Xtories

Sí, jefe

Bajo la mesa del restaurante, las manos se atreven donde la mirada no puede. Él es su jefe, él tiene el poder, pero esta noche la obediencia tiene otro sabor. ¿Qué pasa cuando la jerarquía laboral se invierte en la cama?

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La última vez que hicimos una celebración en la empresa me presenté a la cena con plenas intenciones de seducir a Marco, uno de mis compañeros. Lo que no esperaba es que alguien ya tenía esas mismas intenciones conmigo: El jefe.

Llegó un momento de la noche en el que todo el mundo se había ido y nos quedamos él y yo solos en el restaurante tomando gin-tonics. Mi jefe es un hombre que siempre me ha parecido atractivo y con el que he sentido cierta química desde el día que nos conocimos, aunque por respeto (y por miedo a posibles consecuencias laborales) jamás intenté nada con él. Me alegro de que diese el primer paso.

Él es un hombre que tiene el doble de años que yo, de hecho su hijo tiene mi edad. Es maduro, sexy, responsable y va al gimnasio a menudo así que tiene un físico tremendo a parte de una mirada muy penetrante y una actitud canalla a la par que metódica. Lo situaría en la intersección perfecta entre un superior al que respeto y admiro y un colega con el que me muero de ganas de meterme en la cama.

Esa noche estuvimos hablando y riendo largo y tendido, me contó algunas de las experiencias sexuales más alocadas que había tenido y yo compartí algunas de las mías, hablamos de tríos, voyerismo, clubs de swingers, pagar por follar, sexo anal... Era un verdadero depravado y había probado de todo en su vida, y escucharle hablar de tales hazañas me ponía cada vez más cachonda. Mientras nos relatábamos detalles íntimos sentía como la temperatura del comedor subía y nuestras ganas de comernos el uno al otro aumentaban también.

Después de un buen rato hablando casi exclusivamente de temas eróticos se hizo el silencio. Nos quedamos mirando el uno al otro sin necesidad de añadir nada más, y entonces se abalanzó sobre mí, besándome con una ternura inesperada viniendo de alguien tan descarado como él. El beso fue corto pero intenso. Tardamos pocos segundos en acariciarnos las mejillas, cuellos, brazos y pechos deseando estar en un sitio completamente a solas. Pero la realidad es que estábamos en un restaurante con todas las luces encendidas y camareros y comensales paseándose por allí. Así que poco más pudimos hacer que acariciarnos superficialmente las zonas erógenas.

A simple vista cualquiera pensaría que éramos una pareja besándose tranquilamente, pero debajo de la mesa nuestras manos se movían con una agilidad y pasión insospechadas. Tardé poco en desabrocharle la cremallera y dejar al descubierto su pene erecto, y mientras lo masturbaba con discreción él acariciaba mi clítoris y monte de venus por debajo de la falda. Por un instante dejé de besarle y dije:

- Vamos al baño.

Pero él me respondió con una negativa. No quería hacerlo en esas condiciones, al fin y al cabo, a pesar de ser un degenerado como yo, no deja de ser un hombre elegante y con estándares.

Así que con todo el calentón, nos fuimos cada uno a nuestros hogares. Él con su hijo y yo con mi novio. No os imagináis lo empapadas que estaban mis braguitas cuando llegué a casa, lamenté no haber podido ir más allá, así que le mandé una foto de mi ropa interior húmeda y le propuse quedar otro día.

Y aquí me tenéis, desnuda frente al espejo. Hoy estoy sola en el piso así que le he invitado para que venga a tomar esa última ronda de gin-tonics que nos quedó pendiente. Estoy probándome algunos de los conjuntos de lencería más sexys que tengo.

El picardías rojo me sienta francamente bien, transparenta todo mi cuerpo y me realza el pecho pero me parece demasiado extremo, así que me lo quito. Vuelvo a estar desnuda. Ahora me pruebo el sujetador rosa con push-up y bordados y su tanguita de hilo a conjunto, me siento una diosa cada vez que me pongo esto, menudo culazo me hace y cómo me sube el pecho. Pero me veo demasiado artificial, quiero que cuando me toque las tetas las pueda notar bien, sin ningún relleno, así que vuelvo a desnudarme. Me siento en la cama pensando en que en unos minutos llegará y antes de probarme otra pieza de lencería me tumbo un segundo y me acaricio el clítoris suavemente con mucha excitación imaginándome lo que está a punto de pasar. Noto como mis dedos se mojan al entrar en contacto con mi vagina, y me masturbo haciendo pequeños círculos dándome placer con una mano y con la otra pellizcándome el pezón. Cada vez estoy más empapada y cada vez me toco con más decisión cuando de repente me llega un WhatsApp. Es él, que está en el portal.

