Xtories

Mi casera

Llegó a Madrid buscando independencia, pero encontró algo mucho más tentador. Cuando la casera lo descubre mirándola mientras se toca, la barrera de la discreción se rompe y la noche se vuelve un juego de poder y placer prohibido.

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Le había insistido a mi madre varias veces durante el verano que tenía que ir a Madrid, para buscar piso compartido para el curso que empezaba en septiembre en la universidad. Era mi primer año de carrera y estaba ansioso por empezar a vivir por mi cuenta, nada menos que en Madrid, y salir de Ávila y de la tutela de mis padres, sobre todo de mi madre.

Llegó septiembre y fuimos mi madre y yo a ver las habitaciones que se alquilaban en pisos compartidos de estudiantes. Visitamos al menos diez. De los diez, seis se habían ocupado esa misma semana y los otros cuatro era lógico que estuvieran disponibles. No había Dios que se metiera a vivir allí.

Mosqueado con la situación y cabreado con mi madre, empecé a temerme tener que ir a un colegio mayor, estando sometido a una disciplina que no quería y compartiendo seguramente habitación con otro compañero para que nos saliera más económico, porque la verdad es que valían una pasta.

Como siempre, fue mi madre la que apañó el problema. Ya llevaba el teléfono de una casa donde se alquilaba habitación y mi madre había hablado con la casera. Era una casa justo en Moncloa, lo más cerca que se puede estar de la universidad. Era una señora viuda que alquilaba la habitación para poder sobrevivir con la pensión que cobraba del difunto marido. No solo alquilaba la habitación, además se ocupaba de todos los quehaceres de la casa, incluida las comidas.

A regañadientes me convenció para al menos verla y ya después yo decidiría. Incluso podía entrar allí de momento y luego buscar otro sitio más apropiado. La verdad es que la perspectiva de aguantar a mi madre toda la tarde, cedí y fuimos a ver la casa, total estábamos al lado.

Llamamos al timbre y nos abrió una chica morena de unos veinte y pocos años. Me quedé gilipollas nada más verla. Tan solo llevaba una toalla alrededor del cuerpo que le cubría por encima de medio muslo. Al vernos se disculpó y nos dijo que esperáramos un momento que enseguida salía su madre a recibirnos. Alejarse meneando aquel culo, me la imaginé en pelotas y sentí el principio de una erección. La posibilidad de quedarme a vivir allí no la descarte en absoluto.

En seguida salió Dara, su madre y dueña de la casa. Nos la enseñó y nos dijo cual sería mi habitación si me quedaba. Señaló otras dos habitaciones y dijo que una era la suya y la otra la de su hija. La verdad es que la casa, un poco antigua, estaba perfecta para despreocuparse de todo y la habitación era muy luminosa y grande. Enseguida mi imaginación empezó a desbordarse y me imaginé a su hija en pelotas andando por la casa.

Cuando sara dijo que si decidía quedarme la llamáramos cuanto antes porque según se acercaba la fecha del inicio del curso, más gente se interesaría por alquilar la habitación. Mi madre le pidió que nos dejara pensárnoslo esa tarde y no la alquilara. Ella a primera hora de la mañana le confirmaría nuestra decisión.

Fue como un acto reflejo por mi parte, ni siquiera me paré a pensar lo que iba a decir. Pregunté si podía estar en el salón cuando estuvieran ellas. Me dijo qué sin problema, que sería uno más de la casa. Dije que me quedaba allí. Ambas me miraron sorprendidas y para disimular aclaré que lo de tener la comida y la limpieza resueltas era algo que no había pensado con anterioridad y me parecía que era una ventaja importante. Ya me veía metiéndole mano a la hija en el sofá.

A la semana siguiente me vine a Madrid y ocupé la habitación. Toda mi inquietud era volver a ver a la hija enrollada en la toalla. Sin embargo, pasaban los días y la hija no aparecía por casa. Me llené de valor y como quien no quiere la cosa, como si solo fuera curiosidad, le pregunté a Sara por ella. Cuando escuché la respuesta me quedé parado. Seguro que Sara se percató de mi cara de imbécil. La hija no vivía en esa casa. Vivía con su novio a las afueras de Madrid.

