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INFIDELIDAD PLACENTERA EN LIBERTAD (Tercera parte)

El marido llega a casa y encuentra las pruebas de que su esposa y su primo están follando. En lugar de enfadarse, decide observar y participar emocionalmente, descubriendo que la infidelidad es la clave de su felicidad.

AGUILAR7.7K vistas8.6· 7 votos

Después de aquella velada, que os conté en la segunda parte de esta historia, las relaciones evolucionaron de otra forma. Los encuentros en mi casa con su primo eran más frecuentes, casi continuos. Con aquel invento de que se le daba bien lo de cocinar, buscó la excusa para subir a casa estuviera yo o no.

En una de esas ocasiones, al mediodía, llegué a casa, aunque a esa hora no se me esperaba. Fue un fastidio que no llevara llave, pues me las había dejado en el trabajo. Tuve que llamar, y transcurrió un tiempo más largo de lo normal hasta que mi mujer abrió. Al hacerlo la noté algo alterada y, con formas precipitosas, me anunció que su primo estaba en la cocina haciendo aquel salmorejo del que tanto presume como el mejor del mundo. Al besarla percibí en su piel una fragancia distinto a los que utilizamos en casa, lo que me hizo sospechar lo que luego descubriría. Tenía muy claro además quien utilizaba Vorago, que era la marca de aquel perfume de hombre. Pasé a la cocina y saludé a quien simulaba estar en los últimos preparativos del plato que según él nos estaba preparando. Ella se dispuso a ayudarle mientras yo fui al lavabo para lavarme las manos. Cuando llegué a la altura del umbral de nuestra habitación, pude observar que había unas bragas de mi mujer tiradas en el suelo. Eran negras, de las más bonitas que usaba. Algo me incitó a cogerlas y examinarlas; no había duda, fueron utilizadas para limpiarse con urgencia lo que, en el momento en que yo llamé a la puerta, su primo le estaba echando. Esa era la más probable explicación. Por eso su tardanza en abrir, su inquietud manifiesta, y el absurdo comportamiento de quien quería demostrar que lo único que le ocupó durante toda la mañana fue hacer de cocinero. Estaba claro: les había sorprendido justo cuando disfrutaban de una gozosa eyaculación, tal vez simultaneada con un placentero orgasmo, y al oír mi llamada en la puerta provoqué su sobresalto, entonces ella se limpió precipitadamente dejando sus bragas impregnadas en cualquier sitio y él se vistió lo más rápido posible. Él se había puesto un delantal, a modo de representación cómica de un amito de casa, y ella una bata ligera, una de esas que llevan simplemente una cinta que se ata con un nudo a la cintura. Se esforzaban en hacerme entender que les había pillado afanados en sus quehaceres culinarios, de forma que pareciese todo normal y lógico, cuando lo realmente normal es que si dos personas que se desean están solas lo menos que harán es dedicarse a la cocina, pues se pasa mucho mejor en la cama. Y eso es lo que pasó en la nuestra, que, como no tuvieron tiempo de recomponerla, la hallé totalmente revuelta, con las sábanas tan desordenadas que no parecía que hubieran estado puestas nunca en aquel catre alborotado, o que con alguna impaciencia las hubieran arrancado de donde antes estaban. Sí, se podía adivinar fácilmente que retozaron a tope, que en la cama se lo montaron genial, y que la orgía fue descomunal al juzgar por el desorden de otras prendas, como una camisola de mi mujer, que yacía arrugada debajo de la almohada, o el colchón descolocado, en el que pude comprobar que mantenía la humedad del sudor de sus cuerpos. Vamos, que lo estaban pasando muy bien hasta que vine a interrumpirles. Fue una pena no disponer de las llaves para permitirles que siguieran disfrutando. Pero mayor pena fue no haber podido disfrutarlo yo, viéndolo; habría sido una gozada.

En fin, convencido de que lo que allí había ocurrido era lo que las evidencias me mostraban, pensé por un instante esconder las bragas como prueba del delito…Pero como no había delito, sino placer en ello, y guardarlas en algún lugar hubiera sido una guarrada, las dejé donde las encontré y regresé a la cocina dispuesto a no manifestar ningún asombro.

