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Dominaciónsept 2022

Isabel, te follaba una y otra vez 5 y 6/12

Carlos sabe que Isabel no puede resistirse. Con cada orden, cada bofetada y cada juguete que introduce en su cuerpo, va desmantelando el orgullo de su exjefa. Pero la verdadera diversión apenas comienza cuando la puerta se abre y la recepcionista, Alba, trae el paquete que cambiará las reglas del juego.

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-No puedes resistirte, ¿eh? Fíjate la cara que me estas poniendo y aun así, mírate, te acerco la polla a la boca y te falta tiempo para chupar sin que te diga nada. Te aviso desde ya -te echó un poco hacia atrás para que la polla quedase fuera de su alcance por muy poco-, te voy a someter esta noche. Te voy a someter a mi voluntad, y harás cuanto te diga. Y lo mejor de todo es que lo harás porque tú querrás hacerlo. Esta noche te voy a hacer mía y tú te vas a entregar a mí por voluntad propia. Podrás parar esto cuando quieras, pero no lo harás, ¿sabes por qué? -le dio un leve toque en los labios con la punta del pene para llamar su atención, ella se echó un poco hacia delante para estar a rango y abrió la boca para tragársela- porque no quieres que lo haga. Quieres que te haga mía, no quieres follar sino que te follen, te gusta mandar porque no hay una figura que mande sobre ti -ella chupaba su polla mientras le miraba con esa ira en sus ojos-. Te gusta que te discutan, que se impongan a ti, tratas a los demás como te gustaría que te tratasen y por eso estas ahora calladita y sumisa mientras me comes la polla sin siquiera habértelo pedido yo. El único impedimento que tienes es tu orgullo, pero tranquila -le puso una mano en la nuca para acompañar la mamada- que eso solamente lo hará más divertido -forzó una garganta profunda y se mantuvo quieto con la polla enterrada completamente en su garganta-. Admite lo que de verdad sientes y piensas, sobrepasa tu orgullo y verás cómo vas a tener un placer como nunca antes habías tenido.

El color de la cara de Isabel estaba cambiando porque no podía respirar al tener una polla en la garganta. Teniendo los brazos atados a la espalda y la mano de él en la nuca, no podía hacer nada para escapar más allá de morder, pero no mordió. Carlos liberó su mano y ella salió disparada hacia atrás soltando una balsa de saliva de su boca que cayó sobre su cuerpo desnudo una vez más. Perdió el equilibrio y calló hacia atrás quedando sentada sobre su culo en el suelo y con la espalda apoyada en la cama mientras tosía aún más saliva y recuperaba el aliento. Carlos se arrodilló ante ella y separó sus piernas encontrando cero resistencia, le puso una mano en el culo y otra en las lumbares y la alzó sobre su regazo. Isabel quedó sentada sobre el regazo de Carlos y con la espalda apoyada en la cama, sentía la polla caliente justo en su coño y empezó a moverse para rozarse placenteramente contra ella.

-¿Ves? -dijo él cuando ella empezó a rozarse con su polla-. Ahí está tu orgullo de nuevo, impidiéndote pedirme lo que estás desenando. Eres más orgullosa de lo que estás buena. Pero bueno, estoy aquí para ayudarte, ¿no? -La alzó de nuevo y apuntó su miembro hacia su objetivo, la dejó bajar para clavársela disfrutando del placer que ella no podía evitar que su rostro mostrase y del suave gemido que emanaba de sus labios- Te daré un poco de jarabe de polla -rio al acabar la frase.

Con ambas manos en sus caderas Carlos movía a Isabel arriba y abajo mientras él también movía las caderas para facilitar las penetraciones. Bastó una sola penetración para que Isabel ayudase con los movimientos y participase activamente en la follada. Ella estaba ardiendo y chorreando, pensaba que su polla se fundiría o se resbalaría y se saldría, así que mantenía las estocadas cortas, sin sacar mucho la polla. Isabel hacía cuanto era capaz para evitar gemir y evitar que su cara delatara el placer que sentía, se contenía cuanto podía. Carlos disfrutaba de la lucha interna de ella, la veía luchar contra sí misma para no mostrar placer cuando su cuerpo era sincero. Todo esto le divertía mucho y le encantaba jugar con ella. Le mordisqueaba el cuello, le chupaba el lóbulo de la oreja, besaba sus tetas, las chupaba, besaba sus hombros, su cuello... Rozaba sus labios con los suyos y los retiraba, ella buscaba besarle, pero él se retiraba antes de llegar a besarse. Le rozaba la lengua contra los labios y ella los abría, pero nada más pasaba. Carlos sonreía divertido ante el poema que era la cara de Isabel. Se estaba conteniendo y estaba a punto de explotar.

-Quieres besarme.

Le dio un beso en la mejilla y ella pareció esperar algo más, pero nada más sucedió. Seguía conteniéndose cuanto podía, algunos gemidos escapaban y sus caderas se movían por sí solas.

-Quieres gemir en voz alta.

Le lamió el cuello y se lo mordió haciéndola lanzar un gemido de desesperación. Estaba al límite. Junto su frente a la de ella. Respiraban uno frente al otro, sus labios casi juntos. El rostro de ella se esforzaba por controlarse mientras que el de él reflejaba diversión. Ella mantenía los ojos cerrados con fuerza y los abría apenas una rendija por instantes.

-Déjalo salir -pronunciaba las palabras muy lentamente para que calasen en ella-. Pídemelo -hizo hincapié en la primera sílaba, la pronunció con más fuerza que las demás.

Isabel gemía y resoplaba con desesperación, abrió los ojos y los fijó en los de Carlos, que les miraban muy de cerca. Comenzó a mover las caderas como loca mientras resoplaba y dejaba salir los gemidos, y se echó hacia delante con ímpetu uniendo sus labios a los de él. Le besaba con desesperación, como si necesitase respirar para seguir viviendo más tiempo. Se separó de él con los ojos al borde del llanto.

-Fóllame -se lo soltó con ansia. Necesitaba que lo hiciera.

-Pídelo por favor.

-Por favor… fóllame. Por favor, por favor. ¡Fóllame!

