Xtories

Compañeros de piso (escena I)

El calor es insoportable y la casa está vacía, pero la tensión entre Almu y Leo es eléctrica. Lo que empieza como un juego de trivia para matar el tiempo se convierte en una prueba de fuego para sus límites, y cuando la ropa cae, nada vuelve a ser como antes.

pobre de mi23K vistas9.6· 23 votos

—Me voy a hacer unos sándwiches para cenar. ¿Tú quieres?

—Es temprano todavía —respondió Leo al mirar la hora en el reloj de su ordenador—. Ahora después me preparo yo algo. Estos no han dicho nada todavía, ¿no?

—No. Y me extraña —Almu abrió el whatsapp para confirmar que no había mensajes nuevos en el grupo—. Con lo aficionado que es Pedro a ir enviando fotos y decir paridas mientras va en el tren.

—Irá entretenido… A lo mejor ha ligado.

— ¿Te imaginas? —se rio Almu—. Seguro que estaría loco por encontrar el hueco para contárnoslo.

—Empotrándosela por detrás en el baño y con el móvil en las manos. “Chicos, ¿A que no sabéis lo que estoy haciendo ahora mismo?”.

Se echaron a reír los dos, visualizando la escena.

—Qué personaje que es. Ya nos dirá algo antes o después. ¿Por dónde vas?

—Casi acabando —Leo revisó los papeles—. Termino de pasar a limpio estos cuatro folios, paso el corrector y listo. Ya me pondré a darle formato al texto mañana. ¿Tú vas a salir o algo?

— ¡Qué va! Si se ha ido todo el mundo a su casa. Y Cloe y Marta, que son las únicas que viven aquí, han aprovechado el puente para irse a Valencia a la playa.

—Debemos ser los dos únicos gilipollas que se han quedado aquí desperdiciando un puente.

—Seguramente… Entonces, ¿No quieres unos sándwiches?

—No, gracias. Si, además, me quiero acabar las albóndigas de mi madre; que se van a terminar por poner malas y llevo toda la tarde pensando en ellas.

—Pues ni santa palabra más. Ahora te veo cuando acabes.

Almu salió de la habitación de su compañero de piso y se fue a la cocina. “¿estáis vivos, cabrones?” iba escribiendo en el grupo que tenían los cuatro mientras iba por el pasillo. “Andrea, ¿tú qué?”.

Dejó el móvil en la encimera de la cocina y empezó a sacar lo que necesitaba para hacerse la cena. Cuando tuvo los sándwiches preparados los metió en el grill y, para aprovechar el tiempo, peló un par de patatas y las dejó metidas en agua para que Leo se las friera luego con las albóndigas.

— ¡Su puta madre! – Exclamó dolorida al sentir el calor del grill quemándole la piel del muslo casi a la altura de la cadera—. ¡Joder!

— ¿Qué ha pasado? —preguntó Pedro a voces desde su habitación

— ¡Que me acabo de quemar la pierna con el puto grill de los cojones! —protestó Almu mientras abría el electrodoméstico para sacarse la cena.

—Eso te pasa por cocinar en tanga. Os tengo dicho que os pongáis el mandil precisamente para evitar cosas así.

— ¡Con el calor que da y el tacto feo que tiene! ¡Quita, quita!

— ¿Estás bien?

—Sí. Si ha sido sentir el calor y pegar el bote. Espero que no me salga ampolla.

—Échate algo.

Almu se chupó el dedo y se frotó la quemazón. Sintió alivio. Desenchufó el grill y se llevó al salón el plato con la cena y una lata de cerveza. Tenía la luz apagada porque le temía hasta al calor de la lámpara y esa noche, como toda la semana que estaba terminando, estaba siendo de un caluroso insoportable. Ni siquiera servía de mucho tener la puerta del balconcillo abierta, como el resto de las ventanas de la casa. No corría una pizca de brisa.

—Ni quedándome en pelotas combato yo este calor —protestó Almu mientras se sentaba en uno de los dos sofás del salón y dejaba el plato con los sándwiches en la mesita de te—. Y eso que ya casi lo estoy.

Tanga y camiseta, esa la ropa de las chicas para andar por casa en verano. Los chicos iban en bóxer o con pantalones cortos sin ropa interior; según lo frescos que quisieran estar.

Habían encajado perfectamente los cuatro desde el primer día que entraron en la casa. No solo es que se apañaran perfectamente con las comidas, las limpiezas y las lavadoras, sino que había tanta complicidad entre ellos que, incluso andar en paños menores, no suponía un problema para la convivencia.

Almu terminó de cenar tranquilamente, llevó el plato y la lata vacía a la cocina y se cogió la segunda cerveza. Regresó al salón y se tumbó en el sofá. Cogió el mando e hizo un zapping en busca de algo interesante que ver. No había nada, lo más entretenido era un maratón de “callejeros viajeros”. Cogió el móvil para bichear sus redes sociales. El grupo de los compañeros del piso seguía teniendo el “Andrea, ¿tú qué?” como último mensaje.

