Diario Rojo: Valeria (EP 03) - Atracción y deseo
El taxi se detiene frente al motel, pero el verdadero viaje apenas comienza. Entre el olor a cuero y la oscuridad del asiento trasero, Valeria descubre que no necesita a su vecino para cruzar la línea; solo necesita la osadía de un desconocido dispuesto a obedecer su mando.
Ataviada en un jumpsuit con escote cruzado y pantalón de talle alto, retocaba mi maquillaje frente a un espejo. Como pocas veces, mi rostro destacaba sus facciones gracias al uso de labial rojo, unos tonos cálidos de sombra y la sencilla ayuda de un delineador para estimular el color de mis ojos e incrementar un poco su tamaño. El rímel en las pestañas y un poco de rubor completaban mi lista de detalles a cuidar.
—¡Estás guapísima! Me encanta salir contigo cuando te ves así… ¡tan segura de ti misma!
Fui tomada de la cintura por dos manos. Esa primera muestra de cariño se convirtió rápidamente en un abrazo y en sonrisas de complicidad a través de nuestros reflejos en el espejo.
—Te quiero, Vale. Lo sabes, ¿verdad?
No pude responder con palabras. Tan solo otra sonrisa y un guiño fueron suficientes para decirle todo lo que siento. Su barbilla se posó en mi hombro. Era una hermosa imagen formada por el contraste de su piel blanca y con mi piel morena. Nuestros cabellos se mezclaban mientras sus manos recorrían casi toda la circunferencia de mi cintura hasta llegar al nudo del jumpsuite. Con delicadeza, digna de gran amante, deshizo el nudo, ciñó mi prenda y rehizo el amarre con un poco más de fuerza para acentuar mi figura.
—Estás lista… Vamos a ver de qué está hecho nuestro nuevo jefe, ¡jijiji! —me alentaba Raquel.
Raquel me contemplaba con sus ojos, color miel, brillando través del espejo. Un delicado beso en mi mejilla y un innecesario acomodo de su blusa, marcaron nuestra salida del sanitario en uno de sus restaurantes favoritos. Ahí, recientemente conocimos a nuestro nuevo jefe, Marcelo, director de operaciones. También nos esperaba en la mesa Javier, nuestro director general.
—¿Ya ves? ¡Anímate! ¿A poco no extrañabas esto? —seguía chuleándome mientras volvía a poner sus manos en mi cintura— Has estado mucho tiempo toda desanimada y descuidada. ¡Mírate! Hoy podrías tener al mundo a tus pies, ¡jijiji!
—¡Estás loca! Pero sí… tenía rato sin sentirme… así: sin arreglarme tanto.
—Esas sandalias te quedaron maravillosas… —decía mientras ambas mirábamos hacia mis pies, envueltos en unas delicadas correas y realzados por un tacones de altura media.
De camino hacia nuestra mesa, casi chocamos con un hombre que caminaba detrás de la hostess. Por instinto, le dimos un poco de espacio para que pudiera pasar a nuestro lado. Raquel soltó mi cintura, me codeó y levanté la mirada… Era una persona un poco más alta que yo, vestido con un poco de informalidad para el tipo de restaurante en donde estábamos, pero tenía un porte difícil de ignorar.
—¿Vecina…? ¡Hola, qué sorpresa verte por aquí! —saludó con animosidad.
—Eh… hola… vecino —alcancé a balbucear tras reconocer a Armando— Sí, qué sorpresa…
—¿Comida de trabajo? —preguntó tratando de estirar un poco el saludo mientras esbozada su característica sonrisa y saludaba con una señal a Raquel.
—Sí… por trabajo…
El contacto visual entre nosotros me cohibió totalmente. Me costó trabajo sostener la mirada sin pensar en la noche que pasé con él… en mi fantasía. Tenía la misma sonrisa y mirada con la que me recibió en la regadera… Aún la tenía grabada en mi mente…
—¡Hola! ¡Mucho gusto! Soy Raquel… —saludó mi amiga ofreciendo su mejilla para sellar su presentación.
—¿Armando…? La mesa esta por acá —una mujer impidió las intenciones de Raquel, colocándose entre ellos y tomándolo por el brazo.