Ella volvió a besarlo como antes y ahora él correspondió a ese beso tanto como ella necesitaba. Rodeándola con los brazos la aupó y la dejó sobre la cama, al borde, él sobre ella. Aceleró el ritmo de las embestidas dándole lo que ella pedía. Ella gemía y gemía ya sin contenerse, había vuelto a empezar a llorar a causa del placer. Ella besaba y se dejaba besar, lamía la lengua de él y dejaba que él lamiese la suya. Isabel rodeó con sus piernas a Carlos mientras gemía y gemía sintiendo el orgasmo cerca. Pero aún no.

Carlos le sacó la polla y se escapó del candado de sus piernas, se agarró la polla y se masturbó con ganas frente a ella. Isabel entendió a la perfección qué pasaba y se dejó caer de rodillas junto a la cama para recibir la corrida. Abrió la boca y sacó la lengua a la espera del semen.

-Uff. Joder. Buena chica. Ahí… llevas.

Acercó la polla a la lengua de ella mientras se masturbaba y comenzó a correrse. Los primeros disparos fueron directos al paladar y los siguientes cayeron sobre su lengua tras haber enterrado la polla en su boca y comenzado a correrse dentro. Isabel chupó y aspiró lo que quedaba de la corrida y siguió haciéndolo hasta que Carlos se hubo calmado y su respiración volvía a normalizarse poco a poco. En esta ocasión la polla comenzaba a perder dureza dentro de su boca y ella se esforzó por darle cariño para mantener su ánimo alto, Carlos retiró la polla que ahora estaba en estado de semierección, decayendo muy lentamente.

-Déjala descansar un rato, ya volverás a jugar con ella, tu tranquila.

Isabel hizo un leve asentimiento con la cabeza en señal de acuerdo. Miró fijamente a Carlos y le abrió la boca para mostrarle que aún mantenía la corrida en ella. Carlos se sonrió.

-Tienes sed, ¿eh, perra?

Cargó un escupitajo en su boca acumulando toda la saliva que pudo y añadiéndole consistencia con mocos, se agachó un poco y ella se preparó para recibir colocándose en la trayectoria descendente. Carlos le puso una mano en la majilla de ella y dejó caer el esputo que colgó de su boca hasta separarse completamente y descender hasta entrar en la boca abierta de ella mezclándose con la corrida que ya había dentro. Isabel se mantuvo así, con la boca abierta, esperando.

-Cuanto más cachonda está, más sumisa es. Le quita un poco la gracia de someterla poco a poco, pero bueno, no me puedo quejar, la verdad. Cierra la boca pero no tragues aún.

Ella lo hizo así y el acarició la mejilla de ella con cariño haciendo que Isabel sonriese contenta. Carlos agarró el asa que formaba la cinta de seda que unía el collar con el nudo de los brazos y tiró para levantar a la rubia, el nudo se cerró sobre su cuello al tirar del asa, pero el tope que Carlos había puesto hizo su función y no fue más allá de lo que debía. Ella movió el cuello cuando se hubo puesto en pie para dar algo de holgura al collar alrededor de su cuello y poder respirar mejor.

-Mantendrás la boca cerrada y no dejarás que se te escape nada, ¿me oyes? -Como siempre, le hablaba con autoridad, con una voz que no aceptaba ninguna refutación.

Ella asintió con la cabeza mientras emitía un sonido de asentimiento.

-Si se te derrama algo, aunque sea una gota, o si te tragas algo, tendré que castigarte -añadió una bofetada a sus palabras, de esas que se sentían y tan sólo podían hacer daño al ego.

Carlos deslizó una mano hasta su vagina y comenzó a masturbarla sin más preámbulos, ella abrió las piernas. La masturbaba sin miramientos, le había metido un par de dedos dentro y movía la mano buscando que se corriese. Tenía el coño chorreando una vez más, los movimientos de la mano hacían sonidos acuosos y muy fuertes, sonaba a salpicaduras. Ella gemía con la boca cerrada y las mandíbulas muy apretadas para evitar abrir la boca, lágrimas de placer volvían a correr por sus mejillas. Se clavaba las uñas en las palmas de las manos al tener cerrados los puños con fuerza. Carlos la miraba fijamente, con expresión de concentración, concentrado en que ella se corriese.

Él le había dicho que gritase, que dijese que es lo que quería, lo que necesitaba; que no se contuviese con nada, que lo dejase salir todo. Y entonces le había dicho que no podía dejar escapar nada de su boca. Ella quería gemir y gritar, pero no podía hacerlo sin derramar el contenido de su boca. Se estaba volviendo loca. Las piernas le flaqueaban más cada vez y tenía que dejarse caer sobre él. El la sostenía con brazo alrededor de su cintura mientras la masturbaba sin piedad con el otro. Carlos oyó junto a su oído como Isabel tragaba y lo siguiente que oyó fueron sus gemidos, gritados a su oreja.

-Ah, sí sí síiiiii. No pares, ¡me corro! AAAAAAHHHH.

Puso los ojos en blanco mientras se corría de pie. Apoyó la cabeza en el hombro de Carlos y las piernas le fallaron definitivamente quedando sostenida sólo por el brazo de él. Gritó y se convulsionó mientras él seguía masturbándola alargando el orgasmo. Fue ralentizando el ritmo según el orgasmo iba remitiendo, hasta detenerse por completo. La besó y le metió la lengua en la boca.

-Te has corrido ¿Eh, perra?

Entre jadeo y jadeo ella consiguió responder con un <<sí>> muy débil y avergonzado.

-Te he oído tragar -la empujó a la cama y ella calló de lado sobre ella-, tendré que castigarte-. Jm, a ver qué se me ocurre.

Alguien llamó a la puerta de la habitación.

-Jm, ¿será Albita con el paquetito? En que buen momento. Jm, ¿quieres ir a abrir la puerta? Ja, tranqui, ya iré yo. Tú gírate y dame el culo.

Isabel rodó sobre sí misma y quedó tumbada boca abajo, fue moviendo las rodillas hasta quedar con el culo en pompa tan alto como podía y con la cabeza apoyada en la cama. Carlos cogió el consolado y lo introdujo en ella y la masturbó un poco con él mientras masturbaba también su clítoris. Isabel gimió, y Carlos quería que lo hiciera para que Alba la escuchase. ¿estaría Alba fuera? Carlos se alejó tras unos pocos segundos masturbándola y se dirigió hacia la puerta poniéndose los pantalones de camino.

