La Dulce Sara llega a la oficina (II)
Sabe que su esposa duerme en la otra habitación y que ella es su empleada. Sabe que mirar sus fotos es una traición. Pero esa tarde, con la pantalla del portátil brillando en la oscuridad, decide no detenerse.
(Segunda parte)
La adaptación de Sara fue inmediata, hasta el punto de que se me encargó un informe desde coordinación para que valorara sus prestaciones profesionales en los primeros días. Obviamente mi análisis fue muy positivo, ella nos había liberado de mucho trabajo y se atrevía con ideas que podían dar dinamismo a la nueva campaña de invierno. Sara se encargaba de atender a las visitas y organizar mis agendas, el feedback que me llegaba por parte de los clientes era más que positivo.
-Da gusto venir ahora a tu oficina, Olé la chica guapa que te han traído (Dijo Ernesto mientras terminábamos de firmar el nuevo contrato que Sara había redactado con esmero).
Ernesto era un cliente muy importante de la empresa desde años atrás, el típico baboso con mucho dinero que no perdía oportunidad para soltar sus "batallitas sexuales" y tirar la caña a cualquier fémina que se le pusiera por delante. Un sesentón con el que convenía llevarse bien pero que resultaba realmente desagradable. Mi despacho era independiente, con una persianita que al girarla me permitía ver la recepción y controlar las salas anexas donde Sara y otros compañeros trabajaban. Mi puesto de responsabilidad me dejaba disponer de esta especie de "Gran Hermano" perfectamente diseñado por la empresa con el fin de controlar a los trabajadores. Ernesto se sentía como "Pedro por su casa" en la oficina, y sus licencias rozaban lo bochornoso. En un momento de despiste en el que buscaba un documento, nuestro cliente me hizo un gesto con la mano mientras con la otra movía la cortinilla.
-Ven, ven, ven. Mira que culazo tiene la rubita (dijo Ernesto)
-¿Qué haces?
-Joder qué bomboncito, está buena y lo sabe. Qué cabrona
-Ernesto, eres un cromañón. Pareces un crío (había mucha confianza tras tantos años de escuchar sus bobadas)
-Está para arrimarle toda la cebolla, fíjate....
-Va, para. Qué cerdo eres, deja de decir idioteces (le contesté mientras me acercaba a la mampara y no pude evitar desviar una mirada a Sara cuando ella ordenaba cosas en su mesa agachándose y levantándose entre los cajones. Ella llevaba un vestido marrón de ante que finalizaba por encima de sus rodillas, la combinación con sus medias negras la hacía muy atractiva y elegante desde nuestra visión trasera. Siempre he sido respetuoso y pudoroso para estas cosas, y por ello cerré la cortina con determinación)
-Joder tío, qué poco dejas disfrutar a los tuyos mamón.
-Venga tío, vamos a lo nuestro y deja de venir a mi oficina a hacer el Voyeur, cabronazo.
Yo estaba encantado con el trabajo de Sara y en ningún momento traté de verla de otra manera. Mi mente cuadriculada y mi profesionalidad me lo impedía, pero lamentablemente era habitual que personajes como Ernesto siempre guiaran la conversación a lo mismo. Sara era un gran fichaje y dio nuevos aires a una oficina demasiado oxidada, incluso mis ganas por ir a trabajar habían aumentado en los últimos dos meses. Algo sorprendente.
Mis conversaciones con Sara se ceñían a lo estrictamente profesional. A pesar de ser simpática y agradable ella también tenía un punto de cuadriculada del que no salía, pero me caía bien.
En casa la vida seguía igual, normalmente a mi esposa le aburría que le contara cosas del trabajo y no surgió el tema de la nueva incorporación. Era domingo por la tarde y mi mujer decidió tomarse la tarde para hacer compras con los hijos y los hijos de los vecinos. Un plan para nada estimulante y al que no me sumé, preferí quedarme en casa matando el aburrimiento dominical con cualquier cosa. Nunca he sido de usar demasiado las redes sociales, las tenía y utilizaba para contactar con viejas amistades, pero realmente me aburrían. Esa tarde decidí revisar mi perfil: más de lo mismo y la lectura de las publicaciones solo me producían bostezos. De repente, y en uno de esos relámpagos que solo llegan en momentos de mucho aburrimiento, se me ocurrió buscar el nombre completo de Sara. No tengo explicación, pero supongo que todos lo hemos hecho alguna vez con gente conocida. Y efectivamente, Sara estaba presente en esta red social.
Nunca habíamos hablado de ello pero pude comprobar que estaba casada y era madre a tenor de las publicaciones. Tenía colgadas cosas familiares, de viajes y alguna fiesta con las que parecían ser sus amigas. Eran fotos normales, acordes a la personalidad que Sara mostraba en su trabajo, pero con la tranquilidad que daba el momento pude observarlas con detalle. Había primeros planos en los que salía realmente atractiva, y fotos de años atrás en las que su aspecto angelical se apreciaba con nitidez. Debo reconocerlo y la curiosidad me llevó a ampliar y ver en pantalla completa algunas instantáneas en las que aparecía de cuerpo entero. Incluso tenía fotos de su boda, lo desconocía pero el marido de Sara parecía tener una edad similar a la mía.
