Servicio especial en la fiesta del club
El escote de una mujer adinerada se desplaza y sus ojos encuentran los de él en medio de la fiesta. Ella no pide disculpas, sino que lo cita en un reservado privado con una propuesta que mezcla el riesgo, el dinero y el deseo prohibido. Lo que empieza como una indiscreción se convierte en una lección de poder y placer donde las clases sociales se invierten.
Darío acababa de conseguir este trabajo eventual como camarero de refuerzo en las fiestas que organizaba en el club náutico. Venía de una familia muy humilde y, aunque sus resultados académicos le habían permitido obtener becas para la universidad, necesitaba ingresos extra para poder tener una vida algo más llevadera y contribuir a la maltrecha economía familiar. A través de un conocido había conseguido un trabajo como camarero de refuerzo en las fiestas que con frecuencia celebraba el club para sus asociados.
Era un trabajo bien pagado, pero le revolvía las tripas ver tanta impostura y pomposidad y, sobre todo, tener que soportar la altivez y los malos modos de esa gente: eran poderosos y disfrutaban haciéndole saber que él solo era el servicio, alguien de una clase inferior que no merecía ni una mirada a los ojos o una palabra amable por su trabajo.
Su tarea consistía en estar tras una barra en los jardines y, de vez en cuando, hacer una ronda llevando una bandeja con copas o canapés. Durante sus paseos, observaba el comportamiento decadente de esas personas pero también disfrutaba el espectáculo de las bellas mujeres que solían frecuentar las veladas. Su adinerada condición era notoria por lo bien maquilladas, arregladas y vestidas que iban. Y eso se aplicaba a todas las edades: no solo las hijas de estos magnates eran rutilantes, también sus madres, en parte porque sus posibilidades económicas les daban acceso a carísimos tratamientos cosméticos y cirugías estéticas que lograban detener el tiempo y el efecto de la gravedad.
Durante una de sus rondas, no pudo evitar fijarse en una mujer a la que el atuendo la había traicionado: era un vestido largo negro con ribetes plateados, con un amplio escote que dejaba al descubierto buena parte de unos grandes senos. Uno de los laterales del escote se había desplazado, dejando entrever la rosada areola del pecho. Y como si fuera un ave rapaz que detecta a su presa desde grandes distancias, los ojos de Darío se posaron sobre ese incitante volumen.
Pronto se dio cuenta de que estaba siendo indiscreto, por lo que alzó la mirada. Y entonces hizo contacto visual con la propietaria del indecoroso escote, que lo había pillado “in fraganti”. Ambos permanecieron mirándose fijamente un instante que al atribulado camarero se le hizo eterno pero, para su sorpresa, ella esbozó una insinuante sonrisa y un leve arqueo de cejas y, sin apartar la mirada de los nerviosos ojos de Darío, se colocó el escote para devolverle su escaso pudor.
Dada la situación, lo mejor era continuar con el trabajo y alejarse lo más posible de la cena, por si acaso la señora quisiera ponerlo en evidencia por su desliz. Así que, mientras no paraba de repartir copas, acabó en la otra punta del jardín.
Cuando sus nervios se disiparon y volvió a la barra, pudo ordenar en su mente toda la información visual que había recibido en esos segundos. Y lo cierto es que la señora era muy guapa. Obviamente, lo que mejor recordaba eran sus ojos, muy grandes y claros aunque no sabría decir si azules o verdes. Estaban perfectamente marcados con un eye liner que se prolongaba hacia arriba por los laterales y en los párpados llevaba una sutil sombra violácea. Tenía una elegante nariz recta de aletas anchas, que destacaba por su bella naturalidad entre tantas rinoplastias estereotipadas que pululaban por la fiesta, y unos labios no muy gruesos maquillados con un sutil color rosa palo. Y todo ello estaba enmarcado por un pelo cobrizo recogido por detrás.
Mientras estaba ensimismado secando algunas copas, una susurrante voz femenina grave lo interrumpió:
-¿Te ha gustado el espectáculo?
Al darse la vuelta, Darío volvió a clavar su mirada en aquellos ojos fascinantes. Tratando de disimular su nerviosismo, adoptó una actitud profesional:
-¿Qué desea la señora?
-Que me vuelvas a mirar como antes.
