Diario de una adicta al sexo. Capítulo 12.
Sofía creía conocer su cuerpo, pero las imágenes que recibió del médico revelaron un abismo de deseo que no sabía que habitaba en ella. Ahora, entre la vergüenza y la excitación, debe decidir si sigue controlando su vida o se entrega por completo a la sumisión que siempre soñó.
EN EL PARQUE
Al llegar a casa pasé inmediatamente a la ducha. Mi cuerpo olía a los jugos del sexo a kilómetros de distancia e, incluso, pude captar las miradas de algunos transeúntes atraídos por mi especial aroma. Al ver mi uniforme blanco, le restaron importancia, tal vez suponiendo que era uno más de los desagradables aromas del hospital. Mis padres no estaban en casa. De hecho, todas mis incursiones sexuales las programaba cuando ellos no estaban. No podría explicar porque llegaba ataviada como una enfermera, ni mucho menos mi profundo olor a sexo.
Una duchada, metí la ropa utilizada ese día a la lavadora. Necesitaba borrar todo indicio de la aventura de esa tarde. Y tenía que estar lista para cualquier otro servicio a ese cliente. Fue ahí donde recordé la memoria que me habían dado. Así que en espera de que la ropa estuviera lista, decidí ver que es lo que me habían dado.
Había tres carpetas. La primera tenía mi nombre, es decir, venía señalada como «Enfermera Sofía». La abrí y fue grande mi sorpresa cuando mostró un par de videograbaciones del consultorio, de mi visita aquella tarde. Al principio, sentí un gran enojo por aquellos videos. Nunca había dado ni autorización para realizarlos. Cierto era que, en la página de escorts a la que estaba agregada había una clausula donde permitía videograbar mis encuentros. Pero cuando eso había sucedido, siempre había sido informada. Y siempre autorizaba, pero tratando de que mi cara no fuera captada por la cámara.
Sin embargo, a medida que avanzaba el video, el verme tendida ahí, atada, con las piernas al aire y mi sexo al descubierto, con aquel sujeto ejecutando sus violentas embestidas, hizo que mi sexo se mojara nuevamente. El enojo pasó rápidamente. Ahora volvía a estar excitada. Tuve que tomar mi viejo dildo para darme un poco más de placer, mientras me contemplaba en el segundo video, ahora desde otra toma. Me vi ahí, como una muñeca sexual, inmóvil, mientras el médico me hacía completamente suya, sin un mínimo de delicadeza. Y mientras en el video mi cara señalaba el punto de un orgasmo, yo llegué a uno nuevo con mi vibrante dildo.
Si me hubieran dicho previamente de qué se trataba el servicio, posiblemente lo hubiera rechazado. Pero ahora, al haberlo vivido, al haber estado sometida, indudablemente lo volvería a hacer.
Ahora tocaba el turno de la segunda carpeta.
Y lo que vi, me dejó boquiabierta. Había una gran colección de imágenes correspondientes a una media docena de jóvenes mujeres. Lucían desnudas, lo cual no era problema. Lo extraordinario era como estaban colocadas: atadas en distintas posiciones a una silla con reposabrazos, de pie con los brazos atados sobre sus cabezas, inmovilizadas con las extremidades separadas sobre una cruz de San Andrés o en distintas posiciones sobre un poste de madera, colgadas al aire por medio de arneses clavados al techo y las piernas separadas con cuerdas a sus tobillos, sometidas en una picota de madera, esposadas a un banco del sexo, o colocadas a cuadro patas por una estructura tubular que las sujetaba al cuello, muñecas y tobillos para no abandonar esa posición. Invariablemente, todas lucían su sexo a plenitud. Con esas posiciones, no había forma de resistirse a una fácil penetración. Algunas lucían sexy lencería o se encontraban amordazadas. De hecho, en algunas tomas podía verse al médico (mi cliente), penetrándolas en esas posiciones.
Mi cliente era fanático del bondage.
Y lo más interesante, su secretaria también aparecía en algunas fotos. La elegancia de su traje sastre era sustituida por lencería, corsé y ropa de cuero negro. Ella también penetraba a las jóvenes usando un strap-on. En otras fotos, el médico tenía sexo con la secretaria y la joven, penetrando a una y brindado sexo oral a la otra. En algunas situaciones, los dos penetraban a la incauta.
Estaba impresionada.