Leo apareció por fin por el salón una hora y media después.

— ¡Pero mira que eres bonita! —exclamó cuando entró en la cocina y se encontró con las patatas peladas.

Se preparó la cena, cogió una cerveza y, antes de sentarse en el otro sofá del salón, Se acercó a Almu para plantarle un cariñoso beso de agradecimiento en la frente. Miró el móvil antes de pinchar la primera albóndiga.

—Lo de esta gente ya empieza a parecerme raro —le dijo a Almu con la boca llena.

Almu giró la cabeza para atrás para ir a responderle.

—Me estás enseñando toda la polla —exclamó con la misma naturalidad que sorpresa cuando se encontró el sexo de Leo asomando morcillón por la pernera—. Y no hables con la boca llena, que está súper feo —parecía molestarle más lo segundo que lo primero.

Volvió a poner la cabeza en una posición natural mientras que cogía de nuevo su móvil y Leo se recolocaba el paquete para que no estuviera a la vista.

—Estoy por llamar a Pedro —continuó diciendo Leo, después de tragar—. ¿A ti no te ha dicho nada Andrea, ni siquiera por privado?

Almu negó con la cabeza mientras tecleaba en el móvil—. Le estoy escribiendo yo, a ver…

Leo llamó a Pedro y puso el manos libres. Sujetaba el móvil en la mano. Sonaron cinco tonos antes de escucharle al otro lado del teléfono.

— ¡Tío! ¡Tío! ¡Tío! —Se escuchaba ruido de calle de fondo y la voz excitada de Pedro en primer término—. ¡No te vas a creer lo que me ha pasado!

—Que te has ligado a una en el tren —respondió Leo.

— ¡Hostias! ¿Cómo lo sabes?

Almu y Leo soltaron una tremenda carcajada que no había terminado cuando Pedro volvió a intervenir.

—Ya vale, cabrones. Que si os seguís riendo no me va a dar tiempo a contaros nada… ¡Hola Almu!

—Hola, follarín de los bosques —le respondió, controlándose ya la risa.

—Calla, calla… ¡Qué tía! ¡Qué cosas! —Pedro les contó brevemente la historia y se disculpó por no ser más extenso porque se había salido a la calle a responder la llamada. Estaba loco por contárselo a sus amigos—. Luego, si puedo, mando una foto al grupo para que la veáis. Pero me voy para dentro que está esperándome y no es plan de hacerla esperar. ¡¡Le he hablado muy bien de vosotros!!

Al finalizar la llamada, mientras Leo dejaba el móvil en la mesa, Almu y él se miraron y volvieron a estallar en otra carcajada.

— ¡La madre que lo parió! Tiene el cabrón una flor en el culo con las mujeres —comentó Almu mientras se levantaba del sofá—. Voy a por una cerveza.

—Oye, que no te he preguntado, ¿Y la quemadura? —le preguntó Leo a Almu cuando venía ya de vuelta de la cocina.

—Ahí está —Almu se llevó la mano a la cadera y estiró con dos dedos la piel del muslo alrededor de la quemadura mientras se acercaba a Leo para ponerle la pierna a un palmo de la cara— Picando un poquillo.

Leo alzó la mano para posar sus dedos también en el muslo de Almu para buscar la quemadura. Su dedo gordo casi rozaba el tanga de Almu junto a su monte de Venus—. No veo un carajo —protestó.

Almu se agachó para coger el móvil de Leo, que lo tenía más cerca, y, al hacerlo, finalmente hubo contacto y presión entre el dedo de uno y la prenda de la otra. Ninguno reaccionó, fue momentáneo. Lo desbloqueó, activo la linterna y se iluminó la pierna.

— ¡Ah, vale! Ahora sí lo veo —Leo quitó la mano de la pierna de Almu, se chupó el dedo y lo frotó suavemente sobre la quemadura—. ¿No te has echado al final nada?

—No —respondió Almu mientras apagaba la linterna y volvía a dejar el móvil de Leo en la mesa—. Lo mismo que me acabas de poner tú: una frotadita de saliva.

Almu rodeó la mesita para regresar a su sofá, volvió a tumbarse y cogió su móvil mientras que Leo reiniciaba su cena. Andrea seguía sin responder.

— ¿Tienes algún interés especial en ver esto? —Preguntó Leo, mirando a la tele—. ¿No hay otra cosa? He visto el Callejeros en Costa Rica por lo menos siete veces ya desde Semana Santa hasta ahora.

—Pues no sé si ahora habrá algo más entretenido —respondió Almu cogiendo el mando de la tele para empezar a hacer zapping—. Lo dejé cuando me puse a cenar porque era lo único que había…

Leo seguía cenando mientras Almu pasaba canales.