Al acercarme a probar el salmorejo que él me ofreció para que le diera mi opinión, rocé sin pretenderlo el cuerpo de mi mujer, desatándose el cinturón de su bata, dejando parcialmente al descubierto su cuerpo desnudo..

—Cariño…¡ no llevas bragas!—dije yo como quien acaba de descubrir todo un acontecimiento.

—Ya lo sé—respondió mi mujer sin alteración ninguna, igual que si le hubiera dicho que no llevaba guantes. Ni tampoco se dio mucha prisa en volver a taparse.

—¿Qué dirá tu primo de tus modales?—bromee estúpidamente.

—Pues yo no diría nada….mejor así—contestó el primo queriendo ser gracioso.

—Bueno…voy a ponerme unas bragas, para que te quedes tranquilo.—exclamó mi mujer saliendo súbitamente de la cocina. Intuí que al mencionarle las bragas recordó de pronto que las había dejado tiradas, y apresuró sus pasos hacia la habitación.

Entre tanto, el primo y yo no nos dijimos nada. Él se limitó a seguir sazonando con huevo picado el salmorejo y yo a reflexionar agradablemente sobre lo que acababa de ver en nuestra alcoba, imaginando todo lo que había sucedido allí.

No tardó demasiado en volver, solo el tiempo necesario para enmendar el desorden de nuestro dormitorio y dejar la cama como si en ella no hubiera ocurrido nada.

Seguía con aquella bata, esta vez sin cinturón, y por tanto abierta, enseñando su cuerpo adornado por el body que le regalé y que tan gratamente estrenamos aquella noche que nunca olvidaré..

—¡Olé, mi chica, que guapa se ha puesto!—exclame al verla, con sincera admiración.

—Bueno, no es para tanto, que se lo creerá—añadió su primo mientras se relamía, y no precisamente por el salmorejo que estaba probando.

—A mí no me importa lo que tu digas—replicó ella a su primo con tono desenfadado—con que le guste a mi marido ya tengo bastante. Lo mismo estabas tú más guapo si te lo pusieras.

—Quítatelo y me lo pongo yo, y así comparamos.—bromeo él sin dejar de fijarse en la transparencia de la entrepierna de aquella prenda que permitía entrever el coño que hacía poco rato estaba disfrutando.

—Hay que ver de lo que es capaz tu primo por verte despelotada—comenté a la par que le daba un suave azote a mi mujer.

—Bueno…esto ya está preparado. Cuando queráis lo sirvo.—propuso el afanado cocinero.

—Pues venga, voy poniendo la mesa. Que alguien se ocupe del vino—dijo mi mujer dirigiéndose al salón con un mantel y los cubiertos.

Y así organizamos el aperitivo, que realmente se convirtió en almuerzo, pues además de unas raciones bien colmadas de salmorejo, degustamos unos langostinos cocidos aliñados con una salsa coctel y unas hojas frescas de lechuga, además de una tabla de quesos bien seleccionada con la que esta vez nos obsequió el primo, y por supuesto el vino de los buenos encuentros.

Charlamos mientras comíamos y paladeamos aquel vino que cada vez le gustaba más a mi esposa, distrayéndonos con conversaciones sin ninguna trascendencia. Ella y él se dedicaron alguna broma que otra como «No te creas que eres tan guapa y que estas tan buena, que mujeres como tú las hay a montones» «Estoy segura de que para encontrar hombre como tú, no muevo un solo dedo» «Pues yo creo que algún dedo moverás de vez en cuando…digo yo»

Y así se dedicaron estas y otras chorradas sin demasiado sentido, pero que les divertía, como si fuesen niños diciéndose aquello de chincha rabiña. Era una especie de juego que utilizaban como excusa para de vez en cuando darse un beso muy cariñoso, para firmar la paz.

Cuando ya me cansé de aguantar tanta tontería les interrumpí con los postres. Serví un par de flanes con nata.

—Venga, tomaros esto y ahora os pongo un café.—sugerí evidenciando mi moderada hartura por tanta estupidez.

—Cariño…¿ no estarás mosqueado, verdad?—me dijo mi mujer observando mis gestos.

—No, no estoy mosqueado—respondí sin ninguna acritud pero evidentemente algo molesto por el vacile— Solo que me parecéis dos críos. Resulta que estáis deseando comeros los morros y por otra parte os lanzáis esas gilipolleces…no os entiendo. Pero por mi… como si queréis jugar a dar saltitos de canguro.

