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Dominaciónmay 2022

Un encuentro inesperado y ansiado 1

La ceniza cayendo en su cerveza no era un accidente, era una prueba. Ella no buscaba un amante, buscaba un súbdito, y en la terraza de una noche calurosa, Luis descubrió que su deseo de obedecer era más fuerte que su vergüenza.

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Llevaba ya mucho tiempo intentando encontrar a esa mujer con la que compartir mí condición de sumiso. Había navegado en internet tanto en chats como en páginas especializadas pero solo había chicas jóvenes para sesiones esporádicas y en su caso cobrando. No era lo que buscaba.

Como solía hacer de cuando en cuando baje a tomar una cerveza a la terraza próxima a casa. Al llegar tome una mesa y me dispuse a echar un rato que me alejara del stress del día. La cerveza fría contribuiría a refrescar el calor de la noche. Así estaba cuando mi vista se paró en un punto que llamó mi atención, era la mesa que se encontraba en la esquina de la terraza y que estaba siendo ocupada por una mujer algo mayor que yo y cuyo atuendo hizo que el recorrido de mi visión se detuviera.

Mis ojos iniciaron un recorrido de abajo a arriba: botines negros de tacón alto y fino, pantalón pegado de cuero del mismo color, jersey de cuello ajustado que hacía resaltar sus pechos y por fin alcancé a ver su cara. Era una mujer de unos cincuenta y tantos años, muy cuidada, de pelo negro y corto y con unos ojos preciosos que al cruzarse con mi mirada hizo que disimulara rápidamente y dirigiera mi atención a otro lado de la terraza.

No se que me paso pero un nerviosismo intenso e interno me hizo tomar el vaso y al ir a beber parte de la cerveza se derramo por mi boca. Tome una servilleta para secarme y pude darme cuenta que Ella me miraba y se sonreía.

Procure seguir pasando la noche intentando no fijarme en Ella de esa manera en que lo había hecho. Sin embargo Ella no se recataba en mirarme sin apartar su mirada de mí.

Realmente me sentía incómodo y no sabía que hacer para tranquilizarme. Cuando paso el camarero le pedí otra consumición y fue al alejarse este cuando vi como intentaba encenderse un cigarrillo y que su mechero parecía no querer hacerlo. ¿Me levanté y le ofrecí mi mechero?, ¿la ignoro? En esas diatribas estaba cuando me di cuenta de que Ella ya había decidido lo que yo tenía que hacer.

Desde su mesa y con el cigarrillo entre sus labios movía sus dedos indicándome que me acercara y le diera fuego.

Con un temblor de piernas y con un rojo subido a mis mejillas me levanté y me acerqué a Ella.

- Gracias eres muy amable. Creía que no te acercarías a darme fuego.

No supe lo que debía hacer, si acercar el mechero a su cigarrillo y mirarla más de cerca o por el contrario dárselo y regresar a mi mesa. Mi imaginación se disparó y todo revoloteó en mi cabeza.

- Si lo deseas puedes compartir la mesa conmigo.

- Gracias es usted muy amable.

El camarero al ver mi cambio de mesa me pregunto si me servía allí. No me dio tiempo a responder.

- Por supuesto sírvale aquí, dijo Ella de forma rápida y sin lugar a dudas.

Mientras la miraba, mi mente seguía ocupada haciendo que mis fantasías pugnaban por hacerse realidad. Debía tranquilizarme y estar más atento. Para ello tome el vaso y di un trago.

- Ten cuidado no se te vaya a derramar como antes y se rio mirándome.

- Lo siento.

Al dejar el vaso en la mesa vi como acercaba su cigarrillo a mi bebida y me preguntaba algo que realzó mi nerviosismo.

- ¿Puedo echar la ceniza en el vaso?

- No me importa, contesté.

- Gracias, así te sabrá mejor la bebida.

Dicho esto dejó caer la ceniza en mi cerveza.

- Brindemos.

Levanté mi vaso y lo acerqué al suyo. Dimos un sorbo a la bebida y procedimos a presentarnos.

- Me llamo Luis, no le había visto antes por aquí. Yo suelo venir a menudo.

- Creo que nuestra presentación ha sido ya, no crees. Me llamó Paula pero me gustaría que me llamaras “Señora”.

Siguió fumando su cigarrillo y depositando la ceniza en mi bebida.

- ¿Qué tal te sabe la cerveza ahora con la ceniza de mi cigarrillo en ella?

- Ha realzado su sabor, gracias. Nunca imaginé que sabría mucho mejor así.

- Sin embargo yo creo que sí lo sabías o al menos lo imaginabas y lo deseabas, ¿no?

No supe que contestar. ¿Cómo había adivinado mi condición de sumiso?

- Nunca la había probado así.

- Siempre hay un principio y todo depende, puede haber un después.

- ¿Te importaría si apago el cigarrillo en ella?

Sin poder contestarle le acerqué mi vaso.

- Eres muy amable. Me gusta tu disposición. Para mí es muy importante.

- Gracias Señora.

- Demos un trago que hace algo de calor.

- Si.

- Veo que has tomado mi colilla. Enséñame tu boca.

Abrí mi boca y le enseñé su colilla sobre mi lengua.

- Me gusta lo que has hecho. Échala en el cenicero, no es saludable que la tragues.

- Gracias

- Y a ti, ¿te gusta que lo haya hecho?

- Si he de serle sincero le diré que si. Me ha encantado obedecerle.

- ¿Te gusta obedecer entonces?

- Si, Señora.

- A mí me gusta que se me obedezca de inmediato sin cuestionar nada.

- Yo lo haré si Usted me lo permite.

- ¿Estás seguro? Bueno creo que debemos seguir conociéndonos. Toma mi e-Mail estaremos en contacto. Ahora he de marcharme. Espera que yo me ponga en contacto contigo. Tú no tienes mi permiso para hacerlo, recuérdalo.

- Si, Señora. ¿Me permite que le acompañe hasta el coche?

- Primero paga y sí, acompáñame.

Pague lo que habíamos tomado y a su lado camine hasta el coche.

- Toma las llaves, me llevarás a casa. Hoy vas a ser mi chofer particular.

- Gracias, es un honor para mi el serlo.

Abrí la puerta y tras acomodarla en el asiento me dirigí hacia el asiento del conductor. Ella me iba indicando la dirección a tomar. Vivía en una urbanización a las afueras de la ciudad. Al llegar le abrí la puerta y le di las llaves.

- Veo que me has entendido. Al permitirte que me traigas en coche a casa ya has supuesto que volverías andando. Me gustas. ¡Dame fuego!

Con prontitud le acerqué el mechero. Sus labios apresaron el cigarrillo dando una fuerte calada para después acercar su boca a mi cara y echarme todo el humo.

- No me apetece fumar más.

Lo tiró al suelo y se marchó. Cuando creía que ya había entrado en su casa y procurando que no me viera, me agaché para coger el cigarrillo del suelo aún encendido y así aspirar el sabor de su boca. Una sonora sonrisa me paralizó.

- Ja, ja, ja sabía que lo harías. Me gustas. Puedes fumártelo por el camino.

- Gracias, Señora.