¿Y ahora qué? me dije. Mi único interés en meterme en aquella casa había sido había sido conseguir meterme en las bragas de la hija y ahora resulta que no vivía en la casa. Este planchazo me tuvo tres días de mala leche y era evidente que se me notaba, porque sara me preguntó más de una vez que me pasaba y si había algo que me molestara de la casa.

Los días fueron pasando y cada vez me encontraba más a gusto. Sara era encantadora, cocinaba de muerte y siempre estaba la casa limpia. Bastaba con que le pidiera algo y enseguida se ocupaba de comprarlo. Casi todas las noches nos sentábamos juntos en el salón a ver la televisión y machas veces pasábamos de ella y nos enrollábamos hablando. La verdad es que era agradable y una buena compañera de casa.

Una noche escuché como un zumbido que provenía del salón y había una luz muy tenue que no obedecía a ninguna lampara. Un poco preocupado por si era algo que estaba haciendo un mal contacto, me levanté de la cama y me acerqué a ver que pasaba. Según me acercaba al salón, el ruido se incrementaba y la luz cambiaba de tono.

Ya estaba dentro cuando vi la silueta de Sara tumbada en el sofá. Tenía la cabeza apoyada en el reposabrazos y miraba la tableta electrónica que no emitía sonido. Me acerqué con cuidado para no asustarla y vi que estaba viendo una película porno con los auriculares puestos. Una mano descansaba entre sus muslos y se pasaba de arriba abajo un aparatito de plástico. El aparatito es lo que emitía el zumbido. La otra mano la tenía dentro de la bata a la altura del pecho.

De repente caí en la cuenta de lo que estaba haciendo. Se estaba masturbando y el aparatito era un Satisfacer u otra marca. En cualquier caso, no había duda de que era un succionador de clítoris. Me acerqué un poco más amparado en que con los auriculares no me podía oír y vi que estaba revolviéndose, a punto de correrse.

Se me puso la polla dura de repente y me la agarré con la mano para masturbarme allí mismo y en ese momento me di cuanta de que estaba desnudo. Miré a la pantalla de su tableta y una mujer masturbaba a un hombre con la polla delante de su cara. En momento que él se corrió en su cara y ella abrió la boca, Sara se corrió también y yo al ver a aSara.

Me retiré sin hacer ruido a mi cuarto. Una vez dentro, volví a salir haciendo suficiente ruido como para que se percatase de que estaba levantado y entré en el baño a limpiarme y a orinar. Al salir vi luz en la cocina y hacía allí me dirigí. Sara estaba calentando agua para un té y al verme en la puerta me preguntó si me apetecía uno.

Estaba en camisón y era la primera vez que la veía tan ligera de ropa. Le llegaba a medio muslo y los pechos, desprovistos de sujetador, se bamboleaban de un lado a otro cada vez que se movía y estaban coronados por dos puntos perfectamente marcados. Aún tenía los pezones totalmente contraídos.

Me senté en una banqueta junto a la mesa y esperé a que pusiera los tés. Una vez servidos, se sentó en otra banqueta delante de mí. Le pregunté que hacía levantada a esa hora. Mirándome a la cara, me dijo que se había despertado excitada y como no conseguía dormirse de nuevo, se había levantado a masturbarse para ver si así lograba conciliar el sueño.

Me atraganté con el té y ella me dio unos golpecitos en la espalda, para lo cual se acercó a mí y casi me puso los pechos en la cara. Esperó a que se me pasara y me los aplastó contra la cara. Me quedé parado y sin saber como responder a su iniciativa.

Se bajó un tirante y se separó de mí. Lo justo para que el camisón dejara al descubierto un pecho. Se cogió el pezón con dos dedos, me acercó la cara a ella y me lo puso en la boca, pidiéndome que lo chupara. Nunca había tenido un pezón en la boca de aquellas dimensiones, sobre todo por lo largo que era, como la tetina de un chupete.

Noté una mano ascendiendo por mi muslo e internarse por la pernera del pantalón corto del pijama. La ausencia de calzoncillos facilitó mucho que la mano pudiera agarrarme la polla, que ya empezaba a crecer de nuevo. La recorrió entera y me apretó los huevos, al tiempo que me empotraba la cabeza contra su pecho y me dejaba casi sin poder respirar.