Esa mujer, a leguas, denotaba elegancia. Quizá, era de la edad de Armando o un par de años más grande. Tenía un cuerpo totalmente desarrollado con horas de gimnasio. Un vestido verde, con escote en forma de “V”, dejaba ver discretamente el inicio de unos senos casi perfectos y su caída llegaba un poco por debajo de las rodillas. Unas zapatillas negras ayudaban a remarcar el volumen de sus pantorrillas, con esas líneas que vuelven locos a los hombres. Además, sus accesorios demostraban un estilo de vida sofisticado.
—¡Hasta pronto. Buen provecho! —se despidió Armando, dándonos un beso en la mejilla tanto a Raquel como a mí.
«Dios mío… ese aroma… ¡riquísimo!».
La sensación de una especie de “descarga eléctrica” me dejó sin palabras, a pesar de que quise corresponder la cortesía. Sus manos en mi espalda y la sensación de su boca tan cerca de mi piel… ¡Me había dejado congelada! Independientemente de que me fascinó el aroma de su loción, mis sentidos me llevaron directamente al olor de su cuerpo en la regadera…
—¡Gracias, igualmente! —respondió Raquel, muy efusiva, viendo que yo no reaccionaba.
Su acompañante puso un semblante de molestia. De alguna manera, Armando se había rebelado despidiéndose así de nosotras. Había quedado claro que no quería compartir ni su tiempo ni su amabilidad. Toda la autoestima y seguridad, con las que había salido del sanitario, se desvanecieron en cuanto esa mujer tomó a Armando del brazo.
—¡Ay Armando! Siempre es lo mismo contigo —alcancé a escuchar el reclamo de la mujer, mientras se alejaban de nosotras—. ¡Vas parándote a saludar a todo mundo cuando ya muero de hambre! —su tono de voz demostraba exigencia de ser complacida.
«Tuve mi primer contacto físico con Armando…», reflexioné al darme cuenta de que, esa despedida, significó más de lo que quisiera admitir.
Para bien o para mal, Raquel había estado preparándome para este día. La llegada de nuestro nuestro nuevo jefe lo tomó como pretexto para darme ánimo. Siendo la persona que mejor me conoce, seguramente, ya había notado que algo no iba bien.
Por la mañana, inicié la rutina con un humor diferente, extraño… Era algo más que simple descanso físico: era como estar “descansada emocionalmente”. Serví el desayuno y despedí a mis hijos, aún en camisón, antes de irme al trabajo.
En mi celular, había mensajes sin leer de Raquel.
—(Recuerda que hoy nos presentamos con Marcelo, el nuevo jefe), decía el primero.
»(Arréglate bonito y, si quieres, nos quedamos un rato más al terminar la comida)
»(Esta vez, no olvides el neceser… El que trae de todo. 😅) —remató su mensaje con el emoji de la carita sonriendo con una gota en la frente.
«¡Jajaja! Idiota», dije en mi interior.
—(OK. Nos quedamos un rato, pero no llevaré coche. Se lo dejaré a Juan para que vaya a su cita médica), respondí.
»(¡Y terminamos lo otro temprano!).
Subí a cambiarme y tomé algo acorde a la ocasión; el restaurante al que iremos exige un poco de esmero por ser un lugar que frecuentan hombres y mujeres de negocios. Hice un poco de tiempo en casa. Al no contar con el coche, preferí llegar tarde al trabajo para ir cómoda en el transporte público. Eran casi las 10:00am cuando estaba a punto de salir y Juan bajó para comenzar con sus labores.
—Voy con Raquel a la salida del trabajo —anuncié secamente.
—¿A dónde van?
—A comer. No llego muy tarde.
—Vas muy…
El celular de Juan comenzó a sonar, interrumpiéndolo. Se alejó para tomar la llamada y aproveché para ponerme un par de aretes que llevaban años guardados en mi joyero.
—Sí, hoy tengo cita más tarde… OK, así le hacemos… Platicamos… —dijo a su interlocutor mientras me observaba.
—Juan, ya me voy. Ayer no alcancé a pagar el recibo que llegó. Le dejo dinero en la mesa a Ramón para que él vaya.
Se despidió de mí con ademán de mano y un beso. Le envié otro de regreso con un poco de pesar. Quizá, al estar tan arreglada, pude haber intentado algo para romper con ese “ritual de nuestras noches de sexo” que me tiene harta.
