Xtories
Triosago 2022

Sexo sano

Daisy la seguía a la distancia, hipnotizada por el movimiento de sus glúteos y el sudor de su piel. Nunca imaginó que la corredora se detendría, que la miraría y la invitaría a cruzar la valla. Lo que empezó como una fantasía solitaria en la ducha se convirtió en una trampa de deseo donde el riesgo de ser descubiertos encendía una llama que ni ella ni su amante sabían que podían alimentar.

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Ambos glúteos subían y bajaban al ritmo del trote de la corredora, comprimidos por las mallas de licra color lila que permitían contemplarlos en todo su esplendor. La verdad es que tenía un culo espectacular, como el resto de su anatomía. Un cuerpazo de veintimuchos años, de curvas rotundas, tetas grandes y erguidas apretadas dentro de un estrecho top deportivo; y tallado por intensivas sesiones en el gimnasio, que culminaban a diario con una buena carrera de cuarenta y cinco minutos alrededor de las calles de esta apacible zona residencial.

Daisy había ajustado su horario deportivo –le gustaba desfogarse ejercitando su cuerpo cada tarde, después de trabajar– al de la rubia buenorra –su nombre, que aún no conocía, era Valeria– desde la primera vez que se cruzaron haciendo deporte, hacía un par de semanas. Le había gustado desde el principio, con aquel aspecto de ama de casa pija de barrio bien, mezclado con un punto de guarrilla que le gustaba lucirse corriendo escasa de ropa y muy consciente de lo buena que estaba. La verdad es que era un espectáculo ver rebotar los prietos volúmenes de su cuerpo al ritmo de cada zancada. Era un perfecto cruce entre maciza tetona y atlética estilizada. Cuanto más la observaba, más cachonda le ponía.

Se había convertido ya en un hábito para Daisy, tras cada carrera vespertina, meterse en la ducha durante, al menos, veinte minutos, y rebajar su doble calentura –por el ejercicio y por la que le provocaba aquel pibón– masturbándose bajo el chorro de agua tibia. Se acariciaba todo el cuerpo, estrujando y pellizcando sus tetas y sobándose en la entrepierna, imaginándose como luciría aquella mujer desnuda por completo, con su piel bronceada brillando por los surcos de agua de una ducha compartida; y especulando cómo follaría. Seguro que era una gata salvaje, y que se retorcería en la cama de manera volcánica, mordiendo y arañando sin piedad. ¡Dios! Debía contenerse hasta llegar a casa y dejar de pensar en ello o tendría que parar y refugiarse tras un árbol para pajearse compulsivamente.

Se centró en la carrera. La seguía a unos metros de distancia, simulando que coincidían en la misma dirección, como hacía de costumbre para poder contemplar sus grupas en todo su esplendor. Luego, al final del recorrido, Valeria se giraría para recorrer de nuevo el camino de vuelta y se encontrarían de frente, pudiendo así disfrutar también de sus vistas delanteras: ¡ese canalillo sudado entre las dos tetas elevadas y apretujadas por el top le volvía loca! Esta vez, sin embargo, Valeria se desvío hacia un pequeño parque que quedaba a la derecha –en aquel momento vacío– y se puso a realizar estiramientos. Daisy la siguió y se detuvo a una distancia prudencial, observando cómo, de espaldas, abría bien las erguidas piernas y se inclinaba hacia adelante, hasta tocar con las palmas el cuidado césped. Su culo lució glorioso como nunca.

La licra se adhería a sus glúteos como si de una segunda piel se tratara, introduciéndose dentro de la raja. Entre sus muslos, se distinguían prominentes los labios de la vagina. Movía el conjunto de caderas y nalgas atrás y adelante, como una hembra en celo incitando a su macho a montarla. Daisy, ejerciendo también estiramientos para disimular, no podía apartar su mirada de aquel lúbrico valle. Se imaginó bajándole las mallas, abriendo esas divinas nalgas e introduciendo su lengua entre ellas, deslizándose por la ranura empapada de sudor desde el ano hasta la carnosa grieta de carne. Sintió su boca seca por la expectación, al tiempo que se humedecía su entrepierna.