Para no morir de asfixia, le mordí el pezón. Su reacción fue cogerme del pelo y tirar hacia atrás al tiempo que me decía que no lo soltase. Cada vez me tiraba con más fuerza del pelo y yo cada vez apretaba más los dientes para que no se me escapara. Llegó un momento que ella no aguantaba más y las lágrimas brotaron de sus ojos.

Me pidió que le aplicara el mismo tratamiento en el otro pecho. Mordí el pezón y tiré con ganas directamente, esta vez añadí unas caricias en el coño con los dedos. Busqué el clítoris, lo pellizqué y empezó gemir. Cuando se corrió me dejó la mano chorreando de sus fluidos.

El morbo de tener sexo con una mujer mucho mayor que yo y sus muestras de dolor y placer, hicieron que se pusiera la polla más dura que una piedra y decidí que era el momento de tomar la iniciativa. Ella se había corrido y yo no.

La cogí los pezones con ambas manos y pellizcándolos tiré hacia abajo hasta conseguir que se pusiera de rodillas. Me deshice de los pantalones de pijama y le pasé la polla por la cara. Me la empezó a chupar y después se ocupó de los testículos. Me cogió la bolsa prostática con una mano como si fuera un globo y empezó a pasar la lengua, metiéndose los huevos en la boca de uno en uno. Era la primera vez que alguien me lo hacía, pero no la única sorpresa que me esperaba.

Colocó su banqueta detrás de la mía y me dijo que me tumbara con cuidado de no caerme. Busqué la forma de acomodarme como me decía y una vez estabilizado, me dijo que levantara las piernas y separara las rodillas. Su lengua empezó a comerme el ojete y poco a poco consiguió metérmela al tiempo que me masturbaba. Nunca había sentido nada tan sensual y con tanto morbo.

Sustituyó el dedo índice de una mano por la lengua y lo fue introduciendo entero hasta poder presionarme la próstata. Me succionó la polla con la boca y con la otra mano me pellizcó un pezón. Yo estaba agarrado a sus pelos para no perder equilibrio cuando me corrí sin dejarla que se sacara la polla de la boca, aunque no hizo intención alguna. Al final le tuve que decir que dejara de pasarme la lengua porque ya me dolía.

Me confeso que cuando se masturbó en el sofá sabía que estaba detrás de ella mirando. Me reflejaba en los cristales de la ventana y se acabó corriendo viéndome masturbarme y sin hacer caso a lo que ocurría en la pantalla de su tableta.

Me incorporé para ir al baño a orinar. Con tanto masaje dentro del culo, me habían entrado ganas y estaba a punto de hacérmelo encima. Ella consciente de lo que me pasaba, siguió de rodillas y puso las manos en la espalda, dándome a entender que estaba entregada a lo que quisiera. Nunca lo había hecho, pero si lo había visto hacer mirando porno en internet y sabía que se llamaba lluvia dorada.

Me puse delante de ella con la polla en la mano e intenté relajarme para poder orinar. Ella consciente de lo que iba a hacer, acercó la cara a mi polla. No fue fácil empezar, pero una vez que lo hice, me vacié encima de ella sin que se quitara la bata que llevaba puesta. Ella se iba moviendo para decidir donde quería que la mojara y salvo el pelo, no dejo un solo rincón de su cuerpo sin ser bautizado. Al acabar se la metió en la boca.

Nos duchamos cada uno en un cuarto de baño y ya más relajados y de nuevo en la cocina, le confesé que me había quedado en su casa porque creí que su hija vivía con ella. Ella me condesó a su vez que no era la primera vez que lo hacían para convencer a algún joven a que se hospedase en su casa. La hija se exhibía con ademanes sexis y los jóvenes entraban al engaño casi siempre, pensando que iban a vivir en casa con ella.

Al final nos acabamos riendo ambos y le dije que no me arrepentía de haberme quedado a pesar del engaño. Ella me dijo que estaba dispuesta a satisfacer todas mis fantasías sexuales y yo que estaba seguro de no haberme equivocado.