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Años 70. Las chicas que sirvieron en mi casa (V)

La tentación de tener a la chica que sirve en casa en la misma cama es un juego peligroso. Con los padres de vacaciones y el riesgo de ser descubiertos a cada paso, la tensión sexual se vuelve insoportable. Pero hay un límite que, al cruzarlo, cambia las reglas del juego para siempre.

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Mis rollos con Esperanza, la chica que servía en casa, siguieron un cierto tiempo, aunque poco a poco fuimos distanciándolos en el tiempo. Ella sabía que nuestra relación no tenía futuro, era simplemente sexual, morbosa, algo guarra y muy excitante, pero no dejábamos de ser unos simples amigos que follaban. No estábamos enamorados. Ella tenía planes de casarse y formar una familia. A mí me quedaban cinco años más de Universidad. Ella salía con otras amigas los domingos a pasear, al baile o a alguna discoteca y allí empezó a conocer a chicos con los que se entendía mejor.

La última vez que nos enrollamos fue en Gandía. Habíamos ido de vacaciones toda la familia y ella se había venido con nosotros.

Mis padres, junto con mis tíos, se habían comprado un par de pequeños apartamentos a principio de los años 60 en el Bloque A la Colonia Ducal, un conjunto de apartamentos que había construido Jesús Gil, el del Atlético de Madrid, allí, en mitad de la nada, en una playa inmensa, donde no había nada excepto unos pocos chalets cerca del Grao. A la vez se construyó también el Hotel Neptuno. Nadie entendía en el pueblo cómo se iban a poder vender unos apartamentos en mitad de la nada. La visión de Jesus Gil en negocios inmobiliarios era genial, aunque luego fuese un poco garrulo. Lo dicho, entre el Grao y la Ducal, no había casi nada, solo algún pequeño edificio.

En aquella época había una caseta grande con un par de operarios que se encargaban de ponerte las sombrillas, sillas y demás, por lo que, cuando bajabas, ya tenías todo colocado. Al principio no estaríamos más de 500 personas en pleno mes de agosto en toda una playa de más de dos kilómetros de largo. En aquella primera época podíamos capturar pulpos debajo de las piedras que sujetaban las boyas de limitación de navegación y también se podían conseguir cubos enteros de pechinas o almejas, simplemente con un rastillo en la parte menos profunda de la playa. En la parte que daba a la playa de la escollera del puerto se podían capturar multitud de erizos de mar, que copiamos allí mismo, entre las piedras abriéndolos con un machete y protegidos con un guante de jardinero. Las huevas de los oricios, crudas con una buena cervecita, son un verdadero manjar.

En los siguientes años se construyeron muchos edificios y la playa se fue poniendo de moda. A principio de los 70 ya era una playa muy concurrida por gente de Madrid y de otras poblaciones del interior de la provincia de Valencia, como Onteniente, Jativa o Albaida, ciudades con gran producción industrial de tejidos y mantas. Gandía empezó a crecer y era una playa concurrida.

Bajábamos a media mañana, y nos pasábamos la mañana completa hasta la hora de comer, subíamos a comer, una breve siesta y de nuevo a la playa hasta las 8 de la noche. Evidentemente alcanzábamos un todo moreno muy profundo, pero con el culo totalmente blanco. Por la tarde solíamos salir a jugar al billar o al ping pong y luego al cine de verano, con doble sesión, con nuestro bocadillo de tortilla francesa bajo el brazo, para cenar allí en el descanso. Solía salir con 25 pesetas para todo el día y me daba para los billares, el cine y algo de bebida.

Las chicas que servían en nuestras casas se venían a pasar el verano con nosotros. Arreglaban la casa, dejaban preparada la comida y se bajaban a la playa una hora o algo más. Se solían poner ellas solas en un grupo de amigas. Ellas se subían al apartamento como meda hora antes que todos nosotros para tener la comida y la mesa preparadas. Luego nos subíamos los demás, tomábamos una ducha para quitarnos la sal y la arena y nos sentábamos a comer.

A la primera chica de servir que llevamos a Gandía fue a Esperanza. Mi padre hizo una pequeña obra para dividir un cuarto de baño grande en dos, un baño completo y una ducha, quitando el otro baño para construir un pequeño dormitorio para la chica.