En el trabajo, el día fue tranquilo. El nuevo jefe no vendría a la oficina y, tanto Raquel como yo, lo conoceríamos hasta la comida que preparó nuestro director comercial.
—Te busco a las 2pm para irnos juntas, ¿va? —propuso Raquel.
Para matar el tiempo, traje la libreta roja. La página correspondiente a hoy, tiene unos párrafos impresos que hablan sobre “la atracción” y “el deseo sexual”:
[…] La atracción sexual, dicho de forma coloquial, es cuando alguien “nos pone”. […] No se puede modificar; siempre va dirigida a alguien en concreto, y no es posible controlarla a voluntad, ni tampoco incrementarla o disminuirla de forma consciente. […]
[…] El deseo sexual se manifiesta independientemente de la atracción. Dicho de forma llana, “son las ganas de tener sexo”. En el sentido amplio, el deseo puede ser impersonal: se puede sentir sin la necesidad de pensar o estar físicamente con alguien. […] El deseo es modificable. Por ejemplo, puede disminuir cuando exigimos a nuestra mente a pensar en otra cosa para “enfriarnos”. Asimismo, es controlable; por ejemplo, al detectar que estamos en una situación en donde no conviene o no es apropiado manifestarlo. […]
En algún momento, regresé a la página de ayer. Releía las cosas que había escrito. El texto impreso me estaba poniendo a pensar de más. Mentalmente, era como subrayar palabras específicas: “animal sexual” en la dedicatoria de Raquel; “sudor” cuando noté que Armando me barría con la mirada; la “falda” y la “tanga” de su novia; la “regadera” del departamento de mi vecino…
Me entretuve leyendo hasta alguien llamó a mi puerta.
—¡Vale, mira, traje esto para ti! —era Raquel cargando una caja—. Recién me llegó una compra y lo tenía en el coche. Cuando te vi llegar, pensé que esto te vendría perfecto. ¡Ya sabes, hoy cuidaremos hasta el mínimo detalle!
Cuando abrí la caja, eran unas sandalias de correas delgadas.
—¿Cómo crees? No voy a estrenar tus sandalias —dije apenada.
—No te preocupes. Ya sabes: soy muuuy compartida. ¡Jijijiji! —respondió con su clásico doble sentido— Además, no te quiero toda pobre con esos flats viejos que llevas. Acuérdate que, al principio, será comida de trabajo —concluyó con un guiño.
La verdad, las sandalias me tenían embobada. Acepté usarlas.
«¡Está bien! Hoy cuidaré cada detalle para sacar lo mejor de mí».
—Oye “vecina”, ¿estás bien…? ¿¡”Vecina”!? —sacudiéndome, Raquel me sacó del congelamiento.
—Mensa, ¡deja de comértelo a bocados! —le dije discretamente tras descubrir cómo lo seguía con la mirada—. Y, a todo esto, ¿por qué me dices “vecina”?
—¡Jajaja! Mejor dime, ¿por qué no me habías hablado de él? ¡Ni me lo presentaste! —reclamó Raquel, a la vez que le daba un “último bocado” y nos encaminábamos a nuestra mesa.
—Sí te he hablado de él…
—¿Ah sí? Pues no lo habrás descrito detalladamente.
—¡Sí! Es el que vive en la puerta de al lado.
—¿El de la novia psicópata?
—Sí. Ese…
—Ah… pues es que te clavaste más en la psicópata que en él. ¡Jajaja!
«¡Qué rico olía…!», concluí en mi pensamiento mientras regresábamos a nuestra mesa y nuestros acompañantes se levantaban en cortesía.
—¿Y ese? ¿Proveedor o conocido? Estabas muy amable, ¿no? —reclamó Javier a Raquel en tono de broma.
—No. Sólo un vecino de Valeria… Por cierto, ¿cómo dijiste que se llama?
—Armando —respondí con enfado.
«¡Ésta babosa es capaz de ir a mi casa… sólo por ir a cazarlo!»
—¿Esposa, novia…? —preguntó Javier persiguiendo con la mirada a la acompañante de Armando.
—¡Javier! —reclamó ahora Raquel también en broma—. ¡Me extraña de ti!
—Lo siento. Fue imposible evitarlo…
—Bueno… mejor, sigamos en lo que estábamos con Marcelo… —concluyó Raquel.