El rostro de Darío no pudo ocultar su estupor y, antes de poder responder, ella prosiguió:
-Hacía mucho tiempo que ningún hombre me miraba con deseo.
-Señora, disculpe si la he incomodado, no era mi intención ofenderla- dijo Darío con mal disimulado miedo, pues era consciente de que si ella se quejaba, perdería su trabajo y quién sabe si su poderoso marido adoptaría alguna represalia adicional.
-Debería hacer que te despidieran- espetó la mujer con tono severo-. Pero me ha gustado sentirme deseada por un joven tan guapo como tú, a pesar de que podría ser tu madre.
Efectivamente, Darío era un joven bastante atractivo, con un pelo azabache ligeramente rizado y una complexión atlética gracias al gimnasio de la universidad, todo ello ensalzado por la frescura de sus 22 años.
-Mi marido no me ha mirado así ni cuando nos casamos. Fui un trofeo que mi padre le regaló por ser socios. Tengo que venir de florero a estas aburridas fiestas. Pero, para variar, en esta me voy a divertir. Y tú vas a ser mi juguete.
-Señora, yo no puedo…
-Déjate de tonterías- interrumpió -. Ya es tarde y apenas tienes trabajo. Mi marido se ha ido a uno de los salones a jugar al póquer con sus amigotes, como hace en todas las fiestas. Me deja aquí tirada durante horas y no me apetece conversar trivialidades con las otras invitadas. Y, joder, me has puesto muy cachonda. Y me apetece jugar…
La mezcla de terror y excitación que sentía Darío es algo que nunca había experimentado hasta ahora. No quería que lo despidieran pero esa mujer había conseguido ponerlo a mil y podía sentir un bulto en su entrepierna.
-No pueden vernos juntos. Así que dame una copa, para que crean que he venido a pedir una bebida, y dentro de quince minutos ven al reservado número cuatro.
Un cuarto de hora más tarde, Darío abrió la puerta del reservado, que estaba en penumbra. Era una sala con paredes cubiertas de madera, un gran espejo, el suelo de moqueta color pardo y unos sofás de cuero de corte clásico. Había alguna estantería con libros y un par de mesillas y solo estaba encendida una lámpara de mesa de luz tenue. Pese a ello, pudo vislumbrar a la mujer recostada en el sofá con la copa en una mano y un cigarrillo sin encender en la otra. Su pose acentuaba sus sinuosas curvas y las sombras hacían que sus pechos lucieran aún más prominentes.
-Me gusta que seas puntual. Ahora vas a hacer todo lo que yo te pida si no quieres que me queje a tus superiores por tu desfachatez-dijo en tono irónico-. No te preocupes, lo vas a pasar bien.
-Todavía no sé cómo te llamas.
-Ni lo vas a saber. Cuanto menos sepamos el uno del otro, mejor. Esto empieza y acaba hoy, no vayas a montarte películas en esa linda cabecita tuya. Y ahora, acércame el mechero que está encima de esa mesilla.
-No se puede fumar en estos reservados-, dijo Darío mientras le daba el encendedor.
-Tampoco se puede follar, pero tengo la intención de vaciarte esos cojones jóvenes hasta que no te quede ni una gota- dijo mientras encendía el cigarrillo y le daba la primera calada-. Para empezar, me apetece relajarme, así que me vas a comer un buen rato el coño mientras me termino esta copa y este cigarro.
Ese tono autoritario soliviantó a Darío. Pensó que ella no era más que otra de esas ricachonas condescendientes que lo minusvaloraban por su extracción social, una zorra rica, caprichosa y engreída que podía conseguir todo lo que deseara imponiendo su poder. Sin embargo, su rabia no podía competir con su excitación: recorrió a la mujer de arriba abajo con la su mirada, desde su elegante cara, que parecía sacada de un cuadro del siglo XIX, hasta un cuerpo impropio de su edad, probablemente esculpido a base de fitness y silicona, y comprendió que en pocas ocasiones iba a tener la ocasión de follar con una hembra semejante.
Sin mediar palabra, el joven camarero se arrodilló ante la dama y le separo las piernas. Ella ya se había quitado la ropa interior, por lo que su vulva rasurada estaba perfectamente expuesta y, efectivamente, pese a la penumbra, se intuía el brillo propio de la lubricación. Acaricio sus muslos enfundados en medias mientras besaba su parte interior, acercándose cada vez más hacia a su sexo. Cuando estaba a escasos milímetros de él, exhalo una bocanada de aire caliente y ella emitió un pequeño resoplido de aprobación.