Al abrir la puerta se encontró a una Alba con las mejillas encendidas y con la mirada gacha. Llevaba en la mano una bolsa negra y grande con una caja dentro. Se podía ver la parte superior de la caja y se leía perfectamente que se trataba de un kit para practicar el sexo anal. Joder con María, sutil y un huevo. Había una segunda caja en la bolsa pero no se veía qué era, ¿qué tramaría María?

-Hola, buenas noches, Alba. ¿Qué tal, cómo andas? -Carlos le sonrío con simpatía al hablar con ella.

-Buenas noches. Caballero. Aquí tiene el paquete que usted pidió -estaba nerviosa, evitaba mirar a Carlos a los ojos y no paraba de leer la caja que se veía dentro de la bolsa.

-Ah, muchas gracias.

Alba le tendió la bolsa pero no la cogió inmediatamente. Esa mujer tenía ganas de salir de allí corriendo y aún le apetecía hablar con ella un poco más.

-¿Qué, noche tranquila?

-¿Q-qué?

-La noche de hoy. ¿Ha sido tranquila de trabajo, o ha sido más movidito?

-Ah, pues… No sé. Ha sido tranquila. No sé… sí, ha sido tranquila -seguía nerviosa y no era capaz de poner en orden sus ideas. Hablaba pero sin decir nada.

-Te habremos dado la noche nosotros, ¿eh?

-¿Qué? ¡No, no! -Respondía apurada, como si estuviese atacando al hotel y ella tenía que defenderlo- Para nada. No se preocupe, es mi trabajo. Si piden algo debemos dárselo.

-No hace falta que me hables de usted. Llámame Carlos.

Aunque lo dijo con una sonrisa y con simpatía, también lo dijo con autoridad. No pareciese que pudiese negarse a llamarle por su nombre.

-Vale… Carlos. Disculpe, eh quiero decir, disculpa, pero me marcho ya. No quiero molestar su descanso -volvió a ofrecer la bolsa.

-Oh, para nada mujer. No molestas. Y de hecho, charlar contigo me viene bien para descansar un poco.

Se oyó el sonido de las puertas del ascensor cerrándose, ambos miraron hacia allí.

-Dime una cosa, ¿el ascensor este tiene vida propia? No pasan ni dos segundos y ya se va a otro piso.

-Sí, es verdad. Siempre tengo que llamarlo para que venga -hizo contacto visual con él al hablar, olvidando que estaba desnudo de cintura para arriba y rio nerviosamente-.

-Igual es algún huésped que murió y su espíritu se quedó atrapado en el ascensor, y desde entonces se dedica a joder a todo el mundo yéndose a otro piso en cuanto le das la espalda.

-Pero que cosas dices.

Alba se rio ante las tonterías que escuchaba. Tenía una risa musical y muy agradable de oír. A Carlos le gustó mucho su risa. De hecho, esa mujer tenía algo que le gustaba. Era muy guapa, sí, pero no era eso. Tenía algo que le gustaba en ella.

-Qué risa más musical -lo dijo con naturalidad, simplemente comentando un hecho.

-Qué. Ay. Gr-gracias.

El comentario de él gustó en ella pues sus mejillas se colorearon un poco más y se puso un poco más nerviosa. Ahora sonreía, pero volvía a esquivar la mirada. Parecía luchar contra sí misma sin saber qué hacer.

-¿Echáis muchas horas en los turnos nocturnos vosotros aquí en el hotel?

-Pues… no mucho. Yo hago el turno normal.

No dijo nada más, se quedó callada con una sonrisa y con su mirada esquiva, de los ojos de él, a su torso, al suelo, a la pared… No se dio cuenta de que su respuesta no era una respuesta, seguía nerviosa y con las mejillas rojas.

-Ah, ya veo. No te quedará mucho ya de turno, ¿no? Un par de horillas a lo sumo, supongo, ¿no?

-Em sí. Algo así.

-Bien, bien -le tendió la mano para aceptar la bolsa con el paquete.

Alba se dio cuenta de que Carlos le tendía la mano y estuvo a punto de estirar su mano y dársela por inconsciencia, pero se dio cuenta que lo que le pedía era la bolsa con el paquete. Le tendió la bolsa por tercera vez y él alargó la mano para coger el asa tocando con su mano la de ella. Ella se movió inquieta al sentir el contacto como si le hubiera dado un calambre, le miró a los ojos con los suyos más abiertos que antes y retiró su mano al instante pegándola a su cuerpo. Tragó saliva y se mordió el labio inferior por un instante.

-Venga, te dejo seguir trabajando y ya luego hablamos. Pásate cuando acabes tu turno, ¿eh?

Ella se quedó muda. No sabía qué decir, aunque no podría haber dicho nada porque él habló inmediatamente sin darle tiempo a decir nada.

-Ah, sí. Y tráete un rotulador. Que no sea permanente. El color no importa mucho, algo que no sea claro, que sea oscuro, que se vea bien.

Con un hilo de voz dijo -Vale.

-Venga, luego nos vemos. No me tardes, Alba. Te espero. No vengas sin él, ¿eh?

Y cerró la puerta dejando a Alba quieta frente a ella, paralizada, con el corazón latiéndole con fuerza en las sienes y sintiendo calor, mucho calor. La conversación había sido simpática y alegre. Él había sido simpático y alegre. Le parecía un buen tipo pero… Estaba invitándola a follar. Y lo hacía sin vergüenza, sin tapujos. Y también debería estar ahí la mujer rubia, la que la había mirado siempre con tanto desprecio y tanta soberbia. La… que se había corrido frente a ella. Él la había hecho correrse, ¿verdad? Y ahora le había entregado esos dos paquetes con juguetes sexuales. Tenía curiosidad por saber qué pasaba y pasaría dentro de esa habitación. Tenía la tentación de llamar a la puerta y pasar para ver qué estaban haciendo. Una parte de ella quería hacerlo y otra parte de ella no quería. Debía volver al trabajo y centrarse en ello. No podía distraerse. ¿Para qué querría un rotulador? Qué raro… ¿Le valdría uno de los que se usan en pizarras vileda? En el cuartito tras la recepción debería haber un par de cajas de estos rotuladores…

Alba se marchó hacia el ascensor con la duda de si habría rotuladores en el cuartito. Llamó al ascensor y cuando las puertas se abrieron comenzó a escuchar gemidos femeninos amortiguados por la puerta cerrada, venía de la habitación de Carlos. Las puertas del ascensor se cerraron y se dio cuenta de que se estaba mordiendo el labio inferior.

