. ¡Se ve que lo necesitas? ¿Te noto bastante ansiosa? Le comentó mirándola a la cara, y añadiendo. ¡Preciosa, tu boca y tu vagina están ardiendo!
-oh, Rosendo, debemos parar. Esto es una locura…
-ya, pero “tu cuerpo me dice que necesitas hacerlo”. Estas ansiosa por sentir mi pene. ¡Se que estas deseando tenerlo dentro de tu coñito! Veo que con solo pensarlo se te hace agua el mismo. ¿Notas como se pone de verga con solo pensarlo? Está deseando entrar en tu coñito. ¿Has visto como me lo estas poniendo? Le señaló mostrándole como estaba de endurecido su falo, el cual ella no dejaba de ser manosear, masturbándolo con su manita.
-.. Oh, Rosendo. “Te está creciendo más”. ¡Es demasiado grande! Mi vagina es bastante estrecha. ¡Me reventarías! exclamo ella, indecisa ante el deseo del hombre.
-vamos preciosa. Sabes de sobra, que la vagina se adapta a cualquier pene. Solo hay que lubricarte bien. Luego te la comerás toda.
En ese momento ella, entre los deseos de ser follada, y su nerviosismo, sin saber porque, llegó a confesarle al compañero de trabajo su situación íntima, diciéndole: Pero, es que no debo hacerlo. Oh, Rosendo, ¡creo estar en mis días fértiles1. Me noto tan caliente que seguro que estoy ovulando.
Y, sin pensarlo, le comenzó a relatar que estaba tomando un tratamiento para la fertilidad, ya que ansiaba tener un hijo. Tan explicita fue que, llegó a contarle con pelos y señales que esperaba llegar pronto a casa para follar con su esposo, ya que se notaba bastante caliente y quería aprovechar su estado. ¿Lo comprendes? ¿Por ello no podemos hacerlo? Especialmente hoy.
Rosendo al escuchar las palabras de la mujer, al margen de quedarse anonadado con aquella confesión tan intima, comprobó que su verga se endureció más. Saber que aquella mujer estaba ovulando, y que necesitaba ser follada cuanto antes, fue determinante para que el hombre decidiera que iba hacer suya aquella mujer como fuera.
Por ello, le indicó: Tu misma lo has dicho Rebeca. ¡Necesitas ser follada cuanto antes! “Estas quemando, tienes ese coño ardiendo y pidiendo a gritos una polla”. Sabes que, ya no llegarás a tiempo de hacerlo con tu marido. Seguro que ya ha marchado para el trabajo. Pero ¡necesitas apagar ese fuego interior que sientes. ¡Y necesitas hacerlo cuanto antes!
Oh, Rosendo. Lo que me propones es una locura… ¿y si te corres dentro y me dejas embarazada?
-No lo niego. Pero ¿has visto como tienes el coño? le decía, casi mostrándoselo a la mujer, al tiempo que la abría bien las piernas y con sus dedos le toqueteaba y abría los labios del coño, dejando a la vista el interior de la vagina, con todos los labios vaginales lubricados. ¿Has visto que abierto lo tienes?, ¿No puedes más!, ¡estas muy deseosa!… ¡necesitas una polla cuanto antes!
Esa forma de hablar del hombre, ver como la toqueteaba su coño, la estaba volviendo loca y aumentaba su excitación. Tenía razón aquel compañero, y era consciente de que necesitaba un polla cuanto antes. Para colmo, estaba viendo la enorme polla del compañero de trabajo, y ansiaba ser poseída por el mismo Miró con cara de loba en celo, la enorme cabeza de aquel pene, su dureza, y la gran longitud y grosor del mismo, y más ansiosa se ponía. Había detectado que, con la tremenda erección, las venas de aquel falo se habían endurecido y se mostraban abultadas, dando la apariencia de un pene mucho más colosal. Su deseos de sentirla dentro era cada vez mayores, pero, al propio tiempo, tenía cierto recelo al ver la dureza y magnitud del mismo.¡No sabía si su coñito soportaría aquella enorme pieza!
El hombre consciente de las dudas de la mujer, no dejó de frotarle la vulva vaginal, haciéndola gemir y retorcer de placer. Aunque se dio cuenta que, si continuaba así, aquella hembra iba alcanzar el orgasmo de un momento a otro. Percibía las ansias de aquella joven casada, por correrse cuanto antes. Pero él no quería que lo hiciera aún, “él quería follarla”. Necesitaba, y ansiaba, meter su tranca dentro del ardiente coño de su compañera de trabajo, e iba hacer todo lo posible por conseguirlo. Por ello, decidió terminar con aquel toqueteo, dejando a la mujer muy cerca del climax.
