Te quiero –y no te quiero– dentro de mí
¿Cuánto espacio puede ocupar alguien en tu vida sin que se convierta en una carga? Entre los abrazos y los lamentos, entre los planes y los olvidos, la línea es fina. Esta es la confesión de quien quiere tenerlo todo, pero solo si es puro.
Te quiero –y no te quiero– dentro de mí
Te quiero dentro de mis ojos y mi boca. Te quiero dentro de mis abrazos y mis cosquillas. Te quiero dentro de mis rebotes y mis embestidas. Dentro de mis amasamientos y empujones de piel. Dentro de mis pensamientos y de mi inconsciente, pero no te quiero dentro de mis lamentos. Te quiero dentro de mis recuerdos. No te quiero dentro de mis olvidos. Te quiero dentro de mi presente, quizás también dentro de mi futuro. No te quiero dentro de mis arrepentimientos.
Te quiero dentro de mis planes del día y de la semana, quizás también dentro de mis proyectos a largo plazo. No te quiero dentro de mi lista negra. Te quiero dentro de mis sueños. No te quiero dentro de mi desesperación. Te quiero dentro de mis amigos, quizás también dentro de mi familia. No te quiero dentro de mis venganzas. Te quiero dentro de mis mejores deseos, no de los peores. Te quiero dentro de mi casa, quizás también dentro de mi hogar. No te quiero dentro de mis resentimientos. Te quiero dentro de mis gustos, pero no dentro de mis disgustos.
Mientras esperamos con paciencia oriental las insinuaciones de las flores de prímula. Las insinuaciones de las flores de caléndula. De las flores de cineraria. De las flores de salvia. De las petunias. De las flores de verbena. De las clavelinas. De los ranúnculos. De los jacintos. De los lirios.
Mientras esperamos con paciencia china las insinuaciones de las flores de gerberas. Las insinuaciones de las amapolas. De las bocas de dragón. De las flores de calceolaria. De las flores de jara. De los viburnos. De las anémonas. De las begonias y de las flores de pasiflora. Esperando con paciencia profesional la reinauguración de los brotes incipientes de los robles y del sol inspirador de la primavera.
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