-Mierda en la primera, mierda en la dos, mierda en antena 3, mierda en Cuatro, Telecinco me lo salto directamente, mierda en la sexta… Tendríamos que ponernos de acuerdo los cuatro y pillarnos una cuenta de Netflix o algo.

— ¡Para, para para! —exclamó Leo cuando pasaron por Discovery Max— ¿Qué hacen esos dos en pelotas en medio de la selva?

— ¡Eso digo yo! —Reaccionó Almu—. ¿Qué hacen echando ahora un “aventura en pelotas” si esto lo ponen los domingos por la mañana? Ahora tendrían que estar con los “alienígenas” o el “Alerta policía”.

— ¡Joder qué control con la programación! —Dijo Leo entre risas—. ¿Pero es que sabes de qué va?

—Es un concurso de supervivencia. En cada episodio sueltan a una pareja de desconocidos en medio de ninguna parte en cualquier lugar del mundo y tienen que buscarse la vida para sobrevivir durante 21 días. Tienen que encontrar agua, hacerse un refugio, encender fuego y buscarse qué comer. Es una pollada, lo único que tiene que llame la atención es ver la de kilos que adelgazan y las tonterías que dicen de vez en cuando sobre lo de estar desnudos.

—Súper preparado, ¿no? Nada más que el morbo de echar por la tele a gente desnuda. Pero, vamos, que ¿para qué? Si encima les pixelan las partes pudendas…

—La falsa moralidad yankee… —protestó Almu—. Que luego mira las orgías que se montan allí los universitarios, ¡Que tienen copado el porno casero de Internet!

— ¿Pero es que tú ves porno, Almu? —preguntó Leo con un poquito de guasa y cierta sorpresa.

—A ver si tú no…

—Pero yo soy un tío y es casi una cuestión genética.

—Eso ha sido un comentario muy machista, que lo sepas… —El tono del reproche de Almu llevaba aparejado un colegueo guasón—. Entonces, ¿qué? ¿Lo dejo aquí o sigo zapeando?

—Pues, si te entretiene, déjalo aquí que vea yo si le pillo el punto…

Almu dejó el mando de nuevo sobre la mesa y se recolocó en su sofá tumbada boca arriba y con la espalda y la cabeza levemente elevadas por los cojines que tenía debajo. Leo continuó con la cena y, con el paso de los minutos, comenzó a mira a Almu de otra manera.

La tenía tumbada en el otro sofá, a su derecha, con la cabeza cerca de él y los pies cerca del mueble de la tele, y no podía evitar desnudarla con el pensamiento. Con la poca ropa que llevaba era muy fácil imaginar cómo sería si no la llevara. Su gran incógnita era saber si había o no había pelo debajo del tanga.

Almu, por su parte, también estaba reaccionando a las imágenes de la tele. En diez minutos se había recolocado el tanga, colando los dedos por debajo de los laterales para estirarlo, lo que no se lo había movido desde antes de que Leo apareciera por el salón para cenar. No quería girarse a mirarle, eso la delataría, pero sospechaba que su compañero no le quitaba el ojo de encima y, de alguna manera, aquello empezaba a excitarle.

Leo terminó de cenar y se levantó de su sofá.

— ¿Cómo andas de cerveza? ¿Te traigo otra? —le preguntó mientras recogía el plato y su lata vacía.

Almu se giró levemente sobre su costado izquierdo, por fin tenía la excusa para mirar a Leo y comprobar sus sospechas. Cogió su lata para tantearla y, como le quedaba un sorbo, la apuró.

— ¡Venga! —le respondió tras comprobar satisfecha que, bajo el pantalón, Leo tenía la polla bien morcillona. Y alargó el brazo para pasarle la lata vacía.

Conforme cogió la lata y se dio la vuelta para echar a andar hacia la cocina, a Leo se le dibujó una sonrisa enorme en la cara: Almu tenía los pezones erizados desde hacía unos minutos.

El puntito erótico-festivo del rato de después de cenar se mantuvo a cuenta de la tele. Tras terminar el capítulo que habían pillado empezado, comenzó otro. Y, de nuevo, un hombre y una mujer desnudos se las apañaban comiéndose una tortuga o una serpiente a la brasa mientras que, entre los “anoche algo estuvo rondando el refugio, creo que era una pantera” y los “hay que ir a por más leña”, se colaban otros comentarios del tipo “no me gustaría que una serpiente me picara en el pene” o “pensaba que pasaría más vergüenza por estar desnuda delante de un desconocido. Pero anoche, para combatir el frio, agradecí que me abrazara fuertemente por la espalda. Sé que mi marido no va a molestarse por eso, él sabe que le amo y que esto es supervivencia”.

Y Almu y Leo, en silencio y viendo la tele, iban retroalimentando su excitación acompañándola de vez en cuando con comentarios del tipo “pues estos tienen pinta de que se han hecho arrumacos” o “¡Culazo! Menos mal que eso no lo pixelan”.