Había visto imágenes similares en la red. Debo admitirlo, había sentido una curiosidad enorme por tener una experiencia así. Había soñado con ser una de esas modelos, atada, inmovilizada, con mi sexo forzadamente dispuesto a ser penetrado. Fantaseaba con ser sometida, con reducirme a un objeto sexual, a recibir el castigo de un pene o un enorme dildo sin ofrecer ningún tipo de resistencia. Recordé la cita en su consultorio, la mesa ginecológica, las piernas al aire, las rudas penetraciones.
Me había encantado mucho. Lo había gozado enormemente.
Solo pensar en ello hizo que mi sexo se calentara y se humedeciera. Bajé mis bragas e introduje un pequeño vibrador encendido a mediana potencia. Después subí mis bragas para mantenerlo ahí, mientras seguía revisando las imágenes por segunda vez. Me sentía cada vez más cautivada. Ya había soñado con estar en situaciones similares. Pero habían sido solo eso, meros sueños. Ahora había una posibilidad de realizarlos. Fue cuando me pregunté si podría dar ese paso.
«Pero, ¿qué diablos?», pensé. «Te subiste a una mesa ginecológica, dejaste que te ataran las manos y las piernas a la mesa y no ofreciste ninguna resistencia. No dijiste nada», me dije.
Quería hacerlo, pero tenía miedo. Si habían tomado video de mi sesión en la mesa ginecológica, seguramente también lo harían si aceptaba una nueva cita. Y si me negaba, posiblemente no sería de su agrado. Me quedaría con las ganas. Abrí nuevamente los videos de mi sesión. Mi sexo estaba complacido. Me movilicé en la silla y apreté las piernas, a fin de mover y sentir mejor las vibraciones del dildo que rellenaba mi vagina. Viendo las imágenes de mi video y de las chicas deje escapar otro pequeño orgasmo. Me sentía caliente.
«Lo haré, con video o no», puntualicé con resolución.
Abrí la tercera carpeta.
Había un documento que especificaba que el video que me había sido tomado sería utilizado exclusivamente por el médico para su uso exclusivo y quedaba a resguardo seguro. Se me concedía una copia con la cual podía hacer lo que deseara. Había una lista de situaciones a las que podría ser sometida si aceptaba una nueva sesión.
«Bondage, definitivamente sí», pensé mientras leía. «Ataduras, sí. Nalgadas… no. No me llamaba la atención el ser sometida a una brutalidad así. En futuro, tal vez, pero mientras, no. Uso de mordaza, sí. Uso de cuerdas, sí. Uso de cadenas y/o esposas, sí. Uso de mascara, sí. Uso de arnés, sí. Uso de lencería fetichista, sí. Uso de corsé, sí. Uso de calzado fetichista, sí. Uso de dildo… ¡por favor, no me conocen…! ¡Claro que sí! Cruz de San Andrés…» y me imaginé con mis extremidades atadas a los extremos de una enorme X. había visto videos donde una mujer podía ser penetrada en esa forma, o ser masturbada con unos dedos hábiles, o ser penetrada por un dildo. «¡…por supuesto que sí!», me dije. «Cama bondage, sí. Mesa ginecológica… creo que la pregunta está de más… Silla bondage, sí. Cama bondage, sí. Banco de nalgadas… especifiqué que sí, solo si no era para las nalgadas. Banco bondage, sí…»
Así proseguí por las distintas situaciones. Al igual que las nalgadas, me negué a la electricidad, al uso de cera, a los látigos y la penetración anal. Con esta última descartaba la penetración vaginal y anal concomitante. Sabía que algún día avanzaría a ese plano, pero aún no estaba lista. Aunque ya en esta situación, era posible que pronto tuviera que conceder el uso de mi ano para los placeres sexuales. Sin embargo, no acepté la penetración vaginal y oral concomitante.
«Dos de tres agujeros, no creo que me rechacen por eso», pensé en forma optimista.
El documento también señalaba que todo sería confidencial, que se atendería mi salud en forma prioritaria, que se harían videos de la sesión y que, obviamente, también se me concedería una copia de los mismos. El pago se establecía acorde a la duración de la sesión. La sesión mínima estipulada era de cuatro horas. En el consultorio había invertido a lo sumo unas dos horas. Y el pago era jugoso, aún mucho mejor que en el consultorio. También había sesiones más extensas, de hasta cuarenta y ocho horas. Se estipulaba que en cualquier momento se podía interrumpir la sesión, aunque el pago no sería el acordado, ni siquiera algo proporcional al tiempo invertido.