Me levanto de un brinco y opto por ponerme mi conjunto de encaje negro, un sujetador y un tanga muy finos hechos con elegantes bordados que resaltan mi figura natural dejando entrever lo que hay debajo. Me pongo unos shorts y un top y voy a buscarlo.

En la puerta nos damos dos besos en la mejilla, intentando mantener mínimamente la compostura como si no supiéramos lo que va a pasar. Sube a casa y preparo dos bebidas que disfrutamos, de nuevo, hablando de sexo. Oírle relatar sus anécdotas me excita muchísimo, pienso que es un hombre muy experimentado y sin tabúes y que seguro que me lo pasaré genial con él.

En un momento de la conversación sale el tema de juguetes sexuales, así que le invito a mi cuarto para mostrarle lo que tengo en mi cajón de las perversiones. Vibradores, esposas, satisfyer, antifaces, Popper, dilatadores anales, lubricantes, pinzas para los pezones, una correa… De todo. Y es justo cuando le estoy mostrando uno de mis butt-plugs que él me mira con un deseo irrefrenable, y me empuja en la cama donde me quedo sentada, quieta devolviéndole la mirada con cierta incredulidad y ganas de jugar. Se sienta a mi lado. Me besa. De nuevo me sorprende la suavidad de sus labios y lengua. Mientras nos estamos besando él empieza a desnudarse y yo le digo:

- Me he puesto un conjunto de ropa interior sexy para ti

- De poco te servirá. Quítatelo.

- ¿Tan pronto me das ordenes?

- Sí. Quítatelo todo.

- Sí, jefe.

Le obedezco y me desnudo delante suyo, lo hago muy lentamente para que pueda apreciar lo bien que me queda la lencería y él se recuesta en la cama masturbándose mientras disfruta del espectáculo. Una vez me he desprendido de toda mi ropa y él de la suya, me acerco insinuante hacia donde está reclinado. Voy despacio, felina, a cuatro patas, y cuando aproximo mi cara a la suya le doy un suave mordisco en la oreja y expiro mientras empiezo a pasar mis uñas por su pecho haciendo movimientos ondulantes y suaves, pero dejando una casi imperceptible marca a mi paso. Mis manos bajan recorriendo su torso hasta que por fin llegan al pene, que me dispongo a masturbar con una delicadeza inusual en mí aunque progresivamente voy acelerando el ritmo y agarrando con más firmeza. Llega un punto en el que entre suspiros acalorados él me ordena:

- Métetela en la boca.

- ¿Quieres que te la chupe, eh?

- Hazlo.

- Sí, jefe.

Y de nuevo obedezco sus deseos, aunque sinceramente me moría de ganas de hacerlo y no hubiese hecho falta que me lo pidiese para terminar ahogándome con su polla. Le lamo los testículos y el tronco y me detengo en la punta para jugar con la lengua y noto como él empieza a acelerar su respiración y tensar los músculos del placer.

- Joder, qué bien la chupas.

- Lo hago con pasión. Se nota que me gusta.

Y en este preciso momento decido subirme encima suyo, aprieto mis muslos en su cadera y abrazo su polla con las paredes de mi coño mientras me la introduzco pausadamente. Mi instinto es empezar a botar como si no hubiese un mañana, pero prefiero frenarme para ir más despacio, para apreciar como cada uno de los centímetros de su polla me llenan y me deleito con esta sensación, al igual que él. Subo y bajo calculando muy bien la trayectoria de mi movimiento, subiendo hasta el extremo, casi a punto de que se salga pero no, entonces vuelvo a metérmela entera y mientras lo hago dibujo círculos con mi cadera pudiendo notar perfectamente su polla durísima y gozando con ella. Cada vez nuestras respiraciones se aceleran más, y entre jadeos dejo que el ritmo fluya yendo más y más rápido. Se me escapan algunos gemidos que él toma como la señal perfecta para agarrarme de la cintura y acompañar mi movimiento arriba y abajo con decisión mientras con la otra mano me toca el pecho, me pellizca el pezón y lo retuerce. Yo gimo más fuerte.