—Perdona. Estamos bromeando—se disculpó él — Pero si es verdad que tu mujer se lo tiene muy creído. Se piensa que es la tía más cojonuda, la que está más buena, la guapísima entre las guapísimas…Pero estamos de broma, nada más.

—Es que no lo dudes…es la más bonita de todas. Y si no, mírala bien y dime si no te la comerías entera…—dije con un tono más suavizado queriendo rectificar mi comportamiento para no fastidiarlo todo.

—Pues muy bien…mira que adornaditos nos ha puesto los flanes, con su nata y todo—terminó diciendo ella para acabar con el asunto.

—La nata es por si alguien quiere aprovecharla para otra cosa, dicen que todo lo que se chupa si se le pone nata sabe mejor—añadí para volver a la normalidad que más nos convenía.

—Hombre, debe ser lo mejor ponerte un poco de nata en el capullo y que una buena boca se ponga a lamerlo.

— Pue a mi como me cae mal la nata no me animaría—replicó mi mujer sin desdén.

Entre el postre, las bromas, y la recuperación de un buen ambiente para seguir la tarde, trascurrieron al menos dos horas. Entre todas las cosas de las que hablamos, a mi mujer se le ocurrió una nueva idea:

—¿Queréis que juguemos a algo?

—¿ Y a qué quieres que juguemos.—respondí yo sin demasiado interés

—Pues a cualquier cosa….a las cartas, al parchís, a lo que sea. El caso es divertirnos un rato—insistió ella.

—¿ Tenéis dominó?—preguntó el primo

—Claro que tenemos dominó—respondió con algún entusiasmo mi mujer— Y te aseguro que a eso os gano a los dos. Si no, que te diga mi marido lo que ocurre cuando alguna vez jugamos él y yo. Voy a por el dominó y echamos una partida.

Pronto regresó con el estuche que contenía aquellas fichas de múltiples puntitos negros sobre blanco.

Vació la caja expandiendo las piezas sobre la mesa y sugirió que nos sentaremos para comenzar la partida.

—Me vais a disculpar, pero no me apetece nada jugar ahora—dije yo desganado.

—Es verdad que a mi marido no le seduce mucho los juegos, ni de cartas ni de esto, ni de nada.—corroboró mi mujer.

—Pero vosotros sí podéis jugar, a mí no me importa estar mirando—insinué

—Hombre…estar mirando es lo que a ti más te gusta—bromeo distendidamente mi mujer, y nos reímos los tres por ello.

—Bueno…pues jugamos tú y yo—propuso el primo—¿ Y qué apostamos?

—Lo que tú quieras. Puede ser dinero, o quién friega los platos… lo que quieras—contestó ella.

—Mejor se me ocurre una idea. Quien vaya ganando que le pida al que pierda lo que quiera—sugerí yo.

—Si se puede pedir lo que el ganador quiera y soy yo el que gano te puedo pedir que te quites una prenda, si vuelvo a ganar…pues otra. Y si yo pierdo, pues lo mismo.—planteó el primo.

—Dejaros de chorradas, que eso de las prendas es muy antiguo y de pijos que no se atreven a apostar fuerte. Jugaros un buen polvo. Si gana mi mujer te quedas sin follar. Si ganas tú, pues disfrutáis un rato, y de paso gano yo también.

—Eso me parece apostar muy fuerte, me parece a mí.—protestó tibiamente ella haciéndose la sorprendida, pero evidenciando alguna complicidad.

—No lo creo. Piensa que muchas veces se otorga sin apostar. Incluso a veces se hace antes de ponerse a cocinar, para que luego el salmorejo salga mejor, pues follar inspira a cualquier cocinero.—dije con una contenida ironía, pero en modo que sonase, no como reproche ni nada de ese estilo, pero con la intención de dejar constancia de lo que sabía. Lo dije con el tono más distendido posible.

—¿ Has estado en la habitación…verdad?—preguntó mi mujer, que había entendido perfectamente la indirecta de mi directa intención. El primo prefirió no decir nada.

—Pues venga—dije yo, eludiendo la pregunta de mi esposa— echar la partida y os juagáis un kiki en toda regla. Yo voy a estar impaciente pos saber cuál es el resultado.

