Vida conyugal
La cena era solo el pretexto; el verdadero banquete estaba bajo la mesa. Lidia creía conocer los límites de su discreción profesional, pero la mirada de Carlos y el calor de la noche le recordaron que el deseo no pide permiso. Lo que comenzó como una indiscreción discreta se transformó en una revelación carnal que la dejaría marcada, aunque fuera solo por una noche.
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