- Córrete - Me dice

- ¿Ahora?

- Córrete encima de mí mientras me cabalgas. Me pone mucho.

- Cómo te gusta dar órdenes, jefe.

- Hazlo.

- No - Me rebelo. - ¿Quieres que me corra? Gánatelo. Cómeme el coño.

Y como una loba marco mi territorio, y él lo respeta y me hace caso. Noto por su pícara mirada que le ha gustado que esta vez sea yo quien le doy una orden. Se incorpora, me gira colocándome a cuatro patas y le da dos lametones a mi vagina pero para de hacerlo para penetrarme en esta postura. El cabrón me ha vacilado, pero no me quejo, me pone muchísimo cuando me follan a cuatro. De nuevo vuelvo a llevar yo el ritmo acercándome y alejándome de su pelvis sin permitir que su pene salga de dentro mío hasta que él me agarra de los brazos haciendo que pierda el equilibrio y me tumba completamente. Ahora estoy estirada boca abajo en el colchón sintiendo cómo ha vuelto a dominarme, cómo me embiste con fuerza mientras usa los brazos para presionar mi cuerpo e inmovilizarme. Estoy cachondísima y empapada, y si sigue así es probable que me corra pronto. Entonces baja el ritmo y me susurra al oído:

- ¿Quieres que te lo coma?

- Ahh… Sí, por favor.

- Muy bien.

Me da media vuelta, ahora estoy tumbada con las piernas abiertas y completamente a su merced. Él se incorpora y se lame los dedos, entonces empieza a acariciarme el clítoris con dos de ellos y mira la escena con deseo. Se nota que está disfrutando mucho con todo esto, y yo también. Entonces, muy despacio, empieza a besarme allí abajo deleitándose con mi sabor. No tarda en usar la lengua, cosa que me provoca un escalofrío que me recorre todo el cuerpo. Pero lo que no me esperaba, es que de repente introduce uno de sus dedos en mi culo, y empieza a moverlo hacia dentro y hacia fuera, hacia dentro y hacia fuera. Me pilla desprevenida y no puedo evitar soltar un grito de placer.

- ¡No pares! – noto como su respiración también se acelera – ¡Si quieres que me corra, no pares, joder!

Y así hace, no solo no se detiene sino que además acelera el ritmo y la intensidad provocando que toda yo me estremezca y termine soltando un grito que seguro que ha despertado a algún vecino. Respiro fuerte, recuperando la consciencia. Le miro, entre incrédula y agradecida. Entonces le entrego una toallita de papel y le invito a que se tumbe. Ahora es su turno de correrse.

Una vez está tumbado le beso la boca, luego el cuello y los lóbulos de las orejas. Y bajo despacio hasta su pene sin romper contacto visual. Cuando lo tengo a la altura de mis labios, lo acaricio sutilmente con la punta de la lengua y acto seguido me lo introduzco entero en la boca. Noto como al entrar en contacto con mi paladar se ha puesto incluso más duro de lo que ya estaba, y entonces me dejo llevar. Le agarro la polla y lo masturbo mientras succiono enérgicamente. Él está cada vez más cerca del clímax, puedo notarlo así que despliego mis mejores armas para hacerle llegar.

- Estoy a punto de correrme

- Va, lléname la boquita de semen – Digo rápidamente antes de volver a introducirme su miembro en la boca para seguir chupando.

- ¡Joder!

Ahora sí, noto con mi mano y mi boca como su polla palpita y empieza a brotar una descarga de lefa impresionante, de hecho no me cabe toda en la boca y una parte se me escapa por la comisura del labio, dejando una bonita marca blanca en mi barbilla. Uso otra toallita húmeda para limpiarme y me lo quedo mirando con simpatía y complicidad mientras ambos nos vestimos.

- Me tiemblan las piernas – Me comenta riéndose – No sé cómo llegaré a casa.

- Me alegro de que hayas disfrutado.

- Mucho, guapísima. Nos vemos el lunes.

- Sí, jefe.