Marcelo nos platicó un poco de su experiencia y algunas primeras ideas que le gustaría implementar. Traté de escucharlo con atención, pero las ganas de saber qué estaba haciendo mi vecino con esa mujer y, más importante, saber quién era, me tenía agobiada.
Para mi mala fortuna, la mesa de Armando me quedó de espaldas. Además, en nuestra mesa rectangular, Marcelo quedó sentado a mi lado. Frente a él, estaba Raquel y, a su lado, frente a mí, tenía a Javier. Con esa disposición en la mesa, sería muy obvio que, mi interés, estaba en otra mesa.
Raquel parecía embobada con la conversación. Tenía esa “mirada tierna y bipolar” con la que, primero destila ingenuidad y, luego, impone sensualidad. Por momentos, parecía que coqueteaba: acomodaba su cabello; calculaba cada movimiento de su boca… Miraba fijamente durante unos segundos y desviaba la mirada con una sonrisa… Se refugió haciendo bromas con Javier cuando me notó intrigada por su actitud.
«¡¿Le está gustando Marcelo?!», llegué a cuestionarme.
Nuestro nuevo superior es muy compatible con su estilo de vida: ambos acostumbrados a vivir con comodidades y lujos. Pero estaba lejos de ser el tipo de hombre que le gusta: Marcelo es ostentoso; extremadamente formal; acartonado… rayando en lo arrogante. Ella aprecia otros rasgos que, definitivamente, este hombre no mostraba.
—Bueno, encantado de unirme al equipo y trabajar con ustedes. Espero mucho de su cooperación para lograr resultados. —se despidió Marcelo.
—También me despido. Raquel, me dijiste que se quedan un rato más, ¿verdad? —dijo Javier.
—Sí. No te preocupes… —respondió Raquel.
—OK. ¡Tengan buen fin de semana! —Javier se levantó de la mesa despidiéndose con la calidez que le caracteriza.
Cuando ambos se retiraron, Raquel y yo repasamos brevemente algunas notas para la planeación de productos. No tardamos mucho en llegar a la parte de plática de amigas de toda la vida.
—¡Qué guapo hombre! —inició Raquel.
—Pero un poco arrogante, ¿no?
—¡¿Qué?! Para nada… La noviecilla es la que sí me cayó en el hígado. ¿Qué le costaba también saludar y darle chance de platicar un ratito?
—¿Cómo..? —Raquel me dejó confundida.
—Tan psicópata como dijiste.
«¡Ay… babosa! Pensé que hablaba de Marcelo».
—Bueno, esa… no es la novia.
—¡¿Qué?! ¡Jajajaja!
—No sé quién sea… De hecho, según escuché, la “verdadera” psicópata está de viaje.
—Con razón estaba tan nervioso…¡Jajaja! Hasta lo regañó… Esa tipa estaba con la intensidad al cien.
«¿En dónde estarán? He tratado con todas mis fuerzas de no buscarlo…».
—¿Se fueron? —pregunté.
—Sí, hace rato. Le cortaron la sobremesa… —remató con su característico guiño.
«¡Ah sí…! Mucho trabajo… por eso no llego a la carne asada de la vecina del 6…», pensé.
—Quizá por eso lo traen tan checadito. La novia está en la misma o peor sintonía —dije para dar por concluido el tema.
—¡Ay “vecina”! Parece que aprovechará el viaje de la novia y no llegará a dormir a su casa…
—¿Cómo sabes?
—No sé… Ella estaba bastante melosita… Cabeza inclinada hacia él… Toque aquí, toque allá... pierna que casualmente choca con la suya y luego acaricia… Pupilas dilatadas alternando entre sus ojos y su boca…
—¡Ya, ya… ya entendí…! —dije con fastidio—… Oye, ¿en serio alcanzaste a ver las pupilas de esa desde aquí…?
—Bueno… eso fue cuando se nos acercó para marcar territorio. Lo otro, pues era muy evidente. Por cierto, ¡qué ojos tan bonitos tiene esa mujer! ¿Verdad?
—Sí… sí…
—¿Viste que eran como de personaje de Disney; le brillaban como princesa enamorada. Ya sabes, con lo bonita que iba vestida. Si la hubieses visto, jurarías que lo iba a besar. Luego, no sé qué pasó; puso cara de princesa pervertida. Ella misma pidió la cuenta, pagó, se levantaron de la mesa y se fueron. ¡Claro! Ella, como muégano, de su brazo.
