En el almacén de la oficina
Ella sabe que está casada y que los ojos de todos están en la oficina. Pero cuando las puertas se cierran y quedan solos, la gravedad de su atracción ya no se puede ignorar. Esta vez, ella da el primer paso hacia el almacén.
Tenía que pasar. Los dos lo sabíamos y teníamos esa certeza por el hecho de que buscábamos momentos de estar a solas, cualquier excusa era buena para acercarnos el uno al escritorio del otro y sobre todo por esas sensaciones de que hay algo que fluye; que hay una atracción que en algún momento va a estallar. Ella es morena, mediana edad, buen cuerpo y unas tetas que parecían desafiar cualquier ley gravitatoria. Está casada, y con 2 hijos ya adolescentes, y siempre se muestra simpática, risueña y abierta con toda la gente.
Y así pasó. Un par de días a la semana coincidía que nos quedábamos solos en la oficina un par de horas antes de comer. Por una extraña combinación de horarios del resto del personal, más el teletrabajo que ya se había instalado más alguna baja de larga duración que hubiera impedido tal situación, lo cierto es que los lunes y miércoles estábamos solos durante un par de horas a mediodía.
En esas horas solíamos hacer un pequeño descanso, en gran parte forzado para compartir cocina, donde en los últimos días se había ido mascando la tensión no resuelta. Miradas, roces involuntarios. Hasta que ese día nos quedamos mirándonos fijamente y ella dio el paso: se acercó y me besó.
A partir de ahí nos desatamos. Besos compartiendo lenguas, abrazos, aunque mientras tanto, nuestras manos estaban poco menos que de espectadoras. Ninguno nos atrevíamos a dar el paso de empezar a explorarnos hasta que noté su muslo derecho que se pegaba a mi entrepierna, a esas alturas ya dura como una piedra… Visto que íbamos a avanzar y estábamos en un sitio demasiado iluminado, le propuse irnos a un pequeño almacén donde se guardan útiles de limpieza, ordenadores estropeados y papeles de hace mucho tiempo.
Allí se culminó todo. Me desató el cinturón, desabrochó el pantalón, bajó la mano por dentro de los calzoncillos y sacó mi polla, a esas alturas grande y excitadísima, al tiempo que comenzaba a masturbarme. Yo hice lo mismo con su pantalón y alcancé su coño, completamente empapado y perfectamente depilado. Una verdadera delicia.
Nos empezamos a masturbar mutuamente durante un tiempo hasta que ella se dio la vuelta, se inclinó ligeramente hacia delante y se clavó toda mi polla en su empapado coño, empezando un metesaca que le iba haciendo gemir poco a poco más intensamente y a mí me producía un placer cada vez mayor. Su intensidad fue creciendo hasta que tuvo un par de espasmos y un grito que anunció su corrida. Yo mantuve las embestidas intentando no correrme para que acabara aquel orgasmo que no sabía cuánto le duraría.
Se giró, una vez se calmó, y me dio un beso que me metió la lengua hasta bien dentro. Yo no me había corrido pero en ese momento era lo de menos; ella había disfrutado de lo lindo. Nos recompusimos la ropa porque se acercaba la hora en la que iban a volver compañeros de trabajo y salimos del almacén despeinados y oliendo maravillosamente a sexo.
Eso sí, un rato más tarde tuve que entrar en el cuarto de baño a terminar manualmente lo que no había acabado en el almacén, soltando un enorme chorro de leche.
Hemos repetido, en las mismas condiciones, y el plan ahora es irnos a algún sitio discreto para follar como tiene que ser.
Ésta es una situación real que ocurrió la semana pasada, primera de mayo, en Valencia.
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