«Cuatro horas», elegí. Pero añadí en seguida: «con alta posibilidad de probar en sesiones más prolongadas». No deseaba cerrar esa puerta hasta ver lo ha existía tras ella.
Al fin terminé el pequeño formulario y lo envíe al correo que me indicaba.
Estaba emocionada. Ansiaba tener esa experiencia. Me visualice en las posiciones de aquellas chicas de las fotografías, desnuda, atada, adoptando esas posiciones con el sexo al aire, con mi coño penetrado libremente. Quería saber que se sentía recibir placer en forma forzada, de manera incomoda tal vez.
Vi la computadora y no hubo respuesta. Era obvio. No iba a estar el médico atento a su laptop para el momento que yo enviara mi respuesta. Pasarían horas para su respuesta. Posiblemente hasta días. Después me arrepentí de haber enviado ese correo. Me dio miedo. Miedo a que aquello me desagradara. Miedo a que me apartara del camino a las diferentes formas de placer sexual. Miedo al dolor. Miedo a ser rebajada y humillada convertida en un trozo de carne al cual masturbar y follar. Miedo a que mi salud mental saliera alterada de una sesión de tortura como la de las chicas…
El dildo en mi vagina seguía trabajando. Lo había olvidado. Bajé mis pantaletas y rescaté aquel vibrante objeto. Apreté un pequeño botón para que variara sus vibraciones en forma aleatoria. Me puse unos leggins de cuero brilloso y una blusa, sin sostén. Encima, una chamarra negra, igualmente brillante.
Aún era de tarde. Tenía que pensar. Tenía que decidir si debía enviar o no un nuevo correo para arrepentirme de mi decisión. También tenía hambre de más sexo.
Salí a la calle de cacería.
Estaba en el parque. Caminaba por sus caminos de forma tranquila. Tenía la mente ocupada con las imágenes de las chicas en sesión bondage. No dejaba de pensar en ellas. Anhelaba estar en su situación. Deseaba explorar ese límite. De vez en vez, el dildo aceleraba sus vibraciones, obligándome a detenerme y apretar las piernas. Si había una banca cercana, corría a sentarme para sentir mejor ese lujurioso aparatito. Mi vista se perdía en el éxtasis mientras los espasmos recorrían mi espalda. Varias veces tuve que ahogar mis gemidos de placer. Sentía la entrepierna de mis leggins húmeda por mis jugos. Palpé mi entrepierna y mis dedos se impregnaron del olor a sexo. Eso me calentó más. Contemplé ahí, donde mi sexo se escondía. La prenda era brillosa, pero ahí lo estaba aún más. El dildo cambió su intensidad a una mayor, oscilatoria. Apreté las piernas para no dejar escapar ninguno de sus movimientos. Pasé una mano por debajo de mi blusa y acaricié uno de mis senos, jugando con mi pezón, apretándolo entre mis dedos. Agradecía no haberme puesto sostén. El dildo bajó su intensidad…
—¡Apara… to de mier… da! —dije como reclamo, pues estaba a punto de correrme cuando la vibración disminuyó. Llevé una mano a mi entrepierna, empujando el aparato al fondo. Esperaba que con ello la suave vibración alcanzara para llegar al negado orgasmo. No fue suficiente. Había cerrado los ojos para imaginarme como aquellas chicas de las fotos. Seguramente ellas también fueron sometidas a esa tortura, llevadas lentamente hasta el éxtasis, pero sin llegar a él, negándoles el orgasmo. Con sus cuerpos atados nada podían hacer para concluir la acción. Algo como lo que me pasó con aquel dildo.
Yo deseaba eso.
Abrí los ojos. Aunque había elegido una sección del parque poco transitada para los visitantes, y sabiendo que a esa hora aún escaseaban más las personas, no estaba sola. Frente a mí, sentado en una banca cercana, había un joven, tal vez recién salido de la adolescencia, alto y delgado. Tenía ropa deportiva, por lo que posiblemente había elegido esa zona para ejercitarse. Y había sido testigo de mi pequeña sesión de placer malograda. No conforme, sostenía su celular.
—¿Pero… pero qué diablos? —expresé indignada.
El joven se asustó.
—Disculpe… señorita… ¡No era mi intensión! —dijo visiblemente apenado.
Con un movimiento rápido, le arranqué el celular de sus manos. El joven no hizo el más mínimo intento por recuperarlo.