«¡Ashhh! Tan detallada mi “nueva vecina”», dije en mi mente volteando los ojos hacia arriba.
La comida, transformada en cena, con varias copas de vino y limonadas (yo no bebo alcohol), transcurrió divertida. Raquel es bastante explícita y tiene una forma muy peculiar de contarme todo con lujo de detalles. Resistí con, todas mis fuerzas, hablar sobre lo que estoy sintiendo estos días… sobre mi vecino… Simplemente, no me atreví.
Traté de indagar o, mejor dicho, confirmar mi sospecha de que está saliendo con alguien, pero desvió la conversación. También, quise probar tema sobre con quién coqueteaba pero, nuevamente, fingió demencia. A pesar de todo, una buena parte de mi pensamiento estaba ocupada. No podía sacarme de la cabeza que “una mujer deslumbrante, con pinta de “princesa Disney-pervertida”, estaba robándome mi fantasía sexual”…
Mi frustración crecía cada vez que me repetía esa frase. Supongo, eso me orilló a cometer una locura, aprovechando que Raquel pidió un taxi de aplicación para llevarme a mi casa.
Durante todo el trayecto, no dejo de pensar en sexo. Creo que el conductor puede notarlo… me da la impresión de que huele el deseo sexual que se desprende desde el interior de mi vestido. El reflejo de sus ojos en el retrovisor, delata sus intenciones… Mi posición, sentada casi a la mitad del asiento trasero, exhibiendo mis piernas cruzadas y jugueteando con las zapatillas, fue suficiente para tener su mirada clavada en el hueco formado entre mis rodillas y el final del vestido.
Me da la impresión de que se busca la entrepierna… se nota incómodo… Por momentos, parece que no resiste la tentación de mirar mis piernas y rozar su sexo. Intercambio la posición de mis piernas dejando ver la cara interna de mis muslos durante una fracción de segundo. Escucho un suspiro que le traiciona… como una señal de que aprovechó para observarme algo más que las rodillas. Sin embargo, intenta resistir… Vamos en completo silencio.
«¿Estaría dispuesto a tener una aventura conmigo?», me repito varias veces durante el trayecto.
Mi bolsa ha estado sirviendo de protección sobre mi regazo. La aprieto contra mi cuerpo; en parte, para cubrirme de su mirada… y también para no ser traicionada por mis propios impulsos de seducir al joven conductor. Me invade el morbo de ver hasta dónde somos capaces de resistir.
—¿Te molesta si estiro mis piernas aquí? —indicando que quiero meter mis piernas entre los asientos delanteros.
El conductor asiente con la cabeza mientras me mira través del retrovisor. El espacio entre los asientos es bastante amplio. Quito de encima mi bolsa y mis piernas atraviesan el espacio llegando cerca de la palanca de velocidades del auto… El conductor tiene a unos cuantos centímetros mis pies envueltos en finas zapatillas negras… su mano parece atraída como un imán… muere de ganas de tocarme….
El filo del vestido llega a cubrirme hasta un poco más arriba de la rodilla. Un movimiento para cruzar las piernas en forma de cuatro hace que el vestido suba hasta casi la mitad de mis largos muslos… Empiezo a mover los pies con la intensión de aflojar las zapatillas… éstas caen… una en la entrepierna del joven y la otra en algún lugar del piso del copiloto… Mis dedos quedan expuestos… se mueven… como tratando de atraer la mano del conductor…
—No te preocupes… pásamelos hasta que lleguemos a mi destino…
Aunque el vehículo es automático, el conductor hace esfuerzos por mantener su mano anclada a la palanca… Está a punto de dejarse llevar viendo que la planta de uno de mis pies le apunta directo… y que lo busco con los dedos…
Estamos a punto de pasar por un motel que está de camino a mi casa… Por fin, me animo…
—¿Podemos hacer un cambio de destino? —pregunto reposando mi pie sobre su entrepierna.
El conductor asiente con la cabeza… Le indico que salga a la lateral y, en cuanto la entrada del motel se hace visible, le pido que entre.
—¿Te gustaría hacerme compañía un rato…? —digo a su oído en voz baja, acercándome por detrás de su asiento.