Yo ya me había enrollado con ella en Madrid, pero en Gandía el apartamento era pequeño, mis padres no se iban y era difícil enrollarse. El verla en pijama por las mañanas, o en traje de baño cuando bajaban a la playa, me calentaba un montón, pero no había forma de pillarla. Nunca estaba sola en la playa, y además estaban mis padres, mis tíos, amigos y demás familia. No se me ocurría de qué forma iba a liarme de nuevo con ella.

La solución vino por casualidad. Un día que habíamos capturado un cubo de pechinas, Esperanza dijo que ella no sabía cómo se preparaban y yo me ofrecí a lavarlas e intentar quitarles la arena. Me fui con ella a casa antes que los demás para ponerlas en agua. Al llegar ella se fue rápidamente a duchar. Yo puse las almejas en agua y, por analogía, pensé que la otra estaría también en agua. El pene se me empezó a levantar y me quité la ropa y me metí en la ducha donde estaba ella. Estaba toda cubierta de jabón.

- Alberto, ¿qué haces? Estate quieto, van a llegar tus padres y nos van a pillar.

- Venga Esperanza, uno rapidito, que me tienes a dos velas - le dije mientras le sobaba las tetas cubiertas de jabón.

- No nos da tiempo, van a llegar y, ¿cómo les digo que no está la comida?

- Mas a nuestro favor, con el morbo de que nos pillen…

- Claro, como a ti no te va a pasar nada. Si no tengo las cosas preparadas tu madre me va a echar una bronca.

Le metí la mano entre las piernas y comprobé que estaba mojada. A ella también le estaba alterando la falta de sexo. Yo no quería que se fuese con otro. Empecé a meterle un dedo entre los labios interiores, mojado la punta en sus jugos para a continuación subir a rozarle el clítoris. Mientas le mordía los pezones y le tocaba el culo con la otra. Empezó a jadear y tuvo un pequeño orgasmo, más propio de las prisas que de otra cosa.

- Venga, déjame metértela o hazme tu algo con la mano o la boca.

- De eso nada, ya te lo trabajas tu - me dijo - gracias por el manoseo, me has quitado algo de tensión, jaja.

Se aclaró el jabón, se enrollo la toalla al cuerpo, me dio un beso junto con un lametón en la punta de la polla y se fue corriendo y riéndose a su cuarto a vestirse.

Yo me quedé solo en la ducha. No me quedaba más remedio que cascarme una paja, pero eso ya no me valía. Necesitaba comerme el conejo de Esperanza y pegarme un buen revolcón. Me di una ducha rápida para quitarme la sal, y salí, medio mojado y en pelotas, y me acerqué por detrás e intenté meterle mano por debajo de la falda. Empecé a sobarle el culo y cuando estaba a punto de meterle un dedo dentro del coño, se oyó la puerta porque llegaban mis padres. Sali corriendo y me volví a meter en la ducha, saliendo pocos segundos después, ya vestido, como si acabase de ducharme en ese momento.

Estaba difícil follarme a Esperanza estando mis padres de vacaciones en casa. Además, cuando ella salía de paseo por la tarde, lo hacía con la chica de mis tíos y sus amigas. Otro entorno desfavorable. Se estaba planteando como una misión imposible.

La solución vino de la mano de un accidente de coche de un amigo de mi familia que vivía en Albaida. Estaba en el hospital de Jativa y mis padres decidieron ir a visitarle allí. Salieron después de comer. Esperanza estaba preparándose para salir. Le pasaría a recoger la chica de mis tíos para salir en grupo con otras.

- Venga Esperanza - le dije acercándome y abrazándola por detrás, mientras le besaba el cuello - dile a Rosita que hoy no sales, que te encuentras mal. Dile que tienes la regla o algo así.

- Claro, si sabe que la tuve hace una semana y pico, ¿te crees que es tonta?

- Pues dile cualquier otra cosa. Que me la tienes que comer.

- Jaja, me gustaría ver la cara que pondría. No se me ocurre que decir. Además, creo que hemos quedado con unos chicos.

- Con más razón, no quiero que te enrolles con otros.

- Y eso por qué. No somos novios ni lo vamos a ser.

- Ya tendremos tiempo, ahora es tiempo de disfrutar de la vida.

Para entonces yo ya le estaba metiendo mano por la braga y toqueteándole el clítoris. Empezaba a ponerse cachonda y a mojar la braga.