Carlos volvió con Isabel tras despedirse de Alba. La encontró en la misma postura en que ella se había puesto al irse, sólo que el consolador estaba tirado sobre la cama entre sus piernas.

-Ay, ay, ay. Mirar que tirar tu juguete. Si no lo quieres sólo tienes que decírmelo y dejamos de jugar.

-Perdón.

-No te creas que te voy a perdonar porque me pongas esa vocecita de niña buena juguetona. No, no. Te dije que no hieras algo y lo hiciste. Ahora tengo que castigarte y lo sabes.

-¿Y qué me vas a hacer?

-Amo. Qué me va a hacer, amo. Dilo.

-¿Qué? No pienso llamarte amo.

-Ja. Ya lo veremos. No te quedará de otra cuando quieras algo.

Carlos rio e Isabel pareció enfurecerse por esto. Una parte de ella era sumisa según estaba descubriendo, pero otra parte seguía siendo la orgullosa y dominante mujer que siempre había sido. Le costaba cambiar el rol de buenas a primeras.

-Bueno, a ver. Para empezar, nuestra amiguita Alba nos ha traído un regalito. Sí, Alba. Esa es la recepcionista que vino antes a traernos las bebidas y el hielo -Carlos mantenía la conversación consigo mismo, relatando un monólogo-. Correcto, la misma que nos vio enrollarnos en la recepción -agarró el consolador y lo pasó por la rajita de ella haciendo que se estremeciera-. La misma a la que mirabas con desdén, no sé por qué -jugó con ella con el consolador. Ella gemía-. Sí, la misma que mirabas con superioridad, como si ella fuese tras de mí, o algo así, y tú al haberte liado conmigo le hubieses ganado -le metió la cabeza del consolador-. Pues esa misma mujer, que por cierto es súper guapa, es la que ha venido hace un minuto a traernos una bolsita con jueguecitos para que tú y yo nos divirtamos -vio cómo se le ponía la piel de gallina-. Qué, ¿nos divertimos con esos juguetitos?

-Mmmm, de acuerdo.

Carlos no podía verlo porque ella tenía la cabeza vuelta hacia otro lado, pero Isabel tenía una sonrisa en la cara cuando respondió afirmativamente. No tenía forma de saber tampoco que ella sentía un cosquilleo en el bajo vientre por la excitación que le producía lo que fuese que traía esa caja. La agarró por los hombros y la ayudó a ponerse derecha, quedando sentada sobre sus talones. En esa postura pudo girarse para ver qué traía esa caja. Antes de hacer nada, Carlos le mostró el consolador y lo acercó a su culo, ella lo entendió y levantó las caderas para que él pudiera colocarlo entre la cama y su vagina y entonces bajó las caderas para ir siendo penetrada.

Isabel daba suaves botes sobre el consolador mientras gemía eróticamente y miraba a Carlos sacar una caja negra de la bolsa de plástico. Aparecía en ella varios objetos pero no le dio tiempo a identificarlos, la caja estaba medio tapada por el cuerpo de él. Él abrió la caja y fue sacando objetos dejándolos sobre uno de los sillones de la habitación. Todos venían en bolsas de plástico. No debían ser muchos, unos tres o cuatro, Carlos seguía tapando con su cuerpo y su atención se había centrado más de la cuenta en su propio placer.

-Mira, ¿sabes qué es esto? Seguro que no tienes ni idea, monjita.

Le enseñaba uno de los objetos. Era una especie de huevo con un cilindro unido a la parte gruesa y acabado en una media esfera. Nunca lo había visto. Ante la mirada confusa de Isabel, Carlos interpretó que no tenía ni idea de lo que era y siguió hablando.

-Es un plug anal -vio cómo se envaraba un poco al pronunciar la palabra anal-. Y este de aquí, ¿sabes qué es?

Era un consolador pero hecho de esferas unidas entre sí. Iba de esferas pequeñas a grandes desde la punta a la base. Básicamente era una zanahoria pero hecha de bolitas. Isabel tampoco la había visto nunca, negó con la cabeza.

-Joder, ¿en serio? Madre mía, tía. ¿Eres virgen y no lo sabías? Me sorprende lo poco que sabes. Ni me entra en la cabeza, la verdad. Que no sepas qué es el plug anal… pues bueno, no pasaría nada. Pero joder, esto no es más que un consolador tía. Sirve para masturbar el culo y para ir dilatando y relajándolo.

Ella pareció sentirse atacada y humillada por sus palabras. Eso es, vamos, enfádate. Moléstate por esta mini humillación. Je, vamos. Admítelo y cede poder. Que retorcido soy, joder. Se la veía molesta por sus palabras, pero no respondió a Carlos.

Sacó otro objeto y se lo enseñó. Era un botecito de plástico que parecía un gel. No se le ocurrió qué podría ser y volvió a quedarse callada, solamente mirando a Carlos a la cara.

-Tía. ¿En serio? Es un lubricante. Ay, por dios.

Un lubricante, claro. Era obvio ahora que se lo había dicho. No sabía por qué no se le había ocurrido que podría ser un lubricante. Eso era algo que conocía y aunque no había usado uno nunca, no era algo raro como las dos cosas de antes. Tal vez por haberla humillado antes era por que no había sabido decir que era un lubricante. Cabrón.

-Bueno, ¿y esto? -Le enseñó un botecito de cristal con un cuentagotas en el tapón. Parecía un jarabe.- ¿Se te ocurre qué es esto al menos?

-Mmm… ¿Un jarabe?