—Pues, ¿Sabes lo que sí que le veo yo de bueno al programa este? —empezó a comentar Leo en una de eses veces que se decían algo—. Que, de alguna manera, normaliza la convivencia de hombres y mujeres desnudos. Es verdad que, al principio, reflejan ese pudor y esa excitación que tenemos ligada a la desnudez pero, con el paso de los días, ni le echan cuentas. Ya has visto cómo el marine ha sujetado a la rubia metiéndole las manos por el culo cuando se ha encaramado al árbol para coger la fruta esa. Seguro que estaba palpando breva y a ninguno se les ha visto gesto de incomodidad o de placer.

— ¡Hombre! Es que, cuando hay hambre, en lo último que piensas es en el sexo —le respondió Almu, tratando de justificar la escena bajo un velado “pero en cualquier otra circunstancia, una mano ahí les pone cardiacos a los dos”.

—A eso mismo me refiero —insistió Leo—. Que son más indecentes las películas que nos montamos en la cabeza cuando pensamos en gente desnuda que luego la realidad en sí.

—No estoy de acuerdo —Almu volvió a recostarse sobre su costado izquierdo para girar la cabeza hacia atrás y ver mirar a Leo—. Porque, si yo me subo desnuda en tus hombros para colgar algo del techo, por ejemplo, y te estoy frotando el potorro en la nuca, ni tú ni yo pasamos por alto que te estoy frotando el potorro en la nuca.

—Las primeras veces seguramente no, como les pasa a estos al principio del programa. Pero cuando lleves seis o siete veces teniendo que subirte en mis hombros, nos importa tres mierdas a los dos hasta que te subas con el potorro chorreando.

— ¡Qué borrico eres! —espetó Almu con una sonrisa de haberle hecho gracia el comentario, por poco delicado que hubiera sido.

Estuvo a punto de añadir un “y, lanzarme esa teoría con el rabo gordo como lo tienes, te resta mucha credibilidad”, pero se lo calló por varias razones. Primero porque la excitación de sus pezones daba la misma cuenta de la realidad que el rabo gordo de Leo; segundo porque sabía que tenía razón y que, normalizado el desnudo, se puede desvincular naturalmente de comportamientos estrictamente sexuales. Y, tercero, porque se lo estaba pasando muy bien mientras que, todavía, existía en ellos esa relación desnudez-sexualidad que le tenía tan animada incluso solo con una charla.

— ¿Estoy mojando el tanga? ¡Estoy mojando el tanga! —se dijo para sus adentros.

Y se le escapó una risa al visualizarse subiéndose ahora sobre los hombros de Leo para, por ejemplo, colgar algo del techo.

— ¿Nos echamos un trivial o algo? —Propuso entonces para rebajar un poco la tensión sexual que se estaba acumulando en el salón.

— ¿Y, si duplicamos quesito, nos robamos prenda?

Almu se quedó ojiplática. No se esperaba una reacción tan rápida y tan libidinosa de Leo a su propuesta y tardó un par de segundos en reaccionar.

— ¡¿Cómo que nos robamos prenda?!

—Sí. Imagina que yo consigo mi quesito naranja y que, en una tirada, puedo volver a caer en el quesito naranja. Si acierto la pregunta, te quitas una prenda.

—Ya, claro… Y, con lo bien que se te dan a ti las preguntas naranjas, me dejas desnuda en tu primer turno.

—Mejor, ¿no? Así normalizamos antes el desnudo entre nosotros —remató Leo con un poquito de sarcasmo.

Almu, que, en un primer momento, fue a responderle un “es que, a lo mejor, yo no quiero normalizar el desnudo entre nosotros”, se dio cuenta de que esa iba a ser una respuesta desafortunada porque la dejaba en mal lugar. Podría argumentar que era por preservar su intimidad, pero eso era crear una barrera que no existía en el piso; no eran de andar desnudos, pero casi. La complicidad de los cuatro alcanzaba esos niveles y, poner un límite ahora, era abrir una grieta. No, no podía dar esa respuesta. Era como admitir también que quería seguir manteniendo en sus convicciones que el desnudo va intrínsecamente ligado con el sexo; cosa que no pensaba y que iba en contra de su propia coherencia.

— ¿Y, si fallas, en vez robármela a mí, te la quitas tú?

—Si fallamos, la máquina nos quita el quesito. ¡¿Te parece poco?!

Esa respuesta, en la que no había caído, alimentó el espíritu competitivo de Almu. El riesgo de perder una prenda contra poder tomar ventaja para ganar la partida le pareció interesante y asumible. Estaba aceptando que, seguramente, antes de terminar la noche los dos estarían desnudos en el salón. Y no solo le gustaba la idea por las razones propias de ganar la partida sino porque, además, acababan de encontrar un “in crescendo” para el puntito sexual que tenía la noche y que le excitaba tanto como sinceramente le apetecía.

