Xtories

Un trío por mi cumpleaños (III)

Fred nunca debió aparecer en su puerta. Pero cuando su exnovio la besa con la furia de quien no quiere soltarla, Amelia olvida la traición y se entrega a un deseo que creía enterrado.

Bonita Hakone15K vistas7.2· 5 votos

—¡Ya voy! —grité mientras me dirigía a la puerta. Probablemente se trataba de un delivery mal entregado. Pensar en el pobre muchacho de trabajo precarizado me sensibilizó un poco, por lo que me prometí ser amable con él al abrir la puerta y decirle que aquí no habíamos encargado nada y que volviera a revisar bien la orden del pedido.

Lo que no me esperé nunca fue ver a la última persona en el mundo que quería encontrarme justo hoy frente a mi puerta. Mi exnovio, Fred, se encontraba apoyado en el marco, respirando de forma agitada, como si hubiera hecho una maratónica carrera para llegar hasta aquí. El nudo de la corbata de su traje de abogado estaba mal atado. Me quedé sin habla. No había visto a Freddy desde la graduación. ¿Qué tenía que hacer aquí?

—Tu actual novio me dijo...—se detuvo antes de hablar. Se veía agitado. Y algo enfadado. Sospeché que estaba reprimiendo su enojo más que su falta de aliento, sin mencionar que lo único que me estaba tapando ante él era una toalla, lo peor que podía vestir frente a un ex, sobre todo con quien no quería tener nada que ver después de su infidelidad—. ¡No puedes estar saliendo con ese perdedor!

Intentó tomar mi mano y yo la aparté de él con rapidez. ¿Quién demonios se creía?

A Fred pareció no simpatizarle nada mi rechazo.

— ¿Por qué? —me preguntó sin entender.

—No tengo por qué darte explicaciones ―le objeté, cabreada de su actitud, de que viniera de madrugada a MI casa a pedirme explicaciones de lo que hacía con MI vida.

Freddy se llevó las manos hacia las sienes y las masajeó para contener la ira, justo como solía hacer cuando estábamos juntos.

No me esperé que lo siguiente que hiciera fuera tomarme del mentón para atraerme hacia él. Me rodeó la cadera con el otro brazo y me obligó a verlo a los ojos. Apestaba un poco a alcohol.

—Él no es para ti. Mereces algo mucho mejor.

—Estás ebrio —le escupí con rabia y lo aparté empujando su pecho con ambas manos. Freddy hizo seña de reírse, pero no lo hizo al final. Sin embargo, su mandíbula tembló antes de mirarme de nuevo, y pude ver en sus ojos la forma en que su corazón se negaba a dejarme partir, rogando que lo viera de una forma que ya había olvidado.

Entonces, sin previo aviso, Fred me besó. Había olvidado lo bueno que era besando, lo bien que se sentía su lengua dentro de mi boca; lo feroz que era tomando lo que necesitaba hasta excitarme solo con ese contacto. Siempre había sido maravilloso con sus besos y él lo sabía. Nadie me había besado nunca como él. Él había sido demasiado para la niña curiosa que fui cuando salíamos.

―Puedes tener mi cuerpo cuando desees, Amelia. Pídelo y yo estaré gustoso de dártelo y ofrecerte cada parte de mí —me susurró al oído—. Solo para ti.

Eso sonaba demasiado tentador. ¿Cuándo había sido la última vez que me había sentido desnuda e intimidada bajo una mirada tan feroz? Cada poro de mi piel reaccionaba ante él de forma involuntaria. En sus ojos veía la promesa de cientos de horas ardientes a su lado.

—¿Me deseas, Am? —preguntó con descaro al separar los labios de mi boca. Me descubrí extrañando el contacto de su aliento sobre el mío. Me colmé en lo mucho que detestaba el poder que ejercía sobre mí y en la forma en que aún me hacía estremecer con su voz. Odiaba todo eso que él me provocaba.

—No —mentí llena de rabia.

—Mentirosa. —Freddy atrajo mi boca a la suya y me besó aún más fuerte que antes, usando su lengua como artimaña. Me zafé del agarre de sus brazos para poner las manos sobre sus hombros. Quería apartarlo, alejarlo para siempre de mí, pero en lugar de eso terminé por ceder y rodear su nuca con ambos brazos.

Lloré mientras abría su boca con mi lengua buscando degustar su sabor alcohólico y embriagante, porque él tenía razón: lo deseaba con una pasión tan desmedida que me asustaba.

No fue de extrañar que a esas alturas la toalla que llevaba se me hubiera caído mientras nos besábamos. Freddy acarició la tierna piel de mi espalda, sensible a su tacto. Desnuda y exhibida, estaba dispuesta para él. Había una cierta parte de su cuerpo que se había vuelto inquieta cuando me tocó como hace años, que comenzaba a avivar ansiosa a mis caricias bajo el apretado cierre de su pantalón y que terminó de despertar tras mi voraz apetito.

(Encuentra mucho más en Patreon. com/ BonitaHakone

Sentí su mirada sobre mí, queriéndome marcar como suya otra vez. Percibí la urgencia con la que deseaba estar en mi interior. Ya no le bastaba solo con verme, oler mi cuello o acariciar los montes endurecidos de mis senos para estar saciado. Él no se iba a conformar con menos que tomarme, y su sonrisa lasciva me lo dijo todo.

Maldije este día con toda mi alma. ¿Por qué lo estaba dejando entrar de nuevo a mi apartamento y a mi vida? Nosotros la pasábamos bien juntos, y Fred decía amarme con cada fibra de su ser, pero resultó no ser suficiente para él.

―¿Por qué tuviste que engañarme? —le pregunté llorando después de cerrar la puerta tras de él, interrumpiendo los besos que daba por mi cuello, obligándolo a mirarme de nuevo frente a frente―. ¡¿Por qué mierda tuviste que engañarme?!

Mis ojos lo observaron desde abajo con un brillo de determinación y un deseo que amenazaba con desaparecer. Las cosas, cualesquiera fueran las razones de su engaño, pudieron haberse arreglado sin que hubiera tenido que acostarse con otra. Ahora que lo tenía otra vez entre mis brazos, recordaba la razón por la que lo había sacado de mi vida.

—Porque soy un imbécil —respondió, mirándome a los ojos con total trasparencia.

Freddy me acorraló contra la pared con fuerza. Tomó con insistente deseo mi muslo hasta que lo levanté para que pudiera acariciarlo mejor estando de pie. Di un gemido cuando él me empujó hacia atrás y me embistió con su gruesa verga tan pronto se bajó el pantalón.

—Podría hacerte el amor una y otra vez y todavía no estaría ni un poco satisfecho —me susurró al oído. No me lo podía creer. ¿Era Fred el que me estaba diciendo eso? Fue como regresar el tiempo atrás, a los años en que él había sido mío por entero, a la época en que cada una de mis células le había pertenecido a él—. Mi dulce Am... pienso llenarte tanto de mí que ya no habrá espacio para nadie más.

En ese instante, no podía pensar en nadie más que no fuera en él.

¿Continuará?