Valeria detuvo de súbito sus movimientos y giró su cabeza sin mover el cuerpo. La miró a los ojos durante unos segundos, lo cual dejó a Daisy petrificada, y sus labios perfilaron media sonrisa –como si pudiera adivinar los pensamientos de su admiradora–. El brillo en sus pupilas tenía algo de sucio y excitante, y parecían invitarla a acercarse. Pero cuando Daisy logró salir de su parálisis y acertó a dar dos pasos en su dirección, Valeria se puso de nuevo en marcha. Salió corriendo, pero le lanzó una segunda mirada por encima del hombro, para asegurarse de que la seguía.

Daisy era consciente de ser una mujer atractiva. A sus veintitrés años se encontraba en la cumbre de su belleza física, con un cuerpo delgado, estilizado, pero de formas rotundas, con unos pechos pequeños, erguidos y firmes, y unas caderas estrechas que contenían un culo respingón y apetitoso. En su hermoso rostro de apariencia aún adolescente y enmarcado por una media melena castaña, destacaban unos grades ojos verdes. Una privilegiada anatomía ensalzada por la ropa deportiva que portaba: culote y sujetador deportivo, ambos negros –en contraste con la seda de porcelana de su piel–, que dejaban a la vista más de lo que reservaban a la imaginación; de hecho, desde que sus carreras coincidían con las de su objeto de deseo, su vestuario se había vuelto cada vez más sexy. ¿Y no ocurría lo mismo con el de Valeria?

Y, pese a saber que los demás –hombres y mujeres– la veían como una tía buena, con esta desconocida, sin embargo, se sentía cohibida. Quizá por el hecho de que le gustara tanto, por verla tan atractiva, por ponerla tan cachonda la concebía como «demasiado» para ella, fuera de su alcance. Y eso la volvía insegura, incapaz de abordarla.

Pero, al fin, parecía que la protagonista de sus sueños húmedos, ante su indecisión, había decidido tomar la iniciativa. Aceptó la invitación que le ofreció desde sus pupilas y corrió detrás de ella calle abajo. La vio atravesar la portezuela de la pequeña valla de madera de uno bonito chalé de dos pisos. La imitó, rodeando la casa, hasta encontrársela esperando en un cuidado jardín que ocupaba la parte trasera del inmueble de paredes blancas y tejado rojo inclinado a dos aguas. Setos y árboles lo circundaban, otorgándole intimidad respecto a posibles miradas indiscretas de los vecinos.

Valeria, sudada y jadeante, apoyada contra el vano de una de las ventanas de la planta baja, la miró, entre divertida y expectante. Daisy, temblando de excitación y nervios, se le aproximó. Sin mediar palabra, acercó su rostro y, ante las dudas que aún parecían detenerla, Valeria posó sus labios sobre los de ella. Notó el sabor terroso de su pintalabios mezclado con el gusto salado del sudor. Sus lenguas se tantearon y culebrearon en el interior de las bocas. Sus cuerpos, que la escasa ropa deportiva dejaba en gran medida desnudos, se aproximaron hasta tocarse, piel contra piel, ambos empapados por la carrera. La chispa prendió y esa primera aproximación dio paso a una vorágine de besos, lametones, mordiscos, magreos y rozamientos.

Las manos de Daisy recorrieron las curvas de guitarra española que conformaban el apetitoso paisaje corporal de Valeria: la suave hendidura de su espina dorsal, las generosas tetas, el abdomen plano y –el premio gordo que tanto había ansiado­– esas redondas y jugosas nalgas. Sus dedos recorrieron la superficie de ambas, y buscaron dentro de la tersa vaguada que conformaban para juguetear con el anillo de la entrada del esfínter. Su otra mano recorrió el interior de las mallas –sin bragas debajo– hasta alcanzar el depilado pubis. La vagina la recibió abierta, henchida y empapada.