—¡Lo siento! Debí dejarla… con sus cosas… pero usted… se veía tan… tan… tan hermosa haciendo… lo que estaba haciendo… —expresó afligido— Borre el video, si gusta y discúlpeme, por favor…
Mientras hablaba, contemplaba la reproducción del video. El chico prácticamente había grabado toda mi sesión. Ahí estaba yo, tocando mi sexo, tocando mis senos, empujando el dildo más al fondo de mi ser mientras mi cuerpo se retorcía de placer. Incluso escuché un par de gemidos. Me puso más caliente. Yo podría ser una estrella porno si lo deseaba. Tenía la belleza, tenía los movimientos, tenía la calentura, tenía el deseo y no tendría que fingir nada…
—¡Idiota! —le respondí— Tu video es… ¡genial! —e inmediatamente lo envíe a mi número— Puedes quedártelo… si lo difundes te encontrare y haré que lo lamentes… ¿entendido?
—Si… señora —respondió tomando su celular.
—¡Y no soy señora! —le respondí molesta— Acaso estas tetas son de una señora —le reclamé mientras levantaba mi blusa y le mostraba mis senos con sus pezones erectos.
—¡No, seño…! ¡No, claro que no! —expresó nervioso, mientras sus ojos se abrían como platos.
Tomé una de sus manos y la dirigí a un pecho. Sentí su calor y su humedad. Sin más, apretó mi seno, probando su consistencia.
—Cualquier chica te diría que seas más delicado con sus tetas —le informe—. Tienes suerte que eso me guste…
El joven sonrió, aliviado de la situación pasada. Tocó el turno de la otra teta, la cual acarició y apretó aún más. Era un inexperto con las chicas. Fue entonces que intento agacharse, deseando llevar sus labios a mis encantos cuando lo detuve.
—¡Calma, galán! Así como me captaste en video puede haber más gente que haga lo mismo si hacemos lo que quieres aquí…
Bajé rápidamente mi blusa y tomé su mano para conducirlo por un sendero.
—Conozco un lugar donde podrás darte rienda suelta —le dije. A estas alturas, podía apostar que sus ojos lujuriosos me veían desnuda.
Esa tarde había salido de cacería. Ya tenía mi presa.
En un rincón había un pequeño cuarto de servicio del parque. Estaba rodeado de arbustos, disimulando la estructura de concreto. En mis múltiples paseos por el parque había descubierto ese cuarto, de unos cuatro por cinco metros, con un baño al rincón, un mingitorio y un par de gavetas de metal empotradas en una pared. Siempre estaba limpio, por lo que era funcional, para algún trabajador del parque. Y lo mejor. Tenía una puerta que no cerraban con candado, pero que podía trabarse desde adentro. Ideal para un encuentro como aquel. Aunque había fantaseado con usarlo como sala de sexo en el parque, jamás lo había intentado. Pero ese día, la suerte estaba de mi lado. Además de que mi cuerpo ardía por un pene de verdad.
—Aquí nadie nos molestara… —le dije al chico.
Sin decirnos más, le baje el pantaloncillo deportivo hasta las rodillas. Su pene era delgado y largo como el dueño, y en ese momento estaba sumamente erguido. No necesitaba mamarlo para ponerlo a punto, pero de todas formas lo hice. Me arrodillé y dirigí aquel pedazo de carne a la boca. Mi lengua jugó con ese suave glande. Tenía un sabor salado, obviamente por el ejercicio previo realizado por el chico. Apreté mis labios y mis dientes se clavaron suavemente en su cuerpo. El joven tembló. Después, una de sus manos tomó mi nuca y empujó mi cabeza hacia su pene. Estaba ansioso por metérmelo todo. No ofrecí resistencia. Había visto que era largo, pero sentirlo dentro de mi garganta era otra cosa. Era muy largo. Me contuve de vomitar, como experta que era. Hacía mucho tiempo que las arcadas causadas por un pene en mi boca habian sido dominadas. Pero ese falo era más largo de lo habitual. Pensé que lo vomitaría.
Su mano prensó firmemente mi cabello de forma que dirigió el ritmo y profundidad de penetración de su pene en mi garganta. Estaba complacido. Seguramente nunca había estado con una chica, o si lo había estado, no le había brindado el servicio que yo le ofrecía. Sus movimientos eran toscos, brutos, pero con algunos ajustes lograría educarlo. Tras un par de minutos, sus ojos se tornaron blancos, su cuerpo tembló y una oleada de liquido caliente y espeso inundó mi boca. Lo saboree, mientras el me veía complacido, para después tragarlo con calma. Pasé mi lengua por su pene y lamí los restos de semen en su punta. Quería que el joven se sintiera orgulloso de mi…
—¡Eres una puta! —me dijo.