Darío comenzó a lamer con largas y lentas lengüetadas, impregnando los labios exteriores de saliva. Ella acogió el movimiento con un ligero temblor de satisfacción y relajó la espalda, dejándose caer sobre el respaldo del sofá. Y mientras el joven exploraba los pliegues de su sexo, ella disfrutaba cada una de las húmedas caricias con su respiración acelerada, entre lentas caladas de tabaco y sorbos de vino.
Giró la cabeza y vio su propio reflejo en el espejo, con el muchacho devorándola mientras ella hacía aros de humo, y la imagen le provocó una enorme satisfacción, al ver a un guapo semental dedicado a darle placer mientras ella disfrutaba de algunos placeres mundanos. Gracias a la habilidosa lengua de Darío, cada bocanada de humo era más intensa y el vino parecía tener mejor sabor. Sus sentidos comenzaban a exacerbarse por el bienestar que le estaba provocando el joven, pero ella quería más intensidad. Así que sostuvo el cigarro entre sus labios y con la mano libre empujó la cabeza de su amante aún más adentro, reclamando mayor vigorosidad.
El joven captó el mensaje e imprimió más ritmo y presión a sus lamidas. Ya hacía rato que se estaba centrando en los labios menores y el clítoris, manteniendo un ritmo constante que empezaba a dar sus frutos. Las sensaciones se intensificaban y poco a poco el placer iba en aumento. Sin embargo, pese a su esforzado ejercicio de libación, la boca de Darío no era suficiente.
-Utiliza también los dedos-, sugirió ella entre gemidos.
Primero introdujo uno, que se deslizó con suma facilidad, dado lo lubricada que ya estaba a estas alturas. Pronto fue necesario introducir un segundo dedo, y curvo ambos en su interior, frotando las paredes internas de su vagina mientras su lengua no daba tregua al hinchado clítoris. El sonido de chapoteo, en combinación a los gemidos que ella no podía disimular y el temblor que comenzaba a percibir en su cuerpo no daba lugar a dudas: el orgasmo era inminente.
En ese momento, Darío decidió presumir de sus habilidades amatorias. Separó la cabeza y recolocó su cuerpo de tal manera que, mientras seguía penetrándola con sus dedos curvados, con la otra mano comenzó a frotar rápida e intensamente la cada vez más hinchada vulva. Ella hacía rato que ni bebía ni fumaba, pues se había centrado exclusivamente en disfrutar de las sensaciones y, aunque le extrañó que él dejara de utilizar la boca, no se quejó por qué las nuevas caricias estaban surtiendo efecto y el gozo era todavía más intenso.
Pese a su relativa juventud, Darío había tenido una vida sexual bastante intensa y, entre las lecciones aprendidas entre las sábanas, estaba la de provocar un buen squirt a una mujer. Si las condiciones de excitación eran las adecuadas, la combinación de caricias y dedos que estaba aplicando solían ser suficientes. Y, además, le pareció deliciosamente perverso hacerlo en un salón de postín como ese. Quería que esa zorra rica regara con su coño esos muebles de lujo.
-Joder, joder, joder… -es lo único que lograba musitar ella con la respiración entrecortada. Estaba a punto de estallar y, tras un movimiento especialmente vigoroso de la mano que acariciaba por fuera su sexo, por fin llegó el orgasmo. Ella se tapó la boca con un puño en un vano intento de no hacer mucho ruido, pero su alarido de placer era casi tan intenso como el torrente de flujo que salió disparado del interior de su coño. Haciendo gala de unos reflejos felinos, Darío alcanzó la copa que ella había vaciado de vino y la puso frente a su vagina mientras con la otra mano no dejaba de frotar para que siguiera manando la catarata femenina, y logró que varios chorros cayeran dentro del recipiente.
Tras el orgasmo, ella estuvo unos segundos paralizada, recostada sobre el sofá con la respiración acelerada. Su flujo había salpicado sus medias y dejado un reguero que salía de su coño y manchaba la tapicería del sofá hasta dejar un charco sobre la moqueta. Cuando abrió los ojos, vio a Darío de pie frente a ella con la copa llena de su libidinoso cóctel en la mano. Aunque no había podido ver cómo se había llenado, supo enseguida de qué se trataba, lo cual la hizo sonreír maliciosamente.