Las manos de Valeria realizaron el mismo recorrido sobre el palpitante cuerpo de Daisy, pulsando con el virtuosismo del mejor pianista los puntos erógenos de su anatomía, que en ese momento se extendían ya por toda ella. Una de las manos le apretó sus senos, pequeños firmes y erguidos, y le pellizcó los enhiestos pezones, arrancándole un gemido, en parte de dolor y en parte de placer, sensaciones ahora ya indistinguibles. En tanto que un dedo exploraba también el interior de su ano, pulsando las innumerables terminaciones nerviosas que conformaban su carnoso anillo. El placer le hizo adelantar sus caderas, de modo que su entrepierna se pegó al pubis de Valeria. Esta reaccionó apartando su cabeza, sin despegar los labios de los de Daisy, y la miró, con un punto de irónico reconocimiento en sus ojos de color gris brillante.

Su mano, entonces, abandonó el trasero de Daisy y se dirigió al pubis de esta. Su corazón retumbó al galope. Sintió un acceso de pánico y le asaltó la tentación de apartarse. Pero Valeria la retuvo, hasta que sus dedos alcanzaron el pene duro y erguido de Daisy –hábilmente disimulado hasta ese momento entre sus muslos–, que latía con potencia similar a la de su corazón desbocado. Valeria no mostró gesto de sorpresa; tan solo una sonrisa de complicidad. Lo acarició, con suavidad, recorriendo todo el fuste. Las yemas de sus dedos se recrearon con el borde del glande, empapándolo con su propio líquido preseminal, hasta centrarse en el frenillo, que frotaron hasta enloquecerla de placer.

Daisy se sintió al borde de la eyaculación, pero Valeria se detuvo: el miembro, durísimo, parecía a punto de rasgar las costuras del culote. Con gran habilidad, se lo extrajo por una de las cortas perneras y admiró con deleite su palpitante temblor. Le dio un último y furioso morreo en la boca, y se arrodilló ante ella. Sosteniendo la polla con la mano por su base, comenzó a lamerlo: de arriba abajo, a su alrededor, saboreando el capullo como si se tratará de un apetitoso dulce o un cremoso helado. Luego, abrió la boca y, despacio, la introdujo por completo en ella, hasta que sus labios toparon con los dedos que la sostenían.

Se la mamó hasta colocarla al borde del orgasmo, pero, una vez más, con loable intuición, se detuvo un instante antes. Se irguió entonces y giró su cuerpo sin dejar de clavar su lasciva mirada en los ojos de Daisy. Se apoyó en el vano de la ventana, que se abría a un amplio salón-comedor que servía también como recibidor, y echó hacia atrás sus caderas, para que su glorioso trasero quedara en pompa. Daisy, excitadísima, le bajo las apretadas y sudadas mallas hasta que quedaron por debajo de las nalgas, para admirar en todo su esplendor el que había sido, durante semanas, el objeto de sus sueños más lúbricos.

Las acarició, apretó, azotó, mordió y lamió; las abrió y dejó que sus dedos se deslizaran por el cálido valle que formaban; jugó con el palpitante orificio del ano y se deslizó hasta la vulva, hinchada y empapada. La masturbó con pasión, notando como Valeria se retorcía de placer, antes de agacharse e introducir su lengua entre los labios, para estimular el erecto e hipersensible clítoris. Cuando sintió que los fluidos del coño manaban como lava ardiente, se levantó, sujetó su erectísma polla con la mano y, con delicadeza, la introdujo en la vagina por completo, hasta notar el contacto de sus huevos con los labios exteriores.

Bombeó adelante y atrás, con fuerza creciente según aumentaban en intensidad los gemidos de Valeria, disfrutando con la presión de los músculos vaginales alrededor de su fuste. Las embestidas alcanzaron tal intensidad que sus testículos se balanceaban como el badajo de una campana en pletórica llamada a los feligreses, sacudiendo la dilatadísima entrada de la vagina; pareciera que, en cualquier momento, lanzaría de un empellón a su improvisada amante a través del vano de la ventana, hasta hacerla aterrizar sobre la ornamentada alfombra que dominaba el centro del salón. Pero, lejos de quejarse, esta gemía con pasión desatada, anhelando que la empotrara con mayor fuerza, que hundiera su verga aún más adentro en sus entrañas.