Su reacción me confirma que estaba en lo correcto. Su mano toma mi pie… comienza a darme caricias… resbala sus dedos a lo largo de la planta… Provoca el roce con su entrepierna. Nos acercamos a la entrada del motel, en donde nos espera una empleada… El conductor se detiene cuando ella hace una señal…
—Habitación 21. Mil pesos, por favor —nos indica. El conductor hace una seña para que se dirija hacia mí.
—Tenga —entrego el monto solicitado.
El conductor maneja lentamente el resto de la distancia desde donde estamos hasta la habitación… Cuando entramos al garage, una luz automatizada nos recibe… Él desabrocha su cinturón de seguridad. Se prepara para descender del vehículo, pero lo detengo con un abrazo y me acerco nuevamente a su oído…
—Quédate ahí y espera a que la luz se apague… —le indico, mientras mi pie comienza a buscar con mayor intensidad su sexo.
Está totalmente excitado… puedo sentirlo por encima de su ropa… Respira emocionado… su mano aprieta con fuerza mi pie… lo frota… mi piel lo tiene perdido… comienza a subir por mi tobillo…acaricia con mucho deseo… llega hasta mi pantorrilla… la estruja…
La luz automática del garage se apaga… quedamos casi a oscuras. Solo una muy tenue luz se filtra sin permitirnos distinguir claramente nuestros rostros… Me abalanzo por detrás de él… rodeo con mis brazos las dimensiones del asiento y de su torso… comienzo a besarlo en el cuello… desde el borde de su camisa hasta debajo su quijada…
—¿Me deseas…? —digo a su oído mientras me reacomodo.
Retiro las piernas y me coloco cómodamente detrás de él… abrazándolo… apretando su pecho… Su cuello se estira suplicando más besos… El aroma y el sabor de una varonil loción me están volviendo presa de la locura… Desabrocho un par de botones de la camisa… quiero sentir su pecho…
—Toma tu celular… pon el temporizador en 5 minutos… —le solicito mientras acaricio uno de sus pezones.
Confundido, el conductor, primero, da por terminado el viaje en la aplicación. Sigue mis instrucciones mientras me estiro para ajustar su retrovisor para que nuestras miradas sigan unidas a través de él…
—Si resistes los cinco minutos… entraremos en la habitación para hacer lo que me pidas…
4:59… Mis manos bajan a su entrepierna… desabrocho y bajo el zipper de su pantalón… él se incorpora unos centímetros para dejar que, junto a su bóxer, pueda bajar hasta sus pies… Está en su máximo punto. Mi mano derecha se lanza a explorar el largo… y la izquierda, el grosor.
—¿Aceptas…? —le preguntó esperando su respuesta a través del retrovisor. Él asiente.
4:42… Comienzo a masturbarlo… sus venas parecen avenidas de alta velocidad para mis dedos… Nada me tiene… necesito vivir esta experiencia; aventurarme a probar una nueva forma de llevar a un hombre al límite.
4:19… aumenta la aceleración de mi mano… él respira cada vez más profundo. Quiero explorar cada rincón… Mi otra mano se dirige más abajo…mis uñas, delicadamente, se encargan incrementar el placer que lo tiene delirando… Estoy hipnotizada recorriendo su plenitud… y escuchando su respiración…
—No dejes de verme por el retrovisor…
3:48… nuestro permanente contacto visual se ve interrumpido por otro cálido beso en su cuello… él se acomoda nuevamente… sus palpitaciones crecen… ¡Cómo me hace gozar sentirlo!
—¡Me fascinas…!
3:07… su respiración está entrecortada… hay una zona en donde su cuerpo me dice que debo concentrarme… tengo el sabor de su piel impregnado en mi lengua de tanto que he besado su cuello… Le digo al oído cuánto me encanta sentir su palpitar entre mis dedos…
—Quiero hacer algo muy sucio… ¿Me dejas…? —digo besándolo muy cerca de la comisura de sus labios.