Leo estaba igual, llevaba un buen rato deseando que la desnudez llegara al salón; que pudiera disfrutar del cuerpo de Almu sin ropa y que su pantalón dejara de estorbarle para que su erección culminara en total libertad. Tenía un calentón considerable y, aunque fantaseaba con la que sabía poco probable posibilidad de follar con Almu, le quedaba la ilusión de que, vivir una noche de morbo con ella, bien valía como preámbulo a la paja que luego se podría calzar en su habitación.

—Me voy a poner una copita para jugar —Almu se incorporó del sofá tras aceptar la propuesta de Leo—. ¿Te pongo a ti otra?

Leo la recorrió con la mirada, del tanga a los ojos.

— ¡Hombre, por favor! Esas cosas ni se preguntan —le respondió con una enorme sonrisa de felicidad.

Almu también sonrió al mirar desde una nueva perspectiva el bulto que se contorneaba en el pantalón de Leo.

—Pues ve encendiendo la consola.

Las cartas estaban sobre la mesa, ahora los dos sabían que eran partícipes de un juego morboso al que, a ambos, le apetecía jugar. Almu regresó de la cocina con un par de copas y Leo ya tenía el mando de la consola en la mano y la partida lista para empezar.

No había pasado ni un cuarto de hora de partida y Almu fue la primera en tener la oportunidad de desnudar a Leo. Tenía ya el quesito azul y los dados le dieron la opción de probar suerte. Ni se lo pensó, se metió en la casilla del quesito azul.

— ¿Preparado? —le preguntó, mirándole a los ojos y con algo de sarcasmo, antes de pulsar para confirmar el movimiento y que la máquina lanzara la pregunta.

—Me vas a hacer un favor si aciertas —le respondió Leo con juguetona ironía.

Un escalofrío recorrió la espalda de Almu, estaba tan nerviosa como excitada. Tomó aire, miró a la pantalla, pulsó el botón y sonrió de oreja a oreja cuando leyó la pregunta. Volvió a mirar a Leo fijamente a los ojos primero, al pantalón después y, de nuevo, a los ojos.

—Cabo-de-hornos —dijo en voz alta, silabeando con seguridad. Y, mirando de nuevo a la pantalla para asegurarse de que marcaba la respuesta correcta, pulsó el mando.

Respuesta correcta.

Volvió a girarse satisfecha para mirar a Leo y, con un simpático arqueo de cejas, señaló con la barbilla a su pantalón. Era el momento de cobrarse su premio. Leo, por su parte, se llevó las manos a la cintura del pantalón, la cogió por las caderas y, levantando un poco el culo para separarlo del cojín, empezó a tirar de la prenda para abajo.

Una erecta y rasurada polla de 18 centímetros apareció completa por primera vez ante los ojos de Almu.

—Te presento al Cabo de hornos —le dijo entonces Leo con voz ceremoniosa.

Se echaron a reír poseídos por los nervios, la excitación y la indudable gracia metafórica que tenía el nombre con el que Leo acababa de bautizarse la polla. Ni a posta podría haberles salido un momento más excitante y sugerente.

Tras recomponerse de este primer encuentro, Almu acertó un par de preguntas más antes de fallar una y de cederle el turno a Leo. Y, en una ronda que parecía dirigida por la mismísima diosa Fortuna, a Leo le bastaron diez minutos para conseguir tres quesitos y desnudar completamente a Almu. Primero le robó la camiseta y Leo se reencontró con las aureolas pequeñitas y los pezones erizados de un par de tetas que ya había tenido oportunidad de ver en alguna ocasión fortuita; de las de encontrarse accidentalmente en el baño al salir de la ducha. Y, luego, al ganarle el tanga, dibujó en su cara una enorme sonrisa de felicidad cuando por fin conoció al rosadito y depilado horno de su compañera de piso.

—Entonces, según nuestras teorías, ahora toca lo de seguir comportándonos como si nada, ¿no? —Preguntó Almu para frenar el excitante descontrol que se podía desencadenar y que iría en contra de sus argumentos de la noche—. ¿No hay nada que tengamos que colgar del techo? —bromeó también, para relajar el frenazo.

—Te me subes tú ahora a los hombros y, me da a mí, que te resbalas y vas de cabeza al suelo de como me pones la nuca.

El palo que, a mano abierta, le pegó Almu a Leo en el hombro, se escuchó hasta en el edificio de en frente.

—De verdad que no puedes ser más burro.

Volvieron a echarse a reír para liberar tensiones y se dedicaron las primeras miradas sin pudor a sus cuerpos desnudos. Dentro de la excitación que les sostenía, iban normalizando la situación poco a poco.