Pero, de improviso, el sonido de la cerradura de la puerta de la casa hizo que Valeria se detuviera de sopetón, soltando un grito de sorpresa.

–¡Mi marido!

La puerta, que se abría al propio salón, se giró y ella apenas tuvo tiempo de correr ambos lados de la cortina para impedir que el hombre que entraba por la puerta viera a Daisy; la cual se había quedado paralizada, con su miembro aún introducido en la vagina. De tal manera, que la parte superior del cuerpo de Valeria emergía a través de la tela, asomándose al interior de la vivienda, ante lo que Arturo –que así se llamaba su esposo– no pudo evitar un gesto de asombro.

–¿Cariño? Pero, ¿qué haces ahí?

–Oh –dudó ella azorada–. Es que, acabo de venir de correr y… estoy agotada: me he apoyado en la ventana y… entonces te he oído entrar. ¿Qué tal el día?

Él sonrió, se aproximó, abrió la boca para contestarle algo, pero su mirada se dirigió hacia la cortina, como si intuyera algo extraño más allá. Valeria reaccionó con rapidez y, para distraerlo, optó por la opción más eficaz: alargó la mano y le agarró el paquete, con tan énfasis que él pego un bote.

–¡Pero, qué…!

–Estoy ardiendo, amor –dijo ella, sin mentirle del todo–. La carrera y el calor me han puesto cachonda.

La bajó la cremallera, metió la mano en el interior del pantalón y le extrajo la polla, aún flácida, sin darle tiempo a reaccionar. Él, estupefacto, no acertó a decir palabra, pero dejó que ella se metiera el miembro en la boca. El plan había funcionado. Arturo ya no sentía ningún interés por lo que ocurriera más allá del salón: toda su atención, al igual que su sangre, se concentraba en lo que sucedía un poco más abajo de su cintura.

La felación que Valeria ejerció apasionada, hizo que su cuerpo se moviera al compás de su boca, iniciando un balanceo que acarició la polla de Daisy, aún dentro de su coño. Esta, pese a lo cohibida que se encontraba por lo inusitado de la situación, y atemorizada por la proximidad del marido, del que solo le protegía una frágil cortina, notó revitalizar su excitación. Más aún, sintió su deseo incitado por la morbosa sensación de peligro, al verse follando a la cachonda esposa de aquel maromo que podía descubrirla en cualquier momento. Logró otearlo por un segundo entre la mínima rendija que, por un instante, se abrió entre ambas cortinas: la verdad es que no estaba nada mal; alto, moreno, guapo, con un cuerpo cincelado también en gimnasio… Verlo allí en pie mientras la empalada Valeria le comía la polla le puso en verdad cachonda. ¡Imagínate follarte a los dos! La idea de un trío la puso a cien.

Punzada por el deseo, bombeó con suavidad, aún temerosa; pero cuando más estimulada se sentía, con mayor fuerza embestía, arrancando gemidos de volumen creciente a Valeria.

–¡Joder, churri! –exclamó Arturo– ¡Sí que vas cachonda!

–¡Mmm! –gimió ella como única respuesta, sin dejar de succionarle la polla con tal entusiasmo que parecía pretender arrancarle la piel. Lo que, al tiempo, impedía a su marido pensar con claridad sobre lo inusual de la situación.

Cada vez más animada, Daisy se lamió el dedo corazón hasta empaparlo bien, lo colocó sobre el ano de Valeria y lo introdujo sin miramientos, hasta verlo desaparecer en su interior. Ante la sorpresiva sensación, Valeria aulló de placer sin sacar la verga de Arturo de su boca. Su reacción fue tal que, esta vez, su marido no puedo evitar sospechar que algo raro estaba ocurriendo. Le costaba creer que ella experimentara tal deleite comiéndole la polla. Desde luego, nunca antes había reaccionado así.