2:49… como puedo, me saco la pantaleta por debajo del vestido. Sin dejar de masturbarlo… llevo mi prenda cerca de su rostro… busco que la parte del perineo quede expuesta a su olfato… mi prenda tiene una muy pequeña marca de humedad… El conductor la respira… la lame… Inhalaciones muy profundas arrancan mi esencia de esa prenda… la marca de humedad se extiende… ya no es solo mía… ahora, también lleva las marcas de su saliva…
2:24… está a punto de explotar… siento su tensión… se resiste porque quiere llevarme a la cama de la habitación… pero está al límite de su capacidad…
—Voy a llevarte conmigo…
2:09… dispongo mi pantaleta en su entrepierna… quiero ver como se vacía ahí… Jamás he visto a un hombre hacerlo fuera de mí… Nada deseo más que esta sea la primera vez…
1:21… la textura de mi prenda íntima lo tiene frenético, queda poco tiempo… ¿por qué no? Envolverlo en mi ropa… como un juguete sexual improvisado… dejarlo sentir la tela por cada rincón… cubriendo su diámetro para continuar con la masturbación… Jadea con más intensidad… su tensión aumenta.
—Ya viene, ¿verdad?
0:58… está comenzando… está subiendo hacia la salida… él trata de resistir… Pero no lo logra. Como si fuera un condón, utilizo la pantaleta para contener su fluido. Éste alcanza a filtrarse… deja una visible marca de humedad que se extiende por el frontal de la prenda…
—Eres maravilloso…
0:52… Su cuerpo está arqueado… toma la prenda de mis manos. Una segunda marca de humedad se extenderse mientras pretender limpiar todo rastro de su éxtasis…
—¿Lo disfrutaste…?
Él… aún rígido, me regresa la prenda, orgulloso al mostrarme los efectos de mis caricias… me da la impresión de sentir la combinación de nuestros aromas… mi cuerpo comienza a traicionarme… arde… Lo sé, acabo de cruzar una línea peligrosa. ¡Quiero más de este hombre!
El conductor me dedica una maravillosa sonrisa… llena de satisfacción… Creo que sabe que romperé mi promesa… se contagia con mis ganas de continuar… Aparentemente, no se quedará contento con sólo saber que mi ropa interior tiene su esencia… Me mira con desesperación a través del retrovisor… No resisto la tentación de acomodarme nuevamente en el asiento trasero, subir y separar mis piernas flexionadas para quedar expuesta a su mirada en el espejo.
«Esa sonrisa…», mis ojos se cierran pensando en ella.
No puede más… baja del auto y, apresuradamente, abre mi puerta. Se abalanza sobre mi, tumbándome en el asiento, recoge todo mi vestido… lo levanta dejando mis muslos completamente desnudos… mi vello… mi vientre… mi pecho… el brasier se une a su viaje. Nada lo detiene hasta dejar ambas prendas a la altura de mi cuello. Se mete entre mis piernas… lo envuelvo lo más que puedo… Sujeta mis manos con mucha fuerza; me inmoviliza extendiendo nuestros brazos por encima de mi cabeza. ¡Lo quiero dentro! Mi cuerpo no pone resistencia… Comienzo a recibirlo.
—¡Ahhhh…! —¡me hace tocar el cielo…!
»¡Ahhh….! —me arranca un nuevo gemido que inunda por igual el interior del auto y la cochera entera.
Su boca… me come por el pecho. Mi mente está vaciándose rápidamente. Su boca sube por mi cuello, por mi barbilla… Finta con alcanzar mi boca, se aleja un momento para contemplarme entregada. Se acerca para decirme algo al oído…
—Eres toda una… (señora).
—¿Señora…? —el conductor tuvo que despabilarme con un pequeño toque en mi mano.
—¿Sí…?
—Disculpe, no quise asustarla. La aplicación dice que llegamos. ¿Es aquí su destino?
Estuve soñando despierta… nuevamente, con la cabeza recargada en la ventanilla del auto y mirando a la nada. No había reparado en el volumen alto de la música ni en el olor a carbón. Fabiola, mi vecina del departamento 6, ya había comenzado su reunión en la banqueta de nuestro condominio.
«Ese vestido era verde… el vestido de esa mujer», pensé en total estado de shock.
—Gracias, aquí es… Buenas noches. —bajé inmediatamente, presa de una confusión terrible.