Volvieron a acomodarse tumbándose cada uno en su sofá. Colocados en forma de “L”, tenían las cabezas próximas y los pies en los extremos. Leo, en el sofá frente a la tele, tenía en su campo de visión la pantalla y a Almu, tumbada en su sofá. Ella, por el contrario, tenía que girar la cabeza si quería verle. Y aprovechaba cada cambio de turno para, con la excusa de pasarle el mando, echarle un vistazo. Ni a él le bajaba la erección del “cabo de hornos” ni a ella la excitación de sus pezones y el brillo de sus labios vaginales mientras seguían jugando.

No habían terminado la primera partida cuando les sorprendió el ruido de unas llaves en la cerradura de la puerta de entrada. Antes de que les diera tiempo a reaccionar más allá de pasar de estar tumbados a sentarse, Andrea apareció en el salón encendiendo la luz. Traía los ojos hinchados, como si viniera de pegarse una llantina importante y, cuando se los encontró desnudos en el salón, se quedó inmóvil, dejó caer su mochila al suelo y les miró boquiabierta.

—Mejor no pregunto —Fue todo lo que, incrédula, dijo mientras que volvía a apagar la luz, cogía la mochila y luego cruzaba el salón en dirección al pasillo, camino de su dormitorio.

— ¡¿Qué ha pasado?, ¿Qué haces aquí?!—le dio tiempo a preguntar a Almu cuando salió del shock inicial.

— ¡Mejor no preguntes! —voceó malhumorada desde el pasillo como respuesta.

Almu y Leo se miraron desconcertados. De repente, el ambiente de morbo y complicidad que habían ido creando en las últimas horas, se les acababa de desmoronar de un plumazo. Sin embargo, no se dieron cuenta de algo relevante: acababan de normalizar el desnudo ante cualquier situación.

—Voy a ver qué le pasa —dijo Almu, levantándose del sofá—. Rellena las copas.

Almu salió del salón y se fue en busca de Andrea. Su amiga estaba quitándose la ropa en el dormitorio. Le volvió a preguntar qué había pasado.

— ¡Que soy una gilipollas sin remedio y que me tengo hasta el coño! ¡Eso es lo que me pasa!

Estaba alterada y visiblemente descompuesta. De camino a la estación se había encontrado con Marcos, un ex por el que sentía una atracción fatal y que era su perdición. Marcos siempre la liaba y ella se dejaba llevar a pesar de que, en su fuero interno, sabía que nunca podría venir nada bueno de sus intenciones. Había vuelto a ocurrir. La había vuelto a engatusar, proponiéndole un puente furtivo de sexo y caprichos y había picado. Pero, después de unas horas de lujuria y desenfreno, volvió a aparecer el Marcos tóxico y dañino y habían tenido una nueva bronca del quince; otra más que sumar a la interminable lista de recaídas y decepciones. Andrea se había pasado las últimas dos horas sola en un parque, con un importante ataque de ansiedad hasta que por fin había podido tomar de nuevo el control de sus emociones. Volver a casa era su mejor y única opción.

—He perdido el puto tren y he perdido el puto día. Cogeré el de mañana —se lamentaba una vez que su respiración había vuelto a estabilizarse y empezaba a estar de nuevo más calmada—. Alejandro viene de camino, por cierto.

Alejandro era un follamigo. Andrea era muy dada a apaciguar sus ataques de ansiedad follando hasta caer rendida. Almu sonrió al escucharla. Si Andrea ya había llamado al “quitapenas”, es que ya estaba bastante más tranquila.

— ¿Me cuentas ahora qué cojones estaba pasando en el salón?

—Una mezcla de calor, colegueo, morbo y calentón. Una cosa muy rara, tía.

—Pues mejor si la casa ya está ambientada, así me sentiré menos culpable ahora cuando me encierre en la habitación con el “quitapenas”.

Sonó el porterillo automático del piso. Almu y Andrea salieron desnudas del dormitorio de esta última y regresaron hacia el salón: Almu para darle novedades a Leo mientras se ponía la camiseta y Andrea para abrir la puerta. Leo se había vuelto a poner el pantalón y su inquietud era notable. Había dos copas nuevamente rellenas sobre la mesita.

Andrea y el “quitapenas” pasaron casi como una exhalación por el salón de regreso al dormitorio. Ella, delante, le llevaba cogido de la mano y casi tiraba de él para que no tuviera opción ni de detenerse a saludar a los compañeros del piso. Andrea estaba sentándose de nuevo en su sofá después de haberse puesto el tanga de nuevo. Saludaron al “quitapenas” levantando un poco la mano y acompañando el movimiento con un “Hey” casi gutural y, tras un instante, la casa volvió a su singular normalidad.

Entre susurros, Almu le fue contando a Leo los pormenores del inesperado regreso de Andrea a casa; dejando pasar un tiempo prudencial para asegurarse de que, definitivamente, el salón y el dormitorio de Andrea volvían a ser dos mundos diferentes dentro del pequeño microcosmos que era el piso de estudiantes.