Alzó la vista y creyó percibir algo más allá de las cortinas. Alargó el brazo y las apartó, para descubrir a Daisy taladrando a su mujer por detrás con ardua dedicación y evidente placer.

–¡¿Pero, qué cojones…?!

Daisy, del susto, se quedó paralizada, incapaz de reaccionar, mientras que Valeria se sacaba la polla de la boca e intentaba improvisar alguna escusa, algo imposible en aquella situación.

–Tranquilo, cariño… Verás, esto no es…

–¡¿No me irás a decir que esto no es lo que parece?! Porque juraría que un travelo te está follando a base de bien mientras a mí me comes la polla.

–Bueno, sí, quizá es lo que parece. Pero no te sulfures…

–¡¿Qué no me…?!

Se apartó de su lado, dio media vuelta y salió por la puerta. Antes de que ninguna de las dos pudiera reaccionar, se dirigió como un basilisco hacia Daisy, con su polla, medio enhiesta, aún asomándole por la bragueta. Ella, asustada, salió de la vagina de Valeria y retrocedió, caminando hacia atrás, hasta que su espalda topó con el señorial castaño de indias que dominaba en medio del jardín. Arturo la alcanzó y la inmovilizó sujetándola con la mano por la garganta. Su rostro se crispaba por la furia.

–Pero, ¿quién cojones eres tú?

Elevó el otro puño y lo mantuvo en el aire, tensionado, conteniéndose para no golpearla en el rostro. Valeria lo sujetó por detrás.

–¡No, por favor! No le hagas daño. La culpa es solo mía.

Él no se movió. Aproximó su cara a la de Daisy, hasta casi rozarla.

–¡Debería reventare, puta…!

Se quedó en silencio, mirándola muy de cerca a los ojos. Ella, aterrorizada, era incapaz de moverse o hablar. Y Arturo no lograba explicarse por qué solo podía pensar en lo guapa que era aquel… o aquella… La verdad era que, fuera lo que fuera, estaba muy buena, la cabrona. De hecho, notó con sorpresa que se estaba excitando. Su polla, morcillona, comenzaba a endurecerse de nuevo. Sitió como su capullo rozaba con el de ella, y no hizo ademán de apartarse. ¡Joder! ¿Qué le estaba ocurriendo? Él no era maricón.

Daisy, comprendiendo la situación, movió sus caderas para que ambas vergas se rozaran: la furia en el rostro de Arturo cedió, dando paso a cierto desconcierto que derivó en deseo. Despacio, ella alargó su mano y sujetó ambas pollas, masturbándolas una contra otra. Él, lejos de detenerla o alejarse, y ante el gesto de alegre asombro de Valeria, no solo se dejó hacer, sino que posó sus labios sobre los de Daisy y comenzó a besarla.

Valeria, exultante, se situó a la espalda de Arturo y comenzó a besar su cuello y a acariciarlo. Descendió una de sus manos y le masajeó los testículos.

–¡Ah! Joder. Esto es… sois un par de…

Antes de que pudiera acabar, su mujer le introdujo un dedo en el ano, lo que pareció volverlo loco de placer. Mientras que Daisy no cesaba de masturbarlo contra su propia verga.

–¡Dios! ¡Qué gusto! –acertó a decir.

Valeria se arrodilló, le abrió las nalgas y comenzó a lamerle el ano. Cuando lo notó bien estimulado, introdujo la lengua en su interior, adelante y atrás, como si se lo estuviera follando. Daisy, por su parte, también se agachó, le agarró la verga y los huevos por la base y los lamió; despacio, recorriendo todo el fuste, recreándose en el glande y descendiendo de nuevo hacia los testículos para lamer y mordisquear la bolsa escrotal.

–¡Oh, sí! Vamos, seguid así –exclamó agarrando a Daisy por el cabello para obligarla a tragarse su polla por completo–. Sois un par de putillas, ¿verdad? ¡Sí, joder qué putas sois!