-Brindemos-, dijo ella mientras recibía la copa y se la llevaba a los labios, tomando un sorbo de sus propios jugos salados. Luego se la volvió a ofrecer a él que, sin dejar de mirarla con lascivia a los ojos, tomó también un sorbo. Luego, sin mediar palabra, dejó la copa en la mesilla y se desabrochó los pantalones, liberando su poderosa erección y acercándose a ella, que permanecía sentada.
-Vaya, parece que el camarero también quiere mandar- dijo ella con sorna mientras sujetaba con la mano la dura polla-. Está bien, te lo has ganado-, dijo antes de empezar a lamer el hinchado prepucio y, finalmente, metérselo en la boca.
La felación comenzó con un ritmo pausado, con ella introduciendo la verga hasta la mitad y haciendo vacío mientras la recorría hacia atrás hasta llegar casi a la punta, sin llegar nunca a sacarla de la boca. Sin embargo, Darío quería más, tenía mucha tensión acumulada tras los diez minutos que había pasado arrodillado entre las piernas de la ricachona, por lo que sin decir nada, la sujetó con ambas manos por la cabeza y comenzó a empujar para ser él quien le follara la boca.
Sorprendentemente, ella ni se inmutó y, además, acercó su cabeza al mismo tiempo que él empujaba, logrando una penetración más honda. Era evidente que la señora había chupado muchas pollas a lo largo de su vida y que los secretos de la garganta profunda no le eran desconocidos. En menos de un minuto, toda la verga de Darío estaba dentro de ella, cuya nariz chocaba contra el abdomen de su joven amante dada la profundidad alcanzada. La dama podía mantenerla dentro durante varios segundos sin que hubiera ninguna arcada aparente y luego la dejaba salir totalmente, con densos hilos de saliva y babas uniendo el pene endurecido con su boca.
A Darío le gustaba ser rudo con la zorra rica. Quería darle una lección a esta mujer tan guapa como engreída. Lo que no sabía él, que en el fondo era un ingenuo, es que eso era exactamente lo que ella deseaba, sentir a un chaval fuerte y lleno de energía totalmente desbocado por el deseo.
-Fóllame la boca, hijo de puta- ella le decía obscenidades para encabritarlo aún más. Le gustaba sentir su rudeza y su polla recta y dura entrando y saliendo de su boca como si fuera una maquinaria trabajando a plena potencia, un émbolo taladrando su garganta sin pausa. Miró de reojo al espejo, y se vio a sí misma con el lápiz de labios desvaído dejando rastros a lo largo de la verga y un reguero de lágrimas que habían transformado su delicado eye liner en un río grisáceo que recorría sus mejillas.
Ella era perfectamente consciente de sus habilidades felatrices, por lo que sabía que, pese a la resistencia de un joven como Darío, si seguía a ese ritmo, el orgasmo era cuestión de pocos minutos. Y quería seguir disfrutando de esa polla afortunada.
Por eso dejó de chupársela, se echó hacia atrás y, remangándose el vestido, abrió las piernas dejando su sexo rosado totalmente expuesto. Él se acercó a ella con decisión y sujetando con la mano su verga, la posicionó en la entrada de su coño. Pero justo antes de que procediera a penetrarla, ella lo paró haciendo un gesto con la mano, mientras que con la otra recogía la copa de la mesilla.
-Sería una pena desperdiciar este rico lubricante natural que has conseguido-, y a continuación vertió lentamente el squirt que quedaba, impregnando tanto el pene como su coño. La ocurrencia le pareció tan excitante al joven camarero que su erección, ya de por sí imponente, se endureció aún más.
-¿Estás esperando una invitación? Fóllame de una puta vez, cabrón-, las palabras de ella espolearon a Darío, que con un vigoroso movimiento empujó su verga al interior del coño. Estaba tan mojada que los 18 centímetros del joven camarero se deslizaron con facilidad hasta el fondo. Él empezó a moverse lentamente dentro de ella sin dejar de mirarla a los ojos. Ella le sonrío satisfecha y, mientras disfrutaba de la sensación en su entrepierna, deslizó sus manos por el escote y liberó sus hermosos y grandes pechos para que el joven disfrutara del paisaje.