-Un jarab… -Carlos se rio ante la ocurrencia de Isabel. La respuesta le había pillado totalmente por sorpresa, no la habría esperado jamás. Vio que ella hacía un mohín con la cara tras su reacción en forma de risa.- Pero qué va a ser esto un jarabe, tonta. Madre mía, parecen una niña chica, me sorprende que seas madre y que lleves una empresa. Parece que hayas nacido ayer.

Isabel puso mala cara. Las últimas palabras que él había dicho parecían haberle molestado.

-Pues no es un jarabe, no. Es un laxante. Uno suave, su su suave. Esto te lo tomas y haces caquita para limpiar bien el intestino.

Isabel puso mala cara. Le daba asco el oír hablar de laxantes, intestinos y caquitas.

-Anda ya, no seas remilgada. Las tías buenas cagáis, por más que queráis esforzaros en negarlo. Y mira esto de aquí, ¿ves?- Carlos sacó una especie de pera de plástico de color negro -Ah, mira, por tu cara parece que esto sí que sabes lo que es, ¿o no?

-Es una ducha vaginal.

-Exacto. Premio para la señorita. Aunque esta en concreto no es vaginal, sino anal. Pero vamos, que es la misma mierda.

Carlos fue colocando las cosas una a una sobre la mesa, dejando cada objeto uno al lado del otro. Los colocaba todos a la misma distancia entre sí, y todos a la misma distancia del borde de la mesa. Lo hacía con parsimonia, quería que ella viese bien cada objeto. Quería que echase un buen vistazo a cada objeto cuando él lo colocaba y lo movía en la mesa para dejarlo en su sitio exacto, en su orientación exacta. Isabel seguía la mano de Carlos con la mirada y no perdía detalle de todo cuanto ésta tocaba y manipulaba.

-Bueno -Carlos estaba de espaldas a ella, alzó la voz y pronunció con claridad para que le oyese y entendiese-, te voy a explicar qué va a pasar ahora. Primero: te vas a tomar el laxante y vas a dejar que haga su efecto. Segundo: vas a ir al baño hasta que el efecto pare, no tardará mucho, es suave, se usa para lavativas -movió el laxante un poco hacia el borde de la mesa- Tercero, con la ducha anal vas, o voy, como prefieras, a hacerte lavativas por el culo. Es decir, te vas a meter agua por el culo y luego vas a ir al váter a echar esa agua. Vas a repetir esto unas cuantas veces hasta que el agua que mees por el culo sea limpia. De hecho, el agua que eches debería estar tan limpia como cuando entró.

Isabel seguía dando pequeños botes sobre la cama incrustándose hasta el alma el consolador que tenía metido. Su cara era de placer y de asco. Parecía que la Isabel racional no aprobaba la idea de las lavativas y de los laxantes, pero la Isabel cachonda solo oía sin escuchar y sólo quería seguir sintiendo placer.

-Ahí acaba todo lo malo para ti -se giró para poder mirarla a la cara-. A ver, no hay nada malo, pero como has puesto cierta cara de asco… Pues eso, que todo lo -hizo el gesto de comillas con las manos- malo -cerró las comillas con otro gesto- ya habría acabado. A partir de ahí entraría en juego yo. Primero te masturbaría el ano y el coño al mismo tiempo y poco a poco te iría dilatando el culo. No te preocupes que no te dolerá, de hecho te prometo que ni lo sentirás y sólo sentirás placer. Una vez tengas el culo dilatado ya podremos meterle cosas más grandes. Usaremos el lubricante y tu culo comerá polla, o consolador. Lo que se tercie. Pero una cosa está clara, y es que te va a costar sentarte en una semana -rio fuerte tras decir esto.

Se dirigió hacia ella y le agarró la cara con una mano con controlada violencia, le hizo girar la cabeza hacia arriba para que le mirase a la cara.

-¿Qué? ¿No dices nada, perra?

-No me gusta por detrás.

Una sonora bofetada cayó sobre la mejilla de Isabel. No fue fuerte, no le hizo daño. Era una bofetada controlada para impartir disciplina.

-AMO. No me gusta por detrás, AMO -la corrigió Carlos.

Isabel había abierto los ojos de par en par ante el autoritarismo con que le hablaba de repente y tras la bofetada que le había dado. No se la había visto venir y la sorprendió.

-Vamos, de pie, perra.

Carlos tiró de ella hacia arriba para que se fuese levantando. Al mismo tiempo tiró de ella hacia sí mismo para que bajase de la cama. Con la mano libre agarró el consolador y se lo extrajo de un tirón. Isabel estaba ahora de pie frente a Carlos, con los brazos aún atados tras la espalda.

-Date la vuelta.

Ella obedeció. Y sintió como le soltaba los brazos, quedando al fin libres. Los tenía un poco agarrotados tras tanto tiempo inmovilizados y los movió un poco para aliviarse.

-Escúchame, perra. Ve al baño y trae un vaso con agua. Vamos.

Ella obedeció sin rechistar y sin tardar un segundo. Al cabo de unos segundos estaba de vuelta con el vaso en la mano. Aún mantenía la cinta de seda al cuello a modo de correa. Los ojos estaban brillantes, sus pezones duros y su sexo brillante por la humedad.

-Dame el vaso.

Ella le tendió el vaso para ver cómo él echaba unas cuántas gotas del laxante en el agua. Entonces le tendió el vaso a ella de nuevo.

-Cógelo.

Isabel dudó unos segundos. Su mano hizo un par de ademanes de moverse pero no terminaba de decidirse. Tras mirar la cara de Carlos y sentir toda la autoridad que desprendía su rostro en ese momento, cogió el vaso entre las dos mano.

-¿A qué estas esperando? Ya sabes qué tienes que hacer.

Ella le miró con cara de súplica, pero sólo se chocó contra el muro que era su rostro. Miraba al vaso y a él como en una secuencia. Sin atreverse a hacer nada.

-Mmm, es que no sé…

-Calla.

Se calló de inmediato y se encogió un poco en sí misma. Carlos usó la misma voz autoritaria que había estado usando hasta el momento.

-Si quieres parar. Ya sabes qué tienes que decir. Tienes una frase de seguridad.

Isabel le miró a los ojos con cara de sorpresa. Parecía acorralada. Miró al vaso y luego miró a Carlos, que aún tenía el consolador en la mano. Miró al consolador. Se acercó el vaso a los labios y, con el corazón martilleándole con fuerza en los oídos se bebió todo el agua de un trago y luego sonrió a Carlos.