Ella le miró como pidiendo una explicación, pero el hombre retiró la manta, mostrándose completamente desnudo ante la mujer, para luego colocarse en una especia de banco que tenía en la parte trasera del coche, con todo su cipote mirando hacia el techo y le dijo: vamos Rebeca. ¿Mira cómo la tengo? Se que estas ansiosa por sentirla dentro. Anda, móntate…verás como vas a disfrutar.
La mujer, observó el tremendo falo empinado hacia arriba como un verdadero misil entre las piernas de aquel tremendo hombre. Al retirar la manta, ella también había quedado casi completamente desnuda, ya que su braga estaba casi en las rodillas. Contempló aquel semental, de gran altura, con aquella amplias espaldas, y los tremendos músculos de sus manos, y aquella estaca entre sus pies, y en el fondo se maravilló. Por el contrario, ella parecía una jovencita con baja estatura ante aquel gigante.
Pese a dudarlo unos minutos, por fin se retiró completamente la braguita, bajándosela por los pies, mostrándose totalmente desnudada ante aquel tremendo semental. Sus pechos ahora desnudos blandían firmes, y con los pezones bien empitonados por la excitación y el propio frio. Igualmente se abrió un poco, mostrando su vagina, con el abundante vello, y dejando sobresalir los abultados labios vaginales.
Rosendo, contempló mejor el coño de la joven. La sola visión del mismo, y ver a la mujer que parecía una adolescente completamente desnuda, lo enfiló como un toro. Al instante la incitó: vamos preciosa. Ven, acércate,… uf como tienes ese coñito, estas empapada, le decía al tiempo que con sus dedos los pasaba por los labios vaginales de la joven, quien permanecía ante él, casi de pie, con las piernas algo separada. Uf… ¡¡Necesitas ser clavada cuanto antes!! ¡!-.
-¿no tendrás condones por casualidad? Le preguntó aquella, como indecisa, sabiendo que era casi una tontería.
-¿condones?. Nunca los he usado. Además, siempre me ha gustado sentir el coño de una mujer al natural. ¡Estas tan caliente, que también ansias sentir mi falo al natural!
La mujer estaba que no podía más, en un último intento le pregunto: ¿Ay Rosendo…¿prometes no correrte dentro?.….
-¡hare lo que tú quieras!. Pero, te aseguro que cuando la tengas dentro, tu misma me vas a pedir que te llene con mi lechita.
Y sin esperar más, aquella se acercó algo recelosa, se abrió de piernas con la intención de acomodarse entre las piernas del hombre, con la intención de sentarse a horcajadas sobre los muslos del aquel. Para ello abrió al máximo sus piernas, mostrando en toda su amplitud su excitado y lubricado coño, hasta colocase hasta la altura del tremendo cipote. Una vez a su altura, Rebeca se agachó un poco y tomó la polla de Rosendo entre sus manos, la vuelve a manosear de arriba abajo, y luego la acercó a su vagina, la meneó un poco tomando un poco de jugo de su propia vagina, y la esparció por la glande de aquel falo, preparándolo para que le fuera más fácil la penetración. Luego, muy despacio se fue dejando caer, viendo como su estrecho coño se iba abriendo para permitir el paso del cabezón de aquel tremendo pene.
-Oh esto es una locura…oh ¿Dios como estas?¿me vas a reventar?…oh joder como la tienes.
No obstante, continuó bajando, viendo pronto, como su vagina se tragaba la mitad de aquel tremendo manubrio. Notaba las paredes de su vagina presionando fuerte, impidiendo que aquel falo bajara más de la cuenta. Sentía una tremenda presión en su coño.
El hombre viendo, que aquella estaba indecisa, y que realmente las paredes de su vagina estaban luchando para evitar ser penetrada totalmente, al ver los pechos al descubierto de aquella joven casada, acercó su boca y comenzó a darle sendas mamadas, para luego colocar uno de ellos en su boca, sorbiendo el pezón, haciendo gemir a la mujer. Mientras la mujer se retorcía al sentir la boca del hombre en sus pechos, Rosendo, acercó sus grandes manos a las nalgas desnudas de la mujer, atrapando casi en su integridad aquellas, apretándolas, y pasando las manos por todas ellas, lo que terminó de excitar a la mujer. Tanto, que, en un momento dado, cerró sus ojos y se dejó caer, terminando por clavarse la casi totalidad del tremendo pene. Oh…. ¡Como me abres! oooo
Rebeca comprobó que las paredes de su vagina se estaban abriendo al máximo, pareciendo que se iban a romper de tanto estirarse, con la finalidad de albergar aquel tremendo cipote. Nada que comparar con el de su esposo. ¡Aquel pene la llenaba completamente!
CONTUNUARA
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