—Si… lo soy —dije, tragando la última muestra de su semen.
Me levanté y bajándome los leggins y reclinándome ofrecí mi trasero al chico.
—¿Te rindes o quieres seguir jugando? —lo rete.
El joven se acercó, tanteo mi raja con sus dedos, localizó el lugar exacto y metió un par de dedos a mi vagina. Con cierta torpeza extrajo el vibrante dildo de mi ser.
—Tu amigo me va a estorbar —dijo.
Tomé el dildo, lo apagué y lo metí al bolsillo de mi chamarra. Mientras, el joven volvió a tantear el terreno con sus dedos para localizar mi entrada. Y sin más, introdujo su pene, sin miramientos, sin delicadeza. Como inexperto que era, para el era solo un trozo de carne. No había que ser romántico, no necesitaba decir palabras suaves para fundir la resistencia de una mujer. El joven necesitaba un orificio para follar, yo le hacia el favor. Sus movimientos eran un poco desorganizados, con mal ritmo.
—No te muevas —le ordené.
Entonces fui yo la que tomé las riendas. Empujaba mis caderas atrás y adelante, con movimientos amplios para abarcar la totalidad de su pene. El chico comenzó a gemir. Yo igual. Tomó mis caderas con sus manos, tocó mis nalgas apretujándolas. Incrementé el ritmo. Me encantaba deslizarme a lo largo de su polla. Con mi vagina mojada de todo el día, no existía resistencia alguna para ese ir y venir de mi cuerpo. Me quité la chamarra y la blusa. Deseaba ver el vaivén de mis pechos al moverse mi cuerpo. Ahí estaban, colgando, con los pezones rígidos, deseosos de ser tocados. Encorvé mi espalda para mantener la posición lo más posible y levanté mi torso. Encontré las manos del joven y las dirigí a mis pechos.
—¡Vamos, muévete! —le ordené.
El chico comenzó con las arremetidas. Ahora ya sabía como mantener el ritmo, la profundidad de las embestidas.
—¡Más fuerte! —le volví a indicar.
El chicho aumentó la velocidad. Sentía sus bolas golpeando mi clítoris en cada arremetida. Sus manos apretujaron mis tetas, fuerte, como no deseando que escapara. Uno de mis pezones quedo estrujado entre dos de sus dedos. Un pinchazo nació de ahí y recorrió mi ser. Los dos nos movimos al mismo ritmo, con nuestros cuerpos chocando repetidamente.
—¡Me vengo! —gritó el chico.
Me moví más rápido. El se paralizó e inmediatamente sentí su líquido caliente dentro de mí. Yo permanecí moviéndome. Me faltaba poco. Tenía que correrme también. El apretó mis pechos con más fuerza. Era un castigo que me gustaba. Su pene seguía erecto, así que no lo desaproveche. Al final, logré correrme en un pequeño orgasmo anhelado.
—¡Ahhh! ¡Que delicioso! —expresé.
Me retiré del chico y lo contemplé. Estaba extasiado. Sonreía.
—¡Todo esto ha sido genial! —expresó con tremenda alegría.
—No hemos terminado —le sonreí.