-Creo recordar que te gustaban mis tetas… Míralas, disfrútalas, son todas para ti.
Así que, mientras Darío seguía bombeando dentro de ella, estrujó los senos, los lamió, los besó, lamió y chupó… Los gozó como un niño con un juguete nuevo y, mientras hundía su cara entre ellos, la dama lo rodeo con las piernas por la cintura, provocando un ligero cambio en la posición corporal de su amante qué hizo que sintiera aún mejor la dureza que tan placenteramente la estaba taladrando.
Eso propició que Darío imprimiera un ritmo más enérgico a su penetración, que se deslizaba con suma facilidad y dejaba producir un sonido de chapoteo con cada embestida. El sudor comenzaba a hacer brillar su frente y su respiración se volvió pesada. No en vano, había tenido un día muy duro y había estado trabajando varias horas en la fiesta, por lo que incluso en un joven vigoroso como él, el cansancio hacía mella.
Ella, una amante experimentada, lo notó enseguida y, como quería seguir disfrutando de su amante, decidió que era un buen momento para cambiar de postura. Así qué deshizo el abrazo de sus piernas, se incorporó hasta acercarse al rostro de Darío y lo miró durante unos segundos fijamente, meditando si era oportuno que hiciera lo que quería hacer.
En principio, ella quería que fuera un encuentro sórdido y divertido nada más, y no quería que la ternura participara de este lascivo fornicio. Sin embargo, no pudo evitar las ganas de abrazar a Darío y darle un apasionado beso. Ambos cerraron los ojos y perdieron la noción del tiempo mientras sus lenguas danzaban y sus salivas se mezclaban en las bocas. Ella fue manejando el cuerpo de Darío hasta tumbarlo sobre la moqueta y prosiguieron con su intenso beso durante un tiempo más hasta que ella abandonó su boca para, sin dejar de mirarlo fijamente, iba bajando poco a poco sobre su pecho, su abdomen, hasta llegar a la polla dura y mojada. Volvió a introducírsela tres o cuatro veces hasta el fondo de la garganta y, seguidamente, se sentó sobre ella hasta que quedó ensartada.
Darío no podía creer la suerte que tenía cuando miraba hacia arriba y veía a esa elegante mujer con el maquillaje totalmente deshecho, cabalgando su polla mientras sus enormes tetas apenas botaban pese al brío de sus movimientos. El joven muchacho siempre había sido un firme defensor de los senos naturales, pero justo en ese momento se convenció de que la cirugía tampoco estaba nada mal, pues esas tetas redondas y firmes se veían maravillosas en el torso tonificado de la mujer, y más ahora que tenían rastros de babas y saliva que los hacían brillar. Darío observó la escena reflejada en el espejo y se sintió como si protagonizara una escena porno de lujo.
Ella imprimió un ritmo intenso a su cabalgaba y, en un momento dado, se inclinó hacia atrás para sentir mejor la polla en sus entrañas. Hacía tiempo que ya se había olvidado por completo de ser silenciosa y le daba igual ser descubierta o no. De hecho, ella estaba disfrutando tanto de la situación que pronto sintió cómo un segundo orgasmo iba a sobrevenirle. Rápidamente, volvió a erguirse, apoyando ambas manos sobre el pecho de Darío y movió sus caderas todavía más rápido mientras los gemidos eran incontrolables. Él se irguió y comenzó a chuparle los pezones, y ella lo abrazó, empujándolo más hacia el pecho mientras sucedía lo inevitable.
-Me corro, me corro… Joder, me corro…- el placer volvía a inundar el voluptuoso cuerpo de la zorra rica, que comenzó a temblar mientras seguía abrazada a Darío y su coño convulsionaba alrededor de su verga de acero. El tuvo que hacer esfuerzos para no venirse también en ese momento, pero era consciente de que no podía arriesgarse a preñar a una socia del club. Tras disfrutar su orgasmo, ella se separó de él y se quedó de rodillas sobre la moqueta.
-Yo ya he acabado dos veces, he conseguido lo que quería y no podemos olvidar de que has sido un mal empleado, por lo que creo que debería vestirme y marcharme.
La cara de Darío cambió, no para mostrar enfado sino una mezcla de sorpresa y tristeza. Le había echado un buen polvo a esa zorra y ahora ella lo iba a dejar a la mitad.