Cuando estaba muy cerca de cerrar la sesión y marcharme, curiosamente apareció una nueva publicación en su perfil que terminaba de colgar. Saltó la notificación y la miré. Eran varias fotos de lo que parecía ser una comida familiar en el campo de ese mismo domingo. Sara aparecía informal, con ropa deportiva aunque con ese toque de elegancia que le caracteriza, pero me llamó la atención verla tan juvenil y no con las convenciones propias de la oficina. No sé cómo ocurrió, pero empecé a notar una fuerte erección por debajo del pantalón. Mirando sus fotos con detalle me había excitado, incluso noté que los latidos del corazón se habían acelerado un poco. Leí algunos de los inocentes comentarios que le dejaron de inmediato sus contactos, tenía el pene tieso por debajo del pantalón; esas fotos me habían encendido el paquete y sentí algo de vergüenza. Eso no debería ocurrir. Borré los datos de navegación, cerré la página e intenté desviar mi atención a otros temas. Traté de olvidar lo ocurrido, borrarlo como si no hubiera pasado y afortunadamente al rato todo regresó a la normalidad.
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Mi oficina comenzaba a dar buenos resultados, se respiraba muy buen ambiente y el orden y el dinamismo se habían instalado. Sara cada vez me caía mejor, y además admiraba su inteligencia, era un lujo trabajar con ella. Poco a poco mis ganas y entusiasmo por acudir a la oficina eran más grandes, hacía años que no sentía una motivación similar. Pero aunque me costara asimilarlo y reconocerlo, la presencia de Sara me empujaba a ir feliz a la oficina, pasar tantas horas cerca de ella era un impulso que contrarrestaba el tedioso y monótono ambiente de casa. Llegó el viernes y apurábamos las últimas horas laborales de la semana.
-Voy a ordenarte estos ficheros
-Gracias Sara!
-Así el lunes lo tienes preparado y no apuras tanto
-Qué haría sin ti, jajaja
Sara era un encanto en todos los sentidos, empezó a colocar documentos y carpetas a un ritmo frenético. Vestía un pantalón vaquero blanco muy ceñido con una camisa a cuadros informal pero bien pegadita. Adornaba su look con unas botas negras de tacón fino que mostraba por encima del pantalón hasta sus rodillas. Se colocó en la estantería de enfrente y se atusó el pelo hacia atrás, el brillo de su larga melena cayendo por la camisa le daba un aspecto muy juvenil, casi de lolita teen. No pude evitar levantar mi mirada y mis ojos se clavaron en su trasero. Era un culito muy prieto, pequeño pero se antojaba muy duro. Su cinturita ligeramente curva se acomodaba a la perfección en esos vaqueros que la embutían. Normalmente no miraba a Sara pero esta vez no pude evitarlo. En un momento dado Sara se alzó para recoger una caja y ocurrió lo más inesperado, ya que asomó un pequeño hilo blanco entre su culo y la espalda, sí, era un tanga. Solo fueron dos o tres segundos pero fue una visión hipnótica.
Nos despedimos, no sin antes comentar algunas cuestiones del trabajo. Ella no lo notaba pero yo estaba nervioso, todavía impactado por esos segundos en los que la miré con deseo. Me marché al concesionario sin ser capaz de quitarme a Sara de la cabeza, debía calmarme y aproveché para acudir a nuestra anterior casa a dejar unos trastos, era un piso pequeño que teníamos vacío. Me relajé en el sofá con la intención de despejar la mente tras el duro día laboral. Tenía el portatil encendido y entonces llegó el chispazo irrefrenable. Teclee el perfil de Sara, habíamos hablado dos horas atrás pero sentía la necesidad de verla. Nuevamente empecé a mirar sus fotos con detalle. Cada una de ellas me gustaba más, las antiguas y las más actuales. Miraba con mucho detalle fotos informales de viajes en las que a veces salía acompañada. Tenía fotos de un viaje a Brasil y me detuve en una en la que salía vestida con unas mallas negras muy apretadas, camiseta del mismo color y zapatillas de deporte. La amplié para ver su cintura, a tamaño grande incluso se intuía una parte de la raja de su vagina bajo las mallas. El pantalón me apretaba ya que me había excitado.
Se juntaron todas las emociones del día y el hecho de tener sus fotos para mí. Mi cabeza decía que no, quería evitarlo a toda costa, cerrar el portatil y olvidarme, pero no pude más. Desabroché el botón del pantalón e inmediatamente mi pene salió disparado con una gran erección. Tengo un pene normal, de unos 18 centímetros y algo grueso. Comencé a tocarme mientras miraba a Sara, ampliaba y movía la pantalla apreciando y disfrutando cada detalle de su cuerpecito. Con la otra mano me la meneaba arriba y abajo y notaba las venas muy hinchadas. Me fijaba en sus piernas y comencé a tocarme con las dos manos. Me parecía una imagen algo bochornosa, un hombre pasados los cuarenta con la polla entre las dos manos, babeando como un adolescente (literalmente la saliva asomaba por mis labios) al mirar una foto informal. No era razonable ni estaba bien, además esa mujer estaba casada y era mi compañera de trabajo, y por si fuera poco una mujer a la que respetaba y admiraba. Pero estaba gozando mucho.
Me masturbaba como un adolescente mirando esa foto, tenía que hacer grandes esfuerzos para no correrme ya que estaba excitadísimo. Traté de abstraerme de los sentimientos de culpa y de quién era Sara, traté de olvidar que no era más que un casado con una vida aburrida y me centré en admirar su cuerpo y su cara. Me pajeaba con desesperación y entonces estallé. Sentí un enorme placer que hizo que mis piernas temblaran, era un orgasmo de liberación e inmediatamente salieron disparados hasta tres chorros de semen espeso. Uno de ellos salió con tanta violencia que incluso manchó ligeramente el teclado del portatil. Descansé unos segundos extasiado, y no sé por qué, amplié la foto y le di un beso a la pantalla justo en los labios de Sara. Era momento de volver a casa pero había traspasado una peligrosa barrera, tenía pánico a que fuera demasiado difícil sacarme de la cabeza a Sara en el largo fin de semana que esperaba.
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