—Pues de acuerdo—dijo mi mujer recuperada ya del efecto de mis comentarios, y un tanto desafiante para estar por encima de mis propias palabras—Nos jugamos eso. Si ganas tú nos metemos en la cama y te cobras la apuesta. Si gano yo…pues nada. Te vas a casa y hasta otro día que vengas a ver si tienes más suerte. Antes, permitidme que me quite el body, pues me incomoda un poco al sentarme.

Ella fue a cambiarse mientras nosotros hicimos algunos comentarios.

—Ya veo que te has dado cuenta de que hemos estado en la cama. Perdona, no he podido resistirme. He venido a traerle unos pasteles y la he encontrada tan bonita que me he lanzado—manifestó tímidamente aquel hombre algo confuso.

—Conmigo no tienes que disculparte—le respondí convencido e incluso contento por lo que quería decir— No puedo molestarme por algo que mi mujer tiene todo el derecho a consentirte o no. Si te ha dejado que la folles es porque le gusta…y ya está. Todavía no tienes claro que eso a mí no solo no me importa sino que me agrada, que me resulta complaciente. Ojala hubiera llegado a tiempo hoy y hubiera tenido llaves para entrar y meterme con vosotros en la cama, o simplemente para sentarme a contemplaros como la hacéis.

—Me alegro de que me digas esto. No sabía cómo podías reaccionar…Ya no dudaré nunca más, y siempre que me deje nos follaremos, sin miedo a que vengas—aseveró un hombre más tranquilizado.

—Ahora lo que tienes que hacer es ganarla. No dudes que si pierde te lo pagará y yo voy a estar haciendo fuerzas para que ella pierda y ganemos tú yo. Tú para cobrarte la apuesta y yo para ver cómo te la cobras.

Pronto apareció ella. Ahora ataviada con una ligera camisa que dibujaba perfectamente unas tetas sin sujetador. Solo esa camisa, y unas bragas blancas apenas suficientes para tapar por delante su parcialmente depilada rajita, y por detrás dejando al descubierto unas nalgas de suave textura, que me permití acariciar durante un estremecedor instante.

—Pues lo dicho. Si gano yo, que será lo más probable, todos a descansar. Si ganas tú, nos acostamos y que mi marido disfrute. Porque estoy convencida de que él está deseando que pierda.

Comenzaron la partida. Durante la colocación de las fichas surgió la de los dos puntitos, uno a cada lado de la pieza. El primo gastó una broma con ello:

—Mira…el doble pito. Lo mismo es lo que te ocurrirá a ti dentro de poco…que dispondrás de un doble pito.

—Yo con que el pito sea uno, pero duro y duradero, me conformo—aclaró mi mujer siguiendo el chascarrillo, y quedando otra vez por encima de cualquier comentario.

La partida se inclinó desde el principio muy a favor de él. Pero ella no se inmutaba. Pensé en algún momento que se podría estar dejando ganar, pero conociéndola llegué a la conclusión de que eso es imposible. Es una jugadora muy competitiva, y aunque tuviera todas las ganas de meterse con ese hombre a la cama, su orgullo la impediría dejarse vencer en una partida de cualquier juego.

La evolución de la partida me provocaba cada vez mayor excitación. Observaba las piernas de mi mujer hasta donde sus bragas escondían un coño que debería saldar una deuda que cada vez estaba más cerca de producirse. Incluso me pareció que una parte de sus bragas evidenciaba una incipiente humedad, que mi imaginación sin límites asoció a que podía estar poniéndose cachonda al comprender que estaba perdiendo la partida y lo que la esperaba. Y es que mi ilusión animaba mis deseos hasta el punto de que se me estaba haciendo largo aquel juego. Mi impaciencia, sin embargo, me excitaba cada vez más esperando que se produjera el colofón de una magnifica tarde.

Por fin la partida terminó, venciendo de forma irrevocable su primo. Todo había terminado y ahora lo demás tenía que comenzar. A ella le fastidió ser vencida, como le hubiera fastidiado por cualquier otra apuesta, pues suele ganar casi siempre. Pero en esta caso la deuda se convertía en muy especial, y ella sabía lo que le iba a costar.

—Cariño tu primo te ha ganado…—dije aún sin saber qué podría ocurrir, si bien, en mi pantalón, podía adivinarse la erección que se había ido intensificando en la medida que el resultado de la apuesta parecía claro.