—Seguimos con la partida, ¿no? —preguntó Almu, que volvía a desnudarse.

— ¿Eh? ¡Ah! Sí, claro —reaccionó Leo, que también se volvió a quitar los pantalones.

Ninguno de los dos había perdido la excitación sexual que les embriagaba. Almu seguía con sus pezones erizados y la erección de Pablo, aunque algo menor, todavía le mantenía la polla en un interesante tamaño morcillón.

— ¿Andrea habrá sido consciente de que ha pasado en pelotas por delante de mis narices como si nada? —preguntó Leo mientras jugaban—. Porque me ha parecido y se me hace súper raro…

—Con el ataque de nervios que traía, yo creo que estaba tan preocupada en follar para desfogar que ni lo ha pensado. Aunque, seguramente, encontrarnos a nosotros en bolas también haya influido en esa despreocupación.

— ¿Te ha dicho algo?

—Que qué cojones estábamos haciendo, literal —se rio Almu.

— ¿Y tú qué le has dicho?

—Que estamos de colegueo y la cosa ha ido saliendo así. Te toca… —Y le pasó el mando tras fallar una pregunta del trivial sobre tribus africanas.

La naturalidad con la que Almu se había adaptado a la morbosa situación de la noche provocó que Leo volviera a fantasear y a calentarse sobremanera. Ella se había vuelto a tumbar en su sofá y se había acomodado flexionando la pierna derecha para apoyarla contra el respaldo. La examinó detenidamente con una visual pausada mientras jugaban: las piernas levemente abiertas, el brillo de la pantalla iluminándole el cuerpo en la oscuridad del salón, el sexo expuesto sin pudor y aquellos dos pezones delatadores. Leo quería creer que Almu estaba excitada y, pensarlo, hizo que el cabo de hornos se le volviera a poner duro como una piedra. Se comería entera a su compañera de piso allí mismo si hubiera ocasión.

Del dormitorio de Andrea comenzaron a salir gemidos femeninos a través de la puerta cerrada. Los pezones de Almu, que seguía en el sofá como si nada, terminaron de erizarse. Como se suele decir, ahora sí que “venía con las largas puestas”.

Leo falló en su turno y, en acto de tentativa, al pasárselo a Almu, se encargó de sujetar el mando desde un extremo y se aseguró de que, el otro, se le apoyara sobre la teta izquierda, casi tocando también pezón.

—Te toca.

Almu cogió el mando con la mano derecha, se lo acomodó sobre el vientre para volver a manejarlo con las dos manos y, en un acto reflejo inconsciente, soltó la mano izquierda un segundo para rascarse un instante el monte de venus. A Leo no se le pasó por alto ese movimiento ni tampoco el hecho de que el clítoris de Almu estaba hinchado y se había abierto hueco para asomar en el nacimiento de sus labios superiores.

Leo ya no se pudo contener y, mientras Almu tiraba el dado y miraba la pantalla para decidir qué casilla escoger, se levantó de su sofá. Lentamente se acercó al de Almu y se arrodilló ante ella a la altura de su sexo, mirándolo y mirándola con dulzura pícara.

— ¿Qué haces? —preguntó Almu en un medio susurro con un tono que sonaba más sugerente que escandalizado.

—Ponértelo un poco más difícil para que no me ganes —le respondió mientras, con delicadeza, le cogía la pierna izquierda para bajarla del sofá al suelo.

El chispazo de sus miradas abrió las puertas de la locura y, con una sonrisa nerviosa de deseo, Almu volvió a levantar la vista para mirar al juego; dándole permiso a Leo para que hiciera lo que sospechaba que iba a hacer.

Después de unos primeros y suaves besos de aproximación por la cara interior del muslo, Leo empezó a comerle el coño. Almu, encantada, trató de seguir jugando.

Al cabo de cinco minutos, en los que le fue costando cada vez más mantener la concentración en el juego, terminó por soltar el mando sobre la mesita. Leo levantó la vista para verla cómo lo dejaba y no se detuvo. Por el contrario lo que hizo fui añadir las manos a su intervención y, finalmente, ambos se dejaron llevar por el placer de una comidita muy bien hecha.

— ¡Que aproveche! —La voz de Andrea, que cruzaba el salón del dormitorio a la cocina, les sobresaltó.

Almu reaccionó abriendo los ojos y, al ver a Andrea y escuchar sus buenos deseos, levantó la pelvis en un acto reflejo de excitación para oprimirse el coño contra la boca de Leo. Él, por su parte, le sostuvo la mirada a Andrea durante un segundo sin dejar de saborear el manjar que se estaba comiendo. Luego volvió a cerrar los ojos y a centrarse en su deseo.