-Sin embargo, has hecho que me corra como una perra, hacía tiempo que ningún hombre lograba hacerlo y ya me estaba cansando de tanto Satisfayer. Así qué te mereces una buena propina, voy a dejar que tú también te corras. Levántate, camarero.
Darío le hizo caso y, segundos después, ella estaba arrodillada comiéndole la polla. Tenía una mano en el tronco de su verga, que iba moviendo en círculos y de arriba abajo en coordinación con su boca. Esta vez no estaba haciendo garganta profunda pero el placer que le a provocaba era casi mayor. Ella se detuvo para hablarle mientras no dejaba de masturbarle.
-Me has puesto perdida cabrón. Parezco una de esas putitas baratas con las que seguramente follaras a menudo…- Le excitaba hablar sucio y, sospechaba, a él también le encantaba escucharla-. Así que, como de todos modos voy a tener que lavarme y volver a maquillarme, quiero que te corras en mi cara.
Inmediatamente, volvió a su intensa felación. Mientras con una mano rodeaba su verga, con la otra acariciaba y estrujaba sus testículos, lo cual volvía loco a Darío. Ella lo notó y, por unos instantes, abandonó su polla para succionarle las hinchadas y repletas pelotas, sin dejar de masturbarle. Ella miro hacia arriba y se topó con la mirada del joven, que no podía ocultar la alegría de la situación. Y en ese punto, a pesar de que hasta ahora ella era quien llevaba la voz cantante, él por una vez se atrevió a expresar sus deseos.
-Quiero follarte las tetas antes de acabar. Me vuelven loco tus tetas y quiero sentirlas.
-Por supuesto que sí- dijo entre risas-, me las operé para eso, ya las tenía grandes antes y veía lo bien que se lo pasaban los tíos con ellas. Pero ahora son perfectas. Pero ten cuidado, ya te he dicho que quiero tu lefa en mi cara, hoy quiero sentirme muy puta y quiero que me riegues con tu polla.
Ella volvió a sentarse en el sofá, de tal manera que sus pechos quedaban a la altura perfecta para recibir entre ellos la verga de Darío. En ese momento, pensó que era una lástima haber gastado todo el squirt de la copa porque habría sido ideal utilizarlo como lubricante, así que, resolutiva como era, volvió a meterse la polla en la garganta un par de veces, facilitándole generar una buena cantidad de babas que dejó caer sobre su escote. El puso la verga entre los pechos y ella los apretó mientras los movía de arriba abajo a la vez que él hacia lo propio con las caderas
-Vamos, cabrón, fóllame las tetas. Sé que te encantan. Tengo unas tetas perfectas para exprimir pollas y quiero dejarte apunto, quiero que me des una buena lechada, camarero.
Aunque la piel de sus pechos era muy suave, la fricción que sentía en su verga era muy fuerte, el placer que estaba sintiendo en ese escaso minuto le estaba llevando al límite, pero él quería disfrutar cada segundo y no dejaba de mirar hacia abajo fijamente, para guardar en la memoria la imagen de esa guarra de postín con el maquillaje totalmente destrozado, una expresión de enorme satisfacción y sus enormes y hermosas tetas envolviendo su polla, todo ello en un ambiente tan elegante. Sin duda, un recuerdo que atesoraría toda la vida. Finalmente, llegó lo inevitable y Darío sintió la descarga eléctrica previa a la eyaculación. Así que se separó de ella y sujeto la verga en su mano, masturbándose mientras ella lo miraba fijamente.
-Dámelo todo, semental, no dejes ni un centímetro de mi cara sin leche- dijo antes de abrir la boca y sacar la lengua para aprovechar la inminente corrida al máximo.
Darío apuntó hacia la cara de la dama y brotaron varios chorros de lefa espesa, perlada e inusitadamente abundante. El primer hilo de esperma le cruzo la cara desde la frente hasta la mejilla izquierda, y los dos siguientes se acumularon en el pómulo contrario. Ella cerró los ojos mientras sintió la cuarta, quinta y sexta descarga alrededor de sus labios y barbilla. El camarero aún tuvo reservas suficientes para eyacular tres chorros más, que se depositaron sobre su lengua. Al terminar, ella rodeo el prepucio con sus labios y lo dejo limpio y brillante.