-Bien, ahora al baño, perra.

-Sí.

Isabel se daba la vuelta para ir al baño, pero se detuvo en mitad de la acción, volvió a girarse hacia él y añadió.

-Amo.

Tras decir aquello se marchó en dirección al baño con una sonrisita en los labios que Carlos no podía ver, era una sonrisita juguetona. Cerró la puerta tras de sí.

Carlos se sentó en un sillón a esperar a que la naturaleza siguiera su curso. Parecía que al fin estaba domando a su exjefa. Su trabajo le había costado, pero al final iba a poder darle bien por el culo a esa pedazo de hembra con ese pedazo de culo. Qué ganas tenía de ver cómo ese culazo se tragaba su polla. Joder, y además parecía que era virgen anal. Si fuese virgen vaginal habría reparos, mucha responsabilidad, pero anal era otra historia. Ella ya sabía muy bien lo que era follar y ahora lo haría por otro agujero, sin más historias. Ahora descubriría el placer de follar de una forma distinta y podría comparar. Joder, cómo le gustaba a Carlos el petar culos. Ya le dolía la polla de lo dura que se le ponía al pensar en sodomizar a la guarra de su exjefa.

El sonido de la cisterna le sacó de sus pensamientos. Se levantó y se acercó a la puerta del baño con la ducha anal en la mano. Isabel salió del baño. Aún llevaba puesto al cuello su collar de seda.

-Creo que ya… amo.

Les costaba pronunciar esa palabra. Se lo tenía que pensar cada vez que la decía.

-Muy bien. Ahora llena ese vaso de agua y vete inyectándote agua por el culo. Cuando notes que tienes bastante agua en la tripa, vas al váter y la echas toda. Repite hasta que el agua salga limpia.

Le dio la ducha anal y se volvió hacia el sillón mientras escuchaba la puerta del baño cerrarse. No tardó en escuchar de nuevo la cisterna del váter ser accionada. Para entonces se había quitado los pantalones y se pajeaba muy lentamente la polla que estaba durísima en esos momentos. Las descargas de agua de la cisterna pararon y la puerta del baño se abrió. Isabel se quedó quieta, mirando a Carlos.

-Túmbate, perra. Boca arriba.

Ella lo hizo en silencio. Carlos se acercó a ella con el bote de lubricante. El sexo de ella seguía húmedo todavía. Vaya, debía excitarle la idea. Carlos se acomodó en el suelo, de rodillas junto a la cama y frente a una abierta de piernas Isabel.

-Toma, tu amiguito, para que juegues con él -le entregó la polla de goma que tan buenos ratos le había dado.

Sin esperar nada más Carlos sacó la lengua y empezó a lamerle el coño haciendo que ella empezara a gemir. No tardó mucho en sentir una mano en su cabeza. Lamió durante unos minutos e introdujo un par de dedos en el coño húmedo. Isabel se retorció y ronroneó de nuevo. Masturbó el coño con los dedos mientras lamía el clítoris y se pajeaba suavemente con la mano libre. Sacó los dedos de su coño y llevó su otra mano, la izquierda hacia un pecho para agarrarlo. En el justo momento en que apretó el pecho, introdujo la primera falange del dedo corazón dentro del ano de ella aprovechando la distracción. Lentamente fue introduciendo más y más el dedo mientras apretaba el pezón y lamía la vagina húmeda hasta que el dedo quedó totalmente dentro.

No movió el dedo que tenía dentro del ano, lo dejó bien quieto dentro. No quería que ella se diese cuenta de que tenía un dedo en su culo, su ano debía ir acostumbrándose poco a poco a estar dilatado y si ella notaba el dedo apretaría instintivamente.

El cunnilingus siguió entre jadeos y gemidos femeninos. Los pechos de Isabel eran estimulados alternativamente y su clítoris recibía caricias cuando sus pechos quedaban desatendidos. Isabel no había contado el tiempo que había pasado, no podía, ni pensaba hacerlo, pero cuando ya habían pasado unos 8 minutos Carlos ya había metido 3 dedos en su culo. El proceso siempre fue igual: se concentraba en darle placer a ella para que ella se centrara en el placer que recibía de su vagina y cada vez que iba a introducir un dedo buscaba la manera de distraerla con placer, un pellizco en el pezón, lamer el clítoris con más intensidad, o lo que se le ocurriera. Cada vez que metía un nuevo dedo lo hacía siempre en vertical con el dedo (o dedos) que ya estuviesen dentro, colocaba la punta del dedo a la entrada del ano y muy junto al dedo que estaba dentro y, poco a poco iba introduciéndolo. Dejaba el dedo en esa posición vertical unos minutos y entonces lentamente lo movía hasta que todos los dedos estaban uno junto a otro trazando una línea horizontal. Esta es la forma en que se dilata un ano sin dolor, con paciencia y tiempo. Esperaba unos minutos a que el ano se acostumbrara a estar así de dilatado y entonces se aventuraba con otro dedo.

Carlos notaba la respiración de Isabel, movía sus caderas cada vez más, le tiraba del pelo y le acercaba la cabeza a su entrepierna con fuerza con una mano y con la otra le clavaba la mano en la mano que él usaba para estimularla. Se acercaba al orgasmo. Había estado intentando que no se corriese mientras iba dilatándole el ano. Resulta que lo estaba consiguiendo, y eso le ponía cachondo. La tenía donde quería y el encantaba a ambos. Ya había llegado la hora de que el último dedo, el meñique, hiciese su entradita en el ano de Isabel. Carlos repitió el proceso llevado a cabo hasta el momento: colocó el dedo bajo otro ya dentro y poco a poco fue empujando con suavidad pero con firmeza, hasta que éste fue entrando y enterrándose más y más hasta quedar bien dentro. A estas alturas era imposible que Isabel no notase la presión en su orificio posterior. Notaba esa presión, pero el placer que sentía en su orificio anterior le dejaba la mente en blanco, no había más sensación que la que emanaba de su vagina y la lengua y mano que la recorrían y amaban. Carlos dejó pasar los minutos que creyó oportunos y fue haciendo presión para colocar el meñique junto al resto de dedos para que quedasen todos formando una línea horizontal. Isabel lanzó un gemido distinto cuando Carlos recolocaba los dedos dentro de su culo, fue la primera vez que fue consciente de ese gemido pero ella lo había estado emitiendo cada vez que él colocada los dedos en horizontal para dilatar el ano. Finalmente, los cuatro dedos de la mano de Carlos quedaron enterrados dentro del culo, del magnífico culo de Isabel. Carlos apartó la cabeza y dejó el sexo oral en pausa.