- Bueno, venga, ahora le digo que no voy.

- No sabes lo que te estaba deseando, me atraes un montón y tengo ganas de comerte entera - le dije mientras le levantaba la falda y le bajaba la braga.

Ella se dejó hacer y me puso el culo en pompa. Yo le empecé a comer el culo. La verdad es que olía de maravilla, se había preparado a conciencia para salir y se debía a ver puesto algún perfume por ahí abajo. Debía ir preparada para matar y me había adelantado por los pelos. Intenté quitarle la ropa.

- Déjame que tengo que salir a decirla a Rosita que no voy. No me quites la ropa. Se va a dar cuenta.

- Como me gusta tu culito. Cómo me pones. Te lo voy a poner como un bebedero de patos.

Así estuvimos un rato y ella ya tenía todo el coño encharcado y le empezaba a bajar el flujo por las piernas. Llamaron a la puerta. Era Rosita. Esperanza se recompuso el vestido y sin bragas salió a recibir a Rosita. Yo me recoloqué la polla como pude, porque ya tenía un empalme de campeonato. Tenía el cuello del polo empapado en jugos de Esperanza. Preferí entonces meterme en mi cuarto y que no me viese.

- Lo siento chica, no me apetece ir. Debo estar ovulando y me duele un poco. - oí que le decía. - O algo me ha sentado mal. Vete con las chicas y pasadlo bien, no quiero joderos el plan.

- Tia, no nos hagas eso, que vamos justas, somos cuatro para cuatro. Nos vas a romper el plan.

- Ya, pero también os lo rompo si no voy animada y jodo el rollo - le dijo Esperanza.

- Pues a Juan no le va a hacer gracia, yo creo que ya te había echado el ojo y hoy pensaba pegarte un morreo. Creo que es un buen chico y le gustas. ¿No será que te da miedo que te meta mano?

- No Rosita, no me da miedo, pero hoy no.

- Chica, así no te estrenas, ¿eh?

Me asombró que Rosita pensara que Esperanza era aún virgen. Me imagino que no había contado nada de sus andanzas por Madrid, donde ya se había comido polla y coño. Rosita se fue y ella se vino a mi cuarto quitándose la ropa de salir. Se quedo solo con un pequeño sujetador. Me tiré a por su coño. Me puse de rodillas y empecé a comérselo.

Al cabo de un rato nos quitamos la ropa y nos tumbamos en la cama. Yo me puse entre sus piernas y me empleé a fondo a chuparle todo el sexo que ahora llevaba mucho más recortadito para que no le saliese ningún pelillo del traje de baño.

Empecé a pasarle la lengua por el coñete, metiéndola en el agujero y luego subiendo al clítoris, para volver a bajar y repetir. Luego ya empecé a meterle dos dedos por la vagina, intentando tocarle la parte superior de la vagina, buscando su punto G. Con la otra mano le acariciaba el culo y con la lengua el clítoris. Al cabo de un rato le empecé a meter un dedo por el culo, intentado ir dilatándoselo. Utilizaba su propio flujo para dilatar, no había dilatadores o no se conseguían en esa época. Sacaba el dedo, lo mojaba en el flujo del coño y lo volvía a introducir. Al cabo de un rato lo empecé a hacerlo con dos dedos. Al cabo de un rato bien trabajado, Esperanza empezó a correrse de forma lenta y continuada, debía estar retrasándolo lo máximo posible, para disfrutar el mayor tiempo posible.

- Ahora dame fuerte Alberto - me dijo de pronto. - fóllame fuerte con los dedos. No ares. Sigue, sigue. Agggg me corro que fuerte, que intenso, que ganas tenia de una buena corrida.

Al final le llego un orgasmo muy fuerte, soltó un buen chorrito de flujo que me puso perdido. A continuación, le di la vuelta, y le metí el pene por el coño. Se abría comino muy fácilmente. Estaba empapada, casi no lo notaba. Estuve dándole un rato hasta que tuvo un breve orgasmo. Yo seguía casi sin notar nada de lo mojada que estaba. La saqué y se lo puse sobre el ojo del culo. Poco a poco se la fui metiendo.

- Despacio Alberto, no me hagas daño, que hace mucho que no lo hacemos

- Yo te la meto, si te duele, me lo dices. Iré sacándola y mojándola en tu flujo para facilitar.