La mujer se levantó y se miró en el espejo, sonriendo al ver que, tal y como había pedido, no había quedado prácticamente ningún rincón de su bello rostro que no hubiera sido bañado por una capa de denso semen. Para sorpresa de Darío, ella sacó de su pequeño bolso el teléfono móvil y se sacó un selfie. Luego estuvo unos segundos operando con el celular y, por el sonido, Darío hubiera jurado que estaba mandando algún texto con una aplicación de mensajería. Luego se acercó a Darío, le enseñó la fotografía y, a continuación, le mostró que la había guardado en una galería llena de imágenes similares, de ella con su cara, escote y otras partes del cuerpo rociadas por descargas de semen.
-Me gusta tener un recuerdo de estos encuentros-, explicó a un asombrado Darío. Para calmarlo, ella lo besó y a Darío le pareció muy excitante a pesar de que era la primera vez que besaba a una mujer con restos de su semen todavía en la lengua. Mientras el camarero se vestía, ella volvió al espejo para colocarse los pechos dentro del escote y, con el dedo, ir recogiendo los restos de esperma para meterlos en su boca y tragarlos. De repente, la puerta del reservado se abrió, sobresaltando al joven, y entró un caballero bien vestido, que ya debía superar los 60 años, quien se aproximó a la mujer y le dio un beso.
-Por la foto que me has mandado, es evidente que este caballero ha cumplido con tus expectativas.
-Ya lo creo, este semental ha hecho que me corriera dos veces y me ha bañado de leche abundante, como a mí me gusta.
Darío no entendía nada, aunque comprendió que la historia que la dama le había contado cuando se conocieron en la barra no era cierta.
-No te asustes, camarero. Ninguno de los dos vamos a decir nada-, comenzó a explicarle ella-. Mi marido y yo nos queremos mucho pero, desgraciadamente, su cardiopatía no le permite seguir mi ritmo sexual, así que desde hace años tenemos un acuerdo y él me deja tener sexo con otros hombres y mujeres siempre y cuando él lo sepa.
-Yo quiero todo lo mejor para mi querida esposa: los mejores coches, las mejores joyas, la mejor ropa y también los mejores amantes. Le habíamos observado de fiestas anteriores y parecía usted un buen candidato. No nos equivocamos. Por supuesto, confío en que podríamos contar con su discreción, nadie puede saber que mi esposa tiene unas aficiones tan libertinas.
-No te conté la verdad porque, por experiencia, sé que a los hombres les excita más el escenario de estar satisfaciendo a una pobre esposa insatisfecha en lugar de ser conscientes de que participan en una relación abierta consensuada.
El hombre sacó del bolsillo interior de su chaqueta un sobre que extendió a Darío.
-Acéptelo como propina por su excelente servicio.
Por un instante, el joven camarero se enfadó. De nuevo, ahí estaban los ricos arreglándolo todo con dinero. Él había disfrutado de buen grado este sexo y ahora, al recibir dinero, sentía que lo que había sido un encuentro espontáneo y divertido, se convertía en una mera transacción económica. Sentía que lo habían utilizado y que si aceptaba ese dinero, se prostituía. Pero, por otro lado, aún sin saber qué cantidad había en el sobre, su situación económica no le permitía ser orgulloso, así qué aceptó el dinero.
-Y ahora, si nos disculpas, creo que deberías dejarnos solos. Después de mis encuentros, mi marido suele estar muy motivado y creo que me has dejado lista para que me pueda correr una tercera vez.
-Lo estoy deseando, querida.
Darío abandonó el reservado mientras el pervertido matrimonio iba a continuar la peculiar fiesta privada. Mientras se acercaba de nuevo al jardín, se preguntó en cuántos reservados estaría sucediendo ahora mismo lo mismo en esos instantes. Luego, cruzó la mirada con varios de sus compañeros camareros y también imagino que muchos de ellos habrían vivido la misma situación. Y entonces se percató de que todos ellos y ellas eran guapos. De algún modo, la selección de personal del club náutico procuraba que el servicio, además de profesional, fuera lo suficientemente atractivo como para poder cumplir con absolutamente todos los servicios que sus distinguidos socios precisaban.
Odiaba aquel trabajo y a aquella gente pero, tras lo sucedido, tenía una nueva perspectiva sobre él y esperaba que pronto volviera a celebrarse una fiesta. ¡Con un poco de suerte, habría alguna otra atractivadama rica con apetitos especiales!
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