—Ya lo sé….y por tanto tengo que pagarle. Pero yo creo que lo decíamos en broma ¿ no?…Esta partida era de prueba.—dijo mi mujer queriendo descargar de tensión la circunstancia en que los tres nos hallábamos. Podría decirse que estaba contrariada, no porque tuviera que pagar lo apostado, sino por haber perdido, y yo aproveché sabiendo que estaba convencida de lo que tenía que pasar.

—De broma nada, y no era una prueba sino una apuesta en serio….quien pierde paga y punto—exclamé muy animado.

—¿Entonces qué hacemos?—preguntó algo incrédulo quien miraba a su prima con ganas de exigir el pago.

—No se hable más. ¿ dónde queréis que lo hagamos; aquí en el sofá o en la cama?—dijo mi mujer con esa naturalidad suya, que no hay que confundir con frialdad, a la que tantas veces sigo haciendo alusión porque nunca deja de sorprenderme. Es como si estuviera acostumbrada a tratar del tema del sexo como el que trata de cualquier otro asunto intrascendente, como el que ve llover, con la abertura hacia lo que considera propio de la naturaleza y con la lógica más simple que se pueda dar al acto por el que muchos, sin embargo, se escandalizan. Ella hace las cosas o no las hace, sencillamente. Y en este caso iba hacer algo a lo que le dio total normalidad.

—Si queréis nos animamos primero aquí y si la cosa se pone muy caliente, terminamos en la cama—propuse para comenzar cuanto antes.

—¡Eh…un momento, maridito!. El que me ha ganado es este señor. Tú no has querido jugar, y por lo tanto no tienes ningún derecho a nada. Puedes mirar si quieres, y si no te aguantas te haces una paja, pero a mí no me tocas ni un pelo. Yo prefiero ir a la cama y no darle mucho rollo….no vamos a seguir disimulando, los tres sabemos lo que ha corrido aquí está mañana, y yo no soy una máquina sexual. Vamos y hacemos algo sencillito, sin demasiadas florituras, y otro día nos apostamos más cosas… aunque yo creo que no me volverás a ganar. Hoy ha sido un descuido.

Asumí lo que me dijo, que, aunque fue de forma relajada, significaba lo que había dicho: yo no podía participar por no haber jugado.

Se fueron los dos hacia el dormitorio, y seguí sus pasos sintiendo unas indescriptibles sensaciones de placer. Me parecía que mi cuerpo levitaba solo de saber a dónde se dirigían y lo que sucedería encima de aquel colchón.. Me aparté para sentarme en una esquina de la cama, desabrochándome la bragueta de mi pantalón.

—No se te ocurra desnudarte, que te conozco—me avisó mi mujer —ya te he dicho que no te dejaré participar. ¿Vale?

Asentí y permanecí con los pantalones puestos. Ella se despojó de su camisa y sus bragas mientras el primo se desnudaba. Había que verla: parecía estar iluminada por el esplendor de una aureola cegadora. Sus muslos dibujaban la curva exacta de la perfección. Sus pezones eran la referencia precisa de unas caricias necesarias. Su coño, era la invitación misma de la lujuria para una profunda penetración después de enjugar la deliciosa sedosidad de su clítoris con el deseo más extremo, para degustar de sus jugos la esencia del amor más atrevido, más desenfrenado, más libre. Su boca, entreabierta, un manjar para el mejor de los bocados. Por cualquiera de sus lados apetecía, por cualquiera de los lados por los que pudiera ser penetrada. Se antojaba su presencia como una realidad imposible de alcanzar.

Cuando él se tumbó al lado de ella, se besaron como si no hubiera más oportunidad de volver a hacerlo. Ella acarició el pene de un hombre que parecía no estar todavía preparado para follar a una mujer que abrió su piernas para que se lo introdujera. Siguieron besándose, enlazando sus lenguas y marcando con sus dedos recíprocamente sus espaldas. Se dijeron algunas cosa hermosas, incluso ella llegó a pedirle que la follase como nunca, que la hiciese todo lo que le apeteciera hacer para disfrutar de todo lo que ella tenía sin prohibirle nada de nada. Llegué a pensar, por la pasión desbocada de mi mujer, que si él hubiera intentado estrenar su culo, se lo habría permitido. De verdad que llegué a pensarlo, a pesar de saber que ella siempre a mí me lo había prohibido. Volvió a juguetear con la polla de un hombre que a mí me pareció que estaba intimidado, como algo aturdido. Nuevos besos, cada vez mejor saboreados por sus bocas, remediaron en buena parte la situación y aquel pené ya buscaba la vagina hambrienta que le estaba esperando.