-¿Qué? Dime, ¿cuántos dedos tienes dentro del culo?

Isabel se quedó mirándole al principio un poco perdida, como si le estuvieran hablando recién despertada y aún siguiera soñando. Tardó en procesar la pregunta- ¿Cuántos… dedos?

-Sí, exacto –Carlos movió los dedos dentro de ella causándole un placer distinto y una sensación nueva y agradable, aunque extraña-. Venga, di.

-Mmmmmm… no sé… ¿tres? O dos. Creo… creo que dos. Ay no sé –se pellizcaba los pezones mientras hablaba y movía las caderas en busca de clavarse más los dedos dentro de ella.

-No lo sabes, ¿eh, perra? Pues verás –Carlos movió los dedos con ganas hasta arrancarle pequeños orgasmos a Isabel y usó el pulgar que tenía libre de esa mano para masajear su vagina-. Tienes cuatro dedos dentro.

Isabel abrió mucho los ojos. Parecía atónita ante sus palabras. Le parecía imposible tener cuatro dedos en su culo. Carlos, divertido ante la cara de tonta y de asombro que se le había quedado a su amante comenzó a masturbar el ano de ella sacando y metiendo lentamente los dedos en su culo, sin llegar a sacarlos completamente. Ella comenzó a gemir de una forma distinta, el placer que sentía era también distinto.

-Tu culo se está tragando cuatro dedos de mi mano como si nada. Y tú estás disfrutándolo, ¿a que sí?

-Síiii. Me gusta… aunque es raro y… pensaba que me dolería.

-No quiero que a mi perra le duela cuando la sodomice como a la perra que es.

Isabel compuso una sonrisa ante estas palabras y cerró los ojos con fuerza concentrándose en el nuevo placer que descubría mientras se apretaba y sobaba las tetas. Carlos retiró los dedos lentamente de su culo hasta sacarlos.

-Bueno, perra. Ahora dime ¿qué quieres hacer?

Ella sabía muy bien cuáles eran sus palabras- Quiero que me la metas por detrás.

-Oh, vaya. Pero mira que guarrona tenemos por aquí –Carlos se irguió sobre ella mientras se masturbaba lentamente- Pues si quieres que haga algo por ti, tendrás que pedírmelo bien, ¿no crees?

Ella se llevó su mano derecha hacía su ano y, ante la sorprendida mirada de Carlos, se metió uno y dos dedos y comenzó a masturbarse por el culo mientras chupaba los dedos de su mano libre. –Por favor… amo… -esa palabra salió de su boca con dificultad. Pero con felicidad-… Por favor, amo… fóllame el culo.

Carlos se había empezado a masturbar con ganas al ver cómo ella se metía los dedos en el culo recién dilatado y al escuchar la petición sumisa de ella su polla se puso aún más dura, a punto de explotar. Era el momento de romperle el culo y de darle su primer orgasmo anal a ese pedazo de hembra. Cogió el botecito de lubricante que había dejado tirado de cualquier manera por el suelo tras lubricarse los dedos con que la masturbó y se echó sobre su polla. Cogió una pequeña cantidad más sobre su mano derecha y la llevó hacia el ano de ella. Primero retiró la mano con que ella se masturbaba el ano para poder hacerlo él. Introdujo tres dedos del tirón y embadurnó bien todo el lugar de lubricante. Metió el cuarto dedo y masturbó un poco más el culo de ella hasta determinar que estaba lo suficientemente dilatado para lo que venía a continuación. Sacó la mano del interior de ella y se colocó en posición con la punta de la polla justo en la entrada de su puerta trasera. Esta postura no es lo suyo para una primera vez, seguramente apriete y le duela un poco… Pero joder, estoy bien cachondo, ella también y me encanta ver cómo se les desencaja la cara de placer cuando la polla pasa el esfínter. Esa mierda no tiene precio. Iré lento, no quiero que le duela.

La cabeza de la polla acarició el ano de la mujer. Isabel notó cómo se le aceleraba el pulso con el sólo contacto del glande contra su ano. Estaba a punto de hacer algo que jamás había hecho, ni con su marido, ni con sus anteriores novios… ni siquiera ella misma. Nunca se había masturbado analmente. Siempre había sido algo que no le llamaba la atención, y las pocas veces que algún novio intentó algo por ahí, le paró en seco. Pero ahí estaba ahora: poniéndoles los cuernos a su marido con un anterior empleado de ambos; dándole su virginidad sin haberse resistido, su virginidad anal. Y encima ella misma lo había pedido. Y encima ella misma era quien deseaba que le diese por culo. Con la mente a mil por hora con estos pensamientos pecaminosos y adúlteros llevó una mano a su vagina y se masturbó con un gran ímpetu. Estaba encharcada y estaba salpicando a ambos lados con su movimiento de mano. Con la otra mano se agarró tan fuerte como podía de las sábanas, a la espera de la penetración y de un nuevo capítulo en su vida sexual.

El glande presionó suavemente el ano, besándolo. El ano estaba dilatado y perfectamente podría tragarse una polla de tamaño normal como aquella, pero los comienzos son siempre difíciles y el glande notó un poco de resistencia. Incrementó la presión suavemente hasta que ésta superó a la presión del ano y poco a poco fue introduciéndose dentro de éste.

Carlos miraba atentamente a Isabel. Ella mantenía los ojos cerrados con fuerza y con cara de vicio. Tenía una sonrisa desencajada mientras se masturbaba con saña. Esa sonrisa se tensó cuando su glande comenzó a adentrarse en su ano, toda ella se tensó. Incluso paró de masturbarse como una loca, aunque dejo la mano quieta sobre su coño empapado. Carlos apartó la mano de ella y comenzó a masajear suavemente el clítoris de ella mientras seguía presionando con suavidad, no quería dolor.