Punzado por el ardor, la sujetó por los hombros y la hizo levantarse de nuevo. La giró con brusquedad e hizo que se apoyara de frente contra el árbol. Agarró sus leggins y se los bajó hasta los muslos, obligándola a abrirlos. Separó sus nalgas y escupió con acierto en su ano, que lubricó con fruición.

–Te gusta follarte a mi mujer, ¿eh? Pues ahora voy a follarte yo. Te la voy a meter hasta que grites. ¡Voy a reventarte, zorra!

–¡Sí, joder! –respondió Daisy con voz excitada–. ¡Fóllame, cabrón! ¡Métemela!

Colocó el glande sobre el orificio y empujó, arrancando un gemido de Daisy, hasta que el pene desapareció por completo dentro del esfínter. Comenzó a bombear, sin que Valeria dejara de follarle el ano con el dedo.

–¡Sí, cariño, sí! ¡Fóllatela por el culo! ¡Muéstrale lo que es un hombre!

A continuación, se agachó y les lamió los huevos a ambos, pasando su lengua del escroto de Arturo al de Daisy, y del de Daisy al de Arturo. Al fin, se agachó entre las piernas de ambos y se metió la polla de Daisy en la boca, quien, empalada por detrás por la verga de Arturo, mientras la suya era mamada por Valeria, sintió deshacerse de placer.

¡Oh, dios, sí! ¡Mmm, qué gusto!

Miró a los ojos de Valeria, que estaban clavados en los suyos sin parar de succionarle el miembro del capullo a la base, abrió los labios y dejó caer su saliva, que ella recogió con su boca para mantener la lubrificación de la mamada.

–¡Quiero follarte! –le dijo Daisy, convulsionada por las embestidas de Arturo.

–¡Sí, métemela, métemela ya! ¡Estoy ardiendo como un volcán, joder!

Valeria se levantó, se dio la vuelta para sujetarse con las manos sobre el árbol, y elevó sus caderas para ofrecerle, de nuevo, sus nalgas a Daisy. Esta las agarró con tanta fuerza que la hizo gritar, situó su glande entre los chorreantes labios y, aprovechando una de las embestidas de Arturo, metió su miembro al completo dentro de la vagina sin hallar obstáculo alguno.

Iniciaron entonces los tres una danza lúbrica y ardiente, acompasando sus movimientos en un ritmo creciente, cada vez más virulento y desesperado, follándose sin piedad entre sí; hasta que Daisy, succionada por el coño de Valeria al tiempo que su próstata era estimulada hasta el delirio por la polla de Arturo, emitió un desgarrado grito de placer.

–¡Oh, dios! ¡Oh, dios! ¡Me corro, me corro!

–¡Sí! –replicó Arturo, convulsionándose– ¡Yo también, joder! ¡Yo también!

–¡Oooh! –aulló Valeria–. ¡Síii! ¡Dádmelo todo! ¡Dádmelo!

Los movimientos compulsivos de los tres, corriéndose hasta la desesperación, les hicieron caer al suelo, donde apuraron hasta el último impulso de su orgasmo compartido. Después, permanecieron largo rato tumbados, aún engarzados, tratando de recuperar el resuello, mientras los desbocados latidos de sus corazones se ralentizaban y el abundante semen fluía tanto del coño de Valeria como del ano de Daisy.

Se miraron entre sí algo cohibidos, intercambiando una sonrisa de tímida complicidad.

–No nos hemos presentado debidamente –rompió Valeria el silencio, desinhibida–. Me llamo Valeria. Este es mi marido, Arturo.

–Hola –saludó él.

–Hola. Yo soy Daisy.

–Encantada, Daisy. ¿Te apetece pasar dentro de la casa? Podríamos –miró a Arturo– tomar un café, un refresco…

Este asintió.

–De acuerdo –respondió Daisy tras pensárselo uno segundos–. Me encantaría.