—Métemela, por favor, métemela que tengo muchas ganas—le susurró ella con el volumen de voz suficiente como para que yo lo oyera— Fóllame muy fuerte, empuja tu polla hasta dentro para que se quede ahí para siempre. Échamelo bien dentro para que no se salga ni una gota.

Cuando ya iba a calar su polla entre los labios de aquel coño empapado de deseo, de pronto recordé que a ella no le gusta follar con condón. Reconozco que eso me inquietó y me atreví a preguntar:

—¿ Lo hacéis sin condón?

—Ya sabes que a mí no me gusta con condón—respondió ella, contrariada por lo que le pareció una inoportuna interrupción por mi parte.

—Pero es un riesgo…te puedes quedar embarazada.—insistí nervioso

—A mí no me gusta el condón—reiteró ella—Me parece que es follar a medias. Quiero notar lo que me eche cuando se corra y que sea carne con carne, sin plástico por medio.

—Ya lo sé, pero existe el riesgo—insistí ya más dubitativo.

—Pues tendré que asumirlo….Mira, si empiezas a poner inconvenientes no seguimos y ya está. Esto no va así. Yo cuando me acuesto con un hombre lo que quiero es gozar, disfrutar a tope, follar a gusto, y si no mejor no lo hago.—exclamó mi mujer amenazando con abandonar la cama.

—No discutáis por eso…no quiero que os enfadéis ahora.—intervino su primo.

—Vale entonces….que sea lo que la suerte quiera. Perdona, no quería molestarte. Tú eres la que tienes que decidir lo que quieres hacer y lo que te gusta— dije, sin embargo temeroso por las consecuencias, aunque podía entender que cualquier tipo de artificio fuera rechazado por mi mujer. Pero me bastó un breve instante para preferir que todo siguiera como si yo no lo hubiera interrumpido.

Y todo continuó como tenía que continuar ante un cuerpo desnudo como el de aquella preciosidad. Solo con mirarla se me erizaba la piel. Él retomó su cuerpo con un intenso abrazo y ella se dejó llevar otra vez hasta la cama.

Me sentí muy culpable de haber roto la magia que se estaba produciendo unos segundos antes. Temí porque no pudiera ser recuperada aquella excitante escena.

Afortunadamente ella reaccionó sorprendiéndonos a los dos hombres de aquella manera: ella le tumbó a él, dejándole bocarriba, masajeo su pene frotándolo una y otra vez. Jugueteaba entre sus dedos con aquella polla que ahora parecía más animada, incluso más larga y gorda que en los momentos anteriores Se puso a caballo del ya crecido pene que ya había alcanzado su máxima erección posible. Poco a poco se lo fue metiendo en su coño, moviéndose de forma que él apenas tuviera que hacer nada, cabalgando sobre una polla que desaparecía y volvía a aparecer saliendo y entrando en su coño abundantemente lubricado. Consiguió con sus delicados movimientos aprovechar la dureza requerida para sentir que la llegaba hasta donde ella quería. Al abrir sus piernas bien pudiera haberse metido no solo aquel tieso rabo, sino además sus huevos. Luego ella comenzó a mover su cuerpo arriba y abajo, con contracciones de su vagina que a él le hacían gemir. Desde donde yo les contemplaba podía adivinar, por las oscilaciones del culo de mi mujer, los movimientos con que ella se estaba follando a su primo, porque en este caso era ella quien se lo estaba follando, y él,casi derrotado de gusto, agarraba las nalgas de una mujer enfebrecida como para impedir que su polla se saliera, lo que ella evitaba con una nueva torsión que hacía que toda aquella longitud de carne macizada se quedase dentro. Procuraba moverse sin que se le escapara una y otra vez. Él se dejaba hacer sabiendo que nada podría superar lo que ella estaba haciendo. Yo estaba a punto de desvanecerme de placer. Comencé a masturbarme teniéndome que contener para no ir hacia ella y metérsela entera por donde le cupiera mi polla tan hinchada que hasta me sorprendió a mí, parecía que se iba a romper.