La cabeza de la polla aún no había entrado completamente dentro del culo de ella, en ese momento la sensación para ella era justo la esperable: algo entra en mi culo, parte de mi cuerpo que está hecha para que salgan cosas. Por lo que ella se sentía muy rara, aunque no le estaba doliendo en absoluto. La polla siguió profundizando poco a poco, milímetro a milímetro hasta que se topó con el anillo de músculos del ano, el punto de no retorno. Carlos no perdía detalle de la cara de Isabel y aguardaba este momento. Iba lento por eso mismo, quería saborear cada segundo de la primera penetración anal de Isabel, de ese pedazo de hembra que ahora tenía toda para él. Isabel comenzó a cambiar su expresión. Pasó de parecer concentrada y esperar dolor a abrir los ojos cada vez más y abrir la boca para pronunciar una <> muda. Su mirada se dirigió hacia el infinito antes de buscar y cruzarse con la de Carlos, que la miraba con una sonrisa excitada mientras su polla pasaba el anillo de músculos del esfínter anal. Ya la había penetrado analmente.

Carlos terminó de enterrar su polla dentro del culo de Isabel y al hacerlo le arrancó un gemido a la sodomizada: <>. La mano de ella volvió a dirigirse a su coño y apartó sin darse cuenta la de Carlos.

-¿Qué, te gusta? ¿Te gusta tener una polla en el culo?

-Sí. Me gusta. No me duele… Fóllame.

-¿Cómo has dicho? –Las palabras las pronunció de forma inquisitiva y autoritaria.

-Por favor, amo. Fóllame… por favor.

Isabel se agarró un pecho al decir esto, sonrió y se apretujó el pezón. Carlos sintió cómo ella apretaba el ano. Echó las caderas hacia atrás lentamente y antes de que su polla quedase fuera de su culo, echó las caderas hacia delante con la misma lentitud. Ella tenía que acostumbrarse al sexo anal.

Poco a poco la velocidad de movimiento de caderas de él fue acelerando según iba viendo que ella se iba acostumbrado. Ella fue gimiendo poco a poco según iba en aumento la velocidad de las penetraciones de él. Al cabo de unos momentos estaba follando por el culo con todas las de la ley. Lo estaba haciendo y le estaba encantado.

-Síii. Fóllame. Asíii, jodeeer.

Se seguía masturbando mientras era sodomizada por su amante. Se acercaba un orgasmo, e iba a ser grande. Se había combinado la excitación de la penetración anal, la excitación acumulada, los estímulos anteriores y a saber cuántas cosas más. El orgasmo se acercaba y el placer nuevo y extraño que sentía lo acercaba, o tal vez no. No lo sabía, era difícil saberlo. Pero le encantaba.

Carlos notaba que su sodomizada amante se acercaba a un orgasmo, era ya fácil verlos venir a estas altura de la película, pero quería que lo sintiese siendo únicamente por estimulación anal; así que agarró la muñeca de la mano con que ella se masturbaba y la alejó de su rajita húmeda y luego agarró las caderas para arremeter mejor contra ella. Isabel se retorcía como la cola de una lagartija mientras gemía y gemía. Se acercaba a un orgasmo, pero era distinto. La estimulación para llegar a él era distinta a lo que estaba acostumbrada, le gustaba el placer anal, pero la estimulación acercaba el orgasmo más lentamente. Esto la torturaba y le encantaba. Quería llegar ya al orgasmo, pero cada segundo así era una delicia. Era una tortura placentera y la estaba volviendo loca como nunca. Isabel se agarraba los pezones, se mordía las manos, intentaba masturbarse y fallaba por culpa de Carlos, se agarraba a las sábanas, gritaba, agarraba con fuerza los brazos de Carlos, echaba la cabeza hacia atrás… y sobre todo, por encima de todo: gemía y movía las caderas con ganas, con muchas ganas.

Isabel echó la cabeza hacía atrás y se tensó totalmente curvando la espalda en el proceso. Abrió mucho la boca en silencio y se quedó así durante dos segundos, dos segundos en los que Carlos no dejó de penetrarla. Y entonces estalló en un orgasmo fortísimo. Gritó y gritó gemidos y lanzó gritos al cielo y a quien pudiera oírla mientras se corría viva con una polla enterrada en su culo que la seguía follando mientras se corría. Comenzó a convulsionar debido a los espasmos que empezó a tener por el orgasmo que estaba viviendo. Carlos la agarró con más fuerza y siguió follándola por el culo para alargar el orgasmo. El orgasmo de Isabel se alargó más y más y no daba síntomas de resultar incómodo por hipersensibilidad, así que Carlos siguió follándola con una sonrisa desencajada en el rostro. Isabel puso los ojos en blanco olvidándose de respirar mientras componía una sonrisa bobalicona con los labios y comenzaba a eyacular. Su eyaculación salpicaba con cada embestida de Carlos y comenzó a empaparlo todo a su alrededor. De repente tomó una gran bocanada de aire y luego emitió un fuerte chillido de placer mientras se contraía de nuevo como síntoma de ese orgasmo infinito. Carlos no pudo aguantarlo más, se corría. Le sacó la polla del culo, muy a su pesar, y tan rápido como se subió a la cama, la agarró por el pelo y le enterró la polla en la boca justo en el momento en que se corría. Ella sabía que estaba pasando, pero no era capaz de masturbarle, tan solo tenía fuerzas para agarrarle la polla con una mano mientras con la lengua masturbaba el glande que segundos antes había estado dentro de su culo y que ahora comenzaba a descargar semen dentro de su boca.

Carlos le agarró la cabeza por ambos lados con fuerza mientras bufaba y gemía como si estuviera haciendo un gran esfuerzo al descargar el semen en la boca de Isabel, que estaba medio sentada en la cama, sobre una mancha de humedad. Cuando se relajó, la soltó y ella se dejó caer de espaldas en la cama, exhausta y con la respiración acelerada. Carlos se dejó caer sobre la cama quedando sentado junto a ella, también con la respiración acelerada. Los dos necesitaban recobrar el aliento.