Almu comenzó a gemir antes de que Andrea volviera a salir de la cocina, y eso que no tardo ni un minuto en volver a pasar con un par de cervezas en las manos. Ni la vieron ni se preocuparon.

—El día que yo gane al trivial, quiero el mismo premio —les dijo sin detenerse, de regreso a su dormitorio.

Leo se detuvo, se giró para mirar a la tele y se encontró con que Almu había ganado la partida antes de soltar el mando. La miró. Ella le dedicó una sonrisa burlona y le echó las manos a la cabeza para que no se desconcentrara y siguiera a lo que estaban. Leo, encantado, obedeció.

Cinco minutos después, Almu se estaba corriendo en el sofá.

Se recrearon en el punto de fuga. Leo tenía lengua para buscarle el segundo, pero Almu le fue pidiendo aire y, lentamente, se acabó por detener el primer asalto con una enorme sonrisa de satisfacción en la cara de ambos.

Cuando el pulso y la respiración regresaron a constantes de relajación, se miraron a los ojos y estallaron en una carcajada secuestrada. Estaban viviendo un excitante y surrealista disparate.

— ¿Han dejado la puerta abierta? —preguntó, casi afirmando, Leo.

El eco de los gemidos de Andrea no dejaba lugar a dudas.

Leo se levantó del suelo y Almu del sofá, iba al baño. Cuando asomó al principio del pasillo se dio la vuelta para, con una sonrisa pícara, confirmarle a Leo la sospecha: la puerta del dormitorio de Andrea estaba abierta de par en par. Definitivamente, la casa se había convertido esa noche en un refugio de la desinhibición.

Al adentrarse en el pasillo y pasar por la puerta, Almu miró al interior de la habitación: iluminados por la luz de la ciudad que entraba por la ventana del dormitorio, Andrea a cuatro patas sobre la cama y Alejandro, el “Quitapenas”, colocado detrás de ella, follaban plácidamente de cara a la puerta. Apenas se inmutaron cuando reconocieron su silueta caminando por el pasillo.

Leo se había vuelto a sentar en su sofá, con los pies en el suelo y la espalda y la cabeza apoyadas en el respaldo, y estaba sobándose la polla cuando Almu regresó del baño. No se detuvo al verla, por el contrario se recreó mirando a placer a su desnuda compañera de piso.

—Estás buena de más —le dijo—. Qué ganas tenía de poder decírtelo con franca lascivia.

Almu, en lugar de rodear la mesita para volver a su sofá, lo que hizo fue acercarse directamente al de Pedro y se arrodilló frente a él, abriéndole las piernas para hacerse hueco.

—Yo también te voy a decir con despreocupada lascivia que me apetece un huevo comerte la polla.

Y, sin más, abrió la boca para llenársela de nabo.

En el salón, los primeros gemidos de Leo informaban de que Almu estaba haciéndoselo pasar muy bien; desde el dormitorio, los de Andrea avisaban de que estaba a punto de correrse.

Almu no tenía prisa, mamaba con ritmo pausado mientras que le masajeaba los huevos a Leo y disfrutaba del momento. Incluso coló la mano que le quedaba libre en su entrepierna para estimularse ella también. La casa sonaba y olía a sexo y, aquel ambiente, favorecía las ganas de prolongar el desatado calentón tanto como fuera posible. A Leo le costaba mantener los ojos abiertos.

Andrea se corrió, se enteraron hasta los del edificio de enfrente. Alejandro la siguió casi de inmediato. Se había estado conteniendo buscando primero el orgasmo de la chica y, cuando lo reconoció, se le disparó el movimiento de caderas y solo tardó un par de embestidas en alcanzar también el suyo. Almu se puso como una moto al oírles y también aceleró el ritmo y la intensidad con la que succionaba. Los gemidos de Leo llegaban nítidamente al dormitorio de Andrea.

—Hija de puta —balbuceó entre jadeos de placer.

Ella le miró, dedicándole la más morbosa de sus miradas y el respondió con espasmos en la polla. Peleaba consigo mismo por mantener los ojos abiertos, no se quería perder el placer añadido de aquella lujuriosa mirada. Se empezó a correr.

Y Almu se lo fue tragando sin dejar de mirarle.

Almu no se había sacado aún la polla de Leo de la boca cuando Andrea apareció por el salón.

—Qué aproveche —les volvió a decir pero, esta vez, con una sonrisa divertida por la locura de noche que estaban viviendo. Desnuda, se sentó junto a Leo en el sofá y observó como Almu terminaba de dejarle reluciente el rabo. Los tres estaban saboreando la desinhibición de la noche.

—Álex!! Vente al salón —le voceó Andrea al “Quitapenas”. El muchacho apareció casi enseguida—. ¿Partidita de trivial por parejas mientras nos reponemos? Chicas contra chicos. Quien gane, se folla a los otros.

Y el dado comenzó a girar en la pantalla de la tele.