- Vale, pero ten cuidado.

Seguí metiéndosela poco a poco hasta que llegué a metérsela hasta el fondo. Entonces empecé a bombear un rato, mientras que con una mano le apretaba un pecho y con la otra le intentaba acariciar el clítoris. Ella me quitó la mano del clítoris y empezó a darse fuerte metiéndose los dos dedos, medio y anular, en el coño. Se oía el chof chof que producía su mano al entrar y salir del coño. Yo segua bombeando el culo, donde notaba las paredes totalmente pegadas a mi coño.

Al cabo de un rato empezó a correrse con grandes convulsiones.

- Ahora, lléname el culo de leche. Córrete, rápido

- Ya llego, ya voy - y empecé a echar chorros de leche acumulados durante días de abstención.

Cuando acabe de echar leche se abrió la puerta de mi cuarto y allí estaba mi padre. Se le había olvidado la cartera y habían vuelto a por ella, aunque casi habían llegado a su destino. Mi madre se había quedado esperando en el coche.

Esperanza pegó un salto y soltando chorros de esperma por el culo salió corriendo a su cuarto, cerrando de un portazo.

- Alberto, hijo, luego hablamos. - dijo mi padre y se fue.

Yo fui a ver cómo estaba Esperanza. Estaba llorando a lagrima viva. Estuve un rato abrazándola y diciendo que no se preocupase, que mi padre era compresivo. Que no creía que tomasen medidas con ella y que yo me iba a echar toda la culpa.

Cuando volvieron mis padres, ya de madrugada, ya estábamos durmiendo, cada uno en su cuarto, claro.

Al día siguiente mi padre me dijo que tenía que ir a comprar un recambio para el coche y que quería que le acompañase. Me fui con él, porque estaba claro que quería hablar a solas conmigo y que mi madre no sabía nada de lo que había pasado, o, al menos, no lo demostraba. Nos sentamos en un bar de primera línea de playa a tomar un café.

- Alberto hijo. No se cómo habéis llegado a esto. Ya estaba yo algo mosqueado con Vega y me alegré de que se casara. Ahora veo que no perdonas una. Tienes que ser más racional, menos inconsciente. Lo primero que quiero saber es si estáis enamorados o es solo sexo.

- Es solo sexo, papa, y bastante fuerte. Pero yo no la quiero y creo que Esperanza a mi tampoco. Solo somos amigos que tienen las hormonas un poco revueltas. Ella quiere casarse con un hombre que se adapte más a ella.

- Bueno, pero también querría saber si estáis tomando medidas para que no se quede embarazada.

- Hemos tomado medidas. Tuvo la regla hace una semana, según me ha dicho, y ya no lo hemos hecho hasta hoy y ha sido por detrás.

- Menos mal que tu madre no fue la que entró y no se ha enterado. Menudo disgusto se hubiese llevado. Y ahora tú que propones que hagamos…

- No se papa. Yo estaba salido, como todos los de mi edad. Tener a una chica en casa es una tentación difícil de controlar. Esta claro que, antes o después, lo teníamos que dejar. Últimamente ya casi no lo hacíamos. Ha sido este verano que hemos vuelto.

- Bueno Alberto, estuve pensando un poco esta noche y la solución que he encontrado es esta. Quiero que aceptes mi decisión.

- Dima Papa

- Te vas a ir a Madrid a pasar el mes de verano en un Colegio Mayor. Nosotros nos quedamos aquí este mes de vacaciones con Esperanza. Cuando volvamos a Madrid espero haber encontrado una buena casa para Esperanza, de algún familiar o amigo. Ya veremos como lo hacemos, pero vosotros tenéis que estar separados antes de que ocurra una desgracia.

Así me mandaron un mes al Colegio Mayor Chaminade en Madrid. Esperanza estuvo con ellos en Gandía. Luego se trasladó a trabajar a casa de unos amigos de mis padres que vivían en la Moraleja. Mis padres la sustituyeron una señora de unos 60 años, mulata casi negra, dominicana y muy fea y gorda. Se acabaron las tentaciones.

Yo me reincorporé a la Universidad y no volví a ver a Esperanza. Me enteré de que se echó un novio de Alcobendas, que conoció en una de sus salidas por la zona y que era jardinero en el club de golf de la Moraleja. Creo que se casaron al cabo de un par de años.