Inmediatamente lo coloqué acostado sobre las frías baldosas. Me retiré los leggins (el cual estaba hecho una esponja de nuestros jugos) y me coloqué a horcajadas sobre él. Mi coño estaba frente a su cara, lo cual no desperdició para comenzar a lamerme sin técnica alguna. No me importó. Yo me dediqué a tomar su pene entre mis manos. Había languidecido un poco, así que mi labor consistía en levantarlo. Quería otra corrida. Para eso había salido al parque. Acerqué mi boca a su pene y comencé a besarlo, a lamerlo, a tragarlo. Tenía un sabor extraño, mezcla de su sudor, su semen y mis jugos. Salado, dulce y raro. Lo tragué hasta el fondo y me mantuve ahí. No podía respirar, aguante. Mientras mi lengua acariciaba parte de su estructura y mis labios lo aprisionaban herméticamente. Fue grandioso sentir como aquel pene volvía a ponerse rígido dentro de mi boca. Al fin lo expulsé y vi que estaba a punto. Retiré mi coño de la cara del chico y, aunque me había dado mal servicio, sentía mi coño a punto, por lo que agradecí que sus lengüetadas lo hubieran mantenido caliente. Me giré para quedar frente a frente y, como jinete, monté su cuerpo introduciendo su larguirucho pene en mi ser. Esa posición era mi favorita. Ahí tenía todo el control yo. La profundidad, el ritmo, la dirección, todo. Comencé mis movimientos, con mis caderas moviéndose en círculos. Aquel pene terminó por erguirse por completo. Después seguí con un movimiento arriba abajo, sumiendo en su totalidad de mi ese pene. Yo estaba a mil. Ese día comencé con un uniforme de enfermera, sometida al acto sexual en una cama ginecológica, con una propuesta para más actividades bondage, con un puñado de fotografías de chicas atadas y folladas en posiciones extremas a las cuales quería imitar, con un paseo con mi vibrante dildo masturbándome casi en público y, finalmente, follando a aquel joven inexperto. Estaba a punto de correrme de nuevo. Me dolían las rodillas tras haberlas apoyado y esforzarlas en el suelo desnudo. Así que cambié de posición, apoyándome sobre mis pies abierto y sentándome encima de esa larga polla. Retomé el sube y baja. Más y más fuerte. Quería calmar ese calor interno. Gemía con cada empalada en aquella polla. Quería un último orgasmo ese día. Aceleré mis movimientos. Estaba cansada. Iría a casa. Tomaría otro baño y me metería en las sabanas hasta bien entrado el día siguiente. Pero antes, tenía que terminar con aquella delgada polla. Desplomé todo mi cuerpo cuando sentí mi cuerpo convulsionar. Grité de placer. El joven también. Mis tetas estaban en sus manos, apretujadas. El orgasmo conjunto hizo que las apretujara más. Sentí un poco de dolor, el cual combinado con el orgasmo potencializó la intensidad de este último.
Ese día comprendí que podía iniciarme en el bondage, que mi cuerpo lo aceptaría sin mayor problema. Que mi mente sería feliz mientras mi cuerpo era sometido al sexo. No enviaría ningún correo de arrepentimiento. Esperaría pacientemente el día de la cita y la gozaría al máximo.
Limpié mi sexo con unas servilletas que encontré en el lugar y me vestí. El joven hizo lo propio.
—¡Has estado genial! —dijo sonriendo al momento que voltee a verlo.
—Te falta pulirte, amigo. Pero no has estado tan mal… —le respondí.
—¿Volveremos a vernos? —preguntó con visible inquietud.
—Tengo tu teléfono. Espera a que yo te contacte, ¿vale?
El joven asintió.
Me retiré del lugar a toda prisa.
Ya en casa, volví a ducharme. Y metí mi ropa a la lavadora, nuevamente. No deseaba que un olor o una mancha me delatara. Estaba dispuesta a irme a la cama, cuando revisé el correo. Nada.
«Será más adelante», pensé.
Enseguida recibí un Whats. Era el número del joven del parque. Ni siquiera sabía su nombre, pero el mensaje me lo hizo saber: «Hola, soy Charly. Me presento porque ni siquiera nos dimos nuestros nombres. Te envío un video. No te preocupes, queda entre tú y yo. No te molestes, creo que te gustara… ¡saludos!» Abrí el video.
«¡Ah, pequeño hijo de puta!» pensé. El muy maldito había grabado nuestra sesión de sexo en el pequeño cuarto de servicio. Había colocado su teléfono a suficiente distancia como para no perder detalle de nuestros cuerpos fusionados en el acto sexual. No lo vi todo, aunque lo adelante un par de veces para ver cuanto había grabado. Fue todo el acto sexual. O más bien los dos actos. Decidí verlo con detalle otro día. Estaba cansada y no quería volver a activar mi deseo sexual.
«Gracias, Charly», le respondí. Al final, estaba contenta con la grabación. Me estaba convenciendo que grabar mis encuentros sexuales no estaban del todo mal. «Soy Sofia. Confío en que guardaras nuestro secreto. Prometo hacer más videos contigo. Espera mis mensajes», le escribí.
Agradecí que no forzara una conversación. En el futuro lo buscaría para saciar mi hambre, si lo necesitaba. Él también se saciaría conmigo. Y de paso, le enseñaría a follar mejor. Era bueno tener alumnos. Era algo que tampoco me desagradaba…
Caí en sueño…
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