Viendo como movía su culo, como sorbía el rabo de un hombre que se volvía loco de placer, aceleré mi masturbación, sintiendo que se me arrancaba del gusto, que era ya casi dolor. Me contuve para no correrme, y seguí mirando como follaban y gemían, oyéndolos gritar en su descontrol. Y seguí observando, renunciando a seguir meneándomela para no terminar todavía. disfrutando del más grande regalo que me hayan hecho nunca.

Pero llegó el culmen de tantas satisfacciones…era inevitable y tenía que llegar ese magnifico instante en que vi como los labios del coño de ella choreaban espesas gotas de semen.

Por última vez, antes de alcanzar el colofón de mi polla, mire su culo entregado a mi vista cuando ella también se corría. Juro que yo no estaba sujetando mi pene, que quedó en suspensión, ni una leve presión, ni un solo dedo rozándola cuando mi polla expulsó tal chorro de esperma que alcanzó la pared sin que yo pudiera evitarlo.

Ellos quedaron sobre la cama, como muertos. Yo procuré limpiar la pared rápidamente para seguir contemplando a unos amantes que me habían brindado una increíble fiesta. Me gustaba verlos allí tumbados, desnudos, sin impedimentos en la conciencia por lo que habían disfrutado, sin recelos por mi parte de ningún tipo. Sin tener que dar explicaciones por lo gozado al mundo de los llamados puros, sin planteamientos morales absurdos, porque es cosa nuestra, sin tener que justificar a los hipócritas puritanos por qué lo habíamos hecho. Me gustaba verlos y verme a mí, libres en nuestros propios hechos, libres de prejuicios insanos, de críticas nefastas, de burdas limitaciones de normas manejadas por unos poderes facticos con sus intereses, con maniobras de adoctrinamiento para anularnos, para impedir nuestra voluntad. Me gustaba verlos allí tumbados, aún reciente su sabor a sexo. Libres de prohibición alguna por no exponerse a lo prohibido. Nadie debe dictar con quien follamos, cuándo lo hacemos, o cómo queremos disfrutarlo.. Fuera de esa habitación seguiríamos funcionando en el artificial mecanismo de los que dictan las normas, de los que no entenderán nunca que si haces lo que te apetece te habrás realizado. Esta era una verdad absoluta, y si queréis podéis llamarle infidelidad, pero yo no he visto una mujer más fiel a mis deseos que mi esposa, principal protagonista de esta historia de una infidelidad placentera en plena libertad. Se es infiel si se engaña, y mi mujer no me ha engañado, mi mujer me ha obsequiado con un placer necesario, que no es culpa mía desear. Cuando ha querido ha tenido un amante, puede tener los que se proponga, es asunto suyo, que ella ha hecho mío de esta forma, y le estoy muy agradecido.

Me tumbé junto a ellos, sin llegar a desnudarme. Abracé a mi mujer por detrás y besé su espalda. No sé cuánto tiempo permanecimos así. Antes de incorporarnos ella me susurró al oído:

—Cariño, me hubiera gustado que me follases tú también, pero no puedo más…estoy rendida. Otro día lo hago con los dos, te lo prometo.

—No te preocupes mi vida, tenías razón en lo de que yo no he jugado y es él el que ha ganado la partida. Estoy orgulloso de ti, has cumplido tu palabra y le has pagado como debías. Lo has hecho muy bien.—respondí también en voz baja, y creo que él no nos oyó.

Pasado un rato de relax y reflexiones, todas ellas positivas, nos incorporamos.

Nos despedimos por ese día. Pero hubo más días en que volvieron a jugar varias partidas, muchas de ellas las perdió mi mujer, que tuvo que saldarlas cada vez con mejor pago.

Disfrutamos de todo ello durante una época en que nuestro matrimonio fue feliz. Ahora también los somos, y algunos de los que habéis leído otros relatos míos sabéis que es así y porqué.

En estos capítulos no he agotado todo, pues hay más cosas que sucedieron luego de aquellas partidas y aquellos extraordinarios polvos. Ya os las contaré. Gracias por vuestra lectura.