Una tarde camping
La carpa es su refugio, pero la brisa tiene otros planes. Con el camping lleno de gente y la puerta entreabierta, cada caricia se vuelve un acto de riesgo y placer prohibido. ¿Qué pasa cuando el pudor se mezcla con la fantasía de ser vistos?
UNA TARDE DE CAMPING
El cielo estaba plomizo, se respiraba una densa humedad y un aire caliente; la tarde invitaba a dormir la siesta y a acariciar sueños.
El camping estaba muy concurrido, muchos nuevos campistas llegaban al lugar y una mezcla de música, color y alegría se combinaban en el ambiente; a pesar de lo ruidoso que estaba, el adormilamiento pudo más y se metieron en la carpa a descansar un rato.
Dormitaron al son de la música que sonaba desde el predio de al lado a todo volumen como si la tarde se hubiese vestido de fiesta.
El calor y la música hicieron una combinación perfecta para despabilarlos a media siesta y junto con ellos las ganas de disfrutar de sus cuerpos también se fue despertando poco a poco, a medida que sus manos se encontraban y las caricias recorrían su piel.
La rudimentaria puerta de la carpa se levantaba con la brisa que corría, dejando sus cuerpos desnudos a la vista de la gente del lugar, el pudor se mezclaba con la fantasía de ser vistos, lo cual incrementaba aún más la excitación.
La lengua de él soñolientamente fue abriéndose camino dentro de su vagina, saboreando esos jugos primarios que comenzaban a fluir.
Sus dedos se fueron integrando al juego del placer, incrementando así el deseo y el goce.
Ella cerró los ojos y dejó que la voluptuosidad la invadiera totalmente, deleitándose del gozo que él le producía.
A medida que su lengua y sus dedos iban introduciéndose cada vez más en su grieta, una ola de deleite la asaltaba no pudiendo controlar el deseo de ahogarse en un profundo clímax.
Cada vez que sentía su lengua acariciar su clítoris, su cuerpo se estremecía y curvaba de satisfacción.
Cerró los ojos, mordió sus labios asfixiando un grito de placer.
Quedó tendida un rato, como queriendo mantener suspendido en el aire y en su ser el goce.
El estaba acostado a su lado, acariciando su pene erecto, él cual la miraba como un vigía, deseoso de sentir la humedad de su hendidura.
Sorpresivamente ella se sentó sobre él, haciendo suya su cuerpo, balanceándose suavemente hasta sentirlo completamente dentro suyo.
Luego se colocó en cuatro, él la tomó de sus caderas y lentamente fue introduciendo su pene erguido dentro de ella, los moderados movimientos, fueron haciéndose cada vez más fuertes, embistiéndola con mayor vigor hasta estallar y bañarla en una leche espesa, caliente, húmeda, al igual que el tiempo.
Tendidos en la carpa, con los cuerpos entrecruzados, se miraron esbozando una sonrisa, mezcla de placer y alegría, inaugurando así su tarde de camping.
Marcela
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