Nunca debí tomar aquellas copas de vino que Raquel pidió, ya casi al final de nuestra plática. Para ella, también, fue toda una sorpresa verme tomar después de una eternidad de años. Me dejé llevar por el agobio (¿los celos…?), originado por el encuentro con Armando (…y su acompañante). Quise distraerme de la idea de que ella estaría satisfaciéndolo… mientras que yo, en el mejor de los casos, solo podía aspirar a una noche más de sexo soso…
Pasé sin saludar a mi vecina y a sus invitados. En el juego de jardín que tenemos en el patio central del condominio, estaba Miriam viendo algo en su computadora. La saludé pero seguí andando.
«Era él… Nadie más tiene esa sonrisa… ¡¿Qué me está pasando?!».
Entré al departamento; ya no tenía energía para más. Ni siquiera, noté que Juan aún no había llegado de su cita médica. Subí directamente a mi recámara para cambiarme, desmaquillarme y quitarme el aliento y el olor a alcohol. En el trayecto, vi que Ramón estaba en su habitación… lo saludé al pasar por su puerta.
«Afortunadamente, no está Juan. No tengo ganas de discutir sobre por qué huelo a vino…».
Tal vez así era mejor. Por mi cabeza, desde la mañana, estaba la intensión de tener sexo con mi esposo… pero, realmente, no tenía ganas. Eso me confundía aún más: es muy obvio que todas las señales de mi cuerpo y de mi mente quieren sexo, pero no con él. Justo cuando estaba por entrar a la cama, escuché a Fabiola gritar de emoción.
—¡Llegaste! Sí te quedas un rato, ¿verdad?
Me asomé por la ventana y vi a Armando saludar a nuestra vecina. Le entregaba un par de cajas de cerveza y unas bolsas con carne extra para el asado. Ella no tardó en tenerle un plato listo y ofrecerle un asiento junto a ella.
«La enferma de Raquel estaba equivocada. No se quedó con ella y, seguramente, esa mujer se quedó con las ganas», pensé aliviada al ver, en el reloj, que aún era temprano.
Antes de entrar a las sábanas, tomé la libreta para escribir mi entrada del día. Algún día, quizá, me ayude a resolver la confusión qué hay en mi mente…
«¿Qué me está provocando? ¿Atracción? ¿Deseo? ¿Algo más…?».
Leí el siguiente párrafo:
[…] Ser conscientes de la atracción sexual que sentimos por una persona nos permite gestionarla y elaborarla de la manera más adecuada y sana. […] Cuando admitimos que esa atracción existe, es posible plantear con claridad si deseamos externarla de forma abierta a la persona en cuestión. Esto dependerá del contexto y de la situación.
En la siguiente página, la libreta invitaba a completar la frase “Comencé a admitir mi atracción sexual cuando ____”. Con mi puño y letra, llené la línea en blanco con «tuve mi primer contacto físico con Armando y lo convertí en protagonista de mis más intensas fantasías sexuales».
Eran las 9:58pm cuando cerré mis ojos y me quedé profundamente dormida…
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Mi viaje a Chile
En medio de un congreso aburrido en Chile, una mirada insistente y el clic constante de una cámara despiertan en Lydia una curiosidad prohibida.
Comparte:Infidelidad ocultaVoyeurismo ocultoDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
La tapia
El café se enfría, pero la tensión se calienta. Entre risas y confesiones, la línea entre la amistad y el deseo se desdibuja hasta que una tapia se…
Comparte:Infidelidad ocultaDespertar sexualDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
La amiga feminista de mi mujer
Sandra no es solo la amiga de tu esposa: es una invitada indeseada que duerme a dos pasos de tu cama.
Comparte:Infidelidad ocultaVoyeurismo ocultoFetichismo ropa
- Hetero: Infidelidad
Mi Vecino Superdotado [01]
Silvana vive para su rutina, hasta que la pared de su dormitorio se convierte en el escenario de una pasión desenfrenada.
Comparte:Infidelidad ocultaVoyeurismo ocultoDespertar sexual
- Hetero: Infidelidad
Infidelidad Obsesiva.
El vecino de al lado no solo la mira; la escucha. Y cuando la voz grave le ordena bajar la falda en el ascensor, Olivia descubre que su vida conyugal…
Comparte:Infidelidad ocultaVoyeurismo ocultoTransgresion moral
- Hetero: Infidelidad
El morbo de la flaca
La casa de la playa es grande, pero el espacio entre las habitaciones es demasiado pequeño para esconder lo que arde.
Comparte:Voyeurismo ocultoDeseo reprimidoTransgresion moral