Xtories
Interracialsept 2022

El negro repite.

Lola creía que su secreto ya estaba guardado, pero Samuel no olvida. Cuando el timbre suena a las tres de la tarde y la oficina está vacía, la barrera de la puerta no será suficiente para detener lo que viene. La dominación no espera a que ella esté lista.

Lola Desatada36K vistas8.8· 13 votos

Aquella sesión de sexo desenfrenado con aquel ser maravilloso y en presencia de mi marido se había clavado en lo más profundo de mi mente. Sólo con pensarlo o comentarlo con Antonio era suficiente para que se me hiciese un nudo en el estómago y comenzar a ponerme cachonda acto seguido.

Así pasó una semana en la que cada vez que mi chico y yo teníamos sexo terminábamos hablando de la tremenda follada y de lo riquísimo y tremendo que estaba Samuel.

Los jueves solían ser duros en mi trabajo, así que optaba por llevarme la comida de casa y picar algo en la oficina para continuar y dejar todo el trabajo zanjado durante la tarde, aprovechando que como quedaba sola me cundía bastante más el tiempo de trabajo sin el barullo y las interrupciones del día a día.

A las 14.30 todos habían marchado y cerré la puerta de la oficina con llave y, como no tenía hambre todavía, me senté al ordenador para continuar y hacer tiempo para comer. Al cabo de un momento me sorprendí pensando en aquel macho negro y en cómo sin esperarlo había tenido una de las experiencias más excitantes de mi vida. Aquel chico me había generado una suerte de adicción que hacía que no hubiese día que no pensara en él. Absorta en mis pensamientos y fantasías y comenzando a notar como mi coño había comenzado a humedecerse con aquellas, decidí proseguir el trabajo.

No pasaron 15 minutos cuando mi teléfono vibró. Un mensaje de WhatsApp de Antonio, imaginé. Al abrirlo vi un número desconocido y un mensaje que decía “¿Cómo estás, Lola? Mi zorrita favorita. ¿Caliente en la oficina?”. El perfil no tenía foto, así que pregunté: “¿Quién eres?” y la respuesta fue inmediata, “Soy tu negro. Estoy comiendo con tu marido y me ha contado que estabas en la oficina y que seguías caliente desde nuestro encuentro. Así que le he pedido tu número para escribirte.”

Una sensación de calor y excitación recorrió todo mi cuerpo y no pude más que decirle la verdad confiando en ponerlo tan cachondo como él me ponía a mí. Le respondí: “Pues si te digo la verdad hasta hace un rato estuve pensando en ti, en como me follaste y me estaba poniendo cachondísima. Vaya casualidad que me hayas escrito. Jejejje”. Respondió con un “Mmmmmmm” para pasar a escribir de nuevo: “¿Qué llevas puesto?”. Le respondí, aunque sabía que mi indumentaria de hoy no era nada sensual, a pesar de que aquellos vaqueros hacían que los de la oficina no hiciesen más que mirarme el culo. “Llevo unos vaqueros, botas y un jersey fino ajustado. Nada sensual”. No tardó en responderme: “¿Y bajo la ropa?”. Respondí: “Conjunto de lencería blanco y debajo de eso ya sabes todo lo que hay”. Tardó un poco en contestar, pero a los pocos minutos respondió “Quiero que me mandes alguna foto de cómo estás ahora. Posa para mí”. Aunque estaba cachonda como una perra en ese momento, le dije que no, que se dejase de historias. Insistió diciéndome “Haz lo que te digo, zorra, y tu macho negro te recompensará”. El tono imperativo terminó de darme el clic que necesitaba. Le pedí unos minutos de margen y me preparé para hacerme unas fotos en la oficina lo más sexy que podía con el temporizador de la cámara del móvil.

Después de comprobar que la puerta estaba cerrada y poner la llave por dentro para evitar que nadie entrase, me solté el pelo que tenía recogido en una cola de caballo y que me saqué apresurada el jersey. Sentada en mi escritorio saqué mis pechos por encima de sujetador y me hice la primera foto. Estaba sorprendentemente nerviosa y cachonda. Me tomé varias de mis enormes tetas en diferentes posturas a sabiendas que le gustaban a Samuel. Después me puse contra un armario donde guardaba archivos viejos y, bajando los vaqueros lo suficiente para dejar mi culo a la vista, me tomé varias en diferentes posturas tirando de temporizador.

De vuelta a mi escritorio repasé las fotos que acababa de hacerme. No tenían una calidad espectacular, pero eran lo suficientemente provocadoras, así que se las mandé de un golpe a Samuel.

Estuve unos minutos recostada en mi silla de escritorio tocándome hasta correrme para calmar la excitación que tenía en aquel momento. Tomé nuevamente el móvil para comprobar que las había visto mi macho y me encontré un mensaje: “Uffff, zorra, voy a follarte otra vez.” Al que respondí con un “Cuando quieras, estoy deseándolo”. A los pocos minutos volvía a zumbarme el móvil: “Que voy a follarte ahora. Voy de camino. Le he enseñado las fotos que me has enviado a Antonio y me ha dado la dirección de tu trabajo y me ha dicho que estabas sola”. Respondí con un “Pero ¿estás loco? ¡No puedes venir aquí ahora!”. No obtuve respuesta. Me recompuse la ropa. Daba vueltas por la oficina excitada, con el corazón a mil. Llamé a Antonio, pero no atendió mi llamada.

A las 15:30 sonó el timbre de la puerta y di un respingo. Me dirigí a la puerta, miré por la mirilla y allí estaba Samuel. Abrí y le invité a pasar para cerrar tras él rápidamente para que ninguno de las oficinas de la misma planta viese ningún movimiento raro.

“¡Chico, estás loco! ¿Cómo se te ocurre?” – le dije nerviosa.

Aquel coloso negro ni se inmutó ante mi reclamo. Se limitó a ponerme un dedo en la boca en señal de que me callase y me dijo a continuación “No vengo a discutir, Lola. Te he dicho que vengo a follarte y eso mismo voy a hacer”. Sin tiempo de reacción alguno me empotró contra la pared mientras me agarraba la cabeza y metía su lengua bruscamente en mi boca y comenzaba a subirme el jersey con la clara intención de sacármelo, labor que facilité subiendo los brazos y dejando que me lo quitase.

“Quiero verte como en las fotos. Me has puesto cachondo y voy a darte lo que necesitas” – diciéndome esto consiguió que la excitación me nublase absolutamente la mente mientras sus enormes manos sacaban mis pechos por encima del sujetador y se agachaba para morder mis pezones mientras me los estrujaba con fuerza. Aquella mezcla de placer y dolor me hacía gemir sin control alguno, sin pensar si se me estaba escuchando en toda la planta.

Samuel se incorporó y con un gesto poderoso me agarró del pelo tirando de él hacia abajo y ordenándome que me arrodillase. Los buenos modales de la primera vez habían dado paso a un hombre soberbio y dominador. De rodillas frente a él se desabrochó el pantalón y sacó ese coloso que tanto deseaba y sobre el que me lancé. Me lo metí en la boca como pude y comencé a mamar aquel cabezón inmenso mientras le pajeaba con una mano y me aferraba a la bolsa de sus huevos con la otra. Samuel comenzó a empotrarme su pollón contra la garganta aprovechando que la pared no me dejaba retroceder. Aquella brutalidad con la que me follaba la boca me estaba volviendo loca y sentía mi coño chorreando y mojándolo todo.

Tras unos minutos con aquella bestia clavándose en mi boca me levantó y lanzándome bruscamente sobre el escritorio puso mi cara y mis tetas contra la fría imitación de madera de la mesa. Noté cómo me desabrochaba el vaquero y de un tirón me lo bajaba hasta las rodillas. Estaba extasiada y entregada ante la fuerza y la violencia con la que me trataba. Sin más contemplaciones comenzó a dilatarme el coño con sus dedos. Los metía y sacaba con fuerza mientras me agarraba a los bordes de la mesa y aullaba de placer ante el nuevo orgasmo que sentí cuando aquella montaña de hombre metió cuatro dedos y casi la mano completa en mi coño totalmente dilatado y mojado. Su mano entraba y salía haciendo fluir ruidosamente los jugos de mi sexo. Aprovechó ese momento para refregar su pollón colosal entre los labios de mi coño y, embocándolo en la entrada, de un golpe de cadera enterrarme aquella barra de carne hasta el fondo. Estuve al borde del desmayo entre el placer y la sensación de dominación salvaje que estaba sintiendo. Sus embestidas eran cada vez más salvajes y rápidas. Gemía y gritaba sin control y le pedía que se corriese dentro, pero parecía no oírme.

Cuando estaba a punto de correrme nuevamente salió de mí, me giró poniéndome sobre la mesa y sacó mis botas de un tirón seco y me arrancó los vaqueros y el maltrecho tanga blanco que llevaba puesto. Separando las piernas para ponerse a la altura de mi coño volvió a clavármela como un animal. Sus embestidas hacían crujir la mesa. Samuel resoplaba como un toro en cada empujón. Una de sus manos abrazaba mi cuello mientras la otra parecía clavar mi cadera a la mesa para poder meterme hasta el fondo toda aquella polla. Sentía cómo me asfixiaba e iba desvaneciéndome por la presión que ejercía en mi cuello aquel animal cuando noté cómo mi cuerpo entero comenzaba a convulsionar y a tener espasmos de placer en el mejor orgasmo que he tenido jamás. Cuando notó aquellos movimientos incontrolados soltó mi cuello y asiendo esta vez mis caderas con ambas manos para hincarla hasta el fondo de mi sexo y comenzar a correrse. Notaba aquella marea de leche inundándome y el semental hacía gestos con la cadera como si quisiera meterla más adentro aún.

Sacando su polla de mi coño volvió a tomarme del pelo para llevarme como un trapo a arrodillarme nuevamente frente a él.

“Límpiame bien el rabo, zorra” – me ordenó y obedecí con las pocas fuerzas que me restaban.

Cuando terminé se acomodó la ropa y se marchó. Sin una palabra más, dejándome sentada en el suelo desfallecida.

Cuando quise recomponer la oficina y limpiar los restos de leche de la mesa y el suelo recibí la llamada de mi marido para preguntarme cómo me había ido con